(A. Chmielowski, Ecce Homo, 1881)
En el drama «Hermano de nuestro Dios», Wojtyla nos delinea
el rostro de san Alberto Chmielowski. Los detalles de la vida del autor del
drama y del personaje en cuestión se pueden encontrar con lujo de detalles en
otros sitios, por lo cual los omitimos aquí. Nos interesa exponer tres
elementos que nos parecen clave en la presentación que Wojtyla hace del santo:
la vocación, como irresistible impulso en el corazón del hombre al que se
responde con radicalidad; la pobreza, como elección del modo en que la vocación
cristiana –y en modo especial la de san Alberto– se realiza; la libertad, como
característica de la misión cristiana y por tanto de la misión del pobre.
Puesto que san Alberto se llamaba primero Adam, utilizaremos
estos dos nombres durante nuestra exposición y así el lector podrá ubicar si el
diálogo pertenece al tiempo anterior (Adam) al momento en que Alberto se consagró
en pobreza a los pobres o si es después de este momento clave (Alberto).
Vocación
Adam, el futuro Alberto, es un
famoso pintor. Es reconocido por sus amigos como un hombre libre, por cuanto
respecta a la técnica pictórica, y además, en cierto sentido, introvertido.
Pero esta introversión no es malsana, sino que da la clave de su arte.
Luciano: A mi
parecer, Adam elabora en sí una infinidad de cosas, y luego transfiere los
resultados de este proceso sobre el lienzo. ¿Comprendéis, señores? A mi parecer
no es un pintor típico. Sed tan amables de entender la diferencia. Cada uno de
vosotros, a decir verdad, busca en un lienzo distintas posibilidades y
soluciones siempre nuevas para la propia vida; vuestra vida se representa, se
desenvuelve sobre el lienzo. Por eso no podéis comprender la vida de otro modo;
estáis ligados al lienzo, dependéis de vuestra paleta. En Adam, al contrario,
la necesidad del lienzo y de los colores es en gran medida inferior a su
elemento íntimo. Se vuelve hacia estos casi con aversión, casi con desprecio,
pues, a pesar de todo, los considera medios y como tales le son necesarios.
Pero esto es todo. Su relación con la técnica del oficio es mucho más libre. Es
mucho más independiente. En línea de máxima vive en sí mismo, se dilata y se
contrae en sí, no sobre el lienzo. No, no. No es un pintor típico[1].
Un artista típico, entonces, se expresa en su obra de arte. Adam, en
cambio, se guarda su auto-manifestación para sí. Su arte intenta expresar lo
que no es él –este es el toque del verdadero artista, dicho sea de paso. Por lo
tanto, «introversión» es una palabra totalmente inadecuada. Adam no está vuelto
hacia sí mismo como podría parecer después de una lectura apresurada del
párrafo anterior. Simplemente es un artista que no busca expresarse: busca
expresar. Intenta dar testimonio de algo que le supera. Así, la «anciana
señora», madre de un teólogo jesuita que le acompaña a mirar los cuadros
religiosos de Adam, puede intuir:
Sí…Además,
en él todo termina en un modo más bien extraño. Resulta evidente que algo está
por encima de él, lo supera, pero ya es muy difícil establecer qué pueda ser
esto. ¿Es quizás simple melancolía o verdaderamente algo sobrenatural?[2]
Este «algo» que supera a nuestro artista es la existencia de los pobres
del dormitorio público de la ciudad. Esta situación aviva la crisis del artista
empujándole a salir de su propio mundo, de su arte, para hacerse responsable,
muy a pesar de sus anteriores puntos de vista:
Max: Pero ya lo
he dicho. Cada uno debe desempeñar su propia tarea, debe crear valores. Crear
valores con los medios de que dispone en la vida. Y puesto que encuentra todos
estos valores en sí mismo, debe cerrarse herméticamente en sí mismo. De otro
modo despilfarra lo que tiene, y eso sería precisamente un comportamiento
antisocial.
Adam: He pensado
del mismo modo durante mucho tiempo. Aún hace dos meses pensaba así. Desde hace
dos meses veo que no es suficiente. No podemos permitir que fuera de nosotros
toda una masa de gente vaya recorriendo los dormitorios públicos, conduciendo
una vida animalesca, eliminando de ella poco a poco cualquier otro sentimiento
fuera del sentido del hambre y del miedo. ¡No, no![3]
Adam se siente como acorralado:
Adam: No logro
encontrar una vía de escape…Me parece, más bien estoy perfectamente convencido
de que todo eso no es sino una fuga continua.
Estanislao:
¿Fuga?
Adam: Sí. Una
fuga.
Estanislao: ¿De
quién?
Adam: En cierto
modo, de uno mismo. Pero no. (Meditando).
