Recientemente un sacerdote ha dicho públicamente que su vocación
le apretaba («me queda estrecha pues limita mi persona, me convierte en un rol
en vez de en un alguien»). No sé cuál sea el misterio que ha convertido la vida
de este hombre en un conglomerado de estrecheces y no dudo de que hable según su
corazón. Lo que me llena de maravilla es que a alguien pueda quedarle estrecho
lo que yo he siempre percibido como algo demasiado grande que no puedo abarcar.
Por eso prefiero hablar de lo que tantos percibimos como un vestido demasiado
grande y hermoso que se llama consagración.
1. La consagración significa pertenecer, estar separado de muchos para
pertenecerle a Dios. Es en primer lugar la condición de todos los bautizados: no
somos de este mundo, somos de Dios, tenemos un ancla echada en el Cielo
mientras peregrinamos por esta tierra. La consagración es lo que caracteriza
también toda tarea cristiana: la dedicación de todo corazón a una tarea
concreta de amor según un estado de vida preciso. La consagración, también, es una vocación
especial entre los cristianos: los religiosos consagrados representan para sus
hermanos cristianos la radicalidad de nuestro bautismo. Somos tan de Dios que
no podemos ser de nadie más y porque somos todos de Dios somos todo para todos
en Él. Así, la consagración es grande
porque amplia mi corazón más allá de sus pobres límites de creatura: no soy ya
para uno o para otro, soy para Dios y, en un modo bastante incomprensible, a
causa de Dios soy para todos. Esto quiere decir que el hecho de que le
pertenezca a Dios, como cristiano y luego como consagrado es riqueza para este
mundo nuestro tan lleno de belleza y de horror. No es porque yo sea grande, es
porque pertenecerle a Dios «me hace grande», amplía lo que soy, hace de mi
pobreza y de mi fragilidad una misteriosa riqueza cuyo origen último es
solamente el amor crucificado de Cristo. El hecho de pertenecerle a Dios
mediante una obediencia concreta no me encasilla, me amplía. Como decía
Giuseppe Moscati: «amarte me hace sublime», me eleva, me engrandece, hace de mí
lo que yo no podría haber hecho por mí mismo.
2.
La consagración,
además, es la condición misma de Cristo. Cristo le pertenece a Dios porque es su Hijo
Unigénito, porque es su Mesías. Sin embargo, Cristo ha querido pertenecerle a
Dios a través de una obediencia humana: fue llevado al Templo y ofreció el
rescate de los primogénitos, que indica su pertenencia a Dios. Además, vivió en
su vida terrena bajo la obediencia del Espíritu Santo y bajo la obediencia, la
verdadera obediencia, a la Ley de Moisés, que es una obediencia de libertad. Esta
concreta consagración del Maestro se convierte para Él en nutrimento y alegría:
«tengo un alimento que no conocen…hacer la voluntad de mi Padre»; «te doy
gracias, Padre…porque así te ha parecido bien». La alegría de Cristo es la de
obedecer porque pertenece, la de mirar cómo su libertad que continuamente sigue
la Voluntad de su Padre realmente da fruto al entregarse, crece, se hace más
grande, abarca más, alcanza a más, salva más. La obediencia de todo cristiano es
así: mi libertad se une a la de Cristo, y entonces su campo de acción es más
amplio, más grande, más tremendamente fructífero. «Completo en mi carne los
dolores de Cristo»…con mi libre ofrenda estoy unido a mi Cristo que salva. Solo
los verdaderos contemplativos se dan cuenta de que lavar los platos puede ser
un gesto redentor: y así también estudiar, comer, descansar, decir sí a ese
trabajo que ya no quiero hacer, asumir que esta vida está llena de estrés y no
huir de él, escaparte un rato con tus amigos, leer un libro ni tan bueno pero
tan poco tan malo… Toda nuestra vida se vuelve alegría de ver cómo Dios salva
al mundo también mediante nuestra pobre libertad.
3.
La
consagración de Cristo es también un sí de sacrificio. Nuestro Señor se ofrece
Él mismo como rescate por nosotros pecadores. Él se convierte en Cordero. Él es
el Cordero de Dios que se ofrece en lugar de Isaac y de todos los que le
debemos la vida a Dios, para que nosotros tengamos vida desde su muerte. Y
nadie le quita dolor a este sacrificio: Cristo no ocultó su turbación, su
angustia, su sudor de sangre, sus lágrimas, su coraje ante la incredulidad de
su Pueblo, su tristeza por el destino tan terrible de Jerusalén…Y, sin embargo,
es precisamente mediante este dolor que salva al mundo entero. «Cargó con
nuestros dolores, llevó sobre sí el peso de nuestras enfermedades». Él cargó
con la peor parte, con la soledad tremenda de no sentir ya a Dios. Él se acercó
así a todo aquel que se siente tan lejano de Dios que ya no puede ni siquiera
esperar en su perdón. Él se acercó así a mí y a todos los que somos pecadores y
en vez de dar un sí grande y libre como el suyo, damos un sí y mil no,
prefiriéndonos a nosotros mismos. Él se acercó también, con su dolor y angustia,
a todos aquellos que quieren decir un grande sí pero sienten el peso de un semejante
sí: les costará la vida. A menudo la vida de bautizado y la vida de religioso
nos piden esta clase de decisiones: me voy a cansar de más, voy a perder esto y
esto otro, voy a ser tenido por tal, voy a desgastarme y ni siquiera sé si esto
dará fruto, voy a amar a quien probablemente no me corresponda… pero este
sacrificio no me estrecha -¿puede ser estrecho el amor de Cristo?-, sigue ampliando
mi corazón para amar ya no a modo humano, que es lo único que por mis proprias
fuerzas tengo derecho a pretender…ya no a modo humano, sino al modo
humano-divino de Cristo: hasta el extremo de las fuerzas, de la creatividad, del
gusto, del disgusto, de la vida. Hasta todo. Amar así hace que uno ame hasta el
extremo: hace de mi amor de hombre -egoísta, temeroso, posesivo, mezquino,
angustiado y, sin embargo, real, hermoso, dulce-…hace de este pobre amor, amor
de Dios y con Dios.
