sábado, 5 de abril de 2025

Hyrellë

 


 

Hyrellë se despertò, como de costumbre, antes del alba. Con un movimiento mecánico se hizo espacio por entre las gruesas mantas que lo resguardaban durante las heladas noches de Octubre y, colocando suavemente sus pies sobre la tierra, se detuvo por un momento, disfrutando del frío que recorría todo su cuerpo, refrescándolo, haciéndole sentir lo que él llamaba «mejilla» (kyk), pues era la primera palabra que le venía a la mente cuando experimentaba ese ligero escozor que causa el hielo al entrar en dulce contacto con una piel cálida. Kyk, su corazón inocente parecía llenarse con esa palabra aún si comprendía perfectamente que se trataba de una palabra inadecuada. Pero era siempre kyk. Tenía siete años, pero era demasiado reflexivo. Le gustaba pensar, inventar cosas, estar atento a las palabras que le venían a la mente antes de saber si realmente significaban lo que él indicaba. Así, las motas de polvo que invadían la casa a ciertas horas del día y eran perceptibles solo a contraluz eran khotki (bóvedas); el sol que se ponía en el horizonte, ocultándose detrás de las cándidas cumbres del Mniellbrun era wlo (corriente); el olor del pan recién horneado de la abuela, que de improviso invadía el dormitorio día tras día, impregnando todo con dulzura y calor infinitos, era löme (nube). Hyrellë poseía una vivacidad interior que le impedía detenerse a pensar en sí mismo. Para él no existía un proceso de despertar, antes dormía y ahora ya no. Punto. Sentía como el kyk animaba su cuerpo, percibía con alegría serena el blanco resplandor de la nieve allí afuera, gustaba el olor a pino del bosque, escuchaba el primer canto de las aves, y dejaba que löme se escurriera por las escaleras de caracol desde el piso bajo o demnik (piso de piedra), por entre las tablas de la pequeña habitación de madera que alojaba a una entera familia. Sus hermanitos dormían, su padre había ya salido a hacer la ronda de vigilancia, su madre seguramente se encontraba junto a la abuela haciendo una oración mientras el pan en el horno terminaba de cocerse. Y de pronto, el Herumnoll, el amanecer, el paso improviso y glorioso de la noche al heru, al “temprano”, que en nuestra lengua se dice “mañana”.  Lo que antes parecía penumbra ahora comenzaba, poco a poco, como a colorearse: el revuelto cabello castaño oscuro de Hyrellë, sus ojos castaños e inquisitivos, su boca fruncida, a la espera, el reflejo de la luz nueva sobre su cálida piel nueva, que al toque del frío solía enrojecer un poco, sus manos extendidas sobre los cristales de la ventana, su aliento lanzando nubecillas de vapor al son de su respiración; su colorida vestimenta, hecha de retazos de tela carmesí cuya viveza se había perdido con los años en que sirvió como túnica para su padre, guardia de la montaña. Sus amados pantalones anchos, que su madre intentó confeccionar con una tela color pardo, en modo que no desentonara con su camisola. ¡No había manera de hacerle vestir otros! Los pies tercamente descalzos, aún a pesar del frío. Solo porque amaba caminar sobre la nieve y solo porque nadie iba a permitirle salir de casa al bosque nevado sin sus botas de piel de foca, se las ponía: allí estaban, delante de él, esperando el momento de ser usadas de nuevo, durante todo el día, también tercamente, sin remedio: nadie iba a convencerle de quitárselas hasta la hora de dormir. Un gorro de lana sobre su cabeza, una mirada inquisitiva y ansiosa: todo se iluminaba poco a poco hasta que, de pronto, en el clímax del progresivo manifestarse de la alegría del ser que se despliega ante los ojos de un niño, Hyr, el Sol Naciente, salía por entre las puntiagudas cimas de los abetos del bosque, acompañado por un gozoso himno hecho de trinos y gorjeos, pues el bosque finalmente sabía que debía despertar, y despertaba. La luz penetraba por todas las rendijas, como traída por el aire frío del Otoño que soplaba sereno pero implacable, acariciando el rostro del niño, que enrojecía con su toque y se llenaba de luz. En ese momento ascendía el olor del pan nuevo, se escuchaba la voz grave de la abuela, la voz un poco más aguda de la madre que concluían la primera oración del día mientras ponían el pan sobre la mesa. El rostro de Hyrellë, de rasgos que ya se anunciaban firmes, cuadrados, angulosos, no desagradables pero tampoco finos, con la belleza de los habitantes de las montañas, su rostro, ya lleno de color, parecía abrirse en una sonrisa tan antigua como las estrellas y tan nueva como un copo de nieve, sus ojos brillaban con la misma luz que la de los primeros hombres que, surgiendo de la oscuridad descubrieron la luz del día. Todo en él era maravilla agradecida, era “Vukhellen”, un penetrar de la luz en el corazón, una súbita explosión de gloria en un corazón pequeño e infinitamente vivaz y ansioso de ser. Había llegado el día.

 

[Diccionario:

Demnik: piso bajo o piso hecho de piedra: dhem es abajo; iko es piedra.

Hyr: el sol por la mañana (por la tarde es Hytko, o sol “oscurecido”). La raíz hg o heg es siempre asociada a la primer palabra del hombre en la mitología de la creación: «heg, dijo el primer padre al sentir la caricia del viento; heg, lloró el primer padre al sentir la frescura del agua; heg, gritó el primer padre al descubrir a nuestra madre; heg, dijo y todo fue sacro desde entonces». Por tanto, cuando se encuentra está raíz el significado original de la palabra es una referencia al sacro.

Kyk: mejilla.

Khotko: bóveda (Kho: interior o cavidad; tkoh: oscuro/fresco, viene de itko, una variante de piedra que sirve para indicar la roca de la montaña).

Löme: nube

Vukhellen: maravilla; la terminación “en” indica que el original era un verbo, y por tanto, sustantivado, se refiere a una situación dinámica, de movimiento. V’ es el prefijo para indicar dirección de fuera hacia adentro (=in). Kho, dijimos, es cavidad, que se vuelve kheb cuando se refiere al corazón; khebden es amar, que se refiere al llevar a alguien dentro de la propia cavidad, en el pecho; hellenne es verdad, que está hecha de lenn, luz y heg, sagrado.

Wlo: corriente (de agua o de viento).

Mnielbrunn: nombre propio, su origen es desconocido, pero probablemente haga referencia al color amarillento (mniel) de un particular arbol que crece en las faldas de aquellos montes (brynende); puede ser también un simple apellido extranjero.

Hyrellë: con la práctica resultará evidente a qué nombre equivale ]

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