Sin embargo también Max es él mismo, también Max vive en el mismo mundo en que
yo vivo, en que vive cada uno de nosotros. Pero Max no debe huir, no se siente
perseguido…Y por tanto no es…fuga de uno mismo.
Max: Por
supuesto, es claramente una fuga de la responsabilidad. ¿No es así? Siento
curiosidad por saber de qué modo podría ser responsable de un miembro de la
sociedad que ha malgastado su vida y ahora está tirado por los suelos.
Adam: Tú, Max,
siempre piensas que la miseria humana corresponde a la pena…
Pero
no imposta. No es solo una fuga de la responsabilidad. Es una fuga de algo, más
aún, de alguien que está en mí y en todos aquellos hombres.
Teólogo: ¿Ah?
¿De alguien en mí y en ellos?
Adam: Sí. Esta
fuga es agotadora. Todo lo que hasta ahora he tratado de hacer es solamente un
refugio. Y la fuga es agotadora. Continuamente se abre en mí algo que hasta
ahora estaba cerrado, que hasta ahora yo custodiaba, que ignoraba…A un cierto
punto se vuelve claro y me asedia. Y huyo continuamente. No me defiendo. No sé
cómo defenderme. Siento que debería pasar al ataque. Pero para hacer esto sería
necesario cambiar totalmente. […] Es un esclarecimiento gradual, y una presión.
Pero esta luz trae dolor consigo. Cada vez duele más[4].
Lo que será la misión de Adam de hacerse pobre para los pobres, se
anuncia aquí (esto es la vocación) como una inquietud social. Se ha encontrado
un día de nieve entre los pobres del dormitorio público, ha visto su
hacinamiento, su penuria. Y no ha podido seguir adelante con su arte como si
nada hubiese pasado. La visión le persigue, la idea de tener que tomar cartas
en el asunto, y reconoce en este ímpetu una presencia y no solamente un «algo».
Se resiste, busca refugio, huye, pero ese alguien «en mí y en todos esos
hombres» no le deja. Visita a los pobres del dormitorio, llevándoles comida y
ropa, pero la cosa sale mal. Los pobres le rechazan.
Adam: No habéis
entendido mis intenciones. No he venido a quedarme aquí.
–Bueno,
entonces, ¡ahuecando…! Vete a otro lado. ¿Si no has venido a habitar aquí, que
quieres de nosotros?
–Solo
los que viven aquí tienen derecho a nuestras atenciones. Todos los demás que se
vayan al diablo[5]
[…].
Y el cabecilla del grupo, un hombre delineado por las ideas del
comunismo, logra individuar bien la fuente del problema, aunque cuando habla lo
hace para evitar que los demás reciban nada de Adam y no tanto para mostrar la
injusticia evidente de la situación:
Lo
digo por última vez. ¿Acaso no queréis entenderlo, gentuza? Apenas uno os
escupe en la cara, de inmediato lo acogéis. Estos desgraciados se están en sus
mansiones, se funden en el calor, bailando, bromeando, de tanto en tanto
bebiéndose un licorcito; y cuando alguna vez se encaprichan por hacer una
limosna, te arrojan las migajas. Un trapo desgastado o pan enmohecido. Y tú te
inclinas, los llamas benefactores y les besas las manos. Pero es todo una
injusticia, es una ofensa. ¿Comprendéis? ¿Por qué este lleva buena vestimenta y
corbata, mientras yo no tengo con qué cubrirme la espalda? ¡Basta, basta! Es
mejor que desaparezca[6].
¿Es una injusticia que el benefactor prefiera sus riquezas a hacerse
uno de los pobres? ¿Es acaso un crimen dar de lo que uno tiene de más para que
el que tiene de menos lo pase menos mal? No. Pero tampoco corresponde a la
justicia que buscan estos pobres. Estos pobres, con todo y la confusión de sus
ideas, la violencia, la política y demás, logran expresarse con claridad: si no
vienes a vivir con nosotros, entonces ¿qué quieres? Un deseo se deja adivinar
por entre las exclamaciones de desprecio: estamos solos, queremos que alguien
esté con nosotros.
Los intentos de hacer algo por los pobres fracasan. La crisis de Adam
se agrava. La fuerza de la presión que siente le empuja siempre más hacia ese
«alguien». Que se trata de una vocación y no de una mera inquietud social se
adivina cuando todo el movimiento del corazón del artista desemboca en la
oración delante del cuadro del Ecce Homo:
¿Por
qué? ¿Por qué? Dime qué puedo hacer aún por Ti en ellos.
¿Cómo
se puede preguntar esto a Ti que no has conocido límites? Pero yo, yo busco
continuamente las líneas de lo que abrazo sin ningún contorno, y busco la
huella de lo que llevo en mí sin que pese. Y así el peso que imprimo y el
contorno que trazo no son Tu perfil, ni la huella de Tu belleza.
