domingo, 17 de septiembre de 2023

Vocación, libertad y pobreza en "Hermano de nuestro Dios" de Karol Wojtyla.

 

                                                    (A. Chmielowski, Ecce Homo, 1881)

En el drama «Hermano de nuestro Dios», Wojtyla nos delinea el rostro de san Alberto Chmielowski. Los detalles de la vida del autor del drama y del personaje en cuestión se pueden encontrar con lujo de detalles en otros sitios, por lo cual los omitimos aquí. Nos interesa exponer tres elementos que nos parecen clave en la presentación que Wojtyla hace del santo: la vocación, como irresistible impulso en el corazón del hombre al que se responde con radicalidad; la pobreza, como elección del modo en que la vocación cristiana –y en modo especial la de san Alberto– se realiza; la libertad, como característica de la misión cristiana y por tanto de la misión del pobre.

Puesto que san Alberto se llamaba primero Adam, utilizaremos estos dos nombres durante nuestra exposición y así el lector podrá ubicar si el diálogo pertenece al tiempo anterior (Adam) al momento en que Alberto se consagró en pobreza a los pobres o si es después de este momento clave (Alberto).

 

Vocación

 

Adam, el futuro Alberto, es un famoso pintor. Es reconocido por sus amigos como un hombre libre, por cuanto respecta a la técnica pictórica, y además, en cierto sentido, introvertido. Pero esta introversión no es malsana, sino que da la clave de su arte.

 

Luciano: A mi parecer, Adam elabora en sí una infinidad de cosas, y luego transfiere los resultados de este proceso sobre el lienzo. ¿Comprendéis, señores? A mi parecer no es un pintor típico. Sed tan amables de entender la diferencia. Cada uno de vosotros, a decir verdad, busca en un lienzo distintas posibilidades y soluciones siempre nuevas para la propia vida; vuestra vida se representa, se desenvuelve sobre el lienzo. Por eso no podéis comprender la vida de otro modo; estáis ligados al lienzo, dependéis de vuestra paleta. En Adam, al contrario, la necesidad del lienzo y de los colores es en gran medida inferior a su elemento íntimo. Se vuelve hacia estos casi con aversión, casi con desprecio, pues, a pesar de todo, los considera medios y como tales le son necesarios. Pero esto es todo. Su relación con la técnica del oficio es mucho más libre. Es mucho más independiente. En línea de máxima vive en sí mismo, se dilata y se contrae en sí, no sobre el lienzo. No, no. No es un pintor típico[1].

 

Un artista típico, entonces, se expresa en su obra de arte. Adam, en cambio, se guarda su auto-manifestación para sí. Su arte intenta expresar lo que no es él –este es el toque del verdadero artista, dicho sea de paso. Por lo tanto, «introversión» es una palabra totalmente inadecuada. Adam no está vuelto hacia sí mismo como podría parecer después de una lectura apresurada del párrafo anterior. Simplemente es un artista que no busca expresarse: busca expresar. Intenta dar testimonio de algo que le supera. Así, la «anciana señora», madre de un teólogo jesuita que le acompaña a mirar los cuadros religiosos de Adam, puede intuir:

 

Sí…Además, en él todo termina en un modo más bien extraño. Resulta evidente que algo está por encima de él, lo supera, pero ya es muy difícil establecer qué pueda ser esto. ¿Es quizás simple melancolía o verdaderamente algo sobrenatural?[2]

 

Este «algo» que supera a nuestro artista es la existencia de los pobres del dormitorio público de la ciudad. Esta situación aviva la crisis del artista empujándole a salir de su propio mundo, de su arte, para hacerse responsable, muy a pesar de sus anteriores puntos de vista:

 

Max: Pero ya lo he dicho. Cada uno debe desempeñar su propia tarea, debe crear valores. Crear valores con los medios de que dispone en la vida. Y puesto que encuentra todos estos valores en sí mismo, debe cerrarse herméticamente en sí mismo. De otro modo despilfarra lo que tiene, y eso sería precisamente un comportamiento antisocial.

Adam: He pensado del mismo modo durante mucho tiempo. Aún hace dos meses pensaba así. Desde hace dos meses veo que no es suficiente. No podemos permitir que fuera de nosotros toda una masa de gente vaya recorriendo los dormitorios públicos, conduciendo una vida animalesca, eliminando de ella poco a poco cualquier otro sentimiento fuera del sentido del hambre y del miedo. ¡No, no![3]

 

Adam se siente como acorralado:

 

Adam: No logro encontrar una vía de escape…Me parece, más bien estoy perfectamente convencido de que todo eso no es sino una fuga continua.

Estanislao: ¿Fuga?

Adam: Sí. Una fuga.

Estanislao: ¿De quién?

