martes, 13 de mayo de 2025

«Queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo»

 




Hace más o menos un mes, intentando hablar con algunos adolescentes –son voluntarios del oratorio, y nos ayudan a cuidar a niños pequeños con juegos, acompañándolos a misa, con algún trabajo manual–, acerca de la comunidad, la educación, la libertad, me quedé sorprendido por la respuesta tajante, cruda y auténtica de una de ellas:

–«El sistema está mal». «¿Por qué?». Todos: «nos aplasta, mata la creatividad, nos fuerza, nos dice siempre qué hacer»; ella: «porque todo parece consistir en ir a la escuela para tener trabajo, tener trabajo para ganar dinero, ganar dinero para comer. ¡Y ya! La felicidad a nadie le importa».  Pregunto: «¿piensan que habría que cambiar esto?». Todos: «sí». «¿Y entonces? ¿Nadie hace nada?». Silencio. «¿Alguien les ha dicho alguna vez que si esto está mal hay que cambiarlo?». Todos: «¡No!». «Y ustedes, ¿quisieran cambiarlo?». Ella: «Sí, queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo […] nadie nos dice cómo».

Algunos más crecidos creemos que el problema de los adolescentes son las reglas o su falta de ubicación. Se creen omnipotentes y no lo son (es increíble la cantidad de sandeces que podemos inventarnos los adultos para no reconocer que no sabemos qué está pasando en verdad con estos chicos).

Algunas experiencias me indican lo contrario: el problema no es exactamente la regla, el problema es que ante su deseo de sentido respondemos con la afirmación de la regla; el problema es que ante su desubicación no caminamos con ellos para ubicarnos, sino que los ubicamos a bofetadas, o a punta de castigos, o «poniendo límites» que no liberan. Vemos cómo comienzan a llenarse de rabia, de dolor, de angustia, de frustración y la razón que damos es que son pequeños, son tontos, son inadaptados, y que esto es «normal», que ya aprenderán.

Yo agradezco, sobre todo a mis papás, pero también a tantos amigos (y a los padres de mis amigos), y maestros, el que hayan tenido el coraje de tenerme paciencia y no abandonarme a la rabia y a la frustración. Me trataron siempre como a una persona, a veces incluso como a un igual, sin poner el acento en su posición, en jerarquías, en formalidades o en otras tonteras. 

Delante de la crisis, cuando era solamente rabia, mi papá me regaló una foto de Juan Pablo II que decía «non abbiate paura» (no tengáis miedo) y mi mamá me escribió una carta en la que me decía cuánto me quería y cuanto yo no podía percibirlo aún todo, pero que ella estaba siempre allí queriéndome: ambos me perdonaron muchísimas veces, y mis hermanos también y mis amigos y mis profesores. Mi hermano más pequeño, de seis años, supo decirme en el momento adecuado, cuando yo pensaba que era solamente ineptitud, inadecuación y rabia, "te queremos", y me abrazó.

Ninguno tuvo la indecencia de decirme que mi exigencia de sentido era una estupidez sino que me acompañaron, me dejaron ser libre y elegir sin amenazarme con un futuro de fracaso; me pusieron delante de sus razones, me corrigieron, me perdonaron, me dejaron expresar, a veces bien y otras furiosamente, mis preguntas, las tomaron en serio, las admitieron, las contradijeron, pero nunca se atrevieron a decir que el infinito que yo deseaba era estúpido…o que yo era estúpido (y sí lo soy, un poquito): ni estúpido, ni inadaptado, ni normalmente inmaduro, ni poco adecuado para comprender, ni impulsivo (aún si esto es evidente), ni optimista incurable. Fui tomado en serio. Y para las preguntas cuya respuesta ellos no podían darme pues tenía que descubrirla yo –aún me acuerdo cuando una vez pregunté bastante perplejo en una conferencia, al final de unas vacaciones de CL: «y entonces, ¿quién soy yo?»–, me dieron su compañía, caminaron y caminan conmigo, también ellos con sus tensiones, sus preguntas, su deseo.

¿Cómo puedo atreverme entonces a decirle a un adolescente que es un inmaduro y no entiende nada? ¿Cómo puede nadie atreverse a hablar solamente en negativo de la temida categoría de «los jóvenes»? No tenemos las respuestas que nos piden. ¿No podríamos buscarlas con ellos? ¿No podríamos acercarnos y entregarles nuestra vida para que ellos continúen buscando, como nosotros?

¿No podríamos decirles que la felicidad es real? ¿No podríamos hablar, con toda la expresividad de nuestra carne, de ese Infinito que nos mueve? ¿No podríamos animarles a ser radicalmente coherentes y exigir una respuesta real que sacie sus corazones?