¡Ellos
lo son!
[…]
No
tienen necesidad de mí. Sí. Lo he constatado. Estoy convencido de ello. ¿Por
qué no logro convencerte? Dime que será de mí, en qué modo podré serte útil, si
Tú rechazas mi cuadro y ellos me rechazan a mí? [7]
La crisis de Adam toca toda su existencia. Su arte es insuficiente: no
logra plasmar el rostro de Cristo sufriente. Su responsabilidad social es
insuficiente: no logra hacer el bien a los pobres del dormitorio público. Se
siente rechazado por ambas partes. La belleza de Dios se le esconde y ya no
puede darla a los hombres; la belleza de Dios se le aparece en los pobres y no
puede servirles así como ha intentado servirles hasta ahora. Y Dios le empuja
hacia los pobres, hacia la pobreza.
La tentación de Adam, su resistencia a la llamada divina, es una simple
idea: «que se puede amar con el intelecto, que es suficiente amar con el
intelecto»[8].
El artista, amante de la belleza, sincero testigo de la belleza que le supera,
se creía que era suficiente con amar la belleza del Cristo sufriente sin
empeñar su carne en este amor. Bastaba quizás la piedad, una contemplación
fervorosa de los misterios de Cristo, una seria preocupación por el prójimo en
nombre de Cristo y la vida podría seguir adelante. Quizás eso podría bastar.
Pero no basta. A Dios no le basta. A los pobres no les basta. A Adam no le
basta.
La solución es dejar el arte y hacerse pobre. Adam no puede quedarse
con el arte y con los pobres, aún si el confesor le dice:
Confesor: Se
puede amar a Dios en cualquier modo.
Adam: Todos lo
dicen. ¿Por qué entonces esta verdad generalmente aceptada no se hace verdad
también para mí?
Confesor: No lo
sé. Hay distintas tendencias en las almas, y distintos son los caminos de
purificación.
Adam: Sí.
Precisamente. He empezado a encontrar suciedad en lo que antes era para mí un
ideal.
Confesor: puede
ser. La purificación es necesaria para la misión.
Adam: Padre mío,
¿qué me sugiere hacer al respecto?
Confesor: Déjate
plasmar por la caridad.
Adam: ¿Cómo?
Confesor: No lo
sé. Tu caridad te pertenece, es un bien que se te ha concedido. Yo no puedo
escrutar en tu caridad hasta llegar a sus más mínimos latidos[9].
La llamada de Dios tiene aquí esta característica: «que se niegue a sí
mismo, tome su Cruz y me siga» (Mt 16,24). La misma dinámica de la vocación
hace que lo que antes era algo propio y natural comience a parecer incompleto,
incluso sucio. El hombre se presenta ante Dios y siente que lo que antes era un
noble ideal, presentar la belleza de Dios a los hombres, ahora está repleto de
suciedad. Dios no quiere ser servido así. Quiere ser servido en los pobres por
un pobre. Y este servicio es caridad divina que plasma la caridad del hombre.
La caridad de cada uno, su misión, es expresión de la belleza de la caridad de
Dios. El Divino Artista plasma, da forma, da color y tono, al hombre y le
convierte en testimonio vivo de su sublime Belleza.
Pobreza
Hemos ya hablado de pobreza pero no sabemos de qué pobreza se trata. En
realidad la obra presenta al menos dos tipos de pobreza: la de los pobres del
dormitorio público y la de Alberto, antes Adam y sus hermanos frailes.
El primer encuentro es con la pobreza del primer tipo, una noche que
Adam y otros amigos suyos tienen que refugiarse por un momento en el dormitorio
a causa de una fuerte nevada.
Luciano: [...] Recuerdo
que Adam avanzó lentamente, un paso, luego otro…entró en aquel espacio oscuro. Nosotros
nos habíamos quedado cerca de la puerta. Escuchaba sus pasos sobre el suelo,
que no era de madera, sino de tierra batida. Poco a poco también nuestros ojos
se acostumbraron a la oscuridad. Vimos entonces una fila de catres, más bien de
lechos de paja puesta sobre unas tablas; sobre ellas había gente acurrucada.
Estaban sentados, acostados, se balanceaban, con las rodillas dobladas hasta
tocar su mentón, replegados como langostinos; fumaban, jugaban a las cartas,
charlaban en voz baja. En una esquina alguno peleaba por un lugar. Eran hombres
y mujeres.
En
este cuadro lo que más impresionaba era el ruido sordo de los pasos de Adam que
caminaba entre las filas de los míseros camastros, como atraído por una fuerza
desconocida: iba de una fila a otra. Se había quitado el sombrero y lo sostenía
con la mano, estrechándolo contra su pecho. Después ya casi no se distinguía su
silueta, escuchaba solamente sus pasos que hacían eco en la oscuridad de aquel
dormitorio público, como si se precipitase desde muy alto. Así, seguido
ciertamente por ojos llenos de odio y de curiosidad, procedía como uno que
habiéndose perdido, busca por primera vez refugio en aquella guarida[10].