Adam: En cierto modo, de uno mismo. Pero no. (Meditando). Sin embargo también Max es él mismo, también Max vive en el mismo mundo en que yo vivo, en que vive cada uno de nosotros. Pero Max no debe huir, no se siente perseguido…Y por tanto no es…fuga de uno mismo.

Max: Por supuesto, es claramente una fuga de la responsabilidad. ¿No es así? Siento curiosidad por saber de qué modo podría ser responsable de un miembro de la sociedad que ha malgastado su vida y ahora está tirado por los suelos.

Adam: Tú, Max, siempre piensas que la miseria humana corresponde a la pena…

Pero no imposta. No es solo una fuga de la responsabilidad. Es una fuga de algo, más aún, de alguien que está en mí y en todos aquellos hombres.

Teólogo: ¿Ah? ¿De alguien en mí y en ellos?

Adam: Sí. Esta fuga es agotadora. Todo lo que hasta ahora he tratado de hacer es solamente un refugio. Y la fuga es agotadora. Continuamente se abre en mí algo que hasta ahora estaba cerrado, que hasta ahora yo custodiaba, que ignoraba…A un cierto punto se vuelve claro y me asedia. Y huyo continuamente. No me defiendo. No sé cómo defenderme. Siento que debería pasar al ataque. Pero para hacer esto sería necesario cambiar totalmente. […] Es un esclarecimiento gradual, y una presión. Pero esta luz trae dolor consigo. Cada vez duele más[4].

 

Lo que será la misión de Adam de hacerse pobre para los pobres, se anuncia aquí (esto es la vocación) como una inquietud social. Se ha encontrado un día de nieve entre los pobres del dormitorio público, ha visto su hacinamiento, su penuria. Y no ha podido seguir adelante con su arte como si nada hubiese pasado. La visión le persigue, la idea de tener que tomar cartas en el asunto, y reconoce en este ímpetu una presencia y no solamente un «algo». Se resiste, busca refugio, huye, pero ese alguien «en mí y en todos esos hombres» no le deja. Visita a los pobres del dormitorio, llevándoles comida y ropa, pero la cosa sale mal. Los pobres le rechazan.

 

Adam: No habéis entendido mis intenciones. No he venido a quedarme aquí.

–Bueno, entonces, ¡ahuecando…! Vete a otro lado. ¿Si no has venido a habitar aquí, que quieres de nosotros?

–Solo los que viven aquí tienen derecho a nuestras atenciones. Todos los demás que se vayan al diablo[5] […].

 

Y el cabecilla del grupo, un hombre delineado por las ideas del comunismo, logra individuar bien la fuente del problema, aunque cuando habla lo hace para evitar que los demás reciban nada de Adam y no tanto para mostrar la injusticia evidente de la situación:

 

Lo digo por última vez. ¿Acaso no queréis entenderlo, gentuza? Apenas uno os escupe en la cara, de inmediato lo acogéis. Estos desgraciados se están en sus mansiones, se funden en el calor, bailando, bromeando, de tanto en tanto bebiéndose un licorcito; y cuando alguna vez se encaprichan por hacer una limosna, te arrojan las migajas. Un trapo desgastado o pan enmohecido. Y tú te inclinas, los llamas benefactores y les besas las manos. Pero es todo una injusticia, es una ofensa. ¿Comprendéis? ¿Por qué este lleva buena vestimenta y corbata, mientras yo no tengo con qué cubrirme la espalda? ¡Basta, basta! Es mejor que desaparezca[6].

 

¿Es una injusticia que el benefactor prefiera sus riquezas a hacerse uno de los pobres? ¿Es acaso un crimen dar de lo que uno tiene de más para que el que tiene de menos lo pase menos mal? No. Pero tampoco corresponde a la justicia que buscan estos pobres. Estos pobres, con todo y la confusión de sus ideas, la violencia, la política y demás, logran expresarse con claridad: si no vienes a vivir con nosotros, entonces ¿qué quieres? Un deseo se deja adivinar por entre las exclamaciones de desprecio: estamos solos, queremos que alguien esté con nosotros.

Los intentos de hacer algo por los pobres fracasan. La crisis de Adam se agrava. La fuerza de la presión que siente le empuja siempre más hacia ese «alguien». Que se trata de una vocación y no de una mera inquietud social se adivina cuando todo el movimiento del corazón del artista desemboca en la oración delante del cuadro del Ecce Homo:

 

¿Por qué? ¿Por qué? Dime qué puedo hacer aún por Ti en ellos.

¿Cómo se puede preguntar esto a Ti que no has conocido límites? Pero yo, yo busco continuamente las líneas de lo que abrazo sin ningún contorno, y busco la huella de lo que llevo en mí sin que pese. Y así el peso que imprimo y el contorno que trazo no son Tu perfil, ni la huella de Tu belleza.

