lunes, 13 de marzo de 2023

¿Todavía no comprendéis?

 

(Rembrandt, Tempestad en el Mar de Galilea, 1633)

El Evangelio de san Marcos nos presenta tres viajes en barca de los discípulos con Jesús. En los tres los discípulos aparecen llenos de angustia y de miedo. Un breve recorrido por los tres podría ayudarnos a hacer un buen examen de conciencia.

En el primer viaje (Mc 4, 35-41) se desata una tormenta en el Mar de Galilea mientras Jesús duerme. Los discípulos le despiertan y sucede el milagro que conocemos. Aquí llama la atención que el texto del Evangelio no dice que los discípulos tenían miedo antes de despertar a Jesús, cosa que todos presuponemos por la amonestación del versículo 40: «¿por qué estáis atemorizados? ¿Aún no tenéis fe?» y, sin embargo, el Evangelista nos provoca cuando dice que, luego del milagro, los discípulos sentían un gran temor y se preguntaban «¿quién es este a quien viento y mar obedecen?»: ¡Jesús les da miedo! Lo desconocido, lo misterioso, en efecto, causa maravilla, sí, pero también terror.

En el segundo viaje (Mc 6, 45-52), Jesús les alcanza a noche cerrada caminando sobre las aguas y, dice el Evangelista: «es un fantasma, y se pusieron a gritar. Todos lo habían visto, en efecto, y se habían asustado» (6, 49-50).

En el tercer viaje (Mc 8, 14-21), los discípulos están angustiados porque les falta pan. Luego de dos multiplicaciones milagrosas, y en presencia de Jesús, su preocupación es la falta de pan. Es aquí cuando Jesús les amonesta con severidad y les pone preguntas dolorosamente incisivas: ¿cuántos panes aquella vez? ¿y esta otra? Y les pregunta con insistencia:¿no recordáis? ¿no entendéis y no comprendéis? ¿no comprendéis todavía?

El verbo utilizado aquí para indicar el comprender es syniemi. Leer las cosas en un idioma desconocido ayuda a enterarse de lo que en la lengua propia es evidente: comprender es tomar (prendere) todo en conjunto (com-): lo mismo que el prefijo griego syn indica el poner una cosa con otra que le corresponde. Los discípulos no son capaces de hacer esta operación. No comprenden. También cuando creen ver a un fantasma el evangelista indica che no habían comprendido. Pero, cosa curiosa, lo que no habían comprendido era «el hecho de los panes» (6,52).

La cuestión es entonces una falta de comprensión, de memoria, de fe. Por eso Dios termina dando miedo: ¿quién es este? Y por eso nuestra falta de pan (de cualquier pan) causa angustia aunque Dios esté con nosotros (despierto o plácidamente dormido en el mecerse de una barca en medio de la tormenta…Jesús tiene también ese don): porque no comprendemos. No logramos tomar los distintos hilos de nuestra historia, es decir, no recordamos. No logramos tampoco mirar unitariamente las circunstancias, no logramos ver a Dios que viene en medio de la tormenta como uno que camina sobre las aguas. El mar arrecia, vamos a ahogarnos y este Jesús a quien sigo y que me ama y que ha multiplicado los panes por ternura, para que la gente no desfallezca, viene caminando sobre el agua como camina uno sobre tierra firme, como si fuese el Creador que se paseaba por el abismo primordial de las aguas del caos. Helo aquí y yo comienzo a gritar. No sé qué me aterroriza más si el agua o aquel ser que no puedo reconocer porque le veo y no le creo, no recuerdo, no com-prendo.

Si la Cuaresma es buen momento para hacer examen de conciencia, este examen puede (¡debe!) incluir un primer momento positivo para servir de algo: recordar lo que Dios ha hecho por mí. Aquél día que nos faltó pan, ¿cuántas canastas sobraron? Aquel día en que sentí que me ahogaba, ¿cómo vino a mi encuentro? ¿qué palabras me dijo? (muchas veces estos encuentros con Dios llevan el rostro de un intermediario, conocido o desconocido...¿quién?).

