El
sentido del hombre en «El taller del Orfebre» de Karol Wojtyla.
El
autor del Taller del Orfebre no necesita de una amplia presentación de nuestra parte. La
obra probablemente tampoco. Se trata de una meditación acerca del matrimonio «a
veces expresada en forma de drama», donde no sabemos si el autor quería indicar
que el matrimonio se manifiesta como un drama o que su meditación tomó la forma
de un drama. Probablemente ambas cosas.
Ahora
bien, lo que de esta meditación se saca no es solamente una verdad que
concierne al matrimonio, sino al hombre entero, sea cual sea su estado. En
efecto, en los preciosos diálogos del drama, Karol Wojtyla logró plasmar lo que
para él es el sentido del hombre: el ser para el otro. Trataremos aquí de
mostrar con algunos textos cómo se expresa esta verdad.
Y
es hablando de la verdad como se abre la obra. Se trata de un enamoramiento, y
lo que a muchos podría parecer una simple cuestión de los sentidos es puesto,
como la cosa más natural, en la perspectiva de la verdad. Andrés se enamora de
Teresa y, más aún, descubre que la ama, pero este descubrimiento tiene su
condición de posibilidad en un hecho fundamental:
Pensé entonces que la belleza
accesible a los sentidos puede convertirse en un don difícil y peligroso; sé de
personas que por su causa dañan a otras —así, lentamente, aprendí a valorar la
belleza accesible al espíritu, es decir, la verdad[1].
Es
ya sugestivo que la verdad aparezca aquí como belleza, es decir como señorial
manifestación del ser que, en cierto modo, se impone a una subjetividad, hablando
no solamente al intelecto sino a su corazón. Por otra parte, se ve cómo la
verdad es para Andrés (y para Wojtyla) algo más que una simple adecuación entre
intelecto y objeto; es algo que interpela el centro del hombre, el espíritu.
Esta
belleza accesible al espíritu adquiere un rostro y un nombre concretos: Teresa.
Y Andrés narra cómo Teresa comienza a adquirir «un lugar en mi yo», ocupando su
conciencia y su memoria. Teresa se le impone, a pesar de que él busca huir de
ese hecho interesándose por otras chicas. Andrés reconocerá después que en esa
lucha entre dejar que Teresa se “apodere” de su interioridad —en cuanto
distinta o ajena a sí mismo— y guardarse para sí mismo, estaba ya la semilla
del amor:
El amor puede ser también como
un choque en el que dos seres adquieren plena conciencia de que deben
pertenecerse, aunque falten aún el estado de ánimo y los sentimientos. Es uno
de esos procesos del universo que producen la síntesis, unen lo que está
separado y amplían y enriquecen lo que es angosto y limitado[2].
Surgen
aquí dos nociones importantes con respecto a la verdad: el amor y el deber. El
amor envuelve al deber, y el deber surge como consecuencia de la impresión de
la belleza que se adueña de la propia subjetividad. Andrés siente como si
Teresa, que está enamorada de él, le persiguiera con su amor. Este hecho, el
saberse amado, el que se imponga señorialmente la verdad del Otro que me ama,
es la fuente del deber: yo debo pertenecerle.
Teresa
también lucha:
Siempre había creído que Andrés
hacía todo lo posible para que yo le fuera innecesaria y para convencerme de
ello. Si su declaración no me ha hallado del todo desprevenida, es porque en
cierto modo sentía que estaba hecha para él y que tal vez podría amarle. Quizá
inconscientemente ya le amaba […] Siempre he sido dura como la madera, que se
carcome por dentro antes que romperse[3].
Resulta
entonces que el amor parece manar no en un sentido unívoco, es decir: el amor
no simplemente interpela a Andrés desde Teresa, también Teresa es interpelada
por la persona de Andrés que se va imponiendo a su interioridad. Por eso el
deber de pertenecerse es mutuo: debemos pertenecernos.
El
amor entonces opera una ampliación del yo para que el tú ocupe todo el espacio.
Es una liberación de sí mismo para que el amado, que me ama, sea todo en mí.
Está imagen se parece mucho a la del embarazo: el pequeño ser que surge, al
principio en modo imperceptible, en el seno de la madre, comienza a ampliar
literalmente el cuerpo de su madre y a ocupar todo ese espacio, y a ser el
centro físico y afectivo de su madre…y de su padre. Así, el amor es aquí un
acoger y dejar que crezca dentro de sí al otro que me ama y a quien amo.
