viernes, 10 de mayo de 2024

Quizás es un error de perspectiva

 

           (P.-L. Martin des Amoignes, En clase, 1886)

 

(Reflexiones debidas a una fraternal amistad)

El clásico de esta época de estudio entre religiosos (y también entre “gente normal”, sana de mente, al menos) es estar cansados, agobiados, estresados, hartos. Además del mal espíritu, de crítica pura y dura o de rechazo casi total de cualquier cosa que suene a trabajo, realmente nos sentimos cansados, como si el cuerpo se nos fuese a romper y como si la mente fuese a estallar. Y no estamos de acuerdo, y nos rebelamos o nos buscamos algún escape –como escribir sinsentidos–, instaurando así un sistema vitalicio anti-estrés y una crítica sistemática a cualquier estructura (eclesial, institucional, intelectual) que nos obligue a volver a esa sensación insoportable de agobio.

El primer clásico es la crítica a las tareas de casa: ¡vine a estudiar, no a cocinar patatas! Le sigue la crítica al trabajo pastoral (que en realidad es bien poco en comparación de lo que está por venir): ¡tanto esfuerzo inútil para llevar adelante una pastoral sin esperanza y además en un modo equivocado! (la víctima de la crítica es o el párroco o la parroquia y su párroco o la sociedad y el párroco, o los párrocos: de vez en cuando uno se suele incluir, pero solo un poco). Al ver que se diga lo que se diga no se llega a ninguna solución, se pasa a criticar los estatutos de la propia comunidad, o los modos de aplicarlos, o la situación de la Iglesia, o la sociedad europea o de donde sea, o la influencia de los ya inexistentes astros cuya luz nos avisa con retraso de su muerte…y así, además del cansancio y del agobio, nos aqueja la amargura y la melancolía, elixires preferidos del demonio, que todo lo impregnan con su discreto aroma hasta descomponerlo. Quizás la situación que muchos podrían experimentar como agobio, como estrés crónico e incluso como «el claro pasar de los años sobre mí», depende más de un error de perspectiva que de la realidad. No que la realidad no sea exigente y muchas veces tremendamente agobiante, más bien que la afrontamos con una mirada inadecuada (histérica, diría don Giussani; taruga, diríamos otros menos profundos). Así, podríamos preguntarnos si hay alguna visión adecuada a la realidad en general que pueda ayudar a nuestro particular estado de miseria de religiosidad estudiantil (o de cualquier tipo, en realidad) y si esta mirada lleve consigo una nota distintiva que ayude a nuestro discernimiento.

1.Perspectiva. Cuando hablamos de perspectiva, aplicada a nuestro modo de ver la realidad, nos referimos a la representación que de ella tenemos según sus detalles (perspectiva) y, al mismo tiempo, a la posible decisión o acción que se debería emprender para actuar sobre esos detalles y gracias a esos detalles (prospectiva). Se trata, entonces, de una aproximación representativa a la realidad que surge de una determinada lectura y de una determinada expectativa. Pongamos un ejemplo: un estudiante universitario tiene en mente un determinado recorrido: las materias cursadas y por cursar, el modo de afrontar cada una de ellas (las lecturas, los ejercicios, las prácticas, el profesor). Esto es la perspectiva. Al mismo tiempo, mientras afronta el estudio, espera obtener buenas notas, mantener la beca y, a largo plazo, obtener un título que le permitirá acceder a un cierto tipo de trabajo, etc. Al mismo tiempo, tiene una especie de proyecto en bruto para afrontar cada materia particular, según su importancia, los créditos, la dificultad de sus contenidos. Esto es la prospectiva. De este modo, lo que llamamos perspectiva, con su doble aspecto de mirada presente y apertura al futuro, parece corresponder a un modo «práctico» de afrontar la realidad, es decir la verdad.