Seguramente habrá más tormentas pero en medio de las aguas le veré y, aún si de nuevo me confundo y creo que es un fantasma, me dirá, como suele hacer: «¡Ánimo, soy yo! ¡No temas!» (cfr. Mc 6,50)…y, si hago memoria, comprenderé que es Él.


sábado, 11 de marzo de 2023

Cum-pane


 

Amor evangélico de amistad: Cum-pane, pobreza y compartir la misma suerte según Ignazio Silone. 

(Caravaggio, Cena en Emaús [Londres], 1601-1602)

Para el curso de ‘Filosofia de la Literatura’, del año 2020, el profesor G. Piccolo nos pidió (mandó, je!) leer ‘Il seme sotto la neve’ de Ignazio Silone. En este libro he encontrado al menos tres puntos de reflexión acerca de la ‘compañía’ y la ‘amistad’ que me han hecho ver de modo nuevo lo que llamamos amor evangélico de amistad.

El libro no es, bajo ningún aspecto, un libro de piedad, y en la lectura se notan algunos pasajes en los que el ateísmo es mejor visto que la piedad popular de los italianos del Abruzzo del siglo pasado. Manteniendo, por eso, la debida distancia, quisiera señalar los tres puntos que me han llamado la atención, luego de haber explicado brevemente la trama del libro.

La historia de ‘Il seme sotto la neve’ nos muestra la vida del pueblo de Colle, un pueblo del Abruzzo, a mediados del siglo pasado y entonces durante el tiempo del fascismo y la lucha contra el comunismo. Pietro Spina, que pertenece a una familia importante y rica de Colle, impulsado por un ‘fuerte deseo de Realidad’ abandona la riqueza y la seguridad familiar y se vuelve comunista. La historia comienza cuando el joven Spina (ni tan joven, porque tiene ya treinta años) vuelve a casa, decepcionado del comunismo y perseguido por la justicia. Se oculta de la policía en una cueva-establo donde es encontrado por un muchacho sordomudo que todos los días le lleva un poco del pan que se gana trabajando casi como mula de carga. Pietro Spina y el sordo Infante se vuelven compañeros: ambos son una especie de miserables y rechazados de la sociedad, ambos tienen hambre, ambos comparten el pan y ambos dan el uno al otro de lo que pueden, Infante da el pan, Pietro da las palabras, le enseña a hablar. Y la primera palabra que Infante aprende de Pietro es cum-pania, palabra aprendida luego de una breve exposición etimológica «cum-pani son aquellos que comparten el mismo pan, de allí viene cum-pañía». Pietro Spina e Infante se separarán por un tiempo, porque Pietro es rescatado del establo por su abuela; se encontrarán de nuevo cuando Infante llegará al pueblo de Colle buscando a Pietro, y ambos se refugiarán en la casa de Simone, otro rico caído en desgracia que ha optado por una vida simple, de trabajo y de pobreza. Los tres forman una comunidad de ‘locos’ por la pobreza que comparten el pan y el vino, el frío y la alegría de vivir juntos. Cuando dejarán el pueblo de Colle para salvar a Pietro del gobierno, que sigue buscándolo, irán a otra región del Abruzzo donde se establecerán y trabajarán gratis para un campesino, pidiéndole solo que les dé de comer...y así se harán amigos también de este buen hombre. El final de la historia, que no se debería contar, tiene que ver con la ‘sustitución’ de Pietro por Infante: Infante ha cometido un asesinato (en una especie de ataque frenético) y Pietro, que lo descubre, toma su lugar y es llevado a la cárcel. La particularidad especial de la ‘compañía’ de los locos es el modo de hablar. En contraposición a un uso de la palabra que sirve solamente para ocultar las propias intenciones y para obtener la ayuda de personas influentes, en contraposición a la retórica de los discursistas políticos de Colle, quienes hablando de todo nunca dicen nada, los diálogos de Pietro y Simone, y las pocas palabras de Infante, abren al lector el mundo interior de los personajes. El autor del libro debe describir a los demás personajes, en cambio Pietro, Simone e Infante se describen ellos mismos porque hablando entre ellos descubren al amigo los propios deseos, anhelos, las angustias y dolores y la historia de su vida.

