«Recordad que la educación es cosa del corazón, y que de este solo Dios es el dueño». Así escribe san Juan Bosco en una de sus cartas, propuesta en el Oficio de Lectura del 31 de Enero.
Cosa del corazón. Entonces no es cuestión de preparación intelectual; no es tampoco una especie de preparación moral. El corazón es la expresión de la persona: no es solamente carne, no es solo sentimiento, no es solo deseo y no es solo pensamiento. El corazón es la persona considerada en su unicidad y en su sagrada intimidad con Dios: por eso solo Dios es el dueño. El corazón no es asunto de Educación Pública; el corazón no es un objetivo pastoral de catequesis; el corazón no es la metáfora que describe una individualidad abstraída del conjunto de sus relaciones. El corazón es mi personal constitución y por tanto una dimensión mía, en efecto, un centro operacional si se quiere, pero sobre todo es la relación, constitutiva y constituyente, que me hace ser persona: es mi relación con Dios.
Esta relación con Dios es apertura que trasciende mi individualidad y que constituye mi personalidad y, por esto, precede al instaurarse de mi relación efectiva (positiva o negativa) con Dios: soy creatura y soy también un enviado. Lo que me hace ser es esta condición de creatura y de enviado. Esta condición mía, que es una relación, es entonces mi corazón.
La educación por tanto no tiene que ver con mi instrucción sino que se refiere a mi Proveniencia (creación) y a mi Destino (envío-misión): y solo Dios es su dueño. Ningún hombre puede tomar el lugar de mi Proveniencia absoluta y tampoco de mi Infinito Destino. Los hombres reflejan esta misma condición: ellos tienen (son) corazón, también ellos expresan una tensión radical hacia aquello que no son ellos y que no somos ninguno de nosotros. La educación es entonces una cuestión de tensión radical, que tiene que ver con Dios.
Mi Proveniencia y mi Destino no son, sin embargo, impersonales: he sido creado por Dios que es Padre, y he sido concebido por mi madre y mi padre; he sido enviado con una misión cuyo elemento principal dice la pertenencia a un Hombre concreto que también es Dios y se llama Cristo, y esta pertenencia se realiza en mi pertenecer a hombres y mujeres concretísimos, a quienes he de amar, a quienes he de servir, por quienes se me pide perderlo todo a fin de ganarlos para la Vida Eterna. Así, Proveniencia y Destino tienen un nombre y un rostro. Y así también esta tensión entre mi Proveniencia y mi Destino: es el Espíritu que vitaliza, ilumina, fortifica, “radicaliza” cada vez más mi pertenencia a la misión, a su realización en la donación como respuesta al don precioso que Dios me hace. Este Espíritu es el que habla en mi corazón y me enseña a llamar Padre a Dios y Señor a su Cristo (Ungido). Más aún: esta tensión, aquello que da nombre a esta donación que me precede y me arrastra consigo, es Amor. De este modo, la educación es una cuestión de amor, porque mi corazón es una dimensión y una condición (estado) del amor. Y el dueño del amor, más bien el amor mismo, es Dios.
Así, cuando hablamos de formar y educar, quizás sería necesaria menos teoría y más práctica: ¡lo que he de decir, hacer y dar es la caridad que colma mi corazón! Lo que colma dulcemente mi corazón, lo que lo conmueve mediante su belleza, lo que lo atrae con su misteriosa profundidad, esto, Este, y no otra cosa, es aquello a lo que quiero conducirte (educare).
Los fríos y concisos datos, las nociones abstractas y a veces tan cargadas de sopor, pueden ser transformados por un corazón que esté en verdadera tensión de amor, pues a finalidad ya no será el dato, la noción, la abstracción; no lo será tampoco el crear autómatas o doctrinarios, ni tampoco personas “de bien”, de esas que nunca hacen el mal pero tampoco hacen ningún bien, porque hemos logrado ahogar en ellos el deseo originario que constituye nuestra libertad. Ya no el dato frío sino la verdad del y en el dato: la verdad que también ella constituye mi Proveniencia y mi Destino. Solo los verdaderos maestros de vida hablan de esta verdad cuando nos enseñan a contar y a hablar. Su pasión no se descubre en la inflexión de su voz ni tampoco en la emoción que sienten respecto a su materia. La tensión de su corazón la descubrimos en la caridad con la que estos buenos maestros pierden la vida con tal de enseñarnos a contar. La educación es, entonces, una cuestión del corazón, que lo pierde todo para ganarnos para la Verdad Eterna. Y el dueño de esta Verdad es sólo Dios, más aún, Él es la Verdad Eterna.
Así también aquellos a quienes hemos de educar: lo más importante no es que aprendan a contar sino que amen la verdad en el número; lo más importante no es que sean “buenos muchachos” sino que descubran el amor que origina todo lo que es bueno y por lo que vale la pena darse, perder la vida y vivir para siempre. Nuestro interés primario no es “formarlos” sino hacer que descubran este corazón suyo donde la voz del deseo pide unirse al canto que les ha dado origen y que constituye su Destino. Educar es una cuestión del corazón y, como dice mi papá –creo que citando a Don Giussani– una cuestión así exige «amar el Destino» de los educandos. No su función social, no el provecho pastoral que podré recabar de su permanencia madura entre las filas de mis «hijos espirituales» (¡pamplinas!), no lo que ellos son para mí, más bien lo que son a los ojos de Cristo, su Destino. Es esto lo que quisiéramos amar –es esto lo que quisiera amar– cada vez que doy catecismo o explico algún contenido intelectual, y también cada vez que tengo que corregir e incluso poner delante de las crudas consecuencias de algunas decisiones y comportamientos: no a mí, no a ellos en mí, sino a ellos –a él, a ella– que son de Dios, por Dios y en Dios. La educación es una cuestión de fe, de dejar que Dios sea el único y verdadero Padre, Redentor y Vivificador: que solamente Dios sea el Señor.
Y por eso «recordad». Sí, recordádmelo y recordémoslo: no vale la pena desgastarse para transmitir conocimiento, no vale la pena renunciar a todo para dejar «mejores generaciones» (¿mejores para quién?), no vale la pena si no se pierde la vida para que nuestros educando se encuentren con la Belleza que yace como fondo y origen y que los espera como único y sagrado destino. Para esto podemos perder la vida: para que descubran en todo el rostro misterioso de Dios que ama, les da la vida y los espera. A esto hemos de conducirlos (educarlos): a descubrir a Dios que habla en su corazón. Que lo encuentren, que lo deseen, que lo amen…que sepan, que al menos intuyan, cuánto y cómo, con cuánto ardor y con cuánta pasión, han sido amados por Dios desde siempre, y cómo y cuánto serán todavía amados por Él. ¡Si tan solo supieran cuál es el amor que resplandece en el rostro de su Destino!
O Dios, que en san Juan Bosco has dado a la Iglesia un padre y un maestro para los jóvenes, suscita también en nosotros la misma flama de caridad al servicio de tu gloria por la salvación de nuestros hermanos.

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