El silencio de Zacarías y el
silencio de José
El Adviento no es simplemente un tiempo para preparar la fiesta de Navidad. El Adviento es centrar la atención a una presencia que ya está y se realiza. El Adviento es tensión hacia el pasado y hacia el futuro: hacia el pasado porque culmina con la celebración de la venida del Hijo de Dios en la carne; hacia el futuro porque es tensión y ardiente suplica, sobre la base de la vívida espera de Israel, de la Iglesia y del mundo entero que, en su miseria clama por la salvación y en su pobreza lo espera todo de Otro ...tensión hacia la futura venida de Cristo en la Gloria, cuando enjugará todas las lágrimas y hará que la libertad para la que nos liberó sea plena en la comunión de todos con todos y de todos con Él. Pero para notar esta presencia, para abrirse a su evidencia, es necesario guardar silencio. Por eso propongo aquí dos modelos de silencio, aplicados muy concretamente a la venida de Cristo en Navidad, que nos pueden ayudar a vivir este Adviento con un corazón mejor dispuesto.
El Evangelio de san Lucas y el Evangelio de san Mateo nos narran cómo
acaeció la Encarnación del Hijo de Dios. En el relato de san Lucas el pasaje de
la Anunciación (1, 26-38) se encuentra en medio del relato del anuncio a
Zacarías acerca del nacimiento y misión del Precursor, san Juan Bautista. En el
relato de san Mateo encontramos la genealogía de Jesús (Mt 1, 1-25) y el hecho
ya consumado de la Encarnación (Mt 1, 18): se nos narra más bien cómo José ha
de asumir éste hecho, haciéndose cargo de la Santísima Virgen y del Niño (Mt 1,
20-25; 2, 13-15; 19-23). Ni Zacarías ni san José son inmaculados, como lo es la
Virgen. Ni de Zacarías ni de san José es requerido un expreso «hágase» (Lc 1,38); a ellos
se les da aviso de lo que va a suceder como de algo que ya ha sido dispuesto: «Isabel, tu mujer,
te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan» (Lc 1,13b); «No
temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del
Espíritu Santo. Dará a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él
salvará a su pueblo de sus pecados»
(Mt 1, 20b-21). Así, el Evangelio nos presenta a Zacarías y a san José como dos
hombres de los que ya se dispuso, como dos justos (Lc 1,6; Mt 1,19) que son
puestos de frente a la alegría del cumplimiento de la Promesa de Dios. Ellos han
de responder a este anuncio que requiere de ellos toda su persona. Es un
misterio hermoso el que respondiendo a esta tarea Zacarías deba quedar mudo, y
san José no profiera una sola palabra. Tratemos de ver más de cerca el silencio
de cada uno de ellos.
El ángel dice a Zacarías que su oración ha sido escuchada (Lc 1,13) y
que el hijo que tendrá será para él gozo y alegría y muchos se gozarán en su
nacimiento (1,14). Así, la venida de Juan el Bautista es ya motivo de alegría:
para su padre, pues ha rogado a Dios por un hijo y ahora se le concede; para su
pueblo, pues espera el cumplimiento de la Promesa y Juan viene para preparar el
camino a Quien ha de realizar este cumplimento. Zacarías, sin embargo, delante
del ángel se sobresalta y se llena de temor (1,12), y al recibir el anuncio, en
vez de alegrarse, pone un «pero» que podría parecernos bastante lógico y objetivo: « ¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer de
avanzada edad» (1,18); el
Evangelista, además, ya nos ha dicho que Isabel era estéril (1,7). El
estremecimiento de Zacarías, delante del ángel es distinto del estremecimiento
de María (1,29). María se estremece pues es saludada en un modo inusual, se
estremece porque siente la cercanía del Cielo que se inclina tiernamente hacia
ella, se estremece delante de la tarea que presiente en el saludo del ángel, y
continúa escuchando. Zacarías se estremece con la visión del ángel, se
estremece también delante al presentimiento de una tarea (los ángeles no se
aparecen a los hombres solo para saludarles, en toda la Biblia vemos como
llevan mensajes de Dios y acompañan a los hombres para que cumplan una tarea),
pero se llena de temor, María en cambio de turbación, podríamos decir de
estupor, de reverencia. Zacarías no puede seguir escuchando al ángel porque en
el anuncio que recibe nota ciertas lógicas discrepancias con la realidad: él es
viejo, su mujer además de vieja es estéril. ¿Qué prueba dará el Señor de que
puede realizarlo?