Una
de las antífonas del Oficio de Lectura del Sábado (no me acuerdo de qué semana)
reza: «Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo». Esta frase
resume para mí lo que significa ser cristiano y ser consagrado:
-Dios
mío, porque Dios es todo. En Él todo encuentra su sitio y su sentido. En Él
todo es amable, todo es bello, todo es santo, todo es perdonado. En Él es
posible amarlo todo, y Él ha querido hacerse mío: no solamente yo le pertenezco,
Él me pertenece. Nos pertenecemos.
-Con
alegre y sincero corazón: mi corazón, tan lleno de debilidad y estupidez, tan
lleno de pecados y de miserias, salta de alegría al sentir la cercanía de mi
Dios. Lo que define mi corazón no es ya mi miseria perdonada, ni la potencial
corrupción, sino simplemente que este corazón es de Dios. Mi ser es
radicalmente pertenencia. Por eso es sincero cuando dice «soy de Dios», y por
eso es alegre: se goza en su realidad radical, se goza en una Presencia, se
goza en el hecho de haber derrotado a la soledad de los infiernos no tanto por
su virtud sino porque le pertenece al Cielo de Dios. Y mi corazón se alegra,
porque sabe para quién está hecho, sabe para qué está hecho: para algo
infinito, para algo que no se reduce a él, para algo demasiado grande como para
encasillarlo en una idea o incluso en una disciplina. Está hecho para Dios.
-Te
lo he entregado todo: todo, mis pecados, mis buenas obras, mis deseos de grandeza,
mis fracasos, mis frustraciones, todo, todo. Te lo he entregado esta mañana y
volveré a entregártelo al anochecer. Porque todo lo que soy es tuyo sin que me
lo arrebates, pues yo quiero dártelo. Todo, porque tú, al hacerte mío, me lo
has dado todo. Todo, porque solamente con todo podría realmente corresponder a
tu Todo.
La
consagración es sí sacrificio, es sí radical renuncia que a veces nos hace
lloriquear un poco o anhelar algo distinto, hasta que uno se da cuenta de la
hermosura de dejarse ampliar el corazón por su vocación: lo que podía haber
sido siempre mi nada, se ha convertido en un todo para amar. Yo amo con este
todo, y nada me sabe estrecho, nada me sabe frío, todo parece fuego y gracia,
risa y dulzura, porque la consagración es la radical condición de lo que somos:
somos de Dios. Y esto no es estrecho: es todo. «Grandes cosas hizo en mí, aquel
cuyo nombre es Santo/Consagrado».
Por
eso quizás deberíamos ser más radicales en nuestro modo de amar: con la
profunda humildad del que sabe que es nada y, al mismo tiempo, en Dios su nada
se vuelve todo. Deberíamos ser también más radicales al considerar nuestra vida
de cristianos: ¿realmente me amplía el corazón? ¿realmente acrecienta el ardor
de mi Deseo? ¿No será que me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que
necesito poner distancia entre Dios y yo para no dejarme consumir? ¿No será que
me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que, a fin de cuentas, así como
estoy me encuentro bastante bien, y no necesito que ahora mi amor se vuelva
eterno? ¿No será que mi corazón se está muriendo en la estrechez de una vida
sin pertenencia, sin sacrificio, sin libertad que se entrega para dar fruto?
No
siento que mi vocación me quede estrecha, y sé que solo puedo dar gracias a
Dios, que no puedo hacer de esto una ley. Sé que es una alegría tan grande, tan
inmensa, tan total, que me queda siempre grande: recibo algo que no es mío,
está hecho a la medida de Cristo, no a la mía: Él es el hombre perfecto, como
dice la Escritura. Yo, en cambio, soy un pobre diablo -en alguna parte de la
Escritura dice eso de «un perro rabioso»…-bastante contento en ponerse sus
vestidos y celebrar misa, confesar, rezar, y el resto del tiempo, saber que soy
suyo. Y si esto parece presunción, pues que Dios me conceda que sea «gloriarme
en Jesucristo», en la grandeza de mi Dios que por pura misericordia me hace
grande, hace de mi nada un todo para amar.
A
esta vida de sacrificios yo no le veo estrechez por ningún lado: las renuncias
duelen…o dolieron, pero no frustran. A esta vida no le veo ni estrechez, ni
manipulación, ni anti-naturalidad, ni injusticia…le veo, por todas partes,
alegría: una alegría que no deja de crecer, que no deja de abarcar cada vez más
y más, que no deja de hablar del Cielo. La única estrechez que veo es la de mi
corazón de perro rabioso…pero incluso aquí algo se está transformando, algo
está continuamente en tensión hacia una novedad santa y sublime…algo, todo
empieza a transformarse en alegría de vida eterna.
Por
eso con «alegre y sincero corazón te lo he entregado todo», porque esto soy.
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