¡Ellos lo son!

[…]

No tienen necesidad de mí. Sí. Lo he constatado. Estoy convencido de ello. ¿Por qué no logro convencerte? Dime que será de mí, en qué modo podré serte útil, si Tú rechazas mi cuadro y ellos me rechazan a mí? [7]

 

La crisis de Adam toca toda su existencia. Su arte es insuficiente: no logra plasmar el rostro de Cristo sufriente. Su responsabilidad social es insuficiente: no logra hacer el bien a los pobres del dormitorio público. Se siente rechazado por ambas partes. La belleza de Dios se le esconde y ya no puede darla a los hombres; la belleza de Dios se le aparece en los pobres y no puede servirles así como ha intentado servirles hasta ahora. Y Dios le empuja hacia los pobres, hacia la pobreza.

La tentación de Adam, su resistencia a la llamada divina, es una simple idea: «que se puede amar con el intelecto, que es suficiente amar con el intelecto»[8]. El artista, amante de la belleza, sincero testigo de la belleza que le supera, se creía que era suficiente con amar la belleza del Cristo sufriente sin empeñar su carne en este amor. Bastaba quizás la piedad, una contemplación fervorosa de los misterios de Cristo, una seria preocupación por el prójimo en nombre de Cristo y la vida podría seguir adelante. Quizás eso podría bastar. Pero no basta. A Dios no le basta. A los pobres no les basta. A Adam no le basta.

La solución es dejar el arte y hacerse pobre. Adam no puede quedarse con el arte y con los pobres, aún si el confesor le dice:

 

Confesor: Se puede amar a Dios en cualquier modo.

Adam: Todos lo dicen. ¿Por qué entonces esta verdad generalmente aceptada no se hace verdad también para mí?

Confesor: No lo sé. Hay distintas tendencias en las almas, y distintos son los caminos de purificación.

Adam: Sí. Precisamente. He empezado a encontrar suciedad en lo que antes era para mí un ideal.

Confesor: puede ser. La purificación es necesaria para la misión.

Adam: Padre mío, ¿qué me sugiere hacer al respecto?

Confesor: Déjate plasmar por la caridad.

Adam: ¿Cómo?

Confesor: No lo sé. Tu caridad te pertenece, es un bien que se te ha concedido. Yo no puedo escrutar en tu caridad hasta llegar a sus más mínimos latidos[9].

 

La llamada de Dios tiene aquí esta característica: «que se niegue a sí mismo, tome su Cruz y me siga» (Mt 16,24). La misma dinámica de la vocación hace que lo que antes era algo propio y natural comience a parecer incompleto, incluso sucio. El hombre se presenta ante Dios y siente que lo que antes era un noble ideal, presentar la belleza de Dios a los hombres, ahora está repleto de suciedad. Dios no quiere ser servido así. Quiere ser servido en los pobres por un pobre. Y este servicio es caridad divina que plasma la caridad del hombre. La caridad de cada uno, su misión, es expresión de la belleza de la caridad de Dios. El Divino Artista plasma, da forma, da color y tono, al hombre y le convierte en testimonio vivo de su sublime Belleza.

 

Pobreza

Hemos ya hablado de pobreza pero no sabemos de qué pobreza se trata. En realidad la obra presenta al menos dos tipos de pobreza: la de los pobres del dormitorio público y la de Alberto, antes Adam y sus hermanos frailes.

El primer encuentro es con la pobreza del primer tipo, una noche que Adam y otros amigos suyos tienen que refugiarse por un momento en el dormitorio a causa de una fuerte nevada.

 

Luciano: [...] Recuerdo que Adam avanzó lentamente, un paso, luego otro…entró en aquel espacio oscuro. Nosotros nos habíamos quedado cerca de la puerta. Escuchaba sus pasos sobre el suelo, que no era de madera, sino de tierra batida. Poco a poco también nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad. Vimos entonces una fila de catres, más bien de lechos de paja puesta sobre unas tablas; sobre ellas había gente acurrucada. Estaban sentados, acostados, se balanceaban, con las rodillas dobladas hasta tocar su mentón, replegados como langostinos; fumaban, jugaban a las cartas, charlaban en voz baja. En una esquina alguno peleaba por un lugar. Eran hombres y mujeres.

En este cuadro lo que más impresionaba era el ruido sordo de los pasos de Adam que caminaba entre las filas de los míseros camastros, como atraído por una fuerza desconocida: iba de una fila a otra. Se había quitado el sombrero y lo sostenía con la mano, estrechándolo contra su pecho. Después ya casi no se distinguía su silueta, escuchaba solamente sus pasos que hacían eco en la oscuridad de aquel dormitorio público, como si se precipitase desde muy alto. Así, seguido ciertamente por ojos llenos de odio y de curiosidad, procedía como uno que habiéndose perdido, busca por primera vez refugio en aquella guarida[10].