Al parecer podemos solo decir: no saben, son tiernos pero tontos, no entienden, son idealistas, ya se toparan con las desgracias de la vida. Y entonces tampoco nosotros cambiaremos nada.

Esta muchacha me hizo recordar la furia de mis preguntas de adolescente: ¿quién soy? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo puedo cambiar mi país (las opciones eran: política, educación o vida religiosa)? ¿Cómo puedo amar sin que el amor se termine pudriendo? ¿Qué vida es la mía? ¿En qué modo puedo vivir para que el fuego nunca se apague sino que lo contagie todo? ¿Cómo puedo hacer para que este Dios que me llena toque la vida de mis amigos que le ignoran, o de los que sufren sin esperanza, o de los que se mueren solos, tristes? Nadie podía decirme cómo, pero tantos me acompañaron para descubrirlo: nadie me substituyó ni en el descubrimiento ni en la elección, pero estuvieron siempre conmigo.

¿Y esta chica? ¿Y estos chicos?

«Queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo». Quizás les basta ser. Arder con las preguntas, amar la búsqueda y amar más la saciedad de la respuesta; pero ser. No medirse, no compararse, no esperar a ser útil o bueno o virtuoso: dejarse de preocupar por hacer, por cumplir; quizás solo así logremos romper finalmente el «sistema», y no solamente hacerlo pedazos sino proponer algo nuevo, real, libre, no hecho de a-prioris sino de la verdadera experiencia de todo lo real sin censuras.

Le dije a los chicos que no tenía respuestas: realmente no las tengo.

Les dije también que nuestro intento de hacer algo por los niños más pequeños tenía que ser parte del cambio: si a nosotros el «sistema» nos aplasta, hacer espacio para la maravilla, la ternura y el juego caótico de los niños; si a nosotros el «sistema» nos fuerza, aprender a proponer el orden con paciencia, adaptando, con dulzura; si a nosotros nadie responde con razones verdaderas sino con reglas vacías, a los niños darles razones breves, acompañarles en el orden cumpliendo con ellos pocas y sencillas reglas; si a nosotros nos da miedo hablar, hacer, cambiar, romper esquemas, a los niños dejarles romper los nuestros, dejarles cuestionar nuestros métodos, dejarles decirnos que no están de acuerdo sin regañarles, aprender a ver en ellos también una exigencia de verdad (lo hacen, los niños realmente exigen una verdad vivida…o te mandan a volar de inmediato). Creo que me entendieron la mitad, que es más de lo que yo entiendo.

Tiene que haber una real revolución, cuyo fundamento no sea la posición del poder, sino la exigencia de sentido; que no sea la utilidad, el dinero, sino, por favor, la existencia.

Yo espero que estos chicos comprendan, cuando llegue su momento, que solo en Cristo existe la libertad que ya no tiene fronteras, que siendo libre libera a otros, que nos hace experimentar siempre más una plenitud que ni con el ardor de nuestras preguntas podríamos imaginar. Espero que también comprendan que realmente pueden cambiar las cosas, las están cambiando, no por sus grandes hazañas, sino por ser ellos mismos, auténticos, frágiles, pequeños, con dudas, con angustias, y con unas ganas enormes de ser felices, plenos, amados, amantes, reales. Y francamente espero que el fuego de sus preguntas, su rebelión ante el susodicho «sistema» sea tomada en serio, y que este sistema, que no tiene en cuenta nuestro Destino, se acabe de una buena vez. O más bien, francamente espero que venga el reino de Dios, que lo toque todo con su dulzura, que toque el corazón de estos niños y los transforme. Que puedan ser felices, así como se puede, en esta tierra y que sepan por esa mucha o poca felicidad que el Cielo es su Destino y que nadie puede arrebatárselos; que sepan que hay respuestas, que sepan que hay una compañía que nos les deja; que sepan que el mal al final se morirá todo y que solo habrá bien, libertad, un deseo siempre más grande y una gracia que siempre más lo saciará. Y espero corresponder al don que recibí de mis papás y de mi familia y de mis amigos, y no matar nunca una pregunta, sino tomarla en serio; no dejar a nadie sin esperanza por sabiondo, no apagar nunca un fuego auténtico que exige la verdad. Lo suplico. Lo quiero. Que esta chica encuentre la respuesta que busca, que descubra cuánto la supera, cuánto es atrayente su hermosura; que sea aferrada para siempre por la eterna dicha. 

(en realidad creo que no dije exactamente lo que quería decir, pero paciencia).

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