sábado, 11 de marzo de 2023

El Taller del Orfebre

 

El sentido del hombre en «El taller del Orfebre» de Karol Wojtyla.


(Paolo Veronese, Nozze di Cana, 1563, detalle)

El autor del Taller del Orfebre no necesita de una amplia presentación de nuestra parte. La obra probablemente tampoco. Se trata de una meditación acerca del matrimonio «a veces expresada en forma de drama», donde no sabemos si el autor quería indicar que el matrimonio se manifiesta como un drama o que su meditación tomó la forma de un drama. Probablemente ambas cosas.

Ahora bien, lo que de esta meditación se saca no es solamente una verdad que concierne al matrimonio, sino al hombre entero, sea cual sea su estado. En efecto, en los preciosos diálogos del drama, Karol Wojtyla logró plasmar lo que para él es el sentido del hombre: el ser para el otro. Trataremos aquí de mostrar con algunos textos cómo se expresa esta verdad.

Y es hablando de la verdad como se abre la obra. Se trata de un enamoramiento, y lo que a muchos podría parecer una simple cuestión de los sentidos es puesto, como la cosa más natural, en la perspectiva de la verdad. Andrés se enamora de Teresa y, más aún, descubre que la ama, pero este descubrimiento tiene su condición de posibilidad en un hecho fundamental:

Pensé entonces que la belleza accesible a los sentidos puede convertirse en un don difícil y peligroso; sé de personas que por su causa dañan a otras —así, lentamente, aprendí a valorar la belleza accesible al espíritu, es decir, la verdad[1].

Es ya sugestivo que la verdad aparezca aquí como belleza, es decir como señorial manifestación del ser que, en cierto modo, se impone a una subjetividad, hablando no solamente al intelecto sino a su corazón. Por otra parte, se ve cómo la verdad es para Andrés (y para Wojtyla) algo más que una simple adecuación entre intelecto y objeto; es algo que interpela el centro del hombre, el espíritu.

Esta belleza accesible al espíritu adquiere un rostro y un nombre concretos: Teresa. Y Andrés narra cómo Teresa comienza a adquirir «un lugar en mi yo», ocupando su conciencia y su memoria. Teresa se le impone, a pesar de que él busca huir de ese hecho interesándose por otras chicas. Andrés reconocerá después que en esa lucha entre dejar que Teresa se “apodere” de su interioridad —en cuanto distinta o ajena a sí mismo— y guardarse para sí mismo, estaba ya la semilla del amor:

El amor puede ser también como un choque en el que dos seres adquieren plena conciencia de que deben pertenecerse, aunque falten aún el estado de ánimo y los sentimientos. Es uno de esos procesos del universo que producen la síntesis, unen lo que está separado y amplían y enriquecen lo que es angosto y limitado[2].

Surgen aquí dos nociones importantes con respecto a la verdad: el amor y el deber. El amor envuelve al deber, y el deber surge como consecuencia de la impresión de la belleza que se adueña de la propia subjetividad. Andrés siente como si Teresa, que está enamorada de él, le persiguiera con su amor. Este hecho, el saberse amado, el que se imponga señorialmente la verdad del Otro que me ama, es la fuente del deber: yo debo pertenecerle.

Teresa también lucha:

Siempre había creído que Andrés hacía todo lo posible para que yo le fuera innecesaria y para convencerme de ello. Si su declaración no me ha hallado del todo desprevenida, es porque en cierto modo sentía que estaba hecha para él y que tal vez podría amarle. Quizá inconscientemente ya le amaba […] Siempre he sido dura como la madera, que se carcome por dentro antes que romperse[3].  

Resulta entonces que el amor parece manar no en un sentido unívoco, es decir: el amor no simplemente interpela a Andrés desde Teresa, también Teresa es interpelada por la persona de Andrés que se va imponiendo a su interioridad. Por eso el deber de pertenecerse es mutuo: debemos pertenecernos.

El amor entonces opera una ampliación del yo para que el tú ocupe todo el espacio. Es una liberación de sí mismo para que el amado, que me ama, sea todo en mí. Está imagen se parece mucho a la del embarazo: el pequeño ser que surge, al principio en modo imperceptible, en el seno de la madre, comienza a ampliar literalmente el cuerpo de su madre y a ocupar todo ese espacio, y a ser el centro físico y afectivo de su madre…y de su padre. Así, el amor es aquí un acoger y dejar que crezca dentro de sí al otro que me ama y a quien amo.

