jueves, 8 de diciembre de 2022

El Verbo se hizo carne


                El misterio de la Encarnación ante el Dios omnipotente y sereno de Israel.

 (Catedral de Monreale, Creación de los astros).

Querríamos mostrar dos características del Dios de Israel que podrían ayudarnos a prepararnos para la Navidad: la omnipotencia y la serenidad.

El Dios de Israel es un Dios para quien no hay nada imposible. Él puede crear la vida a partir de la nada, puede poner orden allí donde existe solamente el caos. Él puede hacer de hombres frágiles, viejos y estériles, padres de un pueblo innumerable y bendición para todas las generaciones (como con Abraham y Sara). Él puede endulzar silenciosamente el corazón de aquel que no logra perdonar a su hermano y puede también llevar de vuelta al hermano que le ha ofendido para recibir el perdón (como sucedió con Jacob y Esaú); Él puede convertir el corazón del hijo hacia su Padre (como sucedió con Judá y Jacob) y puede obtener una bendición a partir de la predilección hacia un hijo a veces presuntuoso por los dones recibidos y luego víctima del odio de sus hermanos (como sucedió con José). Para Dios no hay imposibles. Él puede liberar a un numeroso e amorfo grupo de esclavos mediante un hombre que no tenía ninguna intención de convertirse en libertador y jefe del pueblo, dirigiendo la palabra y trasmitiéndola a través de un hombre de palabra corta ayudado por su hermano (como en el caso de Moisés a quien se regala la ayuda de Aarón). Él puede, como dicen las reflexiones rabínicas, hacer que el hombre y la mujer se encuentren y devengan una sola carne y bendición fecunda para el mundo (según la misma reflexión rabínica ésta es una de las cosas más difíciles para Dios, y no obstante ¡lo logra!). Dios es el Señor. Él domina sobre todo lo que existe y no hay nada que resista al sonido de su voz, nada a excepción del hombre casi siempre necio y poco confiado ante Él, sobre todo cuando se trata de esperar en el cumplimiento de Sus promesas. Y, sin embargo, Dios puede lograr que también con estas fragilidades, su promesa se cumpla y se convierta en bendición para el elegido y para todos. ¡Para Dios no hay imposibles! Él puede consolar al que sufre recordándole su Omnipotencia:

«¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?

Indícalo, si sabes la verdad.

.¿Quién fijó sus medidas? ¿lo sabrías?

¿quién tiró el cordel sobre ella?

¿Sobre qué se afirmaron sus bases?

¿quién asentó su piedra angular,

entre el clamor a coro de las estrellas del alba

y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?

¿Quién encerró el mar con doble puerta,

cuando del seno materno salía borbotando;

cuando le puse una nube por vestido

y del nubarrón hice sus pañales;

cuando le tracé sus linderos

y coloqué puertas y cerrojos?

¡Llegarás hasta aquí, no más allá - le dije -,

aquí se romperá el orgullo de tus olas!

¿Has mandado, una vez en tu vida, a la mañana,

has asignado a la aurora su lugar,

para que agarre a la tierra por los bordes

y de ella sacuda a los malvados?

Ella se trueca en arcilla de sello,

se tiñe lo mismo que un vestido […]

¿Has penetrado hasta las fuentes del mar?

 ¿te has paseado por el fondo del Abismo? […]

Has llegado a los depósitos de nieve?

 ¿Has visto las reservas de granizo,

que yo guardo para el tiempo de angustia,

para el día de batalla y de combate?

¿Por qué camino se reparte la luz,

o se despliega el solano por la tierra?

¿Quién abre un canal al aguacero,

 a los giros de los truenos un camino,

para llover sobre tierra sin hombre,

sobre el desierto donde no hay un alma,

para abrevar a las soledades desoladas

y hacer brotar en la estepa hierba verde?

¿Tiene padre la lluvia?

¿quién engendra las gotas de rocío?

¿De qué seno sale el hielo?

¿quién da a luz la escarcha del cielo […]?

