martes, 25 de abril de 2023

Los jóvenes que resisten

 

Recojo aquí algunas reflexiones que he ido acumulando, y me sé de memoria, desde que, a los 15 años, comencé a participar en un grupo de misiones, a hablar y a discutir (sobre todo discutir) acerca de la fe, la Iglesia, la vida, la música, la vocación, el mundo, y todo lo que podía ser amado o rechazado. No es una reflexión solamente mía: en 13 años (¡ay ay!) he conocido a muchos jóvenes de muchas realidades distintas (de Iglesia, ateos, de grupos, pensadores individuales, comunistas, derechistas, religiosos, sacerdotes…casi todos implicados en alguna obra de voluntariado, de formación, de expresión artística, de propaganda política...): hemos compartido mucho juntos, nos hemos peleado, nos hemos perdonado, nos hemos distanciado y nos hemos vuelto a acercar, nos hemos aconsejado y criticado… y seguimos vivos. Escribo entonces lo que he sacado en limpio de lo que las personas antiguas llaman “los jóvenes” en su relación sobre todo al cristianismo y al sentido de la vida. Un profesor decía que lo propio de un adulto es recordar. No se es adulto sin haber sido joven, y no se puede ser verdaderamente joven sin asumir que ser joven significa “hacerse adulto”. La memoria es entonces el fundamento mismo de una real juventud que se realiza, y porque se realiza se transforma. Los jóvenes con los que trato ahora y que me hablan de usted no me van a dejar decir “nosotros los jóvenes”, pero sí, hablaré de “nosotros los jóvenes”.

Siempre noté en mí y en otros ese profundo sentimiento de resistencia. ¿Resistencia a qué?

En primer lugar, resistencia a ser tenido por estúpido, aunque en el fondo uno presiente que quizás pueda serlo. Y todavía me siento “resistente”. Este sentimiento compartido era como el sereno fundamento de la solidaridad que surgía al momento de realizar una determinada tarea: una semana de misiones, un programa de catequesis, un recital de guitarra, una excursión. Ir a clases era también un momento de resistir: un profesor no va a tratarme como a un tonto, ni un compañero tiene el derecho de tratar a otro como tal. La agilidad mental para discutir se despertaba en el momento de resistir a una verdad que no lo parecía. Alguna vez expuse (muy mal, por cierto), algo acerca del perdón de los pecados, la muerte y el infierno: nunca dejaré de agradecer a aquella persona que se levantó y luchó por defender (alzando la voz y hablando bien claro) la idea de que la misericordia de Dios era más grande que mi legalismo.  Otra vez tuve que hablar del aborto y el control de natalidad y un compañero de clase me preguntó que si no podíamos decidir cuándo y cómo tener hijos y cuándo y cómo tener relaciones sexuales, entonces qué hacía de las relaciones sexuales humanas algo distinto de la reproducción de cualquier otro animal (¡la libertad, en efecto!). Las respuestas verdaderas, curiosamente, suelen llegar tiempo después de una discusión, no durante la misma. Esta resistencia, en la pastoral, se manifestaba con un cierto rechazo a las “misas de jóvenes” a un “lenguaje juvenil” y a “cantos juveniles”. En realidad hacíamos todo eso, pero sin llamarlo así. Desde el momento en que una catequesis, o la Misa, o los cantos para orar tienen que ser “juveniles”, pareciera que los jóvenes somos una raza estúpida o al menos incapaz de saborear el alimento de los adultos. O, al contrario, como si se reservase a nosotros lo “bueno” mientras a los adultos y a los viejos les tocan las sobras. ¿Me quieres joven en la Iglesia para luego relegarme a segundo plano? Si uno prefería o no una cosa, un modo de hablar u otro, era porque era bello…o al menos porque le gustaba, no porque fuese “adecuado a mí situación de joven inepto”. Los jóvenes no somos estúpidos, queremos ser tomados en serio, y queremos que lo que hacemos por los demás, lo que hacemos en la Iglesia y lo que hacemos por el gusto de hacerlo (como el arte, la poesía, la lectura, las idas al cine, las excursiones, cafés, cervezas, pizzas, tacos y demás) sean tomados como algo que realmente queremos: no es nuestra cabeza alocada la que decide siempre, es nuestro corazón que tiene sed de realidad (de verdad), de autenticidad, de amor real y consistente, aún si es más grande y más incomprensible y más abrumador de lo que somos capaces de asumir en el momento (por lo demás siempre será así).

En segundo lugar se trata de una resistencia a una vida sin un sentido que realmente toque mi existencia. Cuando se nos hablaba de la Trinidad como si fuese un ser tan lejano e inexplicable que era mejor no explicarlo, me venían náuseas. Si es tan inexplicable, si es un Dios tan inaccesible, entonces ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Qué quiero yo con Él? Si hablábamos de algún pasaje de la Biblia y alguien salía con eso de “actualizar, concretizar”: ¿pues esta historia no es real? ¿Este Dios Encarnado tiene necesidad de tus torpes aplicaciones? ¿Me vas a reducir el Evangelio a ser bueno, cuidar la castidad y rezar la Coronilla de la Divina Misericordia? Dime qué es la realidad y usa las palabras que sean necesarias aunque sean complicadas. Dime que este Dios es más real y más verdadero que todo lo que soy capaz de concebir, de sentir, de querer, y estoy dispuesto a fiarme de ti, porque mi corazón sabe esto antes de que me lo digas, pero no sabe cómo decirlo. Si es Dios tiene que ser así (mis papás, gracias a Dios, me lo dijeron; pero no a todos les fue tan bien).