Belleza, verdad, amor, deber, mutua pertenencia. Parecieran pasos de un recorrido pero son, en realidad, las distintas facetas de una sola experiencia: el amor es entonces talmente vinculante que el Otro no solamente cautiva por su profunda belleza sino que exige la totalidad del amado para llegar a su plenitud en la mutua pertenencia.

Y es en esta mutua pertenencia, simbolizada por las alianzas matrimoniales, que el hombre puede reconocer su peso y su medida:

El peso de estas alianzas de oro —dijo [el Orfebre] no es el peso del metal, sino el peso específico del hombre, de cada uno de vosotros por separado y de los dos juntos. ¡Ah, el peso específico del hombre, el peso particular de cada hombre! ¿Hay algo más abrumador y al mismo tiempo más inaprehensible? […] ¡Ah, el peso propio del hombre! Estas fisuras, esta maraña, y esta profundidad —estas adherencias, cuando es tan difícil despegar la mente del corazón…Y en medio de todo ello, la libertad —una cierta libertad, a veces incluso locura, una locura de libertad envuelta en esa maraña. Y en medio de todo ello, el amor, que mana de la libertad, como fuente de tajo recién abierta[4].

Dijimos que la libertad se manifiesta como ese espacio interior para acoger al otro, y ahora Wojtyla nos dice que es de este espacio propio, personal, íntimo, del que mana el amor, el cual determina el peso del hombre. El amor, simbolizado por las alianzas, determina el peso de cada hombre. Sin embargo, una alianza, independiente de la otra, no tiene peso. Un hombre no tiene ningún peso si no es en referencia a otro. Así lo dice el Orfebre a Ana, quien desilusionada de su matrimonio, a causa de la indiferencia de su marido Esteban, se propone vender su alianza:

Esta alianza no pesa nada, la balanza siempre indica cero y no puedo obtener de aquella ni siquiera un miligramo. Sin duda alguna su marido aún vive —ninguna alianza, por separado, pesa nada —sólo pesan las dos juntas. Mi balanza de orfebre tiene la particularidad de que no pesa el metal, sino toda la existencia del hombre y su destino[5].

Ana piensa que el amor es una cuestión de «sentidos y atmósfera», es decir, que se trata simplemente de afectos comunes entre dos personas. Pero, encontrándose con Adán mientras deambula por las calles, escucha de éste:

[…] el amor es la síntesis de la existencia de dos personas, que coincide en un cierto punto y de dos seres hace una sola cosa[6].

Y le habla a Ana del Esposo, quien «al pasar, pulsa el amor[7]» que hay en cada persona. Y Anna comienza a sentir nostalgia por el «hombre perfecto», por el hombre que pueda tocar e interpelar su amor con el Suyo. Solamente que lo busca en los hombres que no son su marido y que no son el Esposo. Se busca una aventura, y aunque al final siempre resiste a la tentación, continúa vagando desilusionada. Y es que se da cuenta de que el amor no es algo que dependa simplemente de lo humano y de lo que humanamente logramos agenciarnos. Adán, en efecto, explica:

El amor no es una aventura. Posee el sabor de toda la persona. Tiene su peso específico. Y el peso de todo su destino. No puede durar sólo un instante. La eternidad del hombre lo compenetra. Por esto se le encuentra en las dimensiones de Dios. Porque sólo Él es la eternidad[8].

Por tanto, aquello que determina el peso del hombre, aquello que posee todo su sabor, se encuentra en Dios primeramente. El amor aspira a lo eterno porque su ámbito es la eternidad, porque su lugar es Dios mismo. Así, el peso del hombre y su destino (si entendemos aquí destino en cuanto sentido, dirección, destinación) le vienen de Dios, y el amor puede ser manantial al mismo tiempo en dos subjetividades distintas que, por ese amor que los envuelve, pues es superior, y que en ellos mana, pues es su peso y su destino, se encuentran y se acogen mutuamente. Y es aquí donde el amor entre dos personas humanas se abre a la dimensión del amor Eclesial. Ana es esposa del Esposo, no solamente de su esposo Esteban. En cierto sentido, Ana es invitada a comportarse como Iglesia, como virgen prudente, aunque se descubre, en su poco amor hacia su marido, como parte del grupo de las imprudentes:

¡Oh, Ana, tengo que convencerte de que al otro lado de estos amores nuestros, que nos llenan de vida —está el Amor! ¡El Esposo pasa por esta calle y por todas las demás! ¿Cómo podría demostrarte que eres tú la esposa? Sería menester perforar un estrato de tu alma, como se perfora la capa de maleza y el suelo para encontrar una fuente en la espesura del bosque. Entonces le oirías exclamar: amada mía, no sabes cuánto me perteneces, hasta qué punto perteneces a mi amor y a mi sufrimiento —porque amar significa dar la vida con la muerte, amar significa brotar como una fuente de agua viva en lo más hondo del alma, que convertida en llama o ascua no puede extinguirse jamás. ¡Oh, la llama y la fuente! No sientes la fuente, pero la llama te consume. ¿Verdad?[9]

Y cuando Ana se encuentra con el Esposo, descubre con estupor que Su rostro es el de Esteban.

Ana: He visto el rostro que aborrezco, y he visto también el rostro que debería amar. ¿Por qué me sometes a tal prueba?

Adán: En el rostro del Esposo cada uno de nosotros descubre el parecido de los rostros de aquellos seres con los que el amor nos ha unido de este lado de la vida y de la existencia. Todos están en Él[10].

El amor, que es superior al hombre lo une a personas determinadas para con las cuáles se exige, como un deber, el amor mismo. Y en el rostro de Dios el hombre encuentra el rostro de quien debe amar: Dios mismo, y ese tú humano concreto que el amor le ha dado para acogerlo en su interioridad y dejarse determinar por él. En efecto, el amor es, a fin de cuentas, un ser en vista del otro, un dejarse determinar por la pertenencia a este otro que ha tomado, dulcemente, posesión de todo mi serque yo le he entregado libremente. Incluso cuando el amor falta, el rostro del Esposo nos muestra el rostro de aquel a quien debemos amar, y por eso el amor adquiere aquí el fundamento último de su carácter de deber: amar a un tú concreto es tarea, es misión que Dios otorga.

De este modo, podemos decir que el sentido del hombre, lo que determina su peso, a saber su ser para otro (en la mutua pertenencia de los que se aman), lo es primeramente en referencia a Dios: el hombre y la mujer son, ambos, Iglesia que, como María en la Anunciación, acoge al Tú divino que toma posesión de ella de tal modo que la carne del Hijo de Dios es la carne de María y que, como María al pie de la Cruz, acoge al Esposo que se entrega por ella y que le da un Tú concreto a quien amar como le ha amado a Él (¡ahí tienes a tu hijo!). En segundo lugar, precisamente porque se recibe de Dios al otro al que se ha de amar, el matrimonio luce a nuestros ojos con una luz aún más brillante: no es simplemente una convención social o una dinámica natural elevada a sacramento. El matrimonio es una tarea divina que Dios bendice, custodia y ordena.

A alguno podría parecerle que la vida de los consagrados queda relegada a un segundo plano, pero no es así. Es obvio que, tratándose de una reflexión sobre el matrimonio, El taller del Orfebre no nos ofrece una solución detallada a esta pregunta, pero nos ha ya indicado el camino. El amor al otro es tarea, y por eso también el que está llamado a la consagración en pobreza, castidad y obediencia, vive su ser para el otro según el orden de la caridad divina. No es lo mismo el matrimonio que la vida consagrada y no están al mismo nivel. Ambos, sin embargo, son una cuestión cuyo núcleo se encuentra en Dios y ambos configuran la existencia del hombre en vistas del amor divino.

[…] El hombre ha de volver al lugar en que vio la luz de su existencia — ¡y desea tanto que ésta nazca del amor![11]

El sentido del hombre, entonces, es amor. Amor que es primeramente divino; amor que Dios es y vive y que dona a los hombres como tarea. Por eso la experiencia humana del amor matrimonial puede ser un reflejo de la vida de Dios mismo y por eso Dios es el que puede hablar al hombre de la plenitud de su existencia. Y el que delante del misterio del amor que desde Dios mana hacia el mundo a través de los hombres que se aman, puede descubrir la hermosura de la existencia humana:

¡crear algo que refleje la Existencia absoluta y el Amor es la más hermosa de las tareas![12]



[1] K. Wojtyla, El taller del Orfebre, I, 1, 6.

[2] Ibíd., 8.

[3] Ibíd., 9.

[4] Ibíd., 24.

[5] Ibíd., 44.

[6] Ibíd., 49.

[7] Cfr. Ibíd., 47.

[8] Ibíd., 55-56.

[9] Ibíd., 60-61.

[10] Ibíd., 62-63.

[11] Ibíd., 85.

[12] Ibíd., 100.

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