Esta pobreza es la pobreza no elegida sino sufrida. No se conoce cómo
aquellos hombres y mujeres llegaron aquella noche a aquel dormitorio. Simplemente
están allí, acurrucados padeciendo frío, algunos tratando de pasar la noche en
algún modo agradable, otros peleando, otros indiferentes. Las miradas de muchos
denotan odio hacia aquel desconocido, las miradas de muchos otros una evidente
curiosidad: ¿quién eres tú que me mira? ¿Me miras como a una cosa o te atreves a
mirarme como a una persona? ¿Has venido a fastidiarme y robarme mi sitio? Ya
hemos leído un pasaje en que se denota la necesidad de estos hombres de ser
mirados por alguien que quiera estar con ellos, exigencia que denota su
soledad. Pobreza entonces de los desheredados, por su culpa o sin su
participación, pero desheredados al fin y al cabo, sin un lugar propio donde
reclinar la cabeza, solos, cada uno en su propio mundo, a la defensiva, o
intentando salir hacia los otros y no sentirse más solos en aquella madriguera
oscura.
Adam recorre aquel lugar en una actitud que también es sobrecogedora.
El artista no tiene nada que aportar. Estrecha su sombrero contra su pecho y
solamente observa. ¿Con qué ojos habrá mirado nuestro santo a aquellos hombres
la primera vez que les vio? Quien lee la obra completa logra entender la causa
de la crisis del artista: nadie que realmente vea la mísera pobreza de sus
hermanos puede volver a su vida habitual sin que ésta se tambalee.
Hemos también leído un diálogo en el que Adam muestra la necesidad,
casi de responsabilidad social, de hacer algo por estos hombres. Porque se da
cuenta de la dureza de su situación es capaz también de sentir la indignación
de cualquier hombre con sed de justicia. Él sabe que esta pobreza está cargada
de injusticia y de ira:
Alberto: ¿Y
entonces? Sabéis que la ira tiene que estallar. Especialmente si ésta es
grande. (Se interrumpe). Es dura,
porque es justa[11].
Y el sentimiento del futuro hermano Alberto puede desembocar en una
dolorida oración:
(Camina trastabillando hacia una banca)
«…Los
pobres los tendréis siempre…; no siempre me tendréis». ¡Todo esto es, sin
embargo, terrible, Señor!
A menudo delante de los pobres los buenos cristianos llegamos con las
citas bíblicas aprendidas, y no dejamos que el horror por el dolor de un hermano
nos toque. Aquí el proceso es el contrario: primero el escándalo de la pobreza
y luego la certeza en la Palabra de Dios, que no anula el escándalo, pero abre
la perspectiva a un nuevo modo de afrontarla.
Y el modo de afrontar la pobreza no elegida de los desheredados es,
para muchos, aún más escandaloso que la pobreza misma: Adam elige la pobreza y
se despoja de todo, incluso de su nombre, para convertirse en el hermano
Alberto. Esta pobreza elegida también es una pobreza semejante a la de los
desheredados. Es renunciar a la propia herencia, al propio arte, al propio
status social, al modo propio de obrar en favor (esta es la clave: en favor) de
la caridad de Cristo que plasma el corazón de los que llama. Sin embargo, esa
pobreza no coincide con ninguna clase de idealismo mítico en el cual el que se
hace pobre pasa por encima de la renuncia como si esta fuese una nadería.
Adam: […] Pero,
¿qué queda entonces de nosotros? ¿Qué queda de nosotros ante Dios? ¿Acaso
solamente el rechazo?
Confesor:
Efectivamente. Entonces de nosotros no queda nada. De nosotros no permanece
nada. Pero entonces, precisamente entonces, lo que permanece en nosotros es
solamente Su gracia.
Adam: Pero, ¿su
gracia no está acaso ligada a la conciencia de ser hijos? ¿Puede perdurar en
nosotros como conciencia de ser desheredados?
Confesor: Sí.
Esto parecería ciertamente inverosímil, si no hubiese un hecho de por medio. Tú
sabes, hermano: «Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has abandonado?»; «Padre, si
es posible, pasa de mí este cáliz…». Y sin embargo Él no era simplemente Hijo
adoptivo (Un momento de silencio. Como si
buscase la palabra adecuada) Pero esto sucedía precisamente en el momento
en que Él adoptaba de nuevo a los hijos que le rechazaron. Era precisamente ese
momento.
