(P.-L. Martin des Amoignes, En clase, 1886)
(Reflexiones debidas a una fraternal amistad)
El clásico de esta época de estudio entre religiosos (y también entre “gente normal”, sana de mente, al menos) es estar cansados, agobiados, estresados, hartos. Además del mal espíritu, de crítica pura y dura o de rechazo casi total de cualquier cosa que suene a trabajo, realmente nos sentimos cansados, como si el cuerpo se nos fuese a romper y como si la mente fuese a estallar. Y no estamos de acuerdo, y nos rebelamos o nos buscamos algún escape –como escribir sinsentidos–, instaurando así un sistema vitalicio anti-estrés y una crítica sistemática a cualquier estructura (eclesial, institucional, intelectual) que nos obligue a volver a esa sensación insoportable de agobio.
El primer clásico es la crítica a las tareas de casa: ¡vine a estudiar, no a cocinar patatas! Le sigue la crítica al trabajo pastoral (que en realidad es bien poco en comparación de lo que está por venir): ¡tanto esfuerzo inútil para llevar adelante una pastoral sin esperanza y además en un modo equivocado! (la víctima de la crítica es o el párroco o la parroquia y su párroco o la sociedad y el párroco, o los párrocos: de vez en cuando uno se suele incluir, pero solo un poco). Al ver que se diga lo que se diga no se llega a ninguna solución, se pasa a criticar los estatutos de la propia comunidad, o los modos de aplicarlos, o la situación de la Iglesia, o la sociedad europea o de donde sea, o la influencia de los ya inexistentes astros cuya luz nos avisa con retraso de su muerte…y así, además del cansancio y del agobio, nos aqueja la amargura y la melancolía, elixires preferidos del demonio, que todo lo impregnan con su discreto aroma hasta descomponerlo. Quizás la situación que muchos podrían experimentar como agobio, como estrés crónico e incluso como «el claro pasar de los años sobre mí», depende más de un error de perspectiva que de la realidad. No que la realidad no sea exigente y muchas veces tremendamente agobiante, más bien que la afrontamos con una mirada inadecuada (histérica, diría don Giussani; taruga, diríamos otros menos profundos). Así, podríamos preguntarnos si hay alguna visión adecuada a la realidad en general que pueda ayudar a nuestro particular estado de miseria de religiosidad estudiantil (o de cualquier tipo, en realidad) y si esta mirada lleve consigo una nota distintiva que ayude a nuestro discernimiento.
1.Perspectiva. Cuando hablamos de perspectiva, aplicada a nuestro modo de ver la realidad, nos referimos a la representación que de ella tenemos según sus detalles (perspectiva) y, al mismo tiempo, a la posible decisión o acción que se debería emprender para actuar sobre esos detalles y gracias a esos detalles (prospectiva). Se trata, entonces, de una aproximación representativa a la realidad que surge de una determinada lectura y de una determinada expectativa. Pongamos un ejemplo: un estudiante universitario tiene en mente un determinado recorrido: las materias cursadas y por cursar, el modo de afrontar cada una de ellas (las lecturas, los ejercicios, las prácticas, el profesor). Esto es la perspectiva. Al mismo tiempo, mientras afronta el estudio, espera obtener buenas notas, mantener la beca y, a largo plazo, obtener un título que le permitirá acceder a un cierto tipo de trabajo, etc. Al mismo tiempo, tiene una especie de proyecto en bruto para afrontar cada materia particular, según su importancia, los créditos, la dificultad de sus contenidos. Esto es la prospectiva. De este modo, lo que llamamos perspectiva, con su doble aspecto de mirada presente y apertura al futuro, parece corresponder a un modo «práctico» de afrontar la realidad, es decir la verdad.