 

Esta pobreza es la pobreza no elegida sino sufrida. No se conoce cómo aquellos hombres y mujeres llegaron aquella noche a aquel dormitorio. Simplemente están allí, acurrucados padeciendo frío, algunos tratando de pasar la noche en algún modo agradable, otros peleando, otros indiferentes. Las miradas de muchos denotan odio hacia aquel desconocido, las miradas de muchos otros una evidente curiosidad: ¿quién eres tú que me mira? ¿Me miras como a una cosa o te atreves a mirarme como a una persona? ¿Has venido a fastidiarme y robarme mi sitio? Ya hemos leído un pasaje en que se denota la necesidad de estos hombres de ser mirados por alguien que quiera estar con ellos, exigencia que denota su soledad. Pobreza entonces de los desheredados, por su culpa o sin su participación, pero desheredados al fin y al cabo, sin un lugar propio donde reclinar la cabeza, solos, cada uno en su propio mundo, a la defensiva, o intentando salir hacia los otros y no sentirse más solos en aquella madriguera oscura.

Adam recorre aquel lugar en una actitud que también es sobrecogedora. El artista no tiene nada que aportar. Estrecha su sombrero contra su pecho y solamente observa. ¿Con qué ojos habrá mirado nuestro santo a aquellos hombres la primera vez que les vio? Quien lee la obra completa logra entender la causa de la crisis del artista: nadie que realmente vea la mísera pobreza de sus hermanos puede volver a su vida habitual sin que ésta se tambalee.

Hemos también leído un diálogo en el que Adam muestra la necesidad, casi de responsabilidad social, de hacer algo por estos hombres. Porque se da cuenta de la dureza de su situación es capaz también de sentir la indignación de cualquier hombre con sed de justicia. Él sabe que esta pobreza está cargada de injusticia y de ira:

 

Alberto: ¿Y entonces? Sabéis que la ira tiene que estallar. Especialmente si ésta es grande. (Se interrumpe). Es dura, porque es justa[11].

 

Y el sentimiento del futuro hermano Alberto puede desembocar en una dolorida oración:

 

(Camina trastabillando hacia una banca)

«…Los pobres los tendréis siempre…; no siempre me tendréis». ¡Todo esto es, sin embargo, terrible, Señor!

 

A menudo delante de los pobres los buenos cristianos llegamos con las citas bíblicas aprendidas, y no dejamos que el horror por el dolor de un hermano nos toque. Aquí el proceso es el contrario: primero el escándalo de la pobreza y luego la certeza en la Palabra de Dios, que no anula el escándalo, pero abre la perspectiva a un nuevo modo de afrontarla.

Y el modo de afrontar la pobreza no elegida de los desheredados es, para muchos, aún más escandaloso que la pobreza misma: Adam elige la pobreza y se despoja de todo, incluso de su nombre, para convertirse en el hermano Alberto. Esta pobreza elegida también es una pobreza semejante a la de los desheredados. Es renunciar a la propia herencia, al propio arte, al propio status social, al modo propio de obrar en favor (esta es la clave: en favor) de la caridad de Cristo que plasma el corazón de los que llama. Sin embargo, esa pobreza no coincide con ninguna clase de idealismo mítico en el cual el que se hace pobre pasa por encima de la renuncia como si esta fuese una nadería.

 

Adam: […] Pero, ¿qué queda entonces de nosotros? ¿Qué queda de nosotros ante Dios? ¿Acaso solamente el rechazo?

Confesor: Efectivamente. Entonces de nosotros no queda nada. De nosotros no permanece nada. Pero entonces, precisamente entonces, lo que permanece en nosotros es solamente Su gracia.

Adam: Pero, ¿su gracia no está acaso ligada a la conciencia de ser hijos? ¿Puede perdurar en nosotros como conciencia de ser desheredados?

Confesor: Sí. Esto parecería ciertamente inverosímil, si no hubiese un hecho de por medio. Tú sabes, hermano: «Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has abandonado?»; «Padre, si es posible, pasa de mí este cáliz…». Y sin embargo Él no era simplemente Hijo adoptivo (Un momento de silencio. Como si buscase la palabra adecuada) Pero esto sucedía precisamente en el momento en que Él adoptaba de nuevo a los hijos que le rechazaron. Era precisamente ese momento.

