Recojo aquí algunas reflexiones que he ido
acumulando, y me sé de memoria, desde que, a los 15 años, comencé a participar
en un grupo de misiones, a hablar y a discutir (sobre todo discutir) acerca de
la fe, la Iglesia, la vida, la música, la vocación, el mundo, y todo lo que
podía ser amado o rechazado. No es una reflexión solamente mía: en 13 años (¡ay
ay!) he conocido a muchos jóvenes de muchas realidades distintas (de Iglesia,
ateos, de grupos, pensadores individuales, comunistas, derechistas, religiosos,
sacerdotes…casi todos implicados en alguna obra de voluntariado, de formación,
de expresión artística, de propaganda política...): hemos compartido mucho
juntos, nos hemos peleado, nos hemos perdonado, nos hemos distanciado y nos
hemos vuelto a acercar, nos hemos aconsejado y criticado… y seguimos vivos.
Escribo entonces lo que he sacado en limpio de lo que las personas antiguas
llaman “los jóvenes” en su relación sobre todo al cristianismo y al sentido de
la vida. Un profesor decía que lo propio de un adulto es recordar. No se es
adulto sin haber sido joven, y no se puede ser verdaderamente joven sin asumir
que ser joven significa “hacerse adulto”. La memoria es entonces el fundamento
mismo de una real juventud que se realiza, y porque se realiza se transforma.
Los jóvenes con los que trato ahora y que me hablan de usted no me van a dejar
decir “nosotros los jóvenes”, pero sí, hablaré de “nosotros los jóvenes”.
Siempre
noté en mí y en otros ese profundo sentimiento de resistencia. ¿Resistencia a qué?
En
primer lugar, resistencia a ser tenido por estúpido, aunque en el fondo uno
presiente que quizás pueda serlo. Y todavía me siento “resistente”. Este
sentimiento compartido era como el sereno fundamento de la solidaridad que
surgía al momento de realizar una determinada tarea: una semana de misiones, un
programa de catequesis, un recital de guitarra, una excursión. Ir a clases era
también un momento de resistir: un profesor no va a tratarme como a un tonto,
ni un compañero tiene el derecho de tratar a otro como tal. La agilidad mental
para discutir se despertaba en el momento de resistir a una verdad que no lo
parecía. Alguna vez expuse (muy mal, por cierto), algo acerca del perdón de los
pecados, la muerte y el infierno: nunca dejaré de agradecer a aquella persona
que se levantó y luchó por defender (alzando la voz y hablando bien claro) la
idea de que la misericordia de Dios era más grande que mi legalismo. Otra vez tuve que hablar del aborto y el
control de natalidad y un compañero de clase me preguntó que si no podíamos
decidir cuándo y cómo tener hijos y cuándo y cómo tener relaciones sexuales,
entonces qué hacía de las relaciones sexuales humanas algo distinto de la
reproducción de cualquier otro animal (¡la libertad, en efecto!). Las
respuestas verdaderas, curiosamente, suelen llegar tiempo después de una
discusión, no durante la misma. Esta resistencia, en la pastoral, se
manifestaba con un cierto rechazo a las “misas de jóvenes” a un “lenguaje
juvenil” y a “cantos juveniles”. En realidad hacíamos todo eso, pero sin
llamarlo así. Desde el momento en que una catequesis, o la Misa, o los cantos
para orar tienen que ser “juveniles”, pareciera que los jóvenes somos una raza
estúpida o al menos incapaz de saborear el alimento de los adultos. O, al
contrario, como si se reservase a nosotros lo “bueno” mientras a los adultos y
a los viejos les tocan las sobras. ¿Me quieres joven en la Iglesia para luego
relegarme a segundo plano? Si uno prefería o no una cosa, un modo de hablar u
otro, era porque era bello…o al menos porque le gustaba, no porque fuese “adecuado
a mí situación de joven inepto”. Los jóvenes no somos estúpidos, queremos ser
tomados en serio, y queremos que lo que hacemos por los demás, lo que hacemos
en la Iglesia y lo que hacemos por el gusto de hacerlo (como el arte, la
poesía, la lectura, las idas al cine, las excursiones, cafés, cervezas, pizzas,
tacos y demás) sean tomados como algo que realmente queremos: no es nuestra
cabeza alocada la que decide siempre, es nuestro corazón que tiene sed de
realidad (de verdad), de autenticidad, de amor real y consistente, aún si es
más grande y más incomprensible y más abrumador de lo que somos capaces de
asumir en el momento (por lo demás siempre será así).
En
segundo lugar se trata de una resistencia a una vida sin un sentido que
realmente toque mi existencia. Cuando se nos hablaba de la Trinidad como si
fuese un ser tan lejano e inexplicable que era mejor no explicarlo, me venían
náuseas. Si es tan inexplicable, si es un Dios tan inaccesible, entonces ¿qué
tiene que ver conmigo? ¿Qué quiero yo con Él? Si hablábamos de algún pasaje de
la Biblia y alguien salía con eso de “actualizar, concretizar”: ¿pues esta
historia no es real? ¿Este Dios Encarnado tiene necesidad de tus torpes
aplicaciones? ¿Me vas a reducir el Evangelio a ser bueno, cuidar la castidad y
rezar la Coronilla de la Divina Misericordia? Dime qué es la realidad y usa las
palabras que sean necesarias aunque sean complicadas. Dime que este Dios es más
real y más verdadero que todo lo que soy capaz de concebir, de sentir, de
querer, y estoy dispuesto a fiarme de ti, porque mi corazón sabe esto antes de
que me lo digas, pero no sabe cómo decirlo. Si es Dios tiene que ser así (mis papás, gracias a Dios, me lo dijeron; pero no a todos les fue tan bien).
