El misterio de la Encarnación ante el Dios omnipotente y sereno de Israel.
Querríamos mostrar dos características del Dios de Israel que podrían ayudarnos a prepararnos para la Navidad: la omnipotencia y la serenidad.
El Dios de Israel es
un Dios para quien no hay nada imposible. Él puede crear la vida a partir de la
nada, puede poner orden allí donde existe solamente el caos. Él puede hacer de
hombres frágiles, viejos y estériles, padres de un pueblo innumerable y bendición
para todas las generaciones (como con Abraham y Sara). Él puede endulzar
silenciosamente el corazón de aquel que no logra perdonar a su hermano y puede
también llevar de vuelta al hermano que le ha ofendido para recibir el perdón
(como sucedió con Jacob y Esaú); Él puede convertir el corazón del hijo hacia
su Padre (como sucedió con Judá y Jacob) y puede obtener una bendición a partir
de la predilección hacia un hijo a veces presuntuoso por los dones recibidos y
luego víctima del odio de sus hermanos (como sucedió con José). Para Dios no
hay imposibles. Él puede liberar a un numeroso e amorfo grupo de esclavos
mediante un hombre que no tenía ninguna intención de convertirse en libertador
y jefe del pueblo, dirigiendo la palabra y trasmitiéndola a través de un hombre
de palabra corta ayudado por su hermano (como en el caso de Moisés a quien se
regala la ayuda de Aarón). Él puede, como dicen las reflexiones rabínicas,
hacer que el hombre y la mujer se encuentren y devengan una sola carne y
bendición fecunda para el mundo (según la misma reflexión rabínica ésta es una
de las cosas más difíciles para Dios, y no obstante ¡lo logra!). Dios es el
Señor. Él domina sobre todo lo que existe y no hay nada que resista al sonido
de su voz, nada a excepción del hombre casi siempre necio y poco confiado ante
Él, sobre todo cuando se trata de esperar en el cumplimiento de Sus promesas.
Y, sin embargo, Dios puede lograr que también con estas fragilidades, su
promesa se cumpla y se convierta en bendición para el elegido y para todos.
¡Para Dios no hay imposibles! Él puede consolar al que sufre recordándole su
Omnipotencia:
«¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?
Indícalo,
si sabes la verdad.
.¿Quién
fijó sus medidas? ¿lo sabrías?
¿quién
tiró el cordel sobre ella?
¿Sobre
qué se afirmaron sus bases?
¿quién
asentó su piedra angular,
entre
el clamor a coro de las estrellas del alba
y
las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?
¿Quién
encerró el mar con doble puerta,
cuando
del seno materno salía borbotando;
cuando
le puse una nube por vestido
y
del nubarrón hice sus pañales;
cuando
le tracé sus linderos
y
coloqué puertas y cerrojos?
¡Llegarás
hasta aquí, no más allá - le dije -,
aquí
se romperá el orgullo de tus olas!
¿Has
mandado, una vez en tu vida, a la mañana,
has
asignado a la aurora su lugar,
para
que agarre a la tierra por los bordes
y
de ella sacuda a los malvados?
Ella
se trueca en arcilla de sello,
se
tiñe lo mismo que un vestido […]
¿Has
penetrado hasta las fuentes del mar?
¿te has paseado por el fondo del Abismo? […]
Has
llegado a los depósitos de nieve?
¿Has visto las reservas de granizo,
que
yo guardo para el tiempo de angustia,
para
el día de batalla y de combate?
¿Por
qué camino se reparte la luz,
o
se despliega el solano por la tierra?
¿Quién
abre un canal al aguacero,
a los giros de los truenos un camino,
para
llover sobre tierra sin hombre,
sobre
el desierto donde no hay un alma,
para
abrevar a las soledades desoladas
y
hacer brotar en la estepa hierba verde?
¿Tiene
padre la lluvia?
¿quién
engendra las gotas de rocío?
¿De
qué seno sale el hielo?
¿quién
da a luz la escarcha del cielo […]?
Puedes
tú anudar los lazos de las Pléyades
o
desatar las cuerdas de Orión?