Los tres puntos que me han llamado la atención de modo particular por su relación a la vida comunitaria según el amor evangélico de amistad, son los siguientes: 1. Compartir el mismo pan, 2. La pobreza, 3. Compartir la misma suerte.

1. La comunidad nace del compartir el pan, de comer juntos. La fragilidad más evidente del hombre es, quizás, su necesidad de nutrimento: necesita comer desde que nace hasta que muere. Por eso el pan, el alimento que en Italia hasta los más pobres se pueden permitir (aún hoy la mayoría de los pobres de por aquí no piden pan, sino algo para ponerle encima), es el modo más sencillo de socorrer esa primera necesidad. El compartir el mismo pan es un modo de confesar y socorrer una fragilidad fundamental y común.

2. En ‘Il seme sotto la neve’ la pobreza se manifiesta como desnudez y fragilidad: los miembros de la compañía son rechazados y no tienen morada estable, no tienen vestidos precisamente adecuados, a veces incluso habitan una casa sin ventanas, en medio del invierno. Esta desnudez física se manifiesta también en la desnudez espiritual que de su hablar: no se ocultan, se arriesgan a mostrarse así como son, a veces con la dificultad de la vergüenza o de la no comprensión, pero en el empeño de manifestarse al otro tal cuál se es, sin adornarse. Así, la pobreza como desnudez, como no cubrir la propia fragilidad delante de la mirada del otro, es como el fundamento del compartir el pan: a la desnudez de uno se responde con el cuidado y el desnudarse del otro.

3. Y esta pobreza que se vuelve un modo común de vida que cada día se hace evidente en el compartir el pan y el vino y la vida y el corazón a la hora de comer juntos y platicar (una comunicación de sobremesa, diríamos), es lo que une a los miembros de la compañía y los empuja a trabajar unos por otros y a trabajar todos por otros que no son aún parte de la compañía. Trabajan sin pedir un pago, piden solo pan, y entonces son bienvenidos en el mundo de los pobres, y comen a la pobre mesa de los campesinos. Así, el compartir el pan y el estar desnudos se vuelve un modo de vida ‘apostólico’ y ‘cristiforme’: en el libro hay un capítulo dedicado a una presunta aparición del Señor a una mujer que no podía cuidar el campo de su marido encarcelado: no es otro que Infante, que fue ‘enviado’ por la compañía a socorrer a esta pobre mujer. Y, como ya he dicho, el final del libro nos muestra a Pietro tomando el lugar del culpable. Los amigos de la compañía no simplemente corren la misma suerte que Pietro, dejando la ‘patria’ para huir con él de la justicia; ellos están dispuestos a correr la suerte que correspondía al otro, cuidando de él hasta el extremo.

Estas tres cosas, ¿tienen alguna relación con el Evangelio y con el amor de amistad que queremos vivir?

Es verdad que la amistad que los cristianos queremos vivir es principalmente la relación de amor profundo que Él ofrece a cada uno de nosotros, porque Él nos amó primero. Así, el amor evangélico de amistad tiene un carácter personal, que no podría adecuarse a un modo general y comunitario de vivir en esta relación. Sin embargo, así como los primeros discípulos, también nosotros somos (o queremos ser) amigos porque tenemos un Amigo y un Maestro en común, y así también queremos que la dulce doctrina del Señor y el suave abrazo de su amistad alcance a todos los hombres, y por eso trabajamos.

