viernes, 31 de enero de 2025

El corazón, Dios y la educación

 

 


«Recordad que la educación es cosa del corazón, y que de este solo Dios es el dueño». Así escribe san Juan Bosco en una de sus cartas, propuesta en el Oficio de Lectura del 31 de Enero.

 

Cosa del corazón. Entonces no es cuestión de preparación intelectual; no es tampoco una especie de preparación moral. El corazón es la expresión de la persona: no es solamente carne, no es solo sentimiento, no es solo deseo y no es solo pensamiento. El corazón es la persona considerada en su unicidad y en su sagrada intimidad con Dios: por eso solo Dios es el dueño. El corazón no es asunto de Educación Pública; el corazón no es un objetivo pastoral de catequesis; el corazón no es la metáfora que describe una individualidad abstraída del conjunto de sus relaciones. El corazón es mi personal constitución y por tanto una dimensión mía, en efecto, un centro operacional si se quiere, pero sobre todo es la relación, constitutiva y constituyente, que me hace ser persona: es mi relación con Dios.

Esta relación con Dios es apertura que trasciende mi individualidad y que constituye mi personalidad y, por esto, precede al instaurarse de mi relación efectiva (positiva o negativa) con Dios: soy creatura y soy también un enviado. Lo que me hace ser es esta condición de creatura y de enviado. Esta condición mía, que es una relación, es entonces mi corazón.

La educación por tanto no tiene que ver con mi instrucción sino que se refiere a mi Proveniencia (creación) y a mi Destino (envío-misión): y solo Dios es su dueño. Ningún hombre puede tomar el lugar de mi Proveniencia absoluta y tampoco de mi Infinito Destino. Los hombres reflejan esta misma condición: ellos tienen (son) corazón, también ellos expresan una tensión radical hacia aquello que no son ellos y que no somos ninguno de nosotros. La educación es entonces una cuestión de tensión radical, que tiene que ver con Dios.

Mi Proveniencia y mi Destino no son, sin embargo, impersonales: he sido creado por Dios que es Padre, y he sido concebido por mi madre y mi padre; he sido enviado con una misión cuyo elemento principal dice la pertenencia a un Hombre concreto que también es Dios y se llama Cristo, y esta pertenencia se realiza en mi pertenecer a hombres y mujeres concretísimos, a quienes he de amar, a quienes he de servir, por quienes se me pide perderlo todo a fin de ganarlos para la Vida Eterna. Así, Proveniencia y Destino tienen un nombre y un rostro. Y así también esta tensión entre mi Proveniencia y mi Destino: es el Espíritu que vitaliza, ilumina, fortifica, “radicaliza” cada vez más mi pertenencia a la misión, a su realización en la donación como respuesta al don precioso que Dios me hace. Este Espíritu es el que habla en mi corazón y me enseña a llamar Padre a Dios y Señor a su Cristo (Ungido). Más aún: esta tensión, aquello que da nombre a esta donación que me precede y me arrastra consigo, es Amor. De este modo, la educación es una cuestión de amor, porque mi corazón es una dimensión y una condición (estado) del amor. Y el dueño del amor, más bien el amor mismo, es Dios.

Así, cuando hablamos de formar y educar, quizás sería necesaria menos teoría y más práctica: ¡lo que he de decir, hacer y dar es la caridad que colma mi corazón! Lo que colma dulcemente mi corazón, lo que lo conmueve mediante su belleza, lo que lo atrae con su misteriosa profundidad, esto, Este, y no otra cosa, es aquello a lo que quiero conducirte (educare).

Los fríos y concisos datos, las nociones abstractas y a veces tan cargadas de sopor, pueden ser transformados por un corazón que esté en verdadera tensión de amor, pues a finalidad ya no será el dato, la noción, la abstracción; no lo será tampoco el crear autómatas o doctrinarios, ni tampoco personas “de bien”, de esas que nunca hacen el mal pero tampoco hacen ningún bien, porque hemos logrado ahogar en ellos el deseo originario que constituye nuestra libertad. Ya no el dato frío sino la verdad del y en el dato: la verdad que también ella constituye mi Proveniencia y mi Destino. Solo los verdaderos maestros de vida hablan de esta verdad cuando nos enseñan a contar y a hablar. Su pasión no se descubre en la inflexión de su voz ni tampoco en la emoción que sienten respecto a su materia. La tensión de su corazón la descubrimos en la caridad con la que estos buenos maestros pierden la vida con tal de enseñarnos a contar. La educación es, entonces, una cuestión del corazón, que lo pierde todo para ganarnos para la Verdad Eterna. Y el dueño de esta Verdad es sólo Dios, más aún, Él es la Verdad Eterna.