Adam: Pero yo no
puedo. No soy capaz. Si ellos no tienen ninguna necesidad de mí, si entre ellos
no tengo ninguna razón de ser…si además no puedo estar entre ellos así como soy…
¿de qué modo puedo entonces ser el instrumento de su adopción a hijos?[12]
La respuesta ha sido ya dada. Hacerse pobre así, hasta la negación de
sí mismo, es el modo de obrar del Hijo de Dios. Si fuimos hechos hijos por adopción
es porque el Hijo se hizo talmente pobre que no veía más a su Padre, se sentía solo,
un verdadero desheredado.
La caridad por la que Adam debe dejarse plasmar es la caridad de
Cristo.
La pobreza de Adam, de Alberto, es entonces una pobreza elegida,
consciente, amada, porque es la pobreza del Hijo de Dios. No significa que esta
no sea dramática. Asumir una vida así es asumir la pobreza de los hombres con
todo su realismo:
[…]Se
necesita una visión del mundo totalmente nueva, que usted no tiene. Es esta la
diferencia, mi querido señor, esta es la diferencia. Una cosa es juzgar el
mundo con el ojo del músico –una visión interesantísima, bellísima, sublime–
pero otra es ver el mundo en las dimensiones de la miseria, de la abyección y
saber, pero saber con exactitud, donde Dios se encuentra con todo esto, qué
miseria Lo acerca a los hombres y cuál lo aleja de ellos[13].
Esta pobreza, entonces, no es simplemente miseria. No es una búsqueda
de la miseria por la miseria, sino un despojarse de todo para encontrarse,
junto a Dios, allí donde Dios se encuentra con los pobres: en la pobreza de
Cristo que «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9)
poniendo su tienda en medio de nosotros como uno de nosotros.
Libertad
Este modo de afrontar la pobreza – ¡elegirla!– es, para el hermano
Alberto, libertad. Ahora bien, la obra nos presenta el drama entre dos modos de
alcanzar la libertad, uno aparente y otro real.
El primer modo es el del «Desconocido» que tienta a Adam con ideas de
tinte marxista. La ira que genera la pobreza es, efectivamente, una fuerza
capaz de cambiar la sociedad, que Adam podría avivar, contribuyendo así al bien
de la sociedad y de la historia.
Desconocido:
Antes que nada, le reprocho por sus cuadros. No es este el camino…
Adam: Ah…
Desconocido: No
es este el camino para manifestar la ira que le mueve. No es este el camino
para hacer acopio de sus fuerzas. Usted las desperdiga en sentimientos, en
estados de ánimo. Usted quiere huir de su ira en busca de experiencias
interiores, para refugiarse en los rincones recónditos de la supuesta alma.
Señor,
esta ira es un valor objetivo. No es lícito desperdiciarla. Usted es
responsable de cada partícula de conciencia colectiva, será usted responsable si
esa madurará antes o después…[14]
Si la ira que surge de la injusticia que sufren los pobres es una
fuerza social, no es necesario mitigarla, no es necesario atenderla. Es
necesario avivarla. La caridad, en este sentido, es un estorbo:
Desconocido:
Pero, por lo demás, ¿para qué sirve, para qué sirve? Ah, la caridad. Una moneda
aquí, otro allá por el derecho de poseer tranquilamente millones en el banco,
bosques, haciendas, títulos de crédito, acciones…y no sé qué tantas otras
cosas. He aquí los frutos auténticos de este principio. Por una moneda aquí,
por otra allá, escrupulosamente medida, calculada.
Y
luego explotar como bestias durante diez, doce, dieciséis horas por un
miserable centésimo, por menos del derecho a la vida, por la esperanza de un
dudoso consuelo en el más allá, esperanza que no cambia nada sino que solamente
frena desde hace siglos la potente, grandiosa explosión de la ira humana, de la
ira creativa de los hombres[15].
Y la tentación es fuerte. El
tentador, llamado aquí «El Otro», muestra la razonabilidad de esta posición. Si
la ira es, para la dialéctica histórica, una fuerza objetiva de los pobres que
permitirá cumplir con el proceso intrínseco a la historia hecha de
enfrentamientos antitéticos en busca de una síntesis cada vez más deseable, lo
razonable es avivarla manteniéndola en su estado puro. El tentador propone que
el cultivo de la ira de los desheredados corresponde a una visión adecuada del
mundo:
El otro: Sí,
ciertamente. No te preocupes de eso. Piensa así: yo verdaderamente no soy quien
sostiene al mundo. Soy una inteligencia cuya tarea consiste en descubrir la
verdadera imagen del mundo, sin preocuparse para nada del resto. ¡Es así que
debes pensar! También tú eres una inteligencia. Por lo tanto estás sujeto a las
leyes de la razón. Basta que conserves en tu mente la imagen del mundo. No
tienes ninguna obligación de poner tu espalda bajo su pesada carcasa. Están
demasiado cansadas. […] Sé tú mismo. Termina los cuadros que has comenzado,
luego has una exposición. ¿Qué más puedes hacer? Es más, te doy un consejo: ¡no
vuelvas más al dormitorio público, si no quieres hacer daño!
