viernes, 27 de octubre de 2023

Intuir la alegría

 


                                                (Out of the game, H.J. Geoffroy)
Despiertas temprano, por fin a oscuras, por fin Otoño. La frescura de la mañana, el olor a lluvia, tierra mojada y hojas secas, el susurro del viento, y a lo lejos el inclemente chirriar del camión de aquellos vecinos albañiles, todo se combina en una sola intuición y se expresan tácitamente en un bostezo. Haces una oración, larga o corta, en la que aún se mezclan las montañas nevadas con las que soñaste y el recuerdo de las salchichas asadas del Domingo. A trompicones conduces tu primer palabra del día dirigida a Dios, un segundo, un minuto, una hora, es el segundo en que la vida vuelve a nacer desde su fuente eterna.

Tomas el metro y te encuentras con otros cientos de rostros adormecidos, y con la vivaz mirada de un niño cargado con una loncherita y una mochila de los Avengers. Una señora gruñona, un gordito bonachón, un chico que se cree guaperas y la pobre chica guapa que tiene que sufrir y gozar miradas y juicios de todo tipo acerca de cada uno de sus movimientos. Dos señoras regañan a otra por no dejar libre el paso, un extranjero intenta decir «no empujen» en una jerga bastante bizarra. Un joven imprudente pone su reguetón mañanero en alta voz para que todos lo disfruten. Una monja desgrana un rosario mientras duerme la siesta; un seminarista lee amodorrado un libro sobre el que no entiende una palabra, por más que subraye.

Ya a esta hora de la mañana, antes de que salga el sol, el vagón huele a perfume (y no de gardenias), talco para los pies, sudor, pies, cuero, tela vieja, licor de limón, cerveza, un acondicionador bastante bueno, e incluso a ajo frito en aceite con un poco de champiñones.

 Ya a esta hora de la mañana, se leen los libros más inusuales: desde el manual de griego clásico hasta el tomo no sé cuál de Juego de Tronos, con los entremeses de un compendio de física, de instrucciones para leer mejor la Biblia, de un recetario de comida senegalés, y de tres tickets borrosos que no se han podido añadir coherentemente al bote de basura.

Bajas del metro, apretujado entre la bolsa del mandado de una señora con el carácter de un militar retirado y los sobacos de un amable carpintero y logras a duras penas encontrar un sitio en las escaleras eléctricas sin caerle encima al novio de la chica guapa aquella. Sales de la estación y llueve: ahora al suave perfume que adquiriste en el metro hay que añadir el último toque para oler a perro mojado —obviamente olvidaste el paraguas, una vez más.

La Ciudad Eterna se ve invadida, como siempre, por turbas enardecidas de turistas. Aquellos seres gigantescos de piel blanquísima ataviados con su clásico uniforme: sandalias con calcetines, un gorro del oso Yoghi, camiseta y pantalones cortos…de vez en cuando una mochila de montañismo o unos bastones…también de montañista; aquellos otros seres extraños que hablan a gritos —y que entiendo perfectamente— acerca de un lugar donde tomar un buen café; dos mendigos hablando en un ruso incomprensible acerca de la perversión de los vendedores de mala cerveza que les han estafado sus últimos seis euros —o al menos eso pareciera; un grupo de monjas con zapatos deportivos, un monje subido en un patín, el profesor de hebreo y su hijo en la parada del autobús como cualquier persona normal; motociclistas, ciclistas y automovilistas dispuestos a ganarte el paso; gritos, risas, bromas en romano, doble sentido, el inicio de un Avemaría en polaco y la invocación de siete santos en italiano. Si esperas a las diez encontrarás un grupo de estadounidenses comiendo pizza o spaghetti en trozos minuciosamente cortados. Si no esperas no veras la pizza, pero sí a los gringuitos en cuestión intentando cruzar la calle con el mismo garbo despreocupado de aquel niño que no esperó el semáforo y fue capaz de detener el tráfico.