Sin embargo, la profundidad de la realidad no consiste solamente en su presencia abierta al futuro. La realidad no es solo presencia que se proyecta. La verdad es historia. Así, parecería que el primer correctivo a una perspectiva equivocada sería el tener en cuenta el pasado. No es suficiente. Cualquiera que tenga buena consciencia de su pasado, y del pasado de la disciplina que estudia, y del pasado del mundo y de su origen, es susceptible de mostrar los mismos síntomas de estrés que cualquier otro que no se preocupe de la verdad histórica; más aún, descubriendo que la realidad ha sido desde siempre un enorme y dramático complejo, muy probablemente sucumbirá a la tentación de considerar que lo que antes fue no tiene por qué no ser después, perdiendo toda esperanza de legítimo progreso o fatalizando dicho progreso. Como cuando dudamos de la vida política: ya fue bastante mal, está yendo mal, muy probablemente vaya peor, pase lo que pase. Para que la perspectiva sea adecuada es necesario entonces no un dominio «visual» que abarque la realidad en sus tres dimensiones temporales, sino una noción, al mismo tiempo afectiva e intelectual, que aborde en modo más completo la realidad temporal en su radical profundidad.

2. Realidad. La verdad es la realidad. Esto significa que, en primer lugar, la realidad es medida o criterio de todo juicio. Un juicio irreal es un juicio falso en cuanto inadecuado a la realidad. Un juicio verdadero es un juicio adecuado a la realidad.

Ahora bien, la realidad no se presenta al corazón del hombre precisamente como medida sino como misterio. Decir que el hombre es medido por el misterio es hermoso, pero quizás por ahora no nos ayuda a comprender cómo se relaciona a este misterio. El hombre naturalmente mide la realidad y la categoriza, da nombre a las cosas, las percibe en su relación con las demás, trata de determinar –con más categorías– cuáles son dichas relaciones y cómo se influyen recíprocamente. La totalidad de la experiencia posible de este misterio es lo que el hombre llama realidad y nosotros, para no ser demasiado redundantes lo llamaremos «horizonte de realidad»: «de realidad», por lo ya dicho; «horizonte» porque incluso la experiencia posible se abre a una promesa siempre mayor de sentido y de verdad. En el más acá de este horizonte, no simplemente lo que de hecho experimenta, sino lo que le supera, lo que se presupone en su fondo, se presenta como evidentemente existente. Cuando las distintas experiencias de cada ser humano en su singularidad, se expresan como un sistema de conocimiento, se forma un horizonte de realidad que, si no es ideológico, se va abriendo cada vez más: si navegas mar adentro, el horizonte permanece, pero siempre más abierto. Así, la dimensión histórica de la realidad encuentra su primera característica en el hecho de constituirse como verdad, y como horizonte de verdad, para un sujeto de conocimiento durante el tiempo. Más aún, que haya un sujeto que hace experiencia de un campo de la realidad, cambia la realidad misma, y por eso, en cierto sentido, la verdad se realiza, es decir, se despliega en la historia en toda su complejidad.

El juicio del hombre entonces, si es adecuado, percibe la realidad con estas coordenadas: se trata de una grandeza que se despliega en mi corazón dejando que la mida, que haga un juicio sobre ella, que sea mi contribución subjetiva un elemento de su misma constitución objetiva.  Sin embargo, esta misma realidad no se manifiesta como un todo indeterminado que simplemente se adecua a las categorías del sujeto. Al contrario, la realidad solicita la facultad intelectual y afectiva del sujeto, la corrige, podríamos decir que incluso la fuerza para ampliarla –solemos decir que un determinado hecho real «rompió mis esquemas»–. La misma necesidad de percibir la realidad como historia impone al sujeto un límite, una medida: la verdad no es tu juicio, la verdad es lo que se constituye más allá de tu juicio y que sólo por eso percibes. Esto quiere decir que la realidad aparece, en su radical acepción, como algo dado (dato). La realidad posee su propia determinación no simplemente porque el hombre la percibe, la mide y la nombra; si el hombre es un constitutivo-constituyente de la realidad, es también un constituido: el hombre es él mismo real, y esta realidad la percibe, pero no la determina. Incluso si se quisiera partir desde una perspectiva cartesiana en la que el dato original fuese la mente, esta permanece un dato y por tanto no se la puede equiparar con un absoluto que se constituye a sí mismo en la historia. La evidencia indica al sujeto pensante que, precisamente porque pertenece a la realidad histórica, tanto él como la realidad han tenido un inicio y tienen un futuro. Ambos son limitados. La evidencia nos indica, además, que «comenzamos» a pensar, pero si comenzamos a pensar, ya éramos antes de pensar; así, la misma capacidad de medir la realidad aparece como un dato.