La compañía de los discípulos del Señor es la compañía de los pobres que como el Señor no tienen donde reclinar la cabeza (Mt 8,20), que se sientan juntos a la mesa y en esa mesa reciben no solo el pan de la carne, sino el Pan de Vida que es el mismo Jesús. Y es precisamente en la Última Cena que el Señor los llama amigos (Jn 15,15), y es allí donde Pedro muestra su profundo deseo, incluso sin comprender, de compartir su misma suerte y dar la vida por Él (Jn 13, 36-37), y es también el lugar en donde el Señor lava los pies de los discípulos y anuncia la traición de Pedro y Judas, traiciones por las cuáles morirá: como Dios abandonado por el hombre que prefiere cualquier otra cosa que no es Él (como unas monedas de plata) y como Dios negado por el hombre que tiene miedo de reconocer su relación profunda con Él. Pero en la Cruz la negación de Pedro y la traición de Judas, y el abandono y la negación y la desobediencia de Adán y de cualquier hombre fueron perdonadas, y el Señor Resucitado ahora visita a sus amigos para consolarlos, como dice san Ignacio en los Ejercicios y los envía a propagar la Buena Nueva a todas las naciones. Y el distintivo de las comunidades cristianas, que renunciando a la posesión donan sus riquezas para servir a la comunidad y comparten el Pan, es precisamente el amor de los que desnudos de todo y revestidos de Cristo, se aman (cfr. Jn 13,35; Hch 2, 46; 4, 32-36).

En conclusión, lo que he podido descubrir acerca del amor evangélico de amistad, en su doble dimensión, la de relación personal e íntima con Cristo y la de relación entre los miembros de una misma comunidad, es: 1. La pobreza como desnudez de todo lo superfluo como fundamento de la transparencia, la cual es necesaria para que exista un verdadero compartir que no sea simulación ni mero convencionalismo. 2. El compartir la vida en pobreza y el deseo de compartir, en lo posible y con la reverencia debida a cada uno, la misma suerte, en el apostolado, en el estudio, en las propias luchas (cosas que a veces parecen simplemente una cuestión personal y en realidad son parte, en modos distintos, de nuestra vida comunitaria y eclesial). 3. El deseo profundo de vivir para otros, cuidando y reverenciando la fragilidad del otro y buscando corresponderla con cariño y con discreción, extendiendo poco a poco el ‘motor’ de nuestra vida comunitaria, es decir la alegría de ser siervos que han sido llamados y son amados como amigos, a aquellos a quienes Dios nos envía, mediante la misma dinámica: la desnudez y el compartir el Pan de Vida...y también el pan y los trabajos de cada día.

Estas preguntas me ayudan a buscar el modo de hacer que estas luces sean de provecho para la vida comunitaria y para nuestro trabajo apostólico: ¿estoy dispuesto a correr la misma suerte de Cristo pobre? ¿Quiero vivir como Él vive, llevando su Pan y su presencia para consolar a los hombres? ¿Quiero compartir los miembros de mi comunidad este modo de vivir? ¿Estoy dispuesto a aceptar la vida de estos últimos así como es y acompañarlos en lo que ellos me permitan, para correr con ellos la misma suerte?

El Taller del Orfebre

 

El sentido del hombre en «El taller del Orfebre» de Karol Wojtyla.


(Paolo Veronese, Nozze di Cana, 1563, detalle)

El autor del Taller del Orfebre no necesita de una amplia presentación de nuestra parte. La obra probablemente tampoco. Se trata de una meditación acerca del matrimonio «a veces expresada en forma de drama», donde no sabemos si el autor quería indicar que el matrimonio se manifiesta como un drama o que su meditación tomó la forma de un drama. Probablemente ambas cosas.

Ahora bien, lo que de esta meditación se saca no es solamente una verdad que concierne al matrimonio, sino al hombre entero, sea cual sea su estado. En efecto, en los preciosos diálogos del drama, Karol Wojtyla logró plasmar lo que para él es el sentido del hombre: el ser para el otro. Trataremos aquí de mostrar con algunos textos cómo se expresa esta verdad.

Y es hablando de la verdad como se abre la obra. Se trata de un enamoramiento, y lo que a muchos podría parecer una simple cuestión de los sentidos es puesto, como la cosa más natural, en la perspectiva de la verdad. Andrés se enamora de Teresa y, más aún, descubre que la ama, pero este descubrimiento tiene su condición de posibilidad en un hecho fundamental:

Pensé entonces que la belleza accesible a los sentidos puede convertirse en un don difícil y peligroso; sé de personas que por su causa dañan a otras —así, lentamente, aprendí a valorar la belleza accesible al espíritu, es decir, la verdad[1].