Adam: ¿A qué?
El otro: Al
rescate de aquella gente. Es necesario esperar. Debe realizarse lentamente,
desde el interior. De en medio de ellos tiene que surgir espontáneamente y
madurar mientras que tú querrías quizás transferirles elementos que les son
extraños.
Adam: ¿Por
ejemplo?
El otro: Por
ejemplo, los invitarías a rezar, ¿no es verdad?, a trabajar, a llevar la
supuesta cruz.
Adam: ¿Y bien?
El otro: Mira,
no se trata de esto, sino de madurez humana[16].
Así queda desenmascarado el problema
de esta perspectiva: se trata solo del hombre.
Pero, ¿y los hombres? Adam descubre
en los pobres del dormitorio público dos deseos, uno de los hombres y otro de
Dios. Es en su experiencia de fracaso en el obrar la caridad que descubre que
Dios y los pobres están allí, encontrándose juntos en una doble exigencia que
al final es solamente una, y es demasiado grande:
Adam: Sí, sí.
Pero queréis aún algo más. Él quiere algo más (muestra con su dedo a su principal interlocutor) y él, y él…Yo lo
sé. Sí, se lo que queréis…es justo, justísimo. Queréis salir de este fango, no
queréis ser ya considerados como basura dela sociedad. Sí, todo esto es justo…justísimo
(Estalla de improviso) ¿Pero por qué
pretendéis esto de mí? Cierto, sería la única solución. El único modo de
resolver humanamente la cuestión. Pero, ¿por qué exigirlo de mí? Es demasiado.
Es demasiado.
Una mujer: ¿Pero
qué dice, señor? No queremos nada más de usted. Es suficiente con lo que logra
traernos, con lo que le dan.
Adam: No…Eso
quiere decir que en realidad no queréis ya nada, pero Él…Ha bastado una sola
palabra. Uno de vosotros ha dicho una palabra, una frase…y ha bastado…Sé lo que
Él quiere…
Otra: ¿Pero qué
es lo que le viene en mente? ¿De quién habla?
Adam: Yo, a
decir verdad, quería rescatarme…un abrigo, una hogaza, alojar a alguno por una
noche…Pero todo esto no cambia nada…porque también así siguen siendo mendigos,
harapientos, gente de la calle…
El de antes: ¡Y
esto empieza a causar disgusto!
Adam: Sí. Es
algo que empieza a causar disgusto.
[…] (Intuición repentina) ¡Y deben convertirse
en hermanos![17]
Algo más: ser hermano. Avivar la ira colectiva no es una solución para
Adam. A fin de cuentas eso solamente haría que los pobres sigan siendo pobres,
pero enfadados, violentos. Añadiría a su pobreza simplemente un odio y un
resentimiento gigantescos, y haría más pobres (ese es el drama de la dialéctica
histórica). Pobres siempre los tendréis. El Señor lo dijo. Pobres siempre los
tendréis, y para Adam es terrible. ¿Qué queda por hacer? Hacerse hermano de los
pobres. Hermano pobre. Y no porque él lo quiera. No ha sido su gran idea. Ha
descubierto ese deseo en los pobres, aún si ellos no son conscientes; y en este
descubrimiento ha encontrado la voluntad de Dios para él: que sean hermanos,
que estos desheredados se sientan hijos contigo cuando tú te vuelvas un
desheredado con ellos.
Adam va a vivir al dormitorio público y se dedica a pedir limosna para
ellos. Arrastra, cojeando, un carro por la ciudad que va llenando de limosnas
que llevar a sus hermanos. «El Desconocido» le encuentra un día y, luego de
reclamarle, le propone aplicar su teoría en el dormitorio público, para
demostrarle que lo que los pobres quieren es la revolución de la ira…y fracasa.
Desconocido/Orador:
¡No estéis esperando la caridad! La caridad os humilla. No tenéis necesidad de
ella. Tenéis que comprender que todo os pertenece absolutamente. Nada por
gracia. ¡La caridad es una sombra tétrica en la que un misterioso,
incomprensible ricachón trata de esconder su verdadero rostro y en esta sombra
quiere, al mismo tiempo, sumergiros a todos con vuestros problemas, vuestras
razones, vuestra ira!
[…]
De esto se trata: hay que liberarse de todo esto.
Uno: ¿Pero cómo?
¿Con qué medios?
Orador: ¡Es suficiente
que deis vuestra ira!
Uno: Estará por
siempre.
Otro: ¿y qué
sacaremos de esto?
Orador: El hecho
es que el miedo os asalta cuando se llega a los hechos.
Muchos: ¡Eh!
–Es
fácil hablar cuando tienes qué masticar entre los dientes.