El pensamiento que mide, el criterio de medida y la realidad en cuanto objeto medido, son entonces datos. No se auto-generan, no se dan a sí mismos, son los elementos originales de la relación dinámica que llamamos verdad.

Una perspectiva adecuada a la realidad, entonces, es una perspectiva capaz de percibir el dato en su acepción original de ser algo dado, determinado, originado, enderezado hacia una finalidad (un futuro). La perspectiva cristiana percibe el dato como algo donado libre y gratuitamente por Dios. Así, una correcta perspectiva percibe la realidad como don –no es solo algo que ya está, es algo que está porque se (me) da–. La profundidad de la realidad, de la verdad, coincide entonces con su ser-donada, con su no-ser a partir de sí misma sino en ser radicalmente proveniencia e indicación de otro que la dona. Si es Otro que originándola la dona, es a Otro a quien pertenece la plena medida de la verdad.

Así, la perspectiva realista es histórica, pues el don-realidad se despliega en el tiempo; es mística, pues en la profundidad de lo real percibe la Presencia Divina que la sostiene donándola; es, por esto mismo, agradecida; es, finalmente, maravilla, porque al ponerse delante de un don de tal magnitud en el que él mismo está incluido, el corazón del hombre siente ese afecto por el cuál la grandeza de la verdad se impone ampliando, a veces incluso con una cierta dosis de drama y dolor (¡con estupor!), la propia facultad de pensar y amar lo pensado: ¡maravillarse cansa, pues lleva al límite mis facultades ampliándolas para acoger algo que las sobrepasa enormemente!

La realidad, la verdad, se presenta entonces como un siempre más al que el hombre adecua el corazón para afirmarlo, para amarlo. La verdad siempre más grande es el criterio de un corazón recto, y por eso de una perspectiva recta. Ser para esta verdad es el fondo de la libertad, y acoger de hecho esta verdad y afirmarla amándola es ser libre. Esto quiere decir que cuando nuestro pobre estudiante piensa en sus estudios, si los piensa según una perspectiva adecuada, es capaz de pensarlos en su profundidad sin absolutizarlos, es capaz de prospectarlos sin hacer del futuro un proyecto histérico, es capaz de comprenderlos en su sucesión histórica (en su vida, en la vida del conocimiento humano, etc.), y es capaz, sobre todo, de agradecerlos como gracia por la que la Santa Presencia se le da como el dato radical de todo su trabajo y de todo su deseo vital: mi vida es ser alcanzado por esta Divina Presencia y mi vida es la libre adhesión a este misterio.

