Desde la tierna oscuridad de
una noche estrellada, desde el lastimero gemido del hombre doliente, desde el
dulce fulgor de un pequeño fuego en medio de una gélida estepa, desde el agudo
punzar del frío de la soledad original del hombre, una insignificante risita
comienza a abrirse paso. El profundo y antiguo dolor del hombre, que se hace
presente a la consciencia a cada segundo, con cada desprecio, con cada
elección, con cada deseo, con todo amor, es transformado desde dentro por la
diminuta risa de un niño.
El hombre sabe que esa pequeñez de vida, esa
suavidad de risa, esa majestuosa existencia, esa todopoderosa alegría es la que
ha perdido. La luz que le falta, el sentido que no encuentra, la palabra que no
llega, el color que no percibe, la dulzura que ya no soporta, la mirada que
ansía y el abrazo que anhela con cada fibra de su existencia son todo en esa
risa y son nada porque esa risa es todo lo que es aún siempre más, es más de lo
que se ha perdido, pero el hombre sabe que la ha perdido.
Y escucha esa risa y siente
de nuevo aquella antiquísima luz de vida que le iluminó por medio de un
vigorizante soplo de amor aquel día en que el Silencio fundamental del ser se
llenó con la suave armonía de una única palabra que era vida, que era luz, que
era la alegría de un Dios desbordante del buen humor creador.
Al hombre, hecho para tanto,
le basta sentir esta nada que no es ya su propia nada. Es la nada porque no la
tiene. En él, que ya no es niño, que dejó de serlo hace milenios, el ser se
mantiene entre la nulidad de la miseria eterna y la humildad del vivificante
gozo de lo eterno. Pero el fuerte deseo de abismarse, de perderse le persigue y
el abismo le seduce porque es controlable, delimitable, “le puede dar un
nombre”: ¿infierno? ¿muerte? ¿pecado? O incluso otros más sutiles y mucho más
atrayentes: amor platónico, deseo de ser, la mejor versión de mí mismo, incluso
algunos rayan en la blasfemia sacando a colación una mezquina santidad. El
problema es que mientras sea sólo él y lo que le atañe, nunca podrá dar el
paso. ¿Quién va a arrancarle de la nada de su inteligente y madura estupidez?
La frágil risa de una tierna
noche en torno al dulce fuego de los humildes resuena en cada fibra de lo que
no es el hombre y sus cosas, de lo que no es este hombre con sus miserables
quisquillas; no obstante, resuena con la dulzura y la terrosidad y la
fragilidad de lo humano. Solo quien escucha esta risa percibe la profundidad
del abismo en el que vivía sumergido gracias a sus geniales remedios
existenciales. El que se deja traspasar el corazón por esta suave y terrosa y
celeste alegría sabe que si se deja llevar, tan solo un poco, perderá el
control de todo, no será ya el dueño de la situación, pero la situación ya no
será su propio abismo, será otra cosa, un Reino que no es de este mundo. La
antigua luz que le iluminó en aquel día originario, aquella Luz que en él era
nada porque la había abandonado, se deja vislumbrar detrás del velo de la
humildad, más aún, esa luz es la mismísima humildad, esa luz es ese pequeño
Niño cuya risa me ha arrancado de la nada. Y esa risa no es solo de una boca,
es de unos ojos y de un corazón, ojos en los que por fin puedo abismarme y
corazón en el que por fin puedo perderme.

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