Así también aquellos a quienes hemos de educar: lo más importante no es que aprendan a contar sino que amen la verdad en el número; lo más importante no es que sean “buenos muchachos” sino que descubran el amor que origina todo lo que es bueno y por lo que vale la pena darse, perder la vida y vivir para siempre. Nuestro interés primario no es “formarlos” sino hacer que descubran este corazón suyo donde la voz del deseo pide unirse al canto que les ha dado origen y que constituye su Destino. Educar es una cuestión del corazón y, como dice mi papá –creo que citando a Don Giussani– una cuestión así exige «amar el Destino» de los educandos. No su función social, no el provecho pastoral que podré recabar de su permanencia madura entre las filas de mis «hijos espirituales» (¡pamplinas!), no lo que ellos son para mí, más bien lo que son a los ojos de Cristo, su Destino. Es esto lo que quisiéramos amar –es esto lo que quisiera amar– cada vez que doy catecismo o explico algún contenido intelectual, y también cada vez que tengo que corregir e incluso poner delante de las crudas consecuencias de algunas decisiones y comportamientos: no a mí, no a ellos en mí, sino a ellos –a él, a ella– que son de Dios, por Dios y en Dios. La educación es una cuestión de fe, de dejar que Dios sea el único y verdadero Padre, Redentor y Vivificador: que solamente Dios sea el Señor.

Y por eso «recordad». Sí, recordádmelo y recordémoslo: no vale la pena desgastarse para transmitir conocimiento, no vale la pena renunciar a todo para dejar «mejores generaciones» (¿mejores para quién?), no vale la pena si no se pierde la vida para que nuestros educando se encuentren con la Belleza que yace como fondo y origen y que los espera como único y sagrado destino. Para esto podemos perder la vida: para que descubran en todo el rostro misterioso de Dios que ama, les da la vida y los espera. A esto hemos de conducirlos (educarlos): a descubrir a Dios que habla en su corazón. Que lo encuentren, que lo deseen, que lo amen…que sepan, que al menos intuyan, cuánto y cómo, con cuánto ardor y con cuánta pasión, han sido amados por Dios desde siempre, y cómo y cuánto serán todavía amados por Él. ¡Si tan solo supieran cuál es el amor que resplandece en el rostro de su Destino!

 

O Dios, que en san Juan Bosco has dado a la Iglesia un padre y un maestro para los jóvenes, suscita también en nosotros la misma flama de caridad al servicio de tu gloria por la salvación de nuestros hermanos.

Il cuore, Dio e l'educazione

 

 

 

«Ricordatevi che l’educazione è cosa del cuore, e che Dio solo ne è il padrone». Così dice san Giovanni Bosco in una sua lettera, proposta nell’Ufficio delle Letture del 31 Gennaio.

Cosa del cuore. E quindi non è una questione di preparazione intellettuale; non è neanche un allenamento etico. Il cuore è l’espressione della persona: non è solo carne, non è solo sentimento, non è solo desiderio e non è solo pensiero: il cuore è la persona considerata nella sua unicità e nella sua sacra intimità con Dio: perciò solo Dio ne è il padrone. Il cuore non è incombenza della pubblica istruzione; il cuore non è un obiettivo pastorale della catechesi; il cuore non è la metafora che descrive un’individualità astratta dall’insieme delle sue relazioni. Il cuore è la mia costituzione personale e perciò è una mia dimensione, sì, un mio centro operativo, se si vuole, ma soprattutto è la mia relazione costitutiva e costituente, ciò che mi fa essere ed essere persona: il mio rapporto con Dio. Questo rapporto con Dio è apertura che trascende la mia individualità e che costituisce la mia personalità, e perciò, precede l’istaurarsi di una mia relazione (positiva o negativa che sia) con Dio: sono creatura, e sono anche inviato: ciò che mi fa essere è questa mia condizione di creatura e di inviato. Questa mia condizione, che è una relazione, è quindi il mio cuore.

L’educazione allora non riguarda la mia istruzione, riguarda la mia Provenienza (creazione) e il mio Destino (invio-missione): e solo Dio ne è padrone. Nessun uomo può sostituirsi alla mia Provenienza assoluta e neanche al mio Infinito Destino. Gli uomini riflettono per me questa stessa condizione: anche loro hanno un cuore, anche loro dicono una radicale tensione con ciò che non sono loro e che non siamo nessuno di noi. L’educazione è quindi una questione di radicale tensione, che ha a che fare con Dio.