3. El buen humor. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es, por tanto, ni el cansancio, ni el estrés, ni el dolor –los mártires no son hombres simplemente sufrientes o muertos de agotamiento, son testigos de la Presencia del Resucitado. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es tampoco el sano equilibrio entre una visión práctica de la realidad y una visión mística por la cual se descubre en todo la Presencia de Dios, resistiendo al fuerte impulso de caer de rodillas ante la hermosura de cualquier ser que se presente a nuestros ojos mientras viajamos en autobús. El equilibrio implicaría estar en medio de dos pesos contrapuestos, y la realidad y la presencia de Dios no son dos pesos contrapuestos, son una misma cosa. Si Dios no está presente dando participación de su ser como don, la realidad no tiene sustento, la realidad no existiría. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es, finalmente, una especie de optimismo santurrón que fuerza la mística hasta la náusea, no es verlo todo de color de rosa y no es ignorar el dolor: la perspectiva cristiana asume la realidad comprometiéndose con ella, pues la ama, y por eso es capaz de sufrirla, no solo de gozarla. Pero si la perspectiva tiene en cuenta el carácter de don, es agradecida; teniendo en cuenta que este don es concreto y me es dado, es gozosa (goza en el bien presente); teniendo en cuenta que este don pide la adecuación de mi corazón, es responsable, es amorosa, pues compromete todo su ser en la recepción y realización de la verdad que le es dada; teniendo en cuenta que tal verdad es demasiado grande y percibiendo con gratitud que, no obstante, le es dada para amarla y para amar a Aquel que se la da, la perspectiva cristiana es, en resumen, alegre. Y esta alegría no es una cualquiera, es la alegría de la Pascua: se funda en la certeza de saber que Aquel que se comprometió con la realidad hasta la muerte de Cruz, está vivo y presente y garante del Destino de todo el devenir. Es Él la verdad, ¡en verdad vive! Cuando finalmente vemos que aquello que podríamos controlar seccionándolo y absolutizando cada pequeña sección, es más bien un todo que me envuelve y me arrastra consigo en la dinámica de un don siempre más hermoso y complejo…cuando percibo tal dinámica de complejidad siempre en aumento en mí, en mi historia, y en la historia del cosmos…cuando percibo su fuerte tensión y profundidad, pues en todo apunta a la manifestación de la Divina Presencia…y cuando siento mi pobre incapacidad de abarcarla, me río y me alegro de saber que no depende de mí, que nada nunca ha dependido de mí, que no se espera que dependa de mí, que nadie me pide que dependa de mí, que el «mí» es solo una respuesta a un sagrado inicio y es solo tensión –dignísima y nobilísima y libérrima tensión– a un Destino constituido en Dios y por eso constituyente hacia Dios.

Así, el cansado estudiante, puede mirar las cosas en perspectiva: el estudio es primeramente don, la materia que estudia es don, el cansancio mismo por el que sus facultades son ampliadas por la verdad, es un don –si después de toda la perorata sobre la realidad no se entiende que esto no es romanticismo o mera evasión de las dificultades, si esto se comprende como un puro analgésico, no he logrado en absoluto transmitir lo que quiero: la realidad es tan concreta como concreto es Dios, y la experiencia posible de esta verdad es un dato fundamental del ser del mundo. Incluso si se trata de bagatelas, se trata de hermosas, grandiosas, bagatelas (Chesterton). El sentirse inadecuado es indicio de la verdad profunda del ser de nuestro querido estudiante: pequeño, creado, empujado a la vida por un amor que le precede y lo llama a la comunión eterna. Esto no aleja al hombre de la práctica concreta, sino que le hace práctico en lo concreto: todo solicita mi amor como respuesta y el amor exige el empeño de todas mis facultades (esto es responsabilidad). Quizás el cansancio del que estudia y la dura espera del religioso que se deja formar; quizás el dolor de cada día y el drama de desear ardientemente la justa verdad en un sistema que tiende crónicamente a la injusticia; quizás el sentir cómo la vida se nos va sin poder tener el mínimo control sobre su desgaste…quizás no sea ese el problema. Quizás el problema es que hasta ahora nuestra limitada perspectiva nos pedía conservarnos para un final feliz, nos hacía poner la esperanza en un futuro que nunca llegaba en vez de percibir que la esperanza se anuncia ya realizada en la profundidad misma de la verdad que se me hace presente.

No significa, como bien se nota, que no vamos a cansarnos. No significa que detendremos el desgaste intelectual, afectivo y corporal. No significa que cambiando perspectiva vamos, finalmente, a ser adecuados a la inmensa verdad. Significa que intentaremos amar la verdad con todo nuestro ser, mediante la ascesis que la realidad exige y que consiste, en última instancia, en perder la vida por el que es la Verdad –¡cuán dulce –y dramático, y duro…y dulce– es perder la vida por quien se ama! Lo único que podremos quitar será esa profunda amargura y esa insidiosa rebelión irrealista, demoniaca e histérica que hace de la realidad un proyecto mío, y de la verdad un concepto mío. Cuando la realidad me supere, podré gozar, con buen humor, de su imponerse a mi inadecuación, porque me daré cuenta de que, en efecto, esta experiencia es evidentemente experiencia de lo real, este encuentro es eminentemente verdadero. Que pequeño seré entonces, y todo maltrecho, con cuanta pasión me reiré cuando descubra el alegre Rostro del Resucitado a la puerta del sepulcro.

lunes, 6 de mayo de 2024

Il mistero della tenerezza

 

                  (Van Gogh, I primi passi, 1890)

Occhi meravigliati oppure degli sguardi stanchi, corpi logorati o passi energici ed ogni tanto eleganti, voci terrificanti, piene di armonici stonati, o anche delle voci gravi, rilassanti, cantarine: basterebbe prestare un po’ d’attenzione…prestarla, darla, non tenercela per noi e le nostre sensazioni.