Es ya sugestivo que la verdad aparezca aquí como belleza, es decir como señorial manifestación del ser que, en cierto modo, se impone a una subjetividad, hablando no solamente al intelecto sino a su corazón. Por otra parte, se ve cómo la verdad es para Andrés (y para Wojtyla) algo más que una simple adecuación entre intelecto y objeto; es algo que interpela el centro del hombre, el espíritu.

Esta belleza accesible al espíritu adquiere un rostro y un nombre concretos: Teresa. Y Andrés narra cómo Teresa comienza a adquirir «un lugar en mi yo», ocupando su conciencia y su memoria. Teresa se le impone, a pesar de que él busca huir de ese hecho interesándose por otras chicas. Andrés reconocerá después que en esa lucha entre dejar que Teresa se “apodere” de su interioridad —en cuanto distinta o ajena a sí mismo— y guardarse para sí mismo, estaba ya la semilla del amor:

El amor puede ser también como un choque en el que dos seres adquieren plena conciencia de que deben pertenecerse, aunque falten aún el estado de ánimo y los sentimientos. Es uno de esos procesos del universo que producen la síntesis, unen lo que está separado y amplían y enriquecen lo que es angosto y limitado[2].

Surgen aquí dos nociones importantes con respecto a la verdad: el amor y el deber. El amor envuelve al deber, y el deber surge como consecuencia de la impresión de la belleza que se adueña de la propia subjetividad. Andrés siente como si Teresa, que está enamorada de él, le persiguiera con su amor. Este hecho, el saberse amado, el que se imponga señorialmente la verdad del Otro que me ama, es la fuente del deber: yo debo pertenecerle.

Teresa también lucha:

Siempre había creído que Andrés hacía todo lo posible para que yo le fuera innecesaria y para convencerme de ello. Si su declaración no me ha hallado del todo desprevenida, es porque en cierto modo sentía que estaba hecha para él y que tal vez podría amarle. Quizá inconscientemente ya le amaba […] Siempre he sido dura como la madera, que se carcome por dentro antes que romperse[3].  

Resulta entonces que el amor parece manar no en un sentido unívoco, es decir: el amor no simplemente interpela a Andrés desde Teresa, también Teresa es interpelada por la persona de Andrés que se va imponiendo a su interioridad. Por eso el deber de pertenecerse es mutuo: debemos pertenecernos.

El amor entonces opera una ampliación del yo para que el tú ocupe todo el espacio. Es una liberación de sí mismo para que el amado, que me ama, sea todo en mí. Está imagen se parece mucho a la del embarazo: el pequeño ser que surge, al principio en modo imperceptible, en el seno de la madre, comienza a ampliar literalmente el cuerpo de su madre y a ocupar todo ese espacio, y a ser el centro físico y afectivo de su madre…y de su padre. Así, el amor es aquí un acoger y dejar que crezca dentro de sí al otro que me ama y a quien amo.

Belleza, verdad, amor, deber, mutua pertenencia. Parecieran pasos de un recorrido pero son, en realidad, las distintas facetas de una sola experiencia: el amor es entonces talmente vinculante que el Otro no solamente cautiva por su profunda belleza sino que exige la totalidad del amado para llegar a su plenitud en la mutua pertenencia.

Y es en esta mutua pertenencia, simbolizada por las alianzas matrimoniales, que el hombre puede reconocer su peso y su medida:

El peso de estas alianzas de oro —dijo [el Orfebre] no es el peso del metal, sino el peso específico del hombre, de cada uno de vosotros por separado y de los dos juntos. ¡Ah, el peso específico del hombre, el peso particular de cada hombre! ¿Hay algo más abrumador y al mismo tiempo más inaprehensible? […] ¡Ah, el peso propio del hombre! Estas fisuras, esta maraña, y esta profundidad —estas adherencias, cuando es tan difícil despegar la mente del corazón…Y en medio de todo ello, la libertad —una cierta libertad, a veces incluso locura, una locura de libertad envuelta en esa maraña. Y en medio de todo ello, el amor, que mana de la libertad, como fuente de tajo recién abierta[4].

