sábado, 11 de marzo de 2023

Cum-pane


 

Amor evangélico de amistad: Cum-pane, pobreza y compartir la misma suerte según Ignazio Silone. 

(Caravaggio, Cena en Emaús [Londres], 1601-1602)

Para el curso de ‘Filosofia de la Literatura’, del año 2020, el profesor G. Piccolo nos pidió (mandó, je!) leer ‘Il seme sotto la neve’ de Ignazio Silone. En este libro he encontrado al menos tres puntos de reflexión acerca de la ‘compañía’ y la ‘amistad’ que me han hecho ver de modo nuevo lo que llamamos amor evangélico de amistad.

El libro no es, bajo ningún aspecto, un libro de piedad, y en la lectura se notan algunos pasajes en los que el ateísmo es mejor visto que la piedad popular de los italianos del Abruzzo del siglo pasado. Manteniendo, por eso, la debida distancia, quisiera señalar los tres puntos que me han llamado la atención, luego de haber explicado brevemente la trama del libro.

La historia de ‘Il seme sotto la neve’ nos muestra la vida del pueblo de Colle, un pueblo del Abruzzo, a mediados del siglo pasado y entonces durante el tiempo del fascismo y la lucha contra el comunismo. Pietro Spina, que pertenece a una familia importante y rica de Colle, impulsado por un ‘fuerte deseo de Realidad’ abandona la riqueza y la seguridad familiar y se vuelve comunista. La historia comienza cuando el joven Spina (ni tan joven, porque tiene ya treinta años) vuelve a casa, decepcionado del comunismo y perseguido por la justicia. Se oculta de la policía en una cueva-establo donde es encontrado por un muchacho sordomudo que todos los días le lleva un poco del pan que se gana trabajando casi como mula de carga. Pietro Spina y el sordo Infante se vuelven compañeros: ambos son una especie de miserables y rechazados de la sociedad, ambos tienen hambre, ambos comparten el pan y ambos dan el uno al otro de lo que pueden, Infante da el pan, Pietro da las palabras, le enseña a hablar. Y la primera palabra que Infante aprende de Pietro es cum-pania, palabra aprendida luego de una breve exposición etimológica «cum-pani son aquellos que comparten el mismo pan, de allí viene cum-pañía». Pietro Spina e Infante se separarán por un tiempo, porque Pietro es rescatado del establo por su abuela; se encontrarán de nuevo cuando Infante llegará al pueblo de Colle buscando a Pietro, y ambos se refugiarán en la casa de Simone, otro rico caído en desgracia que ha optado por una vida simple, de trabajo y de pobreza. Los tres forman una comunidad de ‘locos’ por la pobreza que comparten el pan y el vino, el frío y la alegría de vivir juntos. Cuando dejarán el pueblo de Colle para salvar a Pietro del gobierno, que sigue buscándolo, irán a otra región del Abruzzo donde se establecerán y trabajarán gratis para un campesino, pidiéndole solo que les dé de comer...y así se harán amigos también de este buen hombre. El final de la historia, que no se debería contar, tiene que ver con la ‘sustitución’ de Pietro por Infante: Infante ha cometido un asesinato (en una especie de ataque frenético) y Pietro, que lo descubre, toma su lugar y es llevado a la cárcel. La particularidad especial de la ‘compañía’ de los locos es el modo de hablar. En contraposición a un uso de la palabra que sirve solamente para ocultar las propias intenciones y para obtener la ayuda de personas influentes, en contraposición a la retórica de los discursistas políticos de Colle, quienes hablando de todo nunca dicen nada, los diálogos de Pietro y Simone, y las pocas palabras de Infante, abren al lector el mundo interior de los personajes. El autor del libro debe describir a los demás personajes, en cambio Pietro, Simone e Infante se describen ellos mismos porque hablando entre ellos descubren al amigo los propios deseos, anhelos, las angustias y dolores y la historia de su vida.

Los tres puntos que me han llamado la atención de modo particular por su relación a la vida comunitaria según el amor evangélico de amistad, son los siguientes: 1. Compartir el mismo pan, 2. La pobreza, 3. Compartir la misma suerte.

1. La comunidad nace del compartir el pan, de comer juntos. La fragilidad más evidente del hombre es, quizás, su necesidad de nutrimento: necesita comer desde que nace hasta que muere. Por eso el pan, el alimento que en Italia hasta los más pobres se pueden permitir (aún hoy la mayoría de los pobres de por aquí no piden pan, sino algo para ponerle encima), es el modo más sencillo de socorrer esa primera necesidad. El compartir el mismo pan es un modo de confesar y socorrer una fragilidad fundamental y común.

2. En ‘Il seme sotto la neve’ la pobreza se manifiesta como desnudez y fragilidad: los miembros de la compañía son rechazados y no tienen morada estable, no tienen vestidos precisamente adecuados, a veces incluso habitan una casa sin ventanas, en medio del invierno. Esta desnudez física se manifiesta también en la desnudez espiritual que de su hablar: no se ocultan, se arriesgan a mostrarse así como son, a veces con la dificultad de la vergüenza o de la no comprensión, pero en el empeño de manifestarse al otro tal cuál se es, sin adornarse. Así, la pobreza como desnudez, como no cubrir la propia fragilidad delante de la mirada del otro, es como el fundamento del compartir el pan: a la desnudez de uno se responde con el cuidado y el desnudarse del otro.