La nostra stupida introspezione è finita in isteria: conosciamo perfettamente il nostro corpo, il nostro sguardo, la nostra voce. Continuamente ci vediamo nei riflessi, e anche riflettiamo sulla nostra immagine…all’inizio forse andava bene, anche il nostro mistero ci causava meraviglia, poi però ci siamo finalmente annoiati di noi stessi. E adesso vorremmo uscire, vorremmo capire cos’è quel ché di nascosto nella vita altrui che li fa così meravigliosi, così …altri!  Vorremmo immedesimarci, al meno durante qualche umile secondo, con quel profondo nucleo che pensiamo essere una specie di natura pura, un assoluto, vorremmo essere uno con qualcosa, ma qualsiasi cosa che non sia questo «me» chiuso in sé senza rimedio.

E l’isteria si insinua nel cuore come l’antico serpente si proponeva all’ancora innocente udito di nostra madre Eva: prendi, controlla, libera, e sarai il tuo dio. Nessuno può liberarti se non prendi tu l’iniziativa, e non devi chiedere, non devi aspettare, è giunto il momento di prendere in mano il tuo destino, di incamminarsi verso l’assoluto che, se guardi bene, sei te stesso. Se l’Assoluto è l’Essere in sé e tu sei perché partecipi all’essere, in realtà sei, sei l’Essere, sei il tuo Assoluto. Gli altri? Altri assoluti, ma non è interessante per ora. Poi ci sarà modo di diventare l’Assoluto anche per loro, quando ti ameranno o almeno quando ti rispetteranno, quando ammireranno ed invidieranno la tua apparenza. Non più sguardi che ti causino meraviglia, la meraviglia sarai tu. Non più stanchezza, ma solo sopraffatta ammirazione, soggiogazione, tacita e libera sottomissione alla tua amabile presenza, perché mica sarai un despota, sarai del tutto amabile, sarai del tutto desiderabile, sarai del tutto lodevole, sarai…ma guarda, ancora non lo sei, sarai…sarai…ed è questa l’isteria, essere in vista di qualcosa che non c’è.

Che bisogni quindi rinunciare ai futuribili per essere abitanti quotidiani del presente? Che bisogni rassegnarsi a queste circostanze banali, con un cuore finalmente adeguato alla piccolezza delle circostanze? Essere realisti! Questo realismo, però, continua a puzzare di serpente e mela marcia. Un realismo utilitarista, rassegnato, è la stessa cosa di un volontaristico ottimismo futuribile: falsità ed un cuore rimpicciolito. È una prospettiva estranea alla realtà, perché la realtà non è soltanto un possibile né soltanto un dato. La realtà è il continuo donarsi dei fatti. Anzi, la realtà, dice la voce del buon umore, è ciò che solo perché mi supera, mi è adeguato.

Eppure, questo reale, adeguato eppure sempre più grande di me, non è piuttosto tragico? Non sono queste circostanze, non è questo modo, non è la totalità dell’essere mondano una dichiarata precarietà? Tutto ciò che comincia può finire…e l’esperienza dice che, di fatto, finisce. Tutto pende dall’Essere che non comincia né finisce come da un’invisibile ragnatela che qualsiasi brusco movimento potrebbe distruggere. Tutto potrebbe, domani, non esserci più. La cosa è che, invece di non esserci, c’è. L’isteria finisce quando invece di aggrovigliarmi su me stesso, guardo in faccia la concrezione della realtà: c’è, e perché c’è, è determinata.