La mia Provenienza e il mio Destino non sono però impersonali: sono stato creato da Dio che è Padre, e sono stato generato da mia madre e mio padre; sono inviato con una missione il cui elemento principale dice appartenenza ad un Uomo concreto che è anche Dio e si chiama Cristo, e quest’appartenenza si realizza nell’appartenere a uomini e donne concretissimi, a cui devo amare, a cui devo servire, per cui mi si chiede di perdere tutto per guadagnarli alla Vita Eterna. Così, Provenienza e Destino hanno un nome e un volto. E così anche questa tensione dalla mia Provenienza al Destino: è lo Spirito che vivifica, illumina, fortifica, “radicalizza” ogni volta di più l’appartenenza alla missione, la sua realizzazione nella donazione come risposta al dono prezioso che Dio mi fa. È questo Spirito che parla nel mio cuore e mi insegna a chiamare Padre a Dio e Signore mio al suo Cristo. E possiamo dire ancora di più:  questa tensione, ciò che dà nome a questa donazione che mi precede e mi coinvolge, è Amore. Così, l’educazione è una questione di amore, perché il mio cuore è una dimensione e una condizione di amore. E il padrone dell’amore, anzi l’Amore stesso è Dio.

Così, quando parliamo di formare ed educare, forse ci vorrebbe un po’ meno di teoria e un po’ di più di pratica: ciò che devo dire, fare, dare è la carità che ricolma il mio cuore! Ciò che ricolma dolcemente il mio cuore, ciò che lo travolge mediante la sua bellezza, ciò che lo attira con la sua profondità misteriosa, questo, Questi, e non altro, è ciò a cui voglio condurti.

I dati freddi e concisi, le nozioni astratte e a volte anche gravide di noia, possono venir trasformate da un cuore in vera tensione d’amore, perché la finalità non sarà più il dato, la nozione e l’astrazione; non sarà neanche il creare degli automi o dei dottrinari, neanche persone “per bene”, di quelle che non fanno del male ma neanche fanno nessun bene, perché siamo riusciti ad spegnere in loro il desiderio originario che costituisce la nostra libertà. Non più il freddo dato quindi, ma la verità del e nel dato: la verità che anch’essa è costitutiva della mia Provenienza e del mio Destino. Solo i veri maestri di vita parlano di questa verità quando ci insegnano a contare e a parlare. La loro passione non si scopre nell’inflessione della voce e neanche nella loro emozione davanti alla loro materia; la tensione del loro cuore la scopriamo nella carità con la quale questi buoni maestri nostri perdono la vita per insegnarci a contare. L’educazione è quindi una questione del cuore, che perde tutto per guadagnarci alla Verità Eterna. E il padrone di questa Verità è Dio solo, anzi, è Lui la Verità stessa.

Così anche coloro a cui dobbiamo educare: il più importante non è che contino, ma che amino il vero nel numero; il più importante non è che siano “bravi ragazzi” ma che scoprano l’amore che dà origine a tutto ciò che è buono e per cui vale la pena donarsi, perdere la vita e vivere in eterno. Non è il nostro primo interesse “formarli”, ma far sì che loro scoprano questo loro cuore, dove la voce del desiderio chiede di unirsi al canto che gli ha originati e che costituisce il loro Destino. Educare è una questione del cuore e, come dice mio papà –forse citando Don Giussani–, tale questione richiede di «amare il Destino» degli educandi. Non la loro funzione sociale, non il profitto pastorale che potrò ricavare da una loro permanenza matura nelle file dei miei «figli spirituali» (macché!), non ciò che sono per me, ma ciò che sono agli occhi di Cristo, il loro Destino. È ciò che vorremmo amare –e ciò che vorrei amare– ogni volta che devo fare catechesi o spiegare qualche contenuto intellettuale, e anche ogni volta che devo correggere e perfino far vedere le crude conseguenze di alcune scelte e comportamenti: non me, non loro in me, ma loro –lui, lei– di Dio e per Dio e in Dio solo. L’educazione è una questione di fede, di lasciare che Dio sia il vero e unico Padre, Redentore e Vivificatore, che solo Dio sia il Signore.

E perciò, «ricordatevi». Sì, ricordatemelo e ricordiamocelo: non vale la pena spendersi per trasmettere conoscenza, non vale la pena rinunciare a tutto per lasciare «generazioni migliori» (migliori secondo chi?), non vale la pena se non si perde la vita per far sì che i nostri educandi si trovino davanti alla Bellezza che giace come fondo e origine e che gli aspetta come unico e sacro destino. Per questo possiamo lasciar la vita: perché loro scoprano in tutto il volto misterioso di Dio che ama, dona loro la vita e gli aspetta. A questo dobbiamo condurli (educarli): a scoprire Dio che parla nel loro cuore: che lo trovino, che lo desiderino, che lo amino… che sappiano, che almeno intuiscano, quanto e come, con quanto ardore e con quanta passione, sono da sempre amati da Dio e come e quanto saranno ancora amati da Lui. Se sapessero di quale amore risplende il volto del loro Destino!

O Dio, che in san Giovanni Bosco hai dato alla tua Chiesa un padre e un maestro dei giovani, suscita anche in noi la stessa fiamma di carità a servizio della tua gloria per la salvezza dei fratelli.