3. Y esta pobreza que se vuelve un modo común de vida que cada día se hace evidente en el compartir el pan y el vino y la vida y el corazón a la hora de comer juntos y platicar (una comunicación de sobremesa, diríamos), es lo que une a los miembros de la compañía y los empuja a trabajar unos por otros y a trabajar todos por otros que no son aún parte de la compañía. Trabajan sin pedir un pago, piden solo pan, y entonces son bienvenidos en el mundo de los pobres, y comen a la pobre mesa de los campesinos. Así, el compartir el pan y el estar desnudos se vuelve un modo de vida ‘apostólico’ y ‘cristiforme’: en el libro hay un capítulo dedicado a una presunta aparición del Señor a una mujer que no podía cuidar el campo de su marido encarcelado: no es otro que Infante, que fue ‘enviado’ por la compañía a socorrer a esta pobre mujer. Y, como ya he dicho, el final del libro nos muestra a Pietro tomando el lugar del culpable. Los amigos de la compañía no simplemente corren la misma suerte que Pietro, dejando la ‘patria’ para huir con él de la justicia; ellos están dispuestos a correr la suerte que correspondía al otro, cuidando de él hasta el extremo.

Estas tres cosas, ¿tienen alguna relación con el Evangelio y con el amor de amistad que queremos vivir?

Es verdad que la amistad que los cristianos queremos vivir es principalmente la relación de amor profundo que Él ofrece a cada uno de nosotros, porque Él nos amó primero. Así, el amor evangélico de amistad tiene un carácter personal, que no podría adecuarse a un modo general y comunitario de vivir en esta relación. Sin embargo, así como los primeros discípulos, también nosotros somos (o queremos ser) amigos porque tenemos un Amigo y un Maestro en común, y así también queremos que la dulce doctrina del Señor y el suave abrazo de su amistad alcance a todos los hombres, y por eso trabajamos.

La compañía de los discípulos del Señor es la compañía de los pobres que como el Señor no tienen donde reclinar la cabeza (Mt 8,20), que se sientan juntos a la mesa y en esa mesa reciben no solo el pan de la carne, sino el Pan de Vida que es el mismo Jesús. Y es precisamente en la Última Cena que el Señor los llama amigos (Jn 15,15), y es allí donde Pedro muestra su profundo deseo, incluso sin comprender, de compartir su misma suerte y dar la vida por Él (Jn 13, 36-37), y es también el lugar en donde el Señor lava los pies de los discípulos y anuncia la traición de Pedro y Judas, traiciones por las cuáles morirá: como Dios abandonado por el hombre que prefiere cualquier otra cosa que no es Él (como unas monedas de plata) y como Dios negado por el hombre que tiene miedo de reconocer su relación profunda con Él. Pero en la Cruz la negación de Pedro y la traición de Judas, y el abandono y la negación y la desobediencia de Adán y de cualquier hombre fueron perdonadas, y el Señor Resucitado ahora visita a sus amigos para consolarlos, como dice san Ignacio en los Ejercicios y los envía a propagar la Buena Nueva a todas las naciones. Y el distintivo de las comunidades cristianas, que renunciando a la posesión donan sus riquezas para servir a la comunidad y comparten el Pan, es precisamente el amor de los que desnudos de todo y revestidos de Cristo, se aman (cfr. Jn 13,35; Hch 2, 46; 4, 32-36).

En conclusión, lo que he podido descubrir acerca del amor evangélico de amistad, en su doble dimensión, la de relación personal e íntima con Cristo y la de relación entre los miembros de una misma comunidad, es: 1. La pobreza como desnudez de todo lo superfluo como fundamento de la transparencia, la cual es necesaria para que exista un verdadero compartir que no sea simulación ni mero convencionalismo. 2. El compartir la vida en pobreza y el deseo de compartir, en lo posible y con la reverencia debida a cada uno, la misma suerte, en el apostolado, en el estudio, en las propias luchas (cosas que a veces parecen simplemente una cuestión personal y en realidad son parte, en modos distintos, de nuestra vida comunitaria y eclesial). 3. El deseo profundo de vivir para otros, cuidando y reverenciando la fragilidad del otro y buscando corresponderla con cariño y con discreción, extendiendo poco a poco el ‘motor’ de nuestra vida comunitaria, es decir la alegría de ser siervos que han sido llamados y son amados como amigos, a aquellos a quienes Dios nos envía, mediante la misma dinámica: la desnudez y el compartir el Pan de Vida...y también el pan y los trabajos de cada día.

Estas preguntas me ayudan a buscar el modo de hacer que estas luces sean de provecho para la vida comunitaria y para nuestro trabajo apostólico: ¿estoy dispuesto a correr la misma suerte de Cristo pobre? ¿Quiero vivir como Él vive, llevando su Pan y su presencia para consolar a los hombres? ¿Quiero compartir los miembros de mi comunidad este modo de vivir? ¿Estoy dispuesto a aceptar la vida de estos últimos así como es y acompañarlos en lo que ellos me permitan, para correr con ellos la misma suerte?

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