¿Haces
salir la Estrella de la Mañana a su tiempo?
¿conduces
a la Osa con sus crías?» (Job 38, 4-32).
En este pasaje escuchamos la voz de un Dios
que plácidamente muestra al turbado Job su soberanía sobre el cosmos. Desde las
profundidades del mar hasta la sublimidad de las estrellas, desde la
luminosidad de la mañana hasta la oscuridad de las fuentes de la lluvia, de la
nieve y del granizo, desde el orden y la solidez de la tierra hasta el continuo
fluctuar de las aguas, la mano potente de Dios ejerce su creativo dominio. ¿Qué
puede responder Job? ¿Qué puede el hombre, pequeña creatura, pequeño brote de
vida, en comparación con el Dios omnipotente sobre quien reposa estable el
cosmos entero? «Me pongo la mano sobre la boca» (Job 40, 4b). ¡Pues claro! El
hombre reconoce que es bastante mezquino delante de Dios, que no tiene nada que
responder. No puede dar razones de nada, mejor es cubrirse la boca y callar.
Notamos también en este pasaje (que es mejor
leer completo, por supuesto), el buen humor de Dios. Él sabe quién ha dado la
medida al cosmos. Él sabe quién ha sido el primo que se ha recreado en la
creación reconociendo su amable bondad. Cuando escuchamos Su voz que nos va
contando la creación, nos parece percibir una nota de profundo gozo y sereno en
cada verso de su discurso. Su discurso…parecería más bien que en vez de hablar
y razonar con Job le estuviese cantando. Cada versículo propone un motivo y el
siguiente le añade intensidad y gozo a causa de la majestuosidad de la
creación. Dios responde a la queja de Job con la serenidad de un tierno y
alegre Padre que no quiere dar simples explicaciones de los hechos sino que
quiere que su hijito vea la realidad a partir de sus ojos paternales, para que
en verdad pueda convertirse en hijo, es decir, para que pueda tener una mirada,
para que pueda tener una existencia libre porque recibida. Un Dios omnipotente
que no se impone sino que se propone catándole al hombre
desconsolado…contándole que todo está en Su mano, que también el mal que sufre,
que también las caóticas aguas en las que se siente sumergido hasta el punto de
ahogarse, se someten a su voz. Y su voz ordenadora no se presenta con
violencia. Si las culturas alrededor de Israel concebían la creación como fruto
de una guerra entre las divinidades o entre el orden y el caos, Israel nos
presenta a un Dios que no tiene necesidad de luchar contra nadie: es el Único
Dios. No tiene necesidad de imponerse al caos: el caos es manso entre sus manos
y se deja dar forma. Cuando habla no grita sino que emite una Palabra firme y
dulce: «que se haga la Luz», y no encuentra resistencia alguna: «y la Luz se
hizo». Imaginémonos qué significaría para un pueblo de pastores y campesinos,
para un pueblo para el que la navegación era una cosa extraña y para el que una
lluvia torrencial y la crecida de los ríos podían comportar la
destrucción…imaginémonos qué significaría para un hijo de este pueblo el
escuchar que se le dice con suavidad en lo profundo de su corazón que Dios ha
puesto un límite a las aguas, que Él conoce el abismo y que lo ha recorrido
como uno que sale de su casa para dar un paseo.
Es como si Dios arrullase a un niño
desconsolado por el caos y le dijese con un dulce susurro: «calma, hijo mío,
estoy aquí, y tú estás seguro entre mis brazos. ¿Tiemblas ante las aguas?
¿Sientes cómo el frío de las tinieblas recorre tu cuerpecito? Hombrecito, las
tinieblas ante mí se convierten en luz y las aguas se convierten en fuente de
vida cuando obedecen mis órdenes. Mira como soplo y estas te dejan pasar por
entre sus muros por un camino seco. Mira, de este mismo soplo recibieron tus
narices el hálito vital de la eternidad y con este mismo soplo llamo al
Leviatán para jugar por un rato. Con este mismo soplo te cando para que puedas
dormir seguro, sereno…».