L’isteria che corrode il mio animo comincia a convertirsi piuttosto in una chiara insinuazione della tenerezza. Quale tenerezza? Quella mollezza del cuore che è capace di non opporre resistenza alla realtà e invece l’afferma così com’è. Un cuore indurito non è capace di vedere il vero, perché davanti alla sua crudezza dirà sempre «però». Un cuore nobile, invece, s’intenerirà davanti alla più dura manifestazione dell’essere, perché a priori lo vuole bene. Ed è vero, non si può voler bene un’astrazione, e così si dovrà voler bene qualcosa, meglio ancora, si dovrà voler bene qualcuno. Almeno un po’. Anche in modo sbagliato. È un’esigenza della realtà il riconoscere il concreto come un tu fragile, finito, come me, che perciò è da voler bene, come me. La tenerezza quindi non è solo quella rinuncia alla resistenza dei «però». La tenerezza è la consapevole decisione di volere l’altro per il suo bene che consegue alla percezione della sua fragile presenza, poiché solo il desiderio del bene è adeguato al cuore dell’uomo e solo l’amore può far di questo desiderio una categoria trascendentale. L’astrazione potrebbe aiutare a sapere in teoria come fare (come fare!), ma è la vita che mi insegna come pensare quando agisce su di me distruggendo le mie categorie arrugginite per ampliarle, allargandone l’orizzonte.

L’esperienza contraddice il serpente: non sono io che mi faccio, ero già così prima di guardarmi, prima di proiettarmi, prima ancora di amarmi; a quanto pare rimango sempre io, anche se cerco di mascherare la mia fragilità con proietti di grandezza. La radicalità di questo passato costituisce la mia coscienza nella sua trascendentale apertura: non dipendo da me e non sono per me. La concentrazione delle circostanze e dei futuribili non riguarda quindi il presente, ma la tradizione e cioè ciò che in me è stato dato…da dove? Forse non lo so, o lo so ma non vorrei dirlo ancora. Vorrei avere almeno un certo controllo sul mio passato, almeno quello potrebbe appartenermi. Il mio origine dovrebbe essere misterioso totalmente, se avessi qualche intuito su di esso dovrei (dovrei!) rivolgermi ad altro diverso da me. Se sono reale e se non mi faccio da solo, la mia realtà dice sempre originaria dipendenza. Non mi do, sono stato posto come un dato. Da che cosa e per quale motivo?

La mia isteria continua a sollecitarmi, il vecchio serpente continua a strisciare nel viscido della mia coscienza, a insinuare con scabrosi bisbigli l’unica tentazione: l’assoluto sei tu e niente interessa se non tu. Occorre quindi controllare i propri sguardi, l’udito e il gusto. Che nessuna cosa entri in me senza che io ne dia il permesso. Che la mia ascesi sia tale da poter presentarmi davanti al tribunale del Bene come uno che, apatico, finalmente si è mostrato virtuoso e degno di…cosa? Del mio origine? Del essere Assoluto? Della natura umana? Del cosmo? Di Dio?

Può forse la virtù far degno a qualcuno che è stato posto da un altro? Sì, mi diranno, se la virtù è corrispondenza al dato. Eppure, corrispondere al «dato» non significa semplicemente dire grazie? Non è la gratitudine l’unica risposta? E la tenerezza? Ah sì, la tenerezza. L’isteria non è capace di tenerezza, perché ha bisogno di dominare e soprattutto perché è del tutto inadeguata alla realtà. L’isteria è il continuo tornare su se stessi e la propria derelizione, mentre la gratitudine è la reazione concreta all’accadere della meraviglia originaria: sono, non sono da me, ma sono dato, donato! Ed ecco che la gratitudine è la base della tenerezza: si è grati solo del bene concreto che esperimento come Bene reale. Questo bene lo voglio bene se ne rendo grazie, se invece di possederlo mi inchino con riverenza davanti ad esso. Voler bene è riverenza, è rinuncia a possedere, a dominare, a influenzare, a dirigere verso il mio campo di azione. Non è lasciar perdere. È il forte desiderio del destino, è voler che quest’altro, ormai divenuto per me sacro, sia sé stesso in pienezza. È il desiderio della gloria, cioè della nobile e sublime manifestazione della verità di ogni cosa. Solo chi è grato può sentire quella commozione davanti a quegli occhi allegri o davanti a quello sguardo stanco e triste. Solo chi è grato può avvolgere in una sola intuizione il significato di quell’essere a cui rivolge l’attenzione amandolo con tutta la sua persona, con le viscere e con le immense profondità del cuore.