Él ángel entonces le trata con severidad: «por no haber creído mis palabras, que se cumplirán a
su tiempo, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan
estas cosas» (1,20). Y, al
parecer, no solo quedó mudo, sino incapaz de escuchar palabras de otros,
quienes se vieron obligados a comunicarse con él por señas (1,22. 62). Podemos aquí preguntarnos: ¿por qué el ángel
de Dios inflige un castigo semejante al pobre Zacarías? ¿No tenía razón
Zacarías al presentar las justas dificultades al plan del Señor? Es curioso que
el ángel Gabriel, que insiste en la alegría y la bondad de la noticia que
anuncia (1,14.19), aplique un castigo tan severo. Y es que la alegría del Cielo
es así de severa cuando se trata de desterrar a la amargura del pecado y de la
falta de fe. La amargura de las limitaciones humanas, la amargura del que no
cree que Dios pueda realizar sus planes a causa de la propia inadecuación a su
gracia, no debe menoscabar la alegría del Cielo. Es como si Zacarías, que
ciertamente conocería la historia de Abraham, pensara que, puesto que él no era
Abraham, su caso era tan distinto y tan especial que Dios tendría demasiadas
dificultades para realizar una vez más el milagro de que la estéril concibiera.
Por eso el ángel le hace callar. Ahora no podrá proferir palabra alguna hasta
que vea cumplido el anuncio del ángel. Ahora resonará en su interior las
palabras del ángel, las del alegre anuncio y las del castigo, y todo lo demás
le será comunicado por señas. Zacarías es puesto en el silencio penitencial del
que dudó de Dios, y es puesto ahí para que se purifique, para que de ahora en
adelante en su interior resuene la voz de Dios que se dirige a él para
agraciarlo, y para que de él no salga otra cosa sino bendición. De hecho es
así, la primera palabra que proferirá Zacarías será YHWH es favorable «Juan es su nombre» (1,63), «y
al punto abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios» (1,64), y luego, lleno del Espíritu Santo,
profetizará acerca de su hijo y acerca del Sol que nace de lo alto (1, 67-79).
Podemos contemplar ahora a Zacarías, el viejo sacerdote, que con voz
quizás cascada por los años prorrumpe en una alegre alabanza mientras contempla
a su pequeño hijo. Se ha cumplido la promesa y Zacarías está ahora dispuesto a
acogerla. No puede poner más peros, puede solo bendecir. Ya no habla de sí
mismo, ya no considera el don de Dios en referencia a sí mismo, sino que él,
con todo su ser, se considera en referencia a Dios. Ya no es Zacarías el justo
que no podía generar un hijo, ahora es uno del pueblo que se alegra con la
venida del Precursor del Señor, uno que se alegra por la proximidad de la
venida del Mesías, uno que está tan vacío de sí mismo que puede por fin ser
llenado por el Espíritu de Dios. Para llegar a este punto necesitaba pasar por
este medicinal silencio en el que ya nada resonaba y ya nada podía salir de él
sino las palabras que el ángel le había anunciado y las palabras que el
Espíritu le inspiraba.