Puedes tú anudar los lazos de las Pléyades

o desatar las cuerdas de Orión?

¿Haces salir la Estrella de la Mañana a su tiempo?

¿conduces a la Osa con sus crías?» (Job 38, 4-32).

 

En este pasaje escuchamos la voz de un Dios que plácidamente muestra al turbado Job su soberanía sobre el cosmos. Desde las profundidades del mar hasta la sublimidad de las estrellas, desde la luminosidad de la mañana hasta la oscuridad de las fuentes de la lluvia, de la nieve y del granizo, desde el orden y la solidez de la tierra hasta el continuo fluctuar de las aguas, la mano potente de Dios ejerce su creativo dominio. ¿Qué puede responder Job? ¿Qué puede el hombre, pequeña creatura, pequeño brote de vida, en comparación con el Dios omnipotente sobre quien reposa estable el cosmos entero? «Me pongo la mano sobre la boca» (Job 40, 4b). ¡Pues claro! El hombre reconoce que es bastante mezquino delante de Dios, que no tiene nada que responder. No puede dar razones de nada, mejor es cubrirse la boca y callar.

Notamos también en este pasaje (que es mejor leer completo, por supuesto), el buen humor de Dios. Él sabe quién ha dado la medida al cosmos. Él sabe quién ha sido el primo que se ha recreado en la creación reconociendo su amable bondad. Cuando escuchamos Su voz que nos va contando la creación, nos parece percibir una nota de profundo gozo y sereno en cada verso de su discurso. Su discurso…parecería más bien que en vez de hablar y razonar con Job le estuviese cantando. Cada versículo propone un motivo y el siguiente le añade intensidad y gozo a causa de la majestuosidad de la creación. Dios responde a la queja de Job con la serenidad de un tierno y alegre Padre que no quiere dar simples explicaciones de los hechos sino que quiere que su hijito vea la realidad a partir de sus ojos paternales, para que en verdad pueda convertirse en hijo, es decir, para que pueda tener una mirada, para que pueda tener una existencia libre porque recibida. Un Dios omnipotente que no se impone sino que se propone catándole al hombre desconsolado…contándole que todo está en Su mano, que también el mal que sufre, que también las caóticas aguas en las que se siente sumergido hasta el punto de ahogarse, se someten a su voz. Y su voz ordenadora no se presenta con violencia. Si las culturas alrededor de Israel concebían la creación como fruto de una guerra entre las divinidades o entre el orden y el caos, Israel nos presenta a un Dios que no tiene necesidad de luchar contra nadie: es el Único Dios. No tiene necesidad de imponerse al caos: el caos es manso entre sus manos y se deja dar forma. Cuando habla no grita sino que emite una Palabra firme y dulce: «que se haga la Luz», y no encuentra resistencia alguna: «y la Luz se hizo». Imaginémonos qué significaría para un pueblo de pastores y campesinos, para un pueblo para el que la navegación era una cosa extraña y para el que una lluvia torrencial y la crecida de los ríos podían comportar la destrucción…imaginémonos qué significaría para un hijo de este pueblo el escuchar que se le dice con suavidad en lo profundo de su corazón que Dios ha puesto un límite a las aguas, que Él conoce el abismo y que lo ha recorrido como uno que sale de su casa para dar un paseo.

Es como si Dios arrullase a un niño desconsolado por el caos y le dijese con un dulce susurro: «calma, hijo mío, estoy aquí, y tú estás seguro entre mis brazos. ¿Tiemblas ante las aguas? ¿Sientes cómo el frío de las tinieblas recorre tu cuerpecito? Hombrecito, las tinieblas ante mí se convierten en luz y las aguas se convierten en fuente de vida cuando obedecen mis órdenes. Mira como soplo y estas te dejan pasar por entre sus muros por un camino seco. Mira, de este mismo soplo recibieron tus narices el hálito vital de la eternidad y con este mismo soplo llamo al Leviatán para jugar por un rato. Con este mismo soplo te cando para que puedas dormir seguro, sereno…».