Belleza,
verdad, amor, deber, mutua pertenencia. Parecieran pasos de un recorrido pero
son, en realidad, las distintas facetas de una sola experiencia: el amor es
entonces talmente vinculante que el Otro no solamente cautiva por su profunda
belleza sino que exige la totalidad del amado para llegar a su plenitud en la
mutua pertenencia.
Y
es en esta mutua pertenencia, simbolizada por las alianzas matrimoniales, que
el hombre puede reconocer su peso y su medida:
El peso de estas alianzas de oro
—dijo [el Orfebre] no es el peso del metal, sino el peso específico del hombre,
de cada uno de vosotros por separado y de los dos juntos. ¡Ah, el peso
específico del hombre, el peso particular de cada hombre! ¿Hay algo más abrumador
y al mismo tiempo más inaprehensible? […] ¡Ah, el peso propio del hombre! Estas
fisuras, esta maraña, y esta profundidad —estas adherencias, cuando es tan
difícil despegar la mente del corazón…Y en medio de todo ello, la libertad —una
cierta libertad, a veces incluso locura, una locura de libertad envuelta en esa
maraña. Y en medio de todo ello, el amor, que mana de la libertad, como fuente
de tajo recién abierta[4].
Dijimos
que la libertad se manifiesta como ese espacio interior para acoger al otro, y
ahora Wojtyla nos dice que es de este espacio propio, personal, íntimo, del que
mana el amor, el cual determina el peso del hombre. El amor, simbolizado por
las alianzas, determina el peso de cada hombre. Sin embargo, una alianza,
independiente de la otra, no tiene peso. Un hombre no tiene ningún peso si no
es en referencia a otro. Así lo dice el Orfebre a Ana, quien desilusionada de
su matrimonio, a causa de la indiferencia de su marido Esteban, se propone
vender su alianza:
Esta alianza no pesa nada, la
balanza siempre indica cero y no puedo obtener de aquella ni siquiera un
miligramo. Sin duda alguna su marido aún vive —ninguna alianza, por separado,
pesa nada —sólo pesan las dos juntas. Mi balanza de orfebre tiene la
particularidad de que no pesa el metal, sino toda la existencia del hombre y su
destino[5].
Ana
piensa que el amor es una cuestión de «sentidos y atmósfera», es decir, que se
trata simplemente de afectos comunes entre dos personas. Pero, encontrándose
con Adán mientras deambula por las calles, escucha de éste:
[…] el amor es la síntesis de la
existencia de dos personas, que coincide en un cierto punto y de dos seres hace
una sola cosa[6].
Y
le habla a Ana del Esposo, quien «al pasar, pulsa el amor[7]»
que hay en cada persona. Y Anna comienza a sentir nostalgia por el «hombre
perfecto», por el hombre que pueda tocar e interpelar su amor con el Suyo.
Solamente que lo busca en los hombres que no son su marido y que no son el
Esposo. Se busca una aventura, y aunque al final siempre resiste a la tentación,
continúa vagando desilusionada. Y es que se da cuenta de que el amor no es algo
que dependa simplemente de lo humano y de lo que humanamente logramos
agenciarnos. Adán, en efecto, explica:
El amor no es una aventura.
Posee el sabor de toda la persona. Tiene su peso específico. Y el peso de todo
su destino. No puede durar sólo un instante. La eternidad del hombre lo
compenetra. Por esto se le encuentra en las dimensiones de Dios. Porque sólo Él
es la eternidad[8].