Sin embargo, la profundidad de la realidad no consiste solamente en su presencia abierta al futuro. La realidad no es solo presencia que se proyecta. La verdad es historia. Así, parecería que el primer correctivo a una perspectiva equivocada sería el tener en cuenta el pasado. No es suficiente. Cualquiera que tenga buena consciencia de su pasado, y del pasado de la disciplina que estudia, y del pasado del mundo y de su origen, es susceptible de mostrar los mismos síntomas de estrés que cualquier otro que no se preocupe de la verdad histórica; más aún, descubriendo que la realidad ha sido desde siempre un enorme y dramático complejo, muy probablemente sucumbirá a la tentación de considerar que lo que antes fue no tiene por qué no ser después, perdiendo toda esperanza de legítimo progreso o fatalizando dicho progreso. Como cuando dudamos de la vida política: ya fue bastante mal, está yendo mal, muy probablemente vaya peor, pase lo que pase. Para que la perspectiva sea adecuada es necesario entonces no un dominio «visual» que abarque la realidad en sus tres dimensiones temporales, sino una noción, al mismo tiempo afectiva e intelectual, que aborde en modo más completo la realidad temporal en su radical profundidad.
2. Realidad. La verdad es la realidad. Esto significa que, en primer lugar, la realidad es medida o criterio de todo juicio. Un juicio irreal es un juicio falso en cuanto inadecuado a la realidad. Un juicio verdadero es un juicio adecuado a la realidad.
Ahora bien, la realidad no se presenta al corazón del hombre precisamente como medida sino como misterio. Decir que el hombre es medido por el misterio es hermoso, pero quizás por ahora no nos ayuda a comprender cómo se relaciona a este misterio. El hombre naturalmente mide la realidad y la categoriza, da nombre a las cosas, las percibe en su relación con las demás, trata de determinar –con más categorías– cuáles son dichas relaciones y cómo se influyen recíprocamente. La totalidad de la experiencia posible de este misterio es lo que el hombre llama realidad y nosotros, para no ser demasiado redundantes lo llamaremos «horizonte de realidad»: «de realidad», por lo ya dicho; «horizonte» porque incluso la experiencia posible se abre a una promesa siempre mayor de sentido y de verdad. En el más acá de este horizonte, no simplemente lo que de hecho experimenta, sino lo que le supera, lo que se presupone en su fondo, se presenta como evidentemente existente. Cuando las distintas experiencias de cada ser humano en su singularidad, se expresan como un sistema de conocimiento, se forma un horizonte de realidad que, si no es ideológico, se va abriendo cada vez más: si navegas mar adentro, el horizonte permanece, pero siempre más abierto. Así, la dimensión histórica de la realidad encuentra su primera característica en el hecho de constituirse como verdad, y como horizonte de verdad, para un sujeto de conocimiento durante el tiempo. Más aún, que haya un sujeto que hace experiencia de un campo de la realidad, cambia la realidad misma, y por eso, en cierto sentido, la verdad se realiza, es decir, se despliega en la historia en toda su complejidad.
El juicio del hombre entonces, si es adecuado, percibe la realidad con estas coordenadas: se trata de una grandeza que se despliega en mi corazón dejando que la mida, que haga un juicio sobre ella, que sea mi contribución subjetiva un elemento de su misma constitución objetiva. Sin embargo, esta misma realidad no se manifiesta como un todo indeterminado que simplemente se adecua a las categorías del sujeto. Al contrario, la realidad solicita la facultad intelectual y afectiva del sujeto, la corrige, podríamos decir que incluso la fuerza para ampliarla –solemos decir que un determinado hecho real «rompió mis esquemas»–. La misma necesidad de percibir la realidad como historia impone al sujeto un límite, una medida: la verdad no es tu juicio, la verdad es lo que se constituye más allá de tu juicio y que sólo por eso percibes. Esto quiere decir que la realidad aparece, en su radical acepción, como algo dado (dato). La realidad posee su propia determinación no simplemente porque el hombre la percibe, la mide y la nombra; si el hombre es un constitutivo-constituyente de la realidad, es también un constituido: el hombre es él mismo real, y esta realidad la percibe, pero no la determina. Incluso si se quisiera partir desde una perspectiva cartesiana en la que el dato original fuese la mente, esta permanece un dato y por tanto no se la puede equiparar con un absoluto que se constituye a sí mismo en la historia. La evidencia indica al sujeto pensante que, precisamente porque pertenece a la realidad histórica, tanto él como la realidad han tenido un inicio y tienen un futuro. Ambos son limitados. La evidencia nos indica, además, que «comenzamos» a pensar, pero si comenzamos a pensar, ya éramos antes de pensar; así, la misma capacidad de medir la realidad aparece como un dato.