Un Dios, entonces, omnipotente y sereno. Un Dios que abraza con su voz al hombre desconsolado que sufre ante una realidad inmensa que no logra ni comprender ni, mucho menos, controlar. Un Dios gozoso que se entretiene con el más temible de los monstruos y del que cada Palabra es fuente de vida, de realidad, de alegría, de amable belleza y bondad. En un Dios así creía el pueblo de Israel cuando nació Jesús. En un Dios así creían José, María y los pastores. En un Dios así creemos también nosotros.

¿Qué pensaríamos si este Dios que nos acuna entre sus brazos cuando estamos desconsolados viniese ahora a ponerse bajo nuestros brazos llorando a causa del frío? ¿Qué sentiría María santísima mientras llevaba en su seno al gozoso Dios omnipotente?  Aquel que dio a luz al pueblo de Israel (en efecto, el paso del Mar Rojo es un nacimiento de las aguas, es un parto), ahora está por ser dado a luz. Aquel cuya Palabra ha fundado el mundo, ahora sabe solamente llorar. Aquel que pone un límite a las aguas ahora siente el frío de las tinieblas. Aquel que juega con el Leviatán ahora se entretiene aferrando con su manita el dedo calloso de José. Aquel que consuela al hombre con el murmullo de su canto creador ahora es arrullado en los brazos de María y escucha la dulce voz de un san José lleno de estupor que se inventa una canción de cuna para su Dios. Aquel que ante el cosmos entero se goza a causa de su bondad ahora es contemplado por los pastores escandalosos que festejan el nacimiento de un pequeño niño.

¿Qué diría José? ¿Qué sentiría aquel hombre justo cuando el pequeño y tierno Jesús fue puesto entre sus fuertes brazos?

«Señor mío, hijo mío, Dios mío: ¿qué prodigio es este? El omnipotente viene a refugiarse entre los brazos del débil; el gozoso y sereno ordenador del mundo llora y es consolado por aquel que debería ser consolado. La dulce Palabra divina, la santa Sabiduría, luminosa y alegre impronta del Padre, ahora se escucha llamar hijo por sus hijos, pequeñito por los pequeñísimos. Caminábamos en las tinieblas, y la grande luz eres tú, hijo mío, niño mío, Señor mío. Has venido frágil a refugiarte en mi fragilidad, has venido para consolarme con tu fragilidad. También aquí estás sereno, ya no lloras más, como si mi voz pudiese consolarte, divino Consolador. Quisiera ahora cantarte pero ¿qué podría cantar a un Dios que ya no conoce el significado de las palabras? ¿Qué podría contarle al Dios que todo lo sabe y sin embargo no puede entender aún ni una de mis palabras? Un soplo tuyo basta para hacer que el mundo viva, un suspiro tuyo hace que ahora abunde en mi corazón una nueva vida. Hijo mío, Jesús mío, Hijo Único del Padre de los Siglos, ¿qué misterio es este? Para ti no hay imposibles: y por tanto has realizado la maravilla de las maravillas. Tú que eres la causa de nuestra alegría, ahora te alegras escuchando el ruido de nuestra humana pequeñez que se reúne en torno a ti para adorarte. Hijo mío, Jesús mío, duerme sereno, estás seguro entre mis brazos, porque yo estoy seguro cuando con tu tierna manita te aferras a mi dedo. Hijo mío, ¿ves cómo ya no hay nada qué temer? No hay frío que pueda hacerte daño ni tiniebla que pueda envolverte y apagar tu luz, porque mi corazón ahora es solamente fuego devorador que arde cuando apoyas tu cabeza en mi pecho, porque mis ojos ahora brillan con el reflejo de la luz que habita los tuyos». Y estoy casi seguro de que así como Job se cubrió la boca para no hablar más, así José calló de estupor y con su mano detuvo el flujo de las lágrimas para ver una vez más al pequeño Niñito durmiendo sereno entre los brazos de su amadísima María.

 

(Gerard van Honthorst, Adoración del Niño, 1619-1620).


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