domingo, 17 de diciembre de 2023

La fascinación por la palabra

                                            
                         
(Hagadá de Barcelona, 1350: Esclavos fuimos de Faraón...)

Cuando eres extranjero y comienzas a comprender una nueva lengua te das cuenta del valor de las palabras. Conoces más o menos varios usos y significados, sabes construir frases con sentido, incluso puedes afirmar que tienes cierto «dominio» de la lengua sea en lectura como en escritura, hasta que escuchas a un nativo, en mi caso a un italiano, contarte lo que hizo el domingo pasado. Pareciera que eligiese las palabras con cuidado, de modo que no solamente transmitan un significado sino una emoción: combinar las vocales con las consonantes, los tiempos y sus terminaciones verbales particulares, de modo que el significado transmitido no sea simplemente un enunciado verdadero o falso sino un sentimiento bello o feo.  Cada palabra muestra una historia, un modo de ser, un modo de relacionarse a la realidad y una emoción consecuente. Cada enunciado denota entonces una grave verdad, es decir una verdad grávida de experiencia, pesada, con cierto color y gusto emotivo. La elección de las palabras muestran también un juicio sobre la experiencia: vale la pena comunicarla de un modo u otro, según su valor. Y lo que aprendes como extranjero es que las cosas que valen se deben expresar con belleza. No basta combinar bien los verbos, tiene que sonar bien. No basta ladrar las palabras, tienes que, casi casi, pintarlas delante del que escucha.

Cuando estudias las lenguas antiguas o las modernas, cuando tratas de descifrar un texto en otro idioma, cuando platicas con alguien, lo difícil no es tanto saber qué significado denotan las palabras —allí está el diccionario—, sino por qué lo denotan así. Un estudiante que lee un manual sabe que su reverendo profesor podría haber dicho todo en modo más simple. Pocos se preguntan: ¿por qué entonces no lo hizo así?

Si uno pone atención, la elección de las palabras y los modos no solo nos muestran que tan bruto o delicado puede ser uno, sino cuánto le importa lo que dice. Y quizás seríamos menos banales a la hora de juzgar el modo de hablar de alguien si en la emoción que ponen al hablar (incluso cuando están furiosos) pudiésemos descubrir lo que quieren decir y cuánto se sienten comprometidos con ese significado. Porque una persona que habla enojada está comprometida con lo que dice de tal modo que pierde los estribos: ¡tiene miedo de que eso que dice se pierda!

Uno que te cuenta con lujo de detalles y risas el domingo pasado con la familia, está contento y quiere que te enteres de que todo eso es su vida, su alegría. Uno que suspira y habla con cansancio te muestra, y no siempre queriendo, cuán pesada puede ser esa realidad que le agota y cuánto puede valer la pena vivir por una realidad que exige todas sus fuerzas. Y todo esto lo comunican un montón de palabras. Palabras, palabras, palabras.

Y para poder conocer el por qué una cosa se denota en un modo u otro es necesario conocer al que habla y no solo su idioma. El lenguaje es un hecho de comunión: sí, incluso si se trata de una «lengua muerta», se necesita un elemento vivo: la comunión, la experiencia común y el deseo compartido de asumir la verdad comunicada. Comunión, común, comunicar. El lenguaje no es cosa de uno, es cosa cuando menos de dos y de dos en relación a la realidad, a la verdad. Lo maravilloso de las palabras es que entonces no solamente comunican la verdad, sino que comunican la relación del hablante a la verdad, comunican un punto de vista. Ponerse en ese punto de vista, aún si es solo para luego volver al punto de vista propio, es la base de la comprensión: con tus palabras me haces ver el mundo desde tu corazón, me haces entender y entenderte, me invitas a amar como amas tú, me invitas a amarte.

Pero si las palabras son un hecho de comunión, y si esta comunión requiere conocimiento recíproco, las palabras son un hecho de historia. Los seres humanos no nos conocemos desde el primer segundo. Podemos intuir que amaremos a esa persona con locura, quizás, o podemos sentir un instintivo rechazo, pero no podemos conocer a una persona a menos que pase el tiempo y ese tiempo sea común. Así, en los modos de hablar que adoptamos cuenta no solamente qué decimos y cómo lo decimos sino a quién lo decimos y desde cuándo se lo decimos. Los amigos, los hermanos, los esposos, incluso los enemigos, van acuñando un lenguaje común. Ciertas palabras van más allá del significado y del sentimiento presente y te ponen en relación a una experiencia común: el primer «te amo» o el primer chiste o la frase célebre de un profesor o aquella palabra que nunca logras pronunciar bien al primer intento. Dos, tres, quince años después esa palabra sigue llevándote al momento en que surgió por primera vez y luego a todos los otros momentos en que volvió a surgir, a los momentos en que algún otro inocente la pronuncio delante de ti y entonces te hizo recordar a tu amigo, o hizo que los amigos se mirasen entre sí y decidiesen mantener la seriedad en vez de echarse a reír o a llorar. Las palabras que usamos son historia.

Más que usar, habría que decir las palabras en las que nos expresamos. Las palabras son sí instrumentos, pero al mismo tiempo, exceden nuestra noción de instrumento: las palabras expresan sí nuestra historia y nuestra experiencia, pero además conforman nuestra historia y nuestra experiencia. Pronunciar una palabra u otra es, casi casi, pronunciar-nos, pronunciar-me y pronunciar mi relación a los que hablan con una misma palabra y a los que la escuchan o leen.

Por eso las palabras son fascinantes, porque expresan personas y por tanto expresan historia, expresan humanidad y expresan el mundo. Una sola palabra, incluso una palabrota «bien» dicha, te hace ver el sublime y complejo tejido de la realidad que va más allá de las verdades de hecho y se abre a la trascendencia suplicando la eternidad: para eso hablamos, para eso escribimos, para que la comunión de hoy, para que el amor de hoy, para que la maravilla de hoy no se pierda cuando yo ya no esté, para que mi gozo y mi dolor no sean solo míos sino de otros.

Por eso es maravilloso que los seres humanos nos hablemos con franqueza. Cuán maravilloso sería si Dios nos hablase, nos dijese en una sola palabra lo que piensa de nosotros, del mundo, nos contase su historia y sus expectativas y este comunicarse suyo fuese la Historia en la que todas nuestras historias encuentran su sentido. Y de hecho lo hizo. Se pronunció en modo tan divino que no escuchamos una palabra sino que vimos un Hombre en cuyo corazón se concentra la historia entera del cosmos y de cuyo corazón brotó, brota y brotará la vida del mundo. Y una sola palabra pronunciada con dulzura por un carpintero el día en que lo presentó al templo, nos habla de la historia y del anhelo del carpintero y de la humanidad entera, esa palabra en la que incluso el que no quiere creer puede comulgar porque desea el bien y la salvación: Jesús. Y en esta palabra nos constituimos reales, pues esta palabra es la Realidad. Jesús, pequeñito balbuciente, es la Palabra —esta y ninguna otra— con la que Dios habla de su amor al mundo. Jesús es la Palabra viva que hace aún más maravilloso el valor de nuestra vida de palabras.

 

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