Adam: Pero yo no puedo. No soy capaz. Si ellos no tienen ninguna necesidad de mí, si entre ellos no tengo ninguna razón de ser…si además no puedo estar entre ellos así como soy… ¿de qué modo puedo entonces ser el instrumento de su adopción a hijos?[12]

 

La respuesta ha sido ya dada. Hacerse pobre así, hasta la negación de sí mismo, es el modo de obrar del Hijo de Dios. Si fuimos hechos hijos por adopción es porque el Hijo se hizo talmente pobre que no veía más a su Padre, se sentía solo, un verdadero desheredado.

La caridad por la que Adam debe dejarse plasmar es la caridad de Cristo.

La pobreza de Adam, de Alberto, es entonces una pobreza elegida, consciente, amada, porque es la pobreza del Hijo de Dios. No significa que esta no sea dramática. Asumir una vida así es asumir la pobreza de los hombres con todo su realismo:

 

[…]Se necesita una visión del mundo totalmente nueva, que usted no tiene. Es esta la diferencia, mi querido señor, esta es la diferencia. Una cosa es juzgar el mundo con el ojo del músico –una visión interesantísima, bellísima, sublime– pero otra es ver el mundo en las dimensiones de la miseria, de la abyección y saber, pero saber con exactitud, donde Dios se encuentra con todo esto, qué miseria Lo acerca a los hombres y cuál lo aleja de ellos[13].

 

Esta pobreza, entonces, no es simplemente miseria. No es una búsqueda de la miseria por la miseria, sino un despojarse de todo para encontrarse, junto a Dios, allí donde Dios se encuentra con los pobres: en la pobreza de Cristo que «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9) poniendo su tienda en medio de nosotros como uno de nosotros.

 

Libertad

Este modo de afrontar la pobreza – ¡elegirla!– es, para el hermano Alberto, libertad. Ahora bien, la obra nos presenta el drama entre dos modos de alcanzar la libertad, uno aparente y otro real.

El primer modo es el del «Desconocido» que tienta a Adam con ideas de tinte marxista. La ira que genera la pobreza es, efectivamente, una fuerza capaz de cambiar la sociedad, que Adam podría avivar, contribuyendo así al bien de la sociedad y de la historia.

 

Desconocido: Antes que nada, le reprocho por sus cuadros. No es este el camino…

Adam: Ah…

Desconocido: No es este el camino para manifestar la ira que le mueve. No es este el camino para hacer acopio de sus fuerzas. Usted las desperdiga en sentimientos, en estados de ánimo. Usted quiere huir de su ira en busca de experiencias interiores, para refugiarse en los rincones recónditos de la supuesta alma.

Señor, esta ira es un valor objetivo. No es lícito desperdiciarla. Usted es responsable de cada partícula de conciencia colectiva, será usted responsable si esa madurará antes o después…[14]

 

Si la ira que surge de la injusticia que sufren los pobres es una fuerza social, no es necesario mitigarla, no es necesario atenderla. Es necesario avivarla. La caridad, en este sentido, es un estorbo:

 

Desconocido: Pero, por lo demás, ¿para qué sirve, para qué sirve? Ah, la caridad. Una moneda aquí, otro allá por el derecho de poseer tranquilamente millones en el banco, bosques, haciendas, títulos de crédito, acciones…y no sé qué tantas otras cosas. He aquí los frutos auténticos de este principio. Por una moneda aquí, por otra allá, escrupulosamente medida, calculada.

Y luego explotar como bestias durante diez, doce, dieciséis horas por un miserable centésimo, por menos del derecho a la vida, por la esperanza de un dudoso consuelo en el más allá, esperanza que no cambia nada sino que solamente frena desde hace siglos la potente, grandiosa explosión de la ira humana, de la ira creativa de los hombres[15].

 

Y la tentación es fuerte. El tentador, llamado aquí «El Otro», muestra la razonabilidad de esta posición. Si la ira es, para la dialéctica histórica, una fuerza objetiva de los pobres que permitirá cumplir con el proceso intrínseco a la historia hecha de enfrentamientos antitéticos en busca de una síntesis cada vez más deseable, lo razonable es avivarla manteniéndola en su estado puro. El tentador propone que el cultivo de la ira de los desheredados corresponde a una visión adecuada del mundo:

 

El otro: Sí, ciertamente. No te preocupes de eso. Piensa así: yo verdaderamente no soy quien sostiene al mundo. Soy una inteligencia cuya tarea consiste en descubrir la verdadera imagen del mundo, sin preocuparse para nada del resto. ¡Es así que debes pensar! También tú eres una inteligencia. Por lo tanto estás sujeto a las leyes de la razón. Basta que conserves en tu mente la imagen del mundo. No tienes ninguna obligación de poner tu espalda bajo su pesada carcasa. Están demasiado cansadas. […] Sé tú mismo. Termina los cuadros que has comenzado, luego has una exposición. ¿Qué más puedes hacer? Es más, te doy un consejo: ¡no vuelvas más al dormitorio público, si no quieres hacer daño!