Lo
mismo pasaba con la música: técnica y vanidad, vanidad y vanidad. El amor por
la música, por Mozart, Beethoven, Bach, los Beatles, Silvio Rodríguez y los
Ángeles Azules podía ser plagiado, sustituido por un estúpido interés por una
técnica perfecta y por una música de pose, de foto, de escenario…y de buena
paga. Pero uno se resistía. La música es tan real, tan verdadera, que aún si te
has dejado seducir por la vanagloria del técnico, diez notas te sacan de tu
autismo y te muestran la Belleza. La buena técnica sirve para eso: para
acercarte a la música en un modo tan desnudo de prejuicios y de “mi yo” que ya
solo exista la Belleza y un yo que la sirve y la expresa. Y entre estudiantes de
música lo interesante era decir “escucha”. Era común decir “Mozart es la música”
o “Bach es la música” o “Rachmaninov es la música” y era música que casi nadie
de nosotros podía interpretar, a veces ni siquiera leer con dignidad. Y valía
la pena discutirlo. Valía la pena tomar una decisión por un determinado
compositor o por un determinado género de música. ¿Por qué? Porque en el fondo
queríamos amar la Belleza en un modo determinado: el nuestro. Queríamos ser
libres de dar nuestro asentimiento de Fe a la Verdad que proponían los
catequistas. Queríamos ser libres de elegir el acceso a la Belleza. Queríamos ser
libres. Y queremos serlo.
La
última resistencia es la más curiosa de todas: la resistencia a que el amor no
sea verdadero. Cuando estabas en secundaria los profesores te advertían:
aprovecha ahora, que es cuando surgen las verdaderas amistades. Después,
mientras más te acercas a la Universidad, todo se vuelve menos auténtico. ¡Qué
espanto! ¡La humanidad se acaba después de los 15! Es una advertencia no
totalmente cierta, pero algo hay. Los adultos precoces de pronto se centran
demasiado en su vida y toda amistad se vuelve “útil, conveniente”. Gracias a
Dios la gente se enamora y eso te hace salir un poco de tu utilitarismo. Al
menos por un corto tiempo logras amar a alguien porque sí, porque no puede ser
de otra forma y porque no quieres que haya otra forma. Cuando te enamoras y
también cuando descubres a un verdadero amigo es cuando realmente sabes que no
es necesario morir mañana, que eres joven y hay vida por delante, que puedes
vivir a causa de alguien, para alguien. Y también aquí uno se resistía al solo
pensamiento de un “fin” de la amistad o de una separación. Todos sabíamos que
algunos tendrían que ir aquí o allá dependiendo de su vocación o de su carrera;
muchos sabíamos que en un determinado momento habríamos tenido que elegir un
camino por el que otros no podrían venir, pero pensar que eso significase “fin”,
“adiós”, “hasta nunca”, era casi un crimen, porque no debería serlo. Ni
siquiera la muerte de los amigos que se fueron jóvenes puede ser aceptada con un
crudo realismo. ¡No! Si no es aquí será en el Cielo, pero el amor que una vez hubo
no puede terminarse y ya. Si se termina, probablemente no era amor. Pero, ¿cómo
que no era amor, cómo que todo esto no era real? Las exigencias de nuestro
corazón no pueden simplemente ser ignoradas por la crudeza de una realidad en
la que amar es lo menos importante que existe, porque suele ser lo menos útil y
lo menos exitoso.
En
resumen: resistencia a ser tenido por estúpido, resistencia a que el sentido de
la vida no toque mi existencia y no exija mi libre adhesión, resistencia a que
el amor no sea verdadero y por tanto no sea para siempre. Resistir, resistir,
resistir. ¿Se podría decir de otro modo? En unas vacaciones de CL leyeron una
frase que se me quedó grabada para siempre: “sed razonables, pedid lo imposible”.
Ser joven es exigir eso que es imposible: que siendo imprudente, con poca
experiencia, seas tomado en serio; que aprendiendo a caminar camines al ritmo
de los que ya saben. Ser joven es exigir lo imposible: que lo eterno e
inmutable, que la Verdad, la Bondad y la Belleza, toquen la carnalidad temporal
de tu existencia: tus manos, tu voz, tus sentimientos, tu inteligencia, tu
voluntad, y que no la absorban, sino que la transformen. Ser joven es exigir lo
imposible: que lo que aquí vivimos como temporal, con la mente y el corazón
fijos en el ahora, sea eterno. Que el amor y la belleza y la verdad y todo el
desgaste de nuestra vida no hayan sido una quimera o pura banalidad, sino la
pura realidad que clama por la eternidad.
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