Dijimos que la libertad se manifiesta como ese espacio interior para acoger al otro, y ahora Wojtyla nos dice que es de este espacio propio, personal, íntimo, del que mana el amor, el cual determina el peso del hombre. El amor, simbolizado por las alianzas, determina el peso de cada hombre. Sin embargo, una alianza, independiente de la otra, no tiene peso. Un hombre no tiene ningún peso si no es en referencia a otro. Así lo dice el Orfebre a Ana, quien desilusionada de su matrimonio, a causa de la indiferencia de su marido Esteban, se propone vender su alianza:

Esta alianza no pesa nada, la balanza siempre indica cero y no puedo obtener de aquella ni siquiera un miligramo. Sin duda alguna su marido aún vive —ninguna alianza, por separado, pesa nada —sólo pesan las dos juntas. Mi balanza de orfebre tiene la particularidad de que no pesa el metal, sino toda la existencia del hombre y su destino[5].

Ana piensa que el amor es una cuestión de «sentidos y atmósfera», es decir, que se trata simplemente de afectos comunes entre dos personas. Pero, encontrándose con Adán mientras deambula por las calles, escucha de éste:

[…] el amor es la síntesis de la existencia de dos personas, que coincide en un cierto punto y de dos seres hace una sola cosa[6].

Y le habla a Ana del Esposo, quien «al pasar, pulsa el amor[7]» que hay en cada persona. Y Anna comienza a sentir nostalgia por el «hombre perfecto», por el hombre que pueda tocar e interpelar su amor con el Suyo. Solamente que lo busca en los hombres que no son su marido y que no son el Esposo. Se busca una aventura, y aunque al final siempre resiste a la tentación, continúa vagando desilusionada. Y es que se da cuenta de que el amor no es algo que dependa simplemente de lo humano y de lo que humanamente logramos agenciarnos. Adán, en efecto, explica:

El amor no es una aventura. Posee el sabor de toda la persona. Tiene su peso específico. Y el peso de todo su destino. No puede durar sólo un instante. La eternidad del hombre lo compenetra. Por esto se le encuentra en las dimensiones de Dios. Porque sólo Él es la eternidad[8].

Por tanto, aquello que determina el peso del hombre, aquello que posee todo su sabor, se encuentra en Dios primeramente. El amor aspira a lo eterno porque su ámbito es la eternidad, porque su lugar es Dios mismo. Así, el peso del hombre y su destino (si entendemos aquí destino en cuanto sentido, dirección, destinación) le vienen de Dios, y el amor puede ser manantial al mismo tiempo en dos subjetividades distintas que, por ese amor que los envuelve, pues es superior, y que en ellos mana, pues es su peso y su destino, se encuentran y se acogen mutuamente. Y es aquí donde el amor entre dos personas humanas se abre a la dimensión del amor Eclesial. Ana es esposa del Esposo, no solamente de su esposo Esteban. En cierto sentido, Ana es invitada a comportarse como Iglesia, como virgen prudente, aunque se descubre, en su poco amor hacia su marido, como parte del grupo de las imprudentes:

¡Oh, Ana, tengo que convencerte de que al otro lado de estos amores nuestros, que nos llenan de vida —está el Amor! ¡El Esposo pasa por esta calle y por todas las demás! ¿Cómo podría demostrarte que eres tú la esposa? Sería menester perforar un estrato de tu alma, como se perfora la capa de maleza y el suelo para encontrar una fuente en la espesura del bosque. Entonces le oirías exclamar: amada mía, no sabes cuánto me perteneces, hasta qué punto perteneces a mi amor y a mi sufrimiento —porque amar significa dar la vida con la muerte, amar significa brotar como una fuente de agua viva en lo más hondo del alma, que convertida en llama o ascua no puede extinguirse jamás. ¡Oh, la llama y la fuente! No sientes la fuente, pero la llama te consume. ¿Verdad?[9]

Y cuando Ana se encuentra con el Esposo, descubre con estupor que Su rostro es el de Esteban.