Adam: ¿A qué?

El otro: Al rescate de aquella gente. Es necesario esperar. Debe realizarse lentamente, desde el interior. De en medio de ellos tiene que surgir espontáneamente y madurar mientras que tú querrías quizás transferirles elementos que les son extraños.

Adam: ¿Por ejemplo?

El otro: Por ejemplo, los invitarías a rezar, ¿no es verdad?, a trabajar, a llevar la supuesta cruz.

Adam: ¿Y bien?

El otro: Mira, no se trata de esto, sino de madurez humana[16].

 

Así queda desenmascarado el problema de esta perspectiva: se trata solo del hombre.

Pero, ¿y los hombres? Adam descubre en los pobres del dormitorio público dos deseos, uno de los hombres y otro de Dios. Es en su experiencia de fracaso en el obrar la caridad que descubre que Dios y los pobres están allí, encontrándose juntos en una doble exigencia que al final es solamente una, y es demasiado grande:

 

Adam: Sí, sí. Pero queréis aún algo más. Él quiere algo más (muestra con su dedo a su principal interlocutor) y él, y él…Yo lo sé. Sí, se lo que queréis…es justo, justísimo. Queréis salir de este fango, no queréis ser ya considerados como basura dela sociedad. Sí, todo esto es justo…justísimo (Estalla de improviso) ¿Pero por qué pretendéis esto de mí? Cierto, sería la única solución. El único modo de resolver humanamente la cuestión. Pero, ¿por qué exigirlo de mí? Es demasiado. Es demasiado.

Una mujer: ¿Pero qué dice, señor? No queremos nada más de usted. Es suficiente con lo que logra traernos, con lo que le dan.

Adam: No…Eso quiere decir que en realidad no queréis ya nada, pero Él…Ha bastado una sola palabra. Uno de vosotros ha dicho una palabra, una frase…y ha bastado…Sé lo que Él quiere…

Otra: ¿Pero qué es lo que le viene en mente? ¿De quién habla?

Adam: Yo, a decir verdad, quería rescatarme…un abrigo, una hogaza, alojar a alguno por una noche…Pero todo esto no cambia nada…porque también así siguen siendo mendigos, harapientos, gente de la calle…

El de antes: ¡Y esto empieza a causar disgusto!

Adam: Sí. Es algo que empieza a causar disgusto.

[…] (Intuición repentina) ¡Y deben convertirse en hermanos![17]

 

Algo más: ser hermano. Avivar la ira colectiva no es una solución para Adam. A fin de cuentas eso solamente haría que los pobres sigan siendo pobres, pero enfadados, violentos. Añadiría a su pobreza simplemente un odio y un resentimiento gigantescos, y haría más pobres (ese es el drama de la dialéctica histórica). Pobres siempre los tendréis. El Señor lo dijo. Pobres siempre los tendréis, y para Adam es terrible. ¿Qué queda por hacer? Hacerse hermano de los pobres. Hermano pobre. Y no porque él lo quiera. No ha sido su gran idea. Ha descubierto ese deseo en los pobres, aún si ellos no son conscientes; y en este descubrimiento ha encontrado la voluntad de Dios para él: que sean hermanos, que estos desheredados se sientan hijos contigo cuando tú te vuelvas un desheredado con ellos.

Adam va a vivir al dormitorio público y se dedica a pedir limosna para ellos. Arrastra, cojeando, un carro por la ciudad que va llenando de limosnas que llevar a sus hermanos. «El Desconocido» le encuentra un día y, luego de reclamarle, le propone aplicar su teoría en el dormitorio público, para demostrarle que lo que los pobres quieren es la revolución de la ira…y fracasa.

 

Desconocido/Orador: ¡No estéis esperando la caridad! La caridad os humilla. No tenéis necesidad de ella. Tenéis que comprender que todo os pertenece absolutamente. Nada por gracia. ¡La caridad es una sombra tétrica en la que un misterioso, incomprensible ricachón trata de esconder su verdadero rostro y en esta sombra quiere, al mismo tiempo, sumergiros a todos con vuestros problemas, vuestras razones, vuestra ira!

[…] De esto se trata: hay que liberarse de todo esto.

Uno: ¿Pero cómo? ¿Con qué medios?

Orador: ¡Es suficiente que deis vuestra ira!

Uno: Estará por siempre.

Otro: ¿y qué sacaremos de esto?

Orador: El hecho es que el miedo os asalta cuando se llega a los hechos.

Muchos: ¡Eh!

–Es fácil hablar cuando tienes qué masticar entre los dientes.