Por
tanto, aquello que determina el peso del hombre, aquello que posee todo su
sabor, se encuentra en Dios primeramente. El amor aspira a lo eterno porque su
ámbito es la eternidad, porque su lugar es Dios mismo. Así, el peso del hombre
y su destino (si entendemos aquí destino en cuanto sentido, dirección,
destinación) le vienen de Dios, y el amor puede ser manantial al mismo tiempo
en dos subjetividades distintas que, por ese amor que los envuelve, pues es
superior, y que en ellos mana, pues es su peso y su destino, se encuentran y se
acogen mutuamente. Y es aquí donde el amor entre dos personas humanas se abre a
la dimensión del amor Eclesial. Ana es esposa del Esposo, no solamente de su
esposo Esteban. En cierto sentido, Ana es invitada a comportarse como Iglesia,
como virgen prudente, aunque se descubre, en su poco amor hacia su marido, como
parte del grupo de las imprudentes:
¡Oh, Ana, tengo que convencerte
de que al otro lado de estos amores nuestros, que nos llenan de vida —está el
Amor! ¡El Esposo pasa por esta calle y por todas las demás! ¿Cómo podría
demostrarte que eres tú la esposa? Sería menester perforar un estrato de tu
alma, como se perfora la capa de maleza y el suelo para encontrar una fuente en
la espesura del bosque. Entonces le oirías exclamar: amada mía, no sabes cuánto
me perteneces, hasta qué punto perteneces a mi amor y a mi sufrimiento —porque
amar significa dar la vida con la muerte, amar significa brotar como una fuente
de agua viva en lo más hondo del alma, que convertida en llama o ascua no puede
extinguirse jamás. ¡Oh, la llama y la fuente! No sientes la fuente, pero la
llama te consume. ¿Verdad?[9]
Y
cuando Ana se encuentra con el Esposo, descubre con estupor que Su rostro es el
de Esteban.
Ana: He visto el rostro
que aborrezco, y he visto también el rostro que debería amar. ¿Por qué me
sometes a tal prueba?
Adán: En el rostro del
Esposo cada uno de nosotros descubre el parecido de los rostros de aquellos
seres con los que el amor nos ha unido de este lado de la vida y de la
existencia. Todos están en Él[10].
El
amor, que es superior al hombre lo une a personas determinadas para con las
cuáles se exige, como un deber, el amor mismo. Y en el rostro de Dios el hombre
encuentra el rostro de quien debe amar: Dios mismo, y ese tú humano concreto
que el amor le ha dado para acogerlo en su interioridad y dejarse determinar
por él. En efecto, el amor es, a fin de cuentas, un ser en vista del otro, un
dejarse determinar por la pertenencia a este otro que ha tomado, dulcemente,
posesión de todo mi serque yo le he entregado libremente. Incluso cuando el
amor falta, el rostro del Esposo nos muestra el rostro de aquel a quien debemos
amar, y por eso el amor adquiere aquí el fundamento último de su carácter de
deber: amar a un tú concreto es tarea, es misión que Dios otorga.
De
este modo, podemos decir que el sentido del hombre, lo que determina su peso, a
saber su ser para otro (en la mutua pertenencia de los que se aman), lo es
primeramente en referencia a Dios: el hombre y la mujer son, ambos, Iglesia
que, como María en la Anunciación, acoge al Tú divino que toma posesión de ella
de tal modo que la carne del Hijo de Dios es la carne de María y que, como
María al pie de la Cruz, acoge al Esposo que se entrega por ella y que le da un
Tú concreto a quien amar como le ha amado a Él (¡ahí tienes a tu hijo!). En
segundo lugar, precisamente porque se recibe de Dios al otro al que se ha de
amar, el matrimonio luce a nuestros ojos con una luz aún más brillante: no es
simplemente una convención social o una dinámica natural elevada a sacramento.
El matrimonio es una tarea divina que Dios bendice, custodia y ordena.
A
alguno podría parecerle que la vida de los consagrados queda relegada a un
segundo plano, pero no es así. Es obvio que, tratándose de una reflexión sobre
el matrimonio, El taller del Orfebre
no nos ofrece una solución detallada a esta pregunta, pero nos ha ya indicado
el camino. El amor al otro es tarea, y por eso también el que está llamado a la
consagración en pobreza, castidad y obediencia, vive su ser para el otro según
el orden de la caridad divina. No es lo mismo el matrimonio que la vida
consagrada y no están al mismo nivel. Ambos, sin embargo, son una cuestión cuyo
núcleo se encuentra en Dios y ambos configuran la existencia del hombre en
vistas del amor divino.
[…] El hombre ha de volver al
lugar en que vio la luz de su existencia — ¡y desea tanto que ésta nazca del
amor![11]
El
sentido del hombre, entonces, es amor. Amor que es primeramente divino; amor
que Dios es y vive y que dona a los hombres como tarea. Por eso la experiencia
humana del amor matrimonial puede ser un reflejo de la vida de Dios mismo y por
eso Dios es el que puede hablar al hombre de la plenitud de su existencia. Y el
que delante del misterio del amor que desde Dios mana hacia el mundo a través
de los hombres que se aman, puede descubrir la hermosura de la existencia
humana:
¡crear algo que refleje la
Existencia absoluta y el Amor es la más hermosa de las tareas![12]

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