Lo mismo pasaba con la música: técnica y vanidad, vanidad y vanidad. El amor por la música, por Mozart, Beethoven, Bach, los Beatles, Silvio Rodríguez y los Ángeles Azules podía ser plagiado, sustituido por un estúpido interés por una técnica perfecta y por una música de pose, de foto, de escenario…y de buena paga. Pero uno se resistía. La música es tan real, tan verdadera, que aún si te has dejado seducir por la vanagloria del técnico, diez notas te sacan de tu autismo y te muestran la Belleza. La buena técnica sirve para eso: para acercarte a la música en un modo tan desnudo de prejuicios y de “mi yo” que ya solo exista la Belleza y un yo que la sirve y la expresa. Y entre estudiantes de música lo interesante era decir “escucha”. Era común decir “Mozart es la música” o “Bach es la música” o “Rachmaninov es la música” y era música que casi nadie de nosotros podía interpretar, a veces ni siquiera leer con dignidad. Y valía la pena discutirlo. Valía la pena tomar una decisión por un determinado compositor o por un determinado género de música. ¿Por qué? Porque en el fondo queríamos amar la Belleza en un modo determinado: el nuestro. Queríamos ser libres de dar nuestro asentimiento de Fe a la Verdad que proponían los catequistas. Queríamos ser libres de elegir el acceso a la Belleza. Queríamos ser libres. Y queremos serlo.

La última resistencia es la más curiosa de todas: la resistencia a que el amor no sea verdadero. Cuando estabas en secundaria los profesores te advertían: aprovecha ahora, que es cuando surgen las verdaderas amistades. Después, mientras más te acercas a la Universidad, todo se vuelve menos auténtico. ¡Qué espanto! ¡La humanidad se acaba después de los 15! Es una advertencia no totalmente cierta, pero algo hay. Los adultos precoces de pronto se centran demasiado en su vida y toda amistad se vuelve “útil, conveniente”. Gracias a Dios la gente se enamora y eso te hace salir un poco de tu utilitarismo. Al menos por un corto tiempo logras amar a alguien porque sí, porque no puede ser de otra forma y porque no quieres que haya otra forma. Cuando te enamoras y también cuando descubres a un verdadero amigo es cuando realmente sabes que no es necesario morir mañana, que eres joven y hay vida por delante, que puedes vivir a causa de alguien, para alguien. Y también aquí uno se resistía al solo pensamiento de un “fin” de la amistad o de una separación. Todos sabíamos que algunos tendrían que ir aquí o allá dependiendo de su vocación o de su carrera; muchos sabíamos que en un determinado momento habríamos tenido que elegir un camino por el que otros no podrían venir, pero pensar que eso significase “fin”, “adiós”, “hasta nunca”, era casi un crimen, porque no debería serlo. Ni siquiera la muerte de los amigos que se fueron jóvenes puede ser aceptada con un crudo realismo. ¡No! Si no es aquí será en el Cielo, pero el amor que una vez hubo no puede terminarse y ya. Si se termina, probablemente no era amor. Pero, ¿cómo que no era amor, cómo que todo esto no era real? Las exigencias de nuestro corazón no pueden simplemente ser ignoradas por la crudeza de una realidad en la que amar es lo menos importante que existe, porque suele ser lo menos útil y lo menos exitoso.

 

En resumen: resistencia a ser tenido por estúpido, resistencia a que el sentido de la vida no toque mi existencia y no exija mi libre adhesión, resistencia a que el amor no sea verdadero y por tanto no sea para siempre. Resistir, resistir, resistir. ¿Se podría decir de otro modo? En unas vacaciones de CL leyeron una frase que se me quedó grabada para siempre: “sed razonables, pedid lo imposible”. Ser joven es exigir eso que es imposible: que siendo imprudente, con poca experiencia, seas tomado en serio; que aprendiendo a caminar camines al ritmo de los que ya saben. Ser joven es exigir lo imposible: que lo eterno e inmutable, que la Verdad, la Bondad y la Belleza, toquen la carnalidad temporal de tu existencia: tus manos, tu voz, tus sentimientos, tu inteligencia, tu voluntad, y que no la absorban, sino que la transformen. Ser joven es exigir lo imposible: que lo que aquí vivimos como temporal, con la mente y el corazón fijos en el ahora, sea eterno. Que el amor y la belleza y la verdad y todo el desgaste de nuestra vida no hayan sido una quimera o pura banalidad, sino la pura realidad que clama por la eternidad.

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