–Y un abrigo decente encima.

– ¡Sí, sí!

–¡Pero intenta ponerte en nuestro lugar!

–¡Exacto!

–¡Y que te tiemblen los dientes alguna vez!

–…los dientes.

–¡Y a engañar el estómago un par de tardes!

–…de tardes…Eso. ¡A engañar la panza! (muy fuerte) ¡Hará que se te pasen las ganas!

(Adam [fuera del recinto] se tiene aparte del todo. Las palabras apenas se escuchan a través de la oscuridad).

–¡Intenta ponerte en nuestro lugar! ¡Intenta ponerte en nuestro lugar![18]

 

La libertad que propone «El Desconocido» es una libertad aparentemente absoluta. Se trata de liberarse de la opresión social y se trata de liberarse incluso de la gracia. Todo le pertenece al hombre, nada debe recibir, debe re-conquistarlo porque le ha sido quitado. La caridad no tiene nada que ver con el asunto pues simplemente da al que no tiene en vez de hacer que el que no tiene obtenga lo que es suyo por derecho.

Sin embargo, Adam logra ver que la ira a causa de la injusticia es solamente un fragmento del drama de estos pobres. La ira no es todo en ellos, hay algo más que exigen y ese algo más no pueden conseguirlo con la fuerza de la ira:

 

Adam: […] La miseria del hombre es más grande que todos los bienes disponibles de los que usted [el Desconocido] habla. De todos los que el hombre puede obtener con la fuerza de la propia ira.

Desconocido: Imagino qué es lo que le interesa…y…no creo…

Adam: Este es el punto. Ve, es este precisamente el punto. Yo, en cambio, creo y sé. Señor, no es que el hombre permanezca en la miseria ante otro hombre.

Desconocido: No es verdad. Es más, estoy seguro, creo y sé que debe obtener todos los bienes. Todos. También los más grandes. Pero aquí la ira engaña, aquí es necesaria la Caridad.

[…]No se puede pensar solamente con un fragmento de verdad, hay que pensar con toda la verdad[19].

 

Los bienes que el hombre puede obtener por la fuerza de la ira no son suficientes para sacarle de la miseria, pues la miseria radical del hombre es su alejamiento de Dios. El rechazo de la filiación divina por adopción, aún si esta es un hecho, es la miseria y la contradicción del que simplemente se abandona a su condición de pecado. El camino de la ira es el camino que niega la gracia: nada recibo porque no soy hijo. El camino de la Caridad, en cambio, es el camino de los que son hijos y reciben todo del Padre.

Esta condición es la libertad más grande, porque no es una libertad en continua lucha. No se trata de una libertad amenazada ni por la injusticia, ni por la pobreza, ni siquiera por los pecados personales. Es una condición ontológica, es algo que pertenece al ser redimido: hemos sido hecho hijos por adopción, todo hemos recibido, todo lo recibimos ahora de la Caridad infinita de Dios, y esto es un hecho que nada puede contradecir.

 

Adam se convierte en el hermano Alberto y algunos de entre los pobres se consagran como él, en pobreza, al servicio de los demás pobres. Pero también ellos sienten la fuerte tentación de solamente dar en vez de recibir. El modo de vivir de Alberto es pobre. Mientras algunos hermanos cuidan del dormitorio, otros se dedican a mendigar para llevar algo de comer. No tienen un sistema que les garantice el pan de cada día sino el de la mendicidad, y esto pesa sobre aquellos que quisieran hacer más, olvidándose de haber elegido ser pobres con los pobres:

 

Antonio: […]     Hoy solamente se pide.

Hermano anciano /Alberto: Nada de eso. Lo importante es que crea.

Antonio: Usted cree que tengo el tiempo para pensar. Yo soy uno de ellos, lo sé. No se piensa. El pensamiento debería poner fin a las preguntas. Es suficiente dar.

Hermano anciano: No es verdad. Hay que sacarle de tal irreflexión.

Antonio: ¿Por qué?

Hermano anciano: Para enseñarle a pedir más. ¿No lo ha comprendido aun estando entre nosotros? Pedir aún más. Buscar aún más. Y además se equivoca. Él se encarga de pensarlo. Si siempre piensa en algo, es precisamente en esto en lo que piensa[20].

 

La libertad de Alberto es libertad para pedir siempre más. No basta saciar el hambre material, no basta la lucha social que surge de una justa inquietud, es necesario pedir más porque Dios quiere dar más. Hacerse pobre, porque en esta tierra la pobreza siempre estará presente, es el modo en que Alberto se abre al siempre más de la gracia al modo de Cristo. Más aún, la elección de Alberto, de seguir el modo de Cristo, es elección de la Libertad:

 

Alberto: El Hijo de Dios es todo libertad. Sin marca de esclavitud […] Él está siempre. Él alcanza continuamente las almas y plasma en ellas…¡a Él mismo![21].

