El Evangelio de san Marcos nos presenta tres viajes en barca de los discípulos con
Jesús. En los tres los discípulos aparecen llenos de angustia y de miedo. Un
breve recorrido por los tres podría ayudarnos a hacer un buen examen de
conciencia.
En el
primer viaje (Mc 4, 35-41) se desata una tormenta en el Mar de Galilea mientras
Jesús duerme. Los discípulos le despiertan y sucede el milagro que conocemos.
Aquí llama la atención que el texto del Evangelio no dice que los discípulos
tenían miedo antes de despertar a Jesús, cosa que todos presuponemos por la
amonestación del versículo 40: «¿por qué estáis atemorizados? ¿Aún no tenéis
fe?» y, sin embargo, el Evangelista nos provoca cuando dice que, luego del
milagro, los discípulos sentían un gran temor y se preguntaban «¿quién es este a
quien viento y mar obedecen?»: ¡Jesús les da miedo! Lo desconocido, lo
misterioso, en efecto, causa maravilla, sí, pero también terror.
En el
segundo viaje (Mc 6, 45-52), Jesús les alcanza a noche cerrada caminando sobre
las aguas y, dice el Evangelista: «es
un fantasma, y se pusieron a gritar. Todos lo habían visto, en efecto, y se
habían asustado» (6, 49-50).
En el
tercer viaje (Mc 8, 14-21), los discípulos están angustiados porque les falta
pan. Luego de dos multiplicaciones milagrosas, y en presencia de Jesús, su
preocupación es la falta de pan. Es aquí cuando Jesús les amonesta con
severidad y les pone preguntas dolorosamente incisivas: ¿cuántos panes aquella
vez? ¿y esta otra? Y les pregunta con insistencia:¿no recordáis? ¿no entendéis
y no comprendéis? ¿no comprendéis todavía?
El verbo
utilizado aquí para indicar el comprender es syniemi. Leer las cosas en un idioma desconocido ayuda a enterarse
de lo que en la lengua propia es evidente: comprender es tomar (prendere) todo en conjunto (com-): lo mismo que el prefijo griego syn indica el poner una cosa con otra
que le corresponde. Los discípulos no son capaces de hacer esta operación. No
comprenden. También cuando creen ver a un fantasma el evangelista indica che no
habían comprendido. Pero, cosa curiosa, lo que no habían comprendido era «el
hecho de los panes» (6,52).
La
cuestión es entonces una falta de comprensión, de memoria, de fe. Por eso Dios
termina dando miedo: ¿quién es este? Y por eso nuestra falta de pan (de
cualquier pan) causa angustia aunque Dios esté con nosotros (despierto o plácidamente
dormido en el mecerse de una barca en medio de la tormenta…Jesús tiene también
ese don): porque no comprendemos. No logramos tomar los distintos hilos de
nuestra historia, es decir, no recordamos. No logramos tampoco mirar
unitariamente las circunstancias, no logramos ver a Dios que viene en medio de
la tormenta como uno que camina sobre las aguas. El mar arrecia, vamos a
ahogarnos y este Jesús a quien sigo y que me ama y que ha multiplicado los
panes por ternura, para que la gente no desfallezca, viene caminando sobre el
agua como camina uno sobre tierra firme, como si fuese el Creador que se
paseaba por el abismo primordial de las aguas del caos. Helo aquí y yo comienzo
a gritar. No sé qué me aterroriza más si el agua o aquel ser que no puedo
reconocer porque le veo y no le creo, no recuerdo, no com-prendo.
Si la
Cuaresma es buen momento para hacer examen de conciencia, este examen puede
(¡debe!) incluir un primer momento positivo para servir de algo: recordar lo
que Dios ha hecho por mí. Aquél día que nos faltó pan, ¿cuántas canastas
sobraron? Aquel día en que sentí que me ahogaba, ¿cómo vino a mi encuentro?
¿qué palabras me dijo? (muchas veces estos encuentros con Dios llevan el rostro de un intermediario, conocido o desconocido...¿quién?).
Seguramente
habrá más tormentas pero en medio de las aguas le veré y, aún si de nuevo me
confundo y creo que es un fantasma, me dirá, como suele hacer: «¡Ánimo, soy yo!
¡No temas!» (cfr. Mc 6,50)…y, si hago memoria, comprenderé que es Él.
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