El pensamiento que mide, el criterio de medida y la realidad en cuanto objeto medido, son entonces datos. No se auto-generan, no se dan a sí mismos, son los elementos originales de la relación dinámica que llamamos verdad.
Una perspectiva adecuada a la realidad, entonces, es una perspectiva capaz de percibir el dato en su acepción original de ser algo dado, determinado, originado, enderezado hacia una finalidad (un futuro). La perspectiva cristiana percibe el dato como algo donado libre y gratuitamente por Dios. Así, una correcta perspectiva percibe la realidad como don –no es solo algo que ya está, es algo que está porque se (me) da–. La profundidad de la realidad, de la verdad, coincide entonces con su ser-donada, con su no-ser a partir de sí misma sino en ser radicalmente proveniencia e indicación de otro que la dona. Si es Otro que originándola la dona, es a Otro a quien pertenece la plena medida de la verdad.
Así, la perspectiva realista es histórica, pues el don-realidad se despliega en el tiempo; es mística, pues en la profundidad de lo real percibe la Presencia Divina que la sostiene donándola; es, por esto mismo, agradecida; es, finalmente, maravilla, porque al ponerse delante de un don de tal magnitud en el que él mismo está incluido, el corazón del hombre siente ese afecto por el cuál la grandeza de la verdad se impone ampliando, a veces incluso con una cierta dosis de drama y dolor (¡con estupor!), la propia facultad de pensar y amar lo pensado: ¡maravillarse cansa, pues lleva al límite mis facultades ampliándolas para acoger algo que las sobrepasa enormemente!
La realidad, la verdad, se presenta entonces como un siempre más al que el hombre adecua el corazón para afirmarlo, para amarlo. La verdad siempre más grande es el criterio de un corazón recto, y por eso de una perspectiva recta. Ser para esta verdad es el fondo de la libertad, y acoger de hecho esta verdad y afirmarla amándola es ser libre. Esto quiere decir que cuando nuestro pobre estudiante piensa en sus estudios, si los piensa según una perspectiva adecuada, es capaz de pensarlos en su profundidad sin absolutizarlos, es capaz de prospectarlos sin hacer del futuro un proyecto histérico, es capaz de comprenderlos en su sucesión histórica (en su vida, en la vida del conocimiento humano, etc.), y es capaz, sobre todo, de agradecerlos como gracia por la que la Santa Presencia se le da como el dato radical de todo su trabajo y de todo su deseo vital: mi vida es ser alcanzado por esta Divina Presencia y mi vida es la libre adhesión a este misterio.
3. El buen humor. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es, por tanto, ni el cansancio, ni el estrés, ni el dolor –los mártires no son hombres simplemente sufrientes o muertos de agotamiento, son testigos de la Presencia del Resucitado. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es tampoco el sano equilibrio entre una visión práctica de la realidad y una visión mística por la cual se descubre en todo la Presencia de Dios, resistiendo al fuerte impulso de caer de rodillas ante la hermosura de cualquier ser que se presente a nuestros ojos mientras viajamos en autobús. El equilibrio implicaría estar en medio de dos pesos contrapuestos, y la realidad y la presencia de Dios no son dos pesos contrapuestos, son una misma cosa. Si Dios no está presente dando participación de su ser como don, la realidad no tiene sustento, la realidad no existiría. La nota distintiva de la perspectiva cristiana no es, finalmente, una especie de optimismo santurrón que fuerza la mística hasta la náusea, no es verlo todo de color de rosa y no es ignorar el dolor: la perspectiva cristiana asume la realidad comprometiéndose con ella, pues la ama, y por eso es capaz de sufrirla, no solo de gozarla. Pero si la perspectiva tiene en cuenta el carácter de don, es agradecida; teniendo en cuenta que este don es concreto y me es dado, es gozosa (goza en el bien presente); teniendo en cuenta que este don pide la adecuación de mi corazón, es responsable, es amorosa, pues compromete todo su ser en la recepción y realización de la verdad que le es dada; teniendo