Amor evangélico de amistad: Cum-pane, pobreza y compartir la misma suerte según Ignazio Silone.
(Caravaggio, Cena en Emaús [Londres], 1601-1602)
Para
el curso de ‘Filosofia de la Literatura’, del año 2020, el profesor G. Piccolo nos pidió (mandó, je!) leer ‘Il seme sotto la neve’ de Ignazio Silone. En este libro he encontrado al menos
tres puntos de reflexión acerca de la ‘compañía’ y la ‘amistad’ que me han
hecho ver de modo nuevo lo que llamamos amor evangélico de amistad.
El libro
no es, bajo ningún aspecto, un libro de piedad, y en la lectura se notan
algunos pasajes en los que el ateísmo es mejor visto que la piedad popular de
los italianos del Abruzzo del siglo pasado. Manteniendo, por eso, la debida
distancia, quisiera señalar los tres puntos que me han llamado la atención,
luego de haber explicado brevemente la trama del libro.
La
historia de ‘Il seme sotto la neve’ nos muestra la vida del pueblo de Colle, un
pueblo del Abruzzo, a mediados del siglo pasado y entonces durante el tiempo
del fascismo y la lucha contra el comunismo. Pietro Spina, que pertenece a una
familia importante y rica de Colle, impulsado por un ‘fuerte deseo de Realidad’
abandona la riqueza y la seguridad familiar y se vuelve comunista. La historia
comienza cuando el joven Spina (ni tan joven, porque tiene ya treinta años)
vuelve a casa, decepcionado del comunismo y perseguido por la justicia. Se
oculta de la policía en una cueva-establo donde es encontrado por un muchacho
sordomudo que todos los días le lleva un poco del pan que se gana trabajando
casi como mula de carga. Pietro Spina y el sordo Infante se vuelven compañeros:
ambos son una especie de miserables y rechazados de la sociedad, ambos tienen
hambre, ambos comparten el pan y ambos dan el uno al otro de lo que pueden,
Infante da el pan, Pietro da las palabras, le enseña a hablar. Y la primera
palabra que Infante aprende de Pietro es cum-pania, palabra aprendida luego de
una breve exposición etimológica «cum-pani son aquellos que comparten el mismo
pan, de allí viene cum-pañía». Pietro Spina e Infante se separarán por un
tiempo, porque Pietro es rescatado del establo por su abuela; se encontrarán de
nuevo cuando Infante llegará al pueblo de Colle buscando a Pietro, y ambos se
refugiarán en la casa de Simone, otro rico caído en desgracia que ha optado por
una vida simple, de trabajo y de pobreza. Los tres forman una comunidad de
‘locos’ por la pobreza que comparten el pan y el vino, el frío y la alegría de
vivir juntos. Cuando dejarán el pueblo de Colle para salvar a Pietro del
gobierno, que sigue buscándolo, irán a otra región del Abruzzo donde se
establecerán y trabajarán gratis para un campesino, pidiéndole solo que les dé
de comer...y así se harán amigos también de este buen hombre. El final de la
historia, que no se debería contar, tiene que ver con la ‘sustitución’ de
Pietro por Infante: Infante ha cometido un asesinato (en una especie de ataque
frenético) y Pietro, que lo descubre, toma su lugar y es llevado a la cárcel. La
particularidad especial de la ‘compañía’ de los locos es el modo de hablar. En
contraposición a un uso de la palabra que sirve solamente para ocultar las
propias intenciones y para obtener la ayuda de personas influentes, en
contraposición a la retórica de los discursistas políticos de Colle, quienes
hablando de todo nunca dicen nada, los diálogos de Pietro y Simone, y las pocas
palabras de Infante, abren al lector el mundo interior de los personajes. El
autor del libro debe describir a los demás personajes, en cambio Pietro, Simone
e Infante se describen ellos mismos porque hablando entre ellos descubren al
amigo los propios deseos, anhelos, las angustias y dolores y la historia de su
vida.
Los tres
puntos que me han llamado la atención de modo particular por su relación a la
vida comunitaria según el amor evangélico de amistad, son los siguientes: 1.
Compartir el mismo pan, 2. La pobreza, 3. Compartir la misma suerte.
1. La
comunidad nace del compartir el pan, de comer juntos. La fragilidad más
evidente del hombre es, quizás, su necesidad de nutrimento: necesita comer
desde que nace hasta que muere. Por eso el pan, el alimento que en Italia hasta
los más pobres se pueden permitir (aún hoy la mayoría de los pobres de por aquí
no piden pan, sino algo para ponerle encima), es el modo más sencillo de
socorrer esa primera necesidad. El compartir el mismo pan es un modo de
confesar y socorrer una fragilidad fundamental y común.
2. En
‘Il seme sotto la neve’ la pobreza se manifiesta como desnudez y fragilidad:
los miembros de la compañía son rechazados y no tienen morada estable, no
tienen vestidos precisamente adecuados, a veces incluso habitan una casa sin
ventanas, en medio del invierno. Esta desnudez física se manifiesta también en
la desnudez espiritual que de su hablar: no se ocultan, se arriesgan a
mostrarse así como son, a veces con la dificultad de la vergüenza o de la no
comprensión, pero en el empeño de manifestarse al otro tal cuál se es, sin
adornarse. Así, la pobreza como desnudez, como no cubrir la propia fragilidad
delante de la mirada del otro, es como el fundamento del compartir el pan: a la
desnudez de uno se responde con el cuidado y el desnudarse del otro.