–Y un
abrigo decente encima.
– ¡Sí,
sí!
–¡Pero
intenta ponerte en nuestro lugar!
–¡Exacto!
–¡Y
que te tiemblen los dientes alguna vez!
–…los
dientes.
–¡Y a
engañar el estómago un par de tardes!
–…de
tardes…Eso. ¡A engañar la panza! (muy
fuerte) ¡Hará que se te pasen las ganas!
(Adam [fuera del recinto] se tiene aparte del
todo. Las palabras apenas se escuchan a través de la oscuridad).
–¡Intenta
ponerte en nuestro lugar! ¡Intenta ponerte en nuestro lugar![18]
La libertad que propone «El Desconocido» es una libertad aparentemente
absoluta. Se trata de liberarse de la opresión social y se trata de liberarse
incluso de la gracia. Todo le pertenece al hombre, nada debe recibir, debe
re-conquistarlo porque le ha sido quitado. La caridad no tiene nada que ver con
el asunto pues simplemente da al que no tiene en vez de hacer que el que no
tiene obtenga lo que es suyo por derecho.
Sin embargo, Adam logra ver que la ira a causa de la injusticia es
solamente un fragmento del drama de estos pobres. La ira no es todo en ellos,
hay algo más que exigen y ese algo más no pueden conseguirlo con la fuerza de
la ira:
Adam: […] La
miseria del hombre es más grande que todos los bienes disponibles de los que
usted [el Desconocido] habla. De todos los que el hombre puede obtener con la
fuerza de la propia ira.
Desconocido:
Imagino qué es lo que le interesa…y…no creo…
Adam: Este es el
punto. Ve, es este precisamente el punto. Yo, en cambio, creo y sé. Señor, no
es que el hombre permanezca en la miseria ante otro hombre.
Desconocido: No
es verdad. Es más, estoy seguro, creo y sé que debe obtener todos los bienes.
Todos. También los más grandes. Pero aquí la ira engaña, aquí es necesaria la
Caridad.
[…]No
se puede pensar solamente con un fragmento de verdad, hay que pensar con toda
la verdad[19].
Los bienes que el hombre puede obtener por la fuerza de la ira no son
suficientes para sacarle de la miseria, pues la miseria radical del hombre es
su alejamiento de Dios. El rechazo de la filiación divina por adopción, aún si
esta es un hecho, es la miseria y la contradicción del que simplemente se
abandona a su condición de pecado. El camino de la ira es el camino que niega
la gracia: nada recibo porque no soy hijo. El camino de la Caridad, en cambio,
es el camino de los que son hijos y reciben todo del Padre.
Esta condición es la libertad más grande, porque no es una libertad en
continua lucha. No se trata de una libertad amenazada ni por la injusticia, ni
por la pobreza, ni siquiera por los pecados personales. Es una condición
ontológica, es algo que pertenece al ser redimido: hemos sido hecho hijos por
adopción, todo hemos recibido, todo lo recibimos ahora de la Caridad infinita de
Dios, y esto es un hecho que nada puede contradecir.
Adam se convierte en el hermano Alberto y algunos de entre los pobres
se consagran como él, en pobreza, al servicio de los demás pobres. Pero también
ellos sienten la fuerte tentación de solamente dar en vez de recibir. El modo
de vivir de Alberto es pobre. Mientras algunos hermanos cuidan del dormitorio,
otros se dedican a mendigar para llevar algo de comer. No tienen un sistema que
les garantice el pan de cada día sino el de la mendicidad, y esto pesa sobre
aquellos que quisieran hacer más, olvidándose de haber elegido ser pobres con
los pobres:
Antonio: […] Hoy solamente se pide.
Hermano anciano /Alberto: Nada de eso. Lo importante es que crea.
Antonio: Usted
cree que tengo el tiempo para pensar. Yo soy uno de ellos, lo sé. No se piensa.
El pensamiento debería poner fin a las preguntas. Es suficiente dar.
Hermano anciano:
No es verdad. Hay que sacarle de tal irreflexión.
Antonio: ¿Por
qué?
Hermano anciano:
Para enseñarle a pedir más. ¿No lo ha comprendido aun estando entre nosotros?
Pedir aún más. Buscar aún más. Y además se equivoca. Él se encarga de pensarlo.
Si siempre piensa en algo, es precisamente en esto en lo que piensa[20].
La libertad de Alberto es libertad para pedir siempre más. No basta
saciar el hambre material, no basta la lucha social que surge de una justa
inquietud, es necesario pedir más porque Dios quiere dar más. Hacerse pobre,
porque en esta tierra la pobreza siempre estará presente, es el modo en que
Alberto se abre al siempre más de la gracia al modo de Cristo. Más aún, la
elección de Alberto, de seguir el modo de Cristo, es elección de la Libertad:
Alberto: El Hijo
de Dios es todo libertad. Sin marca de esclavitud […] Él está siempre. Él
alcanza continuamente las almas y plasma en ellas…¡a Él mismo![21].