Un Dios, entonces, omnipotente y sereno. Un
Dios que abraza con su voz al hombre desconsolado que sufre ante una realidad
inmensa que no logra ni comprender ni, mucho menos, controlar. Un Dios gozoso
que se entretiene con el más temible de los monstruos y del que cada Palabra es
fuente de vida, de realidad, de alegría, de amable belleza y bondad. En un Dios
así creía el pueblo de Israel cuando nació Jesús. En un Dios así creían José,
María y los pastores. En un Dios así creemos también nosotros.
¿Qué pensaríamos si este Dios que nos acuna
entre sus brazos cuando estamos desconsolados viniese ahora a ponerse bajo
nuestros brazos llorando a causa del frío? ¿Qué sentiría María santísima
mientras llevaba en su seno al gozoso Dios omnipotente? Aquel que dio a luz al pueblo de Israel (en
efecto, el paso del Mar Rojo es un nacimiento de las aguas, es un parto), ahora
está por ser dado a luz. Aquel cuya Palabra ha fundado el mundo, ahora sabe
solamente llorar. Aquel que pone un límite a las aguas ahora siente el frío de
las tinieblas. Aquel que juega con el Leviatán ahora se entretiene aferrando
con su manita el dedo calloso de José. Aquel que consuela al hombre con el
murmullo de su canto creador ahora es arrullado en los brazos de María y
escucha la dulce voz de un san José lleno de estupor que se inventa una canción
de cuna para su Dios. Aquel que ante el cosmos entero se goza a causa de su
bondad ahora es contemplado por los pastores escandalosos que festejan el
nacimiento de un pequeño niño.
¿Qué diría José? ¿Qué sentiría aquel hombre
justo cuando el pequeño y tierno Jesús fue puesto entre sus fuertes brazos?
«Señor mío, hijo mío, Dios mío: ¿qué prodigio
es este? El omnipotente viene a refugiarse entre los brazos del débil; el
gozoso y sereno ordenador del mundo llora y es consolado por aquel que debería
ser consolado. La dulce Palabra divina, la santa Sabiduría, luminosa y alegre
impronta del Padre, ahora se escucha llamar hijo por sus hijos, pequeñito por
los pequeñísimos. Caminábamos en las tinieblas, y la grande luz eres tú, hijo
mío, niño mío, Señor mío. Has venido frágil a refugiarte en mi fragilidad, has venido
para consolarme con tu fragilidad. También aquí estás sereno, ya no lloras más,
como si mi voz pudiese consolarte, divino Consolador. Quisiera ahora cantarte
pero ¿qué podría cantar a un Dios que ya no conoce el significado de las
palabras? ¿Qué podría contarle al Dios que todo lo sabe y sin embargo no puede
entender aún ni una de mis palabras? Un soplo tuyo basta para hacer que el
mundo viva, un suspiro tuyo hace que ahora abunde en mi corazón una nueva vida.
Hijo mío, Jesús mío, Hijo Único del Padre de los Siglos, ¿qué misterio es este?
Para ti no hay imposibles: y por tanto has realizado la maravilla de las
maravillas. Tú que eres la causa de nuestra alegría, ahora te alegras
escuchando el ruido de nuestra humana pequeñez que se reúne en torno a ti para
adorarte. Hijo mío, Jesús mío, duerme sereno, estás seguro entre mis brazos,
porque yo estoy seguro cuando con tu tierna manita te aferras a mi dedo. Hijo
mío, ¿ves cómo ya no hay nada qué temer? No hay frío que pueda hacerte daño ni
tiniebla que pueda envolverte y apagar tu luz, porque mi corazón ahora es
solamente fuego devorador que arde cuando apoyas tu cabeza en mi pecho, porque
mis ojos ahora brillan con el reflejo de la luz que habita los tuyos». Y estoy
casi seguro de que así como Job se cubrió la boca para no hablar más, así José
calló de estupor y con su mano detuvo el flujo de las lágrimas para ver una vez
más al pequeño Niñito durmiendo sereno entre los brazos de su amadísima María.


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