en cuenta que tal verdad es demasiado grande y percibiendo con gratitud que, no obstante, le es dada para amarla y para amar a Aquel que se la da, la perspectiva cristiana es, en resumen, alegre. Y esta alegría no es una cualquiera, es la alegría de la Pascua: se funda en la certeza de saber que Aquel que se comprometió con la realidad hasta la muerte de Cruz, está vivo y presente y garante del Destino de todo el devenir. Es Él la verdad, ¡en verdad vive! Cuando finalmente vemos que aquello que podríamos controlar seccionándolo y absolutizando cada pequeña sección, es más bien un todo que me envuelve y me arrastra consigo en la dinámica de un don siempre más hermoso y complejo…cuando percibo tal dinámica de complejidad siempre en aumento en mí, en mi historia, y en la historia del cosmos…cuando percibo su fuerte tensión y profundidad, pues en todo apunta a la manifestación de la Divina Presencia…y cuando siento mi pobre incapacidad de abarcarla, me río y me alegro de saber que no depende de mí, que nada nunca ha dependido de mí, que no se espera que dependa de mí, que nadie me pide que dependa de mí, que el «mí» es solo una respuesta a un sagrado inicio y es solo tensión –dignísima y nobilísima y libérrima tensión– a un Destino constituido en Dios y por eso constituyente hacia Dios.
Así, el cansado estudiante, puede mirar las cosas en perspectiva: el estudio es primeramente don, la materia que estudia es don, el cansancio mismo por el que sus facultades son ampliadas por la verdad, es un don –si después de toda la perorata sobre la realidad no se entiende que esto no es romanticismo o mera evasión de las dificultades, si esto se comprende como un puro analgésico, no he logrado en absoluto transmitir lo que quiero: la realidad es tan concreta como concreto es Dios, y la experiencia posible de esta verdad es un dato fundamental del ser del mundo. Incluso si se trata de bagatelas, se trata de hermosas, grandiosas, bagatelas (Chesterton). El sentirse inadecuado es indicio de la verdad profunda del ser de nuestro querido estudiante: pequeño, creado, empujado a la vida por un amor que le precede y lo llama a la comunión eterna. Esto no aleja al hombre de la práctica concreta, sino que le hace práctico en lo concreto: todo solicita mi amor como respuesta y el amor exige el empeño de todas mis facultades (esto es responsabilidad). Quizás el cansancio del que estudia y la dura espera del religioso que se deja formar; quizás el dolor de cada día y el drama de desear ardientemente la justa verdad en un sistema que tiende crónicamente a la injusticia; quizás el sentir cómo la vida se nos va sin poder tener el mínimo control sobre su desgaste…quizás no sea ese el problema. Quizás el problema es que hasta ahora nuestra limitada perspectiva nos pedía conservarnos para un final feliz, nos hacía poner la esperanza en un futuro que nunca llegaba en vez de percibir que la esperanza se anuncia ya realizada en la profundidad misma de la verdad que se me hace presente.
No significa, como bien se nota, que no vamos a cansarnos. No significa que detendremos el desgaste intelectual, afectivo y corporal. No significa que cambiando perspectiva vamos, finalmente, a ser adecuados a la inmensa verdad. Significa que intentaremos amar la verdad con todo nuestro ser, mediante la ascesis que la realidad exige y que consiste, en última instancia, en perder la vida por el que es la Verdad –¡cuán dulce –y dramático, y duro…y dulce– es perder la vida por quien se ama! Lo único que podremos quitar será esa profunda amargura y esa insidiosa rebelión irrealista, demoniaca e histérica que hace de la realidad un proyecto mío, y de la verdad un concepto mío. Cuando la realidad me supere, podré gozar, con buen humor, de su imponerse a mi inadecuación, porque me daré cuenta de que, en efecto, esta experiencia es evidentemente experiencia de lo real, este encuentro es eminentemente verdadero. Que pequeño seré entonces, y todo maltrecho, con cuanta pasión me reiré cuando descubra el alegre Rostro del Resucitado a la puerta del sepulcro.

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