 

Y la libertad elegida por Alberto, una libertad más grande, es pobreza que enriquece:

 

Sebastián: […] Por lo demás…le debemos todo. Ha hecho que nos convirtamos en hombres[22].

 

El retrato de san Alberto que Karol Wojtyla nos presenta nos hace descubrir la particularidad de su misión de ser pobre entre los pobres y la característica general de la vocación cristiana, la caridad pobre. Hacerse pobre, de pobreza actual o solo de pobreza espiritual, abre a la libertad y si uno se hace pobre es solamente porque Cristo le llama a esa pobreza (y quien crea que no le llama a la pobreza espiritual puede leer serenamente el Evangelio para convencerse de lo contrario).

La libertad característica de san Alberto y la libertad de los cristianos se puede reconocer a partir de la pobreza que todo pide y todo recibe de Dios como gracia y siendo así, pobre y agraciado, todo se da. La impelente necesidad de distinguir entre lo que pertenece a la naturaleza humana y lo que corresponde a la gracia se desvanece aquí aunque la distinción se mantenga. El hombre es creatura y su actuar será siempre el de creatura, pero ya no quiere saber hasta qué punto es él quien actúa y hasta qué punto es Dios quien le mueve sino que lo ve todo envuelto por la Caridad divina. El hombre pobre es un agraciado, es continuamente alcanzado por la gracia que él suplica y que Dios amorosamente le concede. La belleza de la pobreza está en este hecho.

Ahora bien, la belleza de la pobreza de san Alberto está en que fue llamado a vivirla en un modo particularmente radical: él debía hacerse pobre entre los pobres, no benefactor sino un suplicante beneficiado, un hermano pobre para los pobres. Y cómo quisiéramos que esta belleza nos alcanzase a nosotros. En cualquier apostolado que ejerzamos, la pobreza nos lleva a hacernos uno entre los pequeños de Dios que esperan que su soledad se llene con la amorosa presencia de un hermano.

El cristiano que quiere ser líder y llevar a no sé dónde a los que Dios le encomienda, podría al menos tener la delicadeza de guiarnos a la pobreza evangélica. Si tiene valor, podrá decir algo parecido a lo que Wojtyla pone en boca de Adam:

 

Desconocido: ¿Y cree que le seguirán? ¿Podrá acaso arrastrarlos detrás de sí?

Adam: No. Seré yo quien los siga. […] A decir verdad…ellos me consideran un poco como uno de ellos. Me quedaré.

 

«Seré yo quien los siga». Cristo se hizo uno de nosotros y así nos hizo como Él –dicho sea por inciso, el mayor consuelo que se puede recibir de aquellos a quienes servimos es que nos consideren «uno de ellos». El camino es bastante claro para Adam. Y su estilo particular no es, por supuesto, una genialidad suya. Es puro fruto de su pobreza:

 

Exactamente. Al final he logrado a adquirir con fatiga este estilo. Verdaderamente, con fatiga. Bueno, pero…pienso que será finalmente mi estilo…(Un momento de reflexión) No, no es mío. Me ha sido dado[23].

Y con este estilo le fue dado también expresar en modo admirable la belleza de ser hermano de los pobres, hermano de Cristo, hermano de nuestro Dios, llevando el consuelo a sus pobres del dormitorio público de Cracovia.

Con este estilo Dios le concedió contemplar su rostro sufriente, aquel rostro que no lograba plasmar en el lienzo. Con este estilo Dios plasmó su rostro en su corazón y lo convirtió en pura caridad.

Que Cristo, nuestro Dios y nuestro hermano, nos abrace y nos consuele con su dulcísima pobreza, y nos deje contemplar su rostro y adorarlo hoy y toda la eternidad[24].



[1] K. Wojtyla , Fratello del Nostro Dio, Editrice Vaticana, Vaticano 1982, 20.

[2] Ibid., 27.

[3] Ibid., 33

[4] Ibid. 35-36.

[5] Ibid., 56.

[6] Ibid., 58

[7] Ibid., 64-65

[8] Ibid.,67.

[9]Ibid.,  69.

[10] Ibid., 23-24.

[11] Ibid.,126.

[12] Ibid.,69

[13] Ibid., 114.

[14] Ibid., 44.

[15] Ibid.,46.

[16] Ibid.,61-62.

[17] Ibid., 76-77.

[18] Ibid., 91-93.

[19] Ibid., 98.

[20] Ibid., 119-120.

[21] Ibid., 122-123.

[22] Ibid., 108.

[23] Ibid., Para esta cita y la anterior: 99-100.

 


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