Veamos ahora a san José. San
José, dijimos, es también uno de los justos, de los que cumplen los Mandamientos
y preceptos del Señor. Esta justicia nace del temor de Dios, temor que es
filial, temor que surge, según san Buenaventura, de la contemplación de la
sublime majestad de Dios, de la consideración de su sabiduría que resplandece
en el orden del mundo y, también, de la consideración de la justicia divina que
dará a justos e injustos lo que corresponde. Es decir, que la triple dirección
de la mirada del hombre, hacia Dios, hacia el mundo y hacia sí mismo, está
ordenada siempre hacia Dios: considera a Dios en su gloriosa majestad,
considera el mundo como creatura divina y encuentra en él la Bondad que lo
ordena y lo hace bueno, se considera a sí mismo en relación a Dios que exige de
él la amorosa obediencia de sus Mandamientos. El justo no desea otra cosa sino
alabar la Gloria de Dios, que su Bondad sea proclamada por el cumplimiento de
sus designios y que su amor sea correspondido.
Entonces san José es justo. Zacarías también, pero al momento de
escuchar el anuncio se detuvo demasiado en su inadecuación. De san José, en
cambio, no conservamos ni una sola frase célebre. No podemos hacer estampitas
con frases de este santo porque el Evangelio nos lo muestra silencioso. San
José vive ya en el silencio delante de los designios de Dios. Incluso si,
delante del misterio del embarazo de María, debe tomar una decisión, no agrega
una sola palabra acerca de su prometida, no emite un juicio, no propone teorías
acerca de la causa de tal misterio, no saca las conclusiones obvias. Y cuando
ha decidido repudiar a María, para dejar espacio al misterio, para que el Padre
legítimo del Niño ocupase su lugar, decide hacerlo en secreto (Mt 1,19). Él
conoce a María, percibe que en ella no puede haber mancha alguna y percibe
también su cercanía a Dios, y por eso, delante de este misterio, temeroso (en
el sentido que explicamos arriba) calla y se hace a un lado. Es entonces que el ángel del Señor se le
aparece en sueños y le muestra que no debe temer en recibir a María; le dice «María tu mujer» y le explica de donde proviene el Niño (1,20-23).
Tampoco aquí José profiere alguna palabra, simplemente «despertado José del sueño hizo como el ángel del Señor
le había mandado y tomó consigo a su mujer» (1,24). Y cuando llega el momento, hace como el ángel
le ha dicho y pone al Niño el nombre de Jesús (1,21.25). Si quisiéramos afirmar
con total certeza que una palabra fue pronunciada por José, hela aquí: Jesús. José no hace consideraciones
sobre sí mismo cuando el ángel le anuncia su tarea, quizás es tan profundamente
humilde que no tiene necesidad de declarar su inadecuación a la gracia que le
alcanza; no se siente ni atemorizado ni turbado, está soñando. Su vida está tan
ocupada por Dios que incluso en sus sueños está abierto a su Palabra. Él no es
inmaculado como María, su mujer, y sin embargo, cuánto se le parece, cuánto ha
aprendido de ella: escucha, medita, deja que la voz de Dios resuene en su
interior, todo él se dispone a dar al mundo una única palabra, un único
mensaje: Jesús.
San José no prorrumpe en himnos de alabanza y tampoco se nos dice si
quedó alguna vez lleno del Espíritu Santo. Quizás todas estas cosas
permanecerán ocultas para siempre. San José queda de nuevo oculto en el
silencio, pero en el silencio de la Nueva Alianza, un silencio en el que
resuena la única Palabra divina, el único alegre Anuncio, la Buena Noticia que
es Jesús mismo. San José no tiene que ser reprendido, es gentilmente guiado por
el ángel a través de sus sueños (1, 21-23; 2,13.20.22). Y, cuando también los
sueños acaben, se dejará guiar por el concreto servicio a María y al Niño. Este
silencioso servicio estará seguramente lleno de palabras, de risas, de
lágrimas, de trabajo, de sudor, de desgaste y de muerte, y todas estas cosas
estarán a su vez asumidas en la silenciosa y alegre entrega de José a Dios.