3. Y
esta pobreza que se vuelve un modo común de vida que cada día se hace evidente
en el compartir el pan y el vino y la vida y el corazón a la hora de comer
juntos y platicar (una comunicación de sobremesa, diríamos), es lo que une a
los miembros de la compañía y los empuja a trabajar unos por otros y a trabajar
todos por otros que no son aún parte de la compañía. Trabajan sin pedir un
pago, piden solo pan, y entonces son bienvenidos en el mundo de los pobres, y
comen a la pobre mesa de los campesinos. Así, el compartir el pan y el estar
desnudos se vuelve un modo de vida ‘apostólico’ y ‘cristiforme’: en el libro
hay un capítulo dedicado a una presunta aparición del Señor a una mujer que no
podía cuidar el campo de su marido encarcelado: no es otro que Infante, que fue
‘enviado’ por la compañía a socorrer a esta pobre mujer. Y, como ya he dicho,
el final del libro nos muestra a Pietro tomando el lugar del culpable. Los
amigos de la compañía no simplemente corren la misma suerte que Pietro, dejando
la ‘patria’ para huir con él de la justicia; ellos están dispuestos a correr la
suerte que correspondía al otro, cuidando de él hasta el extremo.
Estas
tres cosas, ¿tienen alguna relación con el Evangelio y con el amor de amistad
que queremos vivir?
Es
verdad que la amistad que los cristianos queremos vivir es principalmente la relación de
amor profundo que Él ofrece a cada uno de nosotros, porque Él nos amó primero. Así,
el amor evangélico de amistad tiene un carácter personal, que no podría
adecuarse a un modo general y comunitario de vivir en esta relación. Sin
embargo, así como los primeros discípulos, también nosotros somos (o queremos
ser) amigos porque tenemos un Amigo y un Maestro en común, y así también
queremos que la dulce doctrina del Señor y el suave abrazo de su amistad
alcance a todos los hombres, y por eso trabajamos.
La
compañía de los discípulos del Señor es la compañía de los pobres que como el
Señor no tienen donde reclinar la cabeza (Mt 8,20), que se sientan juntos a la
mesa y en esa mesa reciben no solo el pan de la carne, sino el Pan de Vida que
es el mismo Jesús. Y es precisamente en la Última Cena que el Señor los llama
amigos (Jn 15,15), y es allí donde Pedro muestra su profundo deseo, incluso sin
comprender, de compartir su misma suerte y dar la vida por Él (Jn 13, 36-37), y
es también el lugar en donde el Señor lava los pies de los discípulos y anuncia
la traición de Pedro y Judas, traiciones por las cuáles morirá: como Dios abandonado
por el hombre que prefiere cualquier otra cosa que no es Él (como unas monedas
de plata) y como Dios negado por el hombre que tiene miedo de reconocer su
relación profunda con Él. Pero en la Cruz la negación de Pedro y la traición de
Judas, y el abandono y la negación y la desobediencia de Adán y de cualquier
hombre fueron perdonadas, y el Señor Resucitado ahora visita a sus amigos para
consolarlos, como dice san Ignacio en los Ejercicios y los envía a propagar la
Buena Nueva a todas las naciones. Y el distintivo de las comunidades
cristianas, que renunciando a la posesión donan sus riquezas para servir a la
comunidad y comparten el Pan, es precisamente el amor de los que desnudos de
todo y revestidos de Cristo, se aman (cfr. Jn 13,35; Hch 2, 46; 4, 32-36).
En
conclusión, lo que he podido descubrir acerca del amor evangélico de amistad,
en su doble dimensión, la de relación personal e íntima con Cristo y la de
relación entre los miembros de una misma comunidad, es: 1. La pobreza como
desnudez de todo lo superfluo como fundamento de la transparencia, la cual es
necesaria para que exista un verdadero compartir que no sea simulación ni mero
convencionalismo. 2. El compartir la vida en pobreza y el deseo de compartir,
en lo posible y con la reverencia debida a cada uno, la misma suerte, en el
apostolado, en el estudio, en las propias luchas (cosas que a veces parecen
simplemente una cuestión personal y en realidad son parte, en modos distintos,
de nuestra vida comunitaria y eclesial). 3. El deseo profundo de vivir para otros,
cuidando y reverenciando la fragilidad del otro y buscando corresponderla con
cariño y con discreción, extendiendo poco a poco el ‘motor’ de nuestra vida
comunitaria, es decir la alegría de ser siervos que han sido llamados y son
amados como amigos, a aquellos a quienes Dios nos envía, mediante la misma
dinámica: la desnudez y el compartir el Pan de Vida...y también el pan y los
trabajos de cada día.
Estas
preguntas me ayudan a buscar el modo de hacer que estas luces sean de provecho
para la vida comunitaria y para nuestro trabajo apostólico: ¿estoy dispuesto a
correr la misma suerte de Cristo pobre? ¿Quiero vivir como Él vive, llevando su
Pan y su presencia para consolar a los hombres? ¿Quiero compartir los miembros
de mi comunidad este modo de vivir? ¿Estoy dispuesto a aceptar la vida de estos
últimos así como es y acompañarlos en lo que ellos me permitan, para correr con
ellos la misma suerte?

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