Chi è grato non è isterico, e chi è isterico dovrebbe cominciare a ringraziare per guarire. Non c’è altro rimedio. Ed ecco insinuarsi un ultimo problema. La tenerezza. La tenerezza, la grata e gioiosa tenerezza, che mi porta fino alla dimenticanza di quel «me» prepotente, dipende da cosa? Chi l’ha sentita per la prima volta? Adamo quando ha visto Eva, carne della sua carne ed ossa delle sue ossa? Eva, quando ha visto Adamo, carne della sua carne ed ossa delle sue ossa? Esiste una tenerezza originale?

Questa tenerezza che percepisco in me quando finalmente guardo fuori di me con desiderio, questa dolcezza inaudita che consegue dal fatto di sapermi un altro tra tanti altri fragili, irritati, stanchi, e profondamente amabile (non sempre gentile, però, amabile!), questa gratitudine che zampilla nel mio cuore quando mi scopro vivo, e gratitudine per cosa? Per vivere? Ma questo rimane astrazione. Per viver-mi? Rimane ancora poco concreto. Per vedere, sentire, parlare, pensare, cantare…? Rimane forse troppo banale davanti alle profondità di un cosmo che si presenta sempre come un più grande motivo di scoperta e di gioia! Ma sì, forse questo è un inizio. Sono grato perché ci sono in un modo concretissimo, con questi tratti che nella mia isteria ho giudicati odiosi o, secondo l’altro estremo della noia, seduttori (sedotto dalla mia stupidità ho peccato contro la Magnificenza!). Adesso non importa tanto se questi tratti sono miei e cosa possano causare in me e negli altri, importa che mi sono stati dati e solo per quello ho potuto contemplarli. Dati. Ciò che mi costituisce è l’essere-dato. E adesso, se non sono troppo scemo, dovrei chiedermi di nuovo: dato da cosa? Dato da chi? Il caso non può generare degli esseri ordinati alla gratitudine. Il caso genera esseri necessari secondo le leggi del caso (perché il caso ha delle leggi). L’Essere che si diffonde per il proprio bene non potrebbe neanche generare gratitudine, perché alla fine è egli stesso la propria diffusione. Percependo l’alterità non percepirei niente se non degli aspetti di un unico monolite. Non potrei voler bene qualcosa diversa da me, non potrei scappare dall’isteria, alla fine si tratterebbe sempre di un onnipresente me. E allora a chi dovrei rivolgere la mia gratitudine? Chi o cosa? Solo un chi potrebbe intenzionalmente porre qualcosa di libero, lasciando che la dipendenza alla sua volontà non diventasse identificazione con il suo essere. Solo un essere libero può mantenere il paradosso di essere origine partecipante e differenziante. Solo un essere libero potrebbe dar consistenza all’analogia della realtà.

Come si può vedere, la gratitudine, che mi guarisce dall’isteria dell’egocentrico, mi porta a chiedermi se io sia stato donato da qualcun altro! L’ultimo passo, che è quello religioso, mi porta a scoprire una tenerezza originante: sono stato voluto da un altro, anzi, da altri. Se parlo, se sento, se vivo è perché altri mi hanno voluto bene. Se esisto è perché, in un certo modo, le profondità della mia storia, quel mio passato misterioso e nascosto, sono abitate da una Presenza che mi afferma e mi conferma non già come un dato, ma come un donato.  Chi è e come chiamarlo? Il mistero della tenerezza è precisamente l’apertura a questa domanda radicale: posso rivolgermi a qualcuno con un’intenzionalità trascendentale e assolutizzante in modo da chiamarlo con il gratissimo nome di Padre? Posso?