Y la libertad elegida por Alberto, una libertad más grande, es pobreza
que enriquece:
Sebastián: […]
Por lo demás…le debemos todo. Ha hecho que nos convirtamos en hombres[22].
El retrato de san Alberto que Karol Wojtyla nos presenta nos hace
descubrir la particularidad de su misión de ser pobre entre los pobres y la
característica general de la vocación cristiana, la caridad pobre. Hacerse
pobre, de pobreza actual o solo de pobreza espiritual, abre a la libertad y si
uno se hace pobre es solamente porque Cristo le llama a esa pobreza (y quien
crea que no le llama a la pobreza espiritual puede leer serenamente el Evangelio
para convencerse de lo contrario).
La libertad característica de san Alberto y la libertad de los
cristianos se puede reconocer a partir de la pobreza que todo pide y todo
recibe de Dios como gracia y siendo así, pobre y agraciado, todo se da. La
impelente necesidad de distinguir entre lo que pertenece a la naturaleza humana
y lo que corresponde a la gracia se desvanece aquí aunque la distinción se
mantenga. El hombre es creatura y su actuar será siempre el de creatura, pero ya
no quiere saber hasta qué punto es él quien actúa y hasta qué punto es Dios
quien le mueve sino que lo ve todo envuelto por la Caridad divina. El hombre
pobre es un agraciado, es continuamente alcanzado por la gracia que él suplica
y que Dios amorosamente le concede. La belleza de la pobreza está en este
hecho.
Ahora bien, la belleza de la pobreza de san Alberto está en que fue
llamado a vivirla en un modo particularmente radical: él debía hacerse pobre
entre los pobres, no benefactor sino un suplicante beneficiado, un hermano
pobre para los pobres. Y cómo quisiéramos que esta belleza nos alcanzase a
nosotros. En cualquier apostolado que ejerzamos, la pobreza nos lleva a
hacernos uno entre los pequeños de Dios que esperan que su soledad se llene con
la amorosa presencia de un hermano.
El cristiano que quiere ser líder y llevar a no sé dónde a los que Dios
le encomienda, podría al menos tener la delicadeza de guiarnos a la pobreza
evangélica. Si tiene valor, podrá decir algo parecido a lo que Wojtyla pone en
boca de Adam:
Desconocido: ¿Y
cree que le seguirán? ¿Podrá acaso arrastrarlos detrás de sí?
Adam: No. Seré
yo quien los siga. […] A decir verdad…ellos me consideran un poco como uno de
ellos. Me quedaré.
«Seré yo quien los siga». Cristo se hizo uno de nosotros y así nos hizo
como Él –dicho sea por inciso, el mayor consuelo que se puede recibir de
aquellos a quienes servimos es que nos consideren «uno de ellos». El camino es
bastante claro para Adam. Y su estilo particular no es, por supuesto, una
genialidad suya. Es puro fruto de su pobreza:
Exactamente.
Al final he logrado a adquirir con fatiga este estilo. Verdaderamente, con
fatiga. Bueno, pero…pienso que será finalmente mi estilo…(Un momento de reflexión) No, no es mío. Me ha sido dado[23].
Y con este estilo le fue dado también expresar en modo admirable la
belleza de ser hermano de los pobres, hermano de Cristo, hermano de nuestro
Dios, llevando el consuelo a sus pobres del dormitorio público de Cracovia.
Con este estilo Dios le concedió contemplar su rostro sufriente, aquel
rostro que no lograba plasmar en el lienzo. Con este estilo Dios plasmó su
rostro en su corazón y lo convirtió en pura caridad.
Que Cristo, nuestro Dios y nuestro hermano, nos abrace y nos consuele
con su dulcísima pobreza, y nos deje contemplar su rostro y adorarlo hoy y toda
la eternidad[24].
[1] K. Wojtyla
, Fratello del
Nostro Dio, Editrice Vaticana, Vaticano 1982, 20.
[2] Ibid., 27.
[3] Ibid., 33
[4] Ibid. 35-36.
[5] Ibid., 56.
[6] Ibid., 58
[7] Ibid., 64-65
[8] Ibid.,67.
[9]Ibid., 69.
[10] Ibid., 23-24.
[11] Ibid.,126.
[12] Ibid.,69
[13] Ibid., 114.
[14] Ibid., 44.
[15] Ibid.,46.
[16] Ibid.,61-62.
[17] Ibid., 76-77.
[18] Ibid., 91-93.
[19] Ibid., 98.
[20] Ibid., 119-120.
[21] Ibid., 122-123.
[22] Ibid., 108.
[23] Ibid., Para esta cita y la anterior:
99-100.