 

Y a todo esto, la pregunta: ¿qué es esta vida que tiene todo y nada que ver conmigo? ¿Qué es eso que me atrae por entre aquella marea de rostros, miradas, gestos, voces y latidos que escapan a cualquier catálogo que pretenda comprenderlos? ¿Qué es lo que sostiene a aquellos cuerpos, a aquellas almas, a aquellos misteriosos seres? ¿Qué es ese fondo de sentido que parece envolverlo todo en un silencioso guiño de ternura?

Es la alegría. La alegría del don recibido, la alegría del ser que se mueve, que se mantiene, que lucha y vence la muerte ahora, en el cruce peatonal o en el dolor de ser mirada mal; es la alegría que mueve el corazón del niño Avenger, que va a la escuela y no le preocupa exactamente a qué, pero va tomado de la mano de su mamá; es la alegría de los gigantes pelirrojos y de los hobbits del café y de la cerveza; es la alegría de los mendigos que muestran sonrisas chimuelas y amarillas y frentes cargadas de dolor cuando te agradecen un cigarrillo, un chocolate o tus últimos cincuenta céntimos; es la alegría del ser que es hermoso, es la alegría de la belleza de todo lo que es así como es, no obstante el dolor, no obstante el drama, no obstante la crisis y no obstante mi propia estupidez que se la pierde dejándola pasar de largo.

Es la alegría de un encuentro, de un cruce de miradas con alguien que viene del otro lado del mundo o que me recuerda el hablado de mi hogar. Es la alegría de aquella minúscula y embarazosa colisión de dos existencias que hasta ahora eran ajenas entre sí y que al próximo segundo lo serán de nuevo. Es la alegría por intuir que el fondo de todas esas vidas y de la mía y de la tuya no puede ser la angustia de ser o el simple transcurrir al encuentro de una muerte segura, sino la clara expectativa de un imprevisto, la cierta esperanza de un encuentro fortuito, la maravilla por la contemplación de la ordinaria imagen de una niña pequeña haciendo pucheros o de un padre intentando bajar con niño y carriola unas siniestras escaleras ante la mirada inquisitiva de su suegra en la estación del Vaticano.

La alegría no es aquella actitud sosa del que no sufre y del que no quiere sufrir. Y tampoco es la cretina sonrisa de los satisfechos de sí mismos que pretenden maquillar su sufrimiento con autocomplacencia —y se la pasan haciéndose fotos que acompañan con alguna frase desgraciadamente profunda, sí, ellos.

La alegría es la correspondencia realista al don de la existencia en su concreción —yo tampoco entendí muy bien. La alegría es el buen humor que se evita la amargura de la ironía; la alegría es el buen humor que en medio del desastre celebra que la vida se mantiene allí donde no quedaba ya esperanza; la alegría es el garbo con el que aquellos gigantes llevan sus sandalias con calcetas y la mirada fiera y noble con la que la chica guapa se enfrenta a sus —a veces muy estúpidos—admiradores; la alegría es el anuncio de una alegría más profunda, que es la de Dios que vio que todo lo que hizo era bueno y que no permitió que todo eso bueno se fuese al traste por una decisión criminal. La profunda alegría que intuyes, medio dormido, al despertar a la conciencia de la existencia esta mañana, es la de Dios que de modo misterioso mueve incluso el corazón más terco para que siga amando lo hermoso, para que siga deseando lo bueno, para que siga pensando lo verdadero, para que se siga extasiando en un fugaz pero sublime pensamiento. Intuir esta alegría es ahora mismo una tarea para todo aquel que pretenda resistir a esta «crisis» que dura ya algunas decenas de miles de años y se llama soledad, violencia, crueldad, maldad y autocomplacencia —sí, los de las fotos, y otros más que dejo para después. Solo intuyendo esta suave alegría que lleva el mundo de la mano, como aquel niño lleva a su madre en el metro, la vida te aparecerá en su pleno significado y la gente que te encuentras cada día, y el mundo a tu alrededor y tu propia vida dejarán de ser pasajeros y se volverán motivos para esperar un re-encuentro y un consuelo y un amor que no sean pasajeros, que sean simplemente eternos. Fuimos hechos para la alegría, y la alegría nos pasa delante para tomarnos de la mano y llevarnos por sus sendas.

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