Ana: He visto el rostro que aborrezco, y he visto también el rostro que debería amar. ¿Por qué me sometes a tal prueba?

Adán: En el rostro del Esposo cada uno de nosotros descubre el parecido de los rostros de aquellos seres con los que el amor nos ha unido de este lado de la vida y de la existencia. Todos están en Él[10].

El amor, que es superior al hombre lo une a personas determinadas para con las cuáles se exige, como un deber, el amor mismo. Y en el rostro de Dios el hombre encuentra el rostro de quien debe amar: Dios mismo, y ese tú humano concreto que el amor le ha dado para acogerlo en su interioridad y dejarse determinar por él. En efecto, el amor es, a fin de cuentas, un ser en vista del otro, un dejarse determinar por la pertenencia a este otro que ha tomado, dulcemente, posesión de todo mi serque yo le he entregado libremente. Incluso cuando el amor falta, el rostro del Esposo nos muestra el rostro de aquel a quien debemos amar, y por eso el amor adquiere aquí el fundamento último de su carácter de deber: amar a un tú concreto es tarea, es misión que Dios otorga.

De este modo, podemos decir que el sentido del hombre, lo que determina su peso, a saber su ser para otro (en la mutua pertenencia de los que se aman), lo es primeramente en referencia a Dios: el hombre y la mujer son, ambos, Iglesia que, como María en la Anunciación, acoge al Tú divino que toma posesión de ella de tal modo que la carne del Hijo de Dios es la carne de María y que, como María al pie de la Cruz, acoge al Esposo que se entrega por ella y que le da un Tú concreto a quien amar como le ha amado a Él (¡ahí tienes a tu hijo!). En segundo lugar, precisamente porque se recibe de Dios al otro al que se ha de amar, el matrimonio luce a nuestros ojos con una luz aún más brillante: no es simplemente una convención social o una dinámica natural elevada a sacramento. El matrimonio es una tarea divina que Dios bendice, custodia y ordena.

A alguno podría parecerle que la vida de los consagrados queda relegada a un segundo plano, pero no es así. Es obvio que, tratándose de una reflexión sobre el matrimonio, El taller del Orfebre no nos ofrece una solución detallada a esta pregunta, pero nos ha ya indicado el camino. El amor al otro es tarea, y por eso también el que está llamado a la consagración en pobreza, castidad y obediencia, vive su ser para el otro según el orden de la caridad divina. No es lo mismo el matrimonio que la vida consagrada y no están al mismo nivel. Ambos, sin embargo, son una cuestión cuyo núcleo se encuentra en Dios y ambos configuran la existencia del hombre en vistas del amor divino.

[…] El hombre ha de volver al lugar en que vio la luz de su existencia — ¡y desea tanto que ésta nazca del amor![11]

El sentido del hombre, entonces, es amor. Amor que es primeramente divino; amor que Dios es y vive y que dona a los hombres como tarea. Por eso la experiencia humana del amor matrimonial puede ser un reflejo de la vida de Dios mismo y por eso Dios es el que puede hablar al hombre de la plenitud de su existencia. Y el que delante del misterio del amor que desde Dios mana hacia el mundo a través de los hombres que se aman, puede descubrir la hermosura de la existencia humana:

¡crear algo que refleje la Existencia absoluta y el Amor es la más hermosa de las tareas![12]



[1] K. Wojtyla, El taller del Orfebre, I, 1, 6.

[2] Ibíd., 8.

[3] Ibíd., 9.

[4] Ibíd., 24.

[5] Ibíd., 44.

[6] Ibíd., 49.

[7] Cfr. Ibíd., 47.

[8] Ibíd., 55-56.

[9] Ibíd., 60-61.

[10] Ibíd., 62-63.

[11] Ibíd., 85.

[12] Ibíd., 100.