Hemos hablado de dos silencios: uno penitencial, que hace a Zacarías
volver al centro de la contemplación de Dios; otro contemplativo, que nace del
temor de Dios. Ambos silencios surgen de la alegría: el primero es recibido de
manos de la alegría, pues hace callar todo lo que es amargura y reconduce a la
verdadera objetividad, que es la de la gracia; el segundo surge de la maravilla
del hombre delante de Dios, recibe su fuerza de la alegría divina y se mantiene
por el servicio amoroso del Señor. A nosotros probablemente nos haga falta
pasar por el primer silencio para llegar al segundo. Quizás incluso san José
tuvo que hacer ese camino, no lo sabemos, porque tampoco eso le interesa. Lo único
que san José quiere decirnos es: «Jesús», todo lo demás, incluido él mismo, puede muy bien
quedar escondido en el alegre misterio de la redención. Ojalá que,
preparándonos para sumergirnos en el misterio de la Navidad (misterio en el que siempre vivimos, a decir verdad) y ojalá que en nuestras fatigas y nuestras alegrías en las que clamamos por la venida de Cristo (¡Ven ya, Señor!), podamos volver al silencio de
adoración, silencio en el que ya no ponemos la mirada en nosotros mismos,
silencio en el que estamos bien vacíos de todo lo que llamamos «mío», «propio», «mi yo auténtico», y podemos por fin poner nuestros ojos en Dios, no
para mirarnos, no para encontrarnos en Él, sino para encontrarle a Él, para
mirarle a Él, para adorarle a Él, para alegrarnos con Él. Así, el silencio
cristiano no quiere simplemente callar para encontrar una extraña plenitud
reflexiva. El cristiano quiere hacer silencio, más aún, el cristiano recibe el
alegre silencio para que la Palabra de Dios le llene todo, para que esta
Palabra le lleve con Él a donde quiera que vaya, para que sus pensamientos, sus
obras, sus deseos, sus sueños, sean morada del Señor, y, al mismo tiempo, para
no tener otra morada sino el Señor.
Alguno podría pensar que este morir a uno mismo es demasiado radical,
que este silencio anula al hombre. Y es que lo que más nos cuesta es renunciar
a ser nosotros mismos a partir de nosotros mismos; nos cuesta renunciar a
hablar de nosotros, incluso a hablarle a Dios de nosotros tratando de que Dios
y sus dones giren en torno a nosotros y a nuestras quisquillas. No. Se trata de
un silencio radical, de un silencio en el que por fin aparecemos en nuestra
casi-nada delante de Dios, pero no nos anula en absoluto, aunque al que así
calla no le interese mucho si es o no anulado o enaltecido. Dios bien dice a
Zacarías que ha escuchado su oración, y por eso ya no es posible pensarnos sino
como agraciados, ya no es posible pensarnos si no es en referencia a la gracia
que nos ha sido dada y que se nos dará. Ya no es posible detenerse sobre uno
mismo y sus especiales debilidades y así quitarle la palabra a Dios. Él nos ha
escuchado, Él nos ha hablado, y ahora en nosotros no puede resonar otra palabra
sino la que resonaba en José: Jesús. Es esta la palabra que surge por entre los suspiros de aquellos que, atentos al mundo que sufre, claman hacia el Cielo y piden al Señor que venga. Es este el Santo y Dulce nombre en el que ya ahora se nos da el consuelo del Cielo que se inclina sobre nosotros para que Dios descienda y habite con nosotros.
Y si alguien sigue dudando que el silencio de José sea un silencio de amor, un silencio de total devoción, un silencio alegre y lleno de ternura, que contemple a José junto al pesebre: miremos a ese hombre de trabajo, de manos duras y fuertes, quizás con su rostro barbado y cansado por la jornada y por los trajines del día. Miremos su rostro, un segundo antes estaba surcado por la preocupación, pues el Niño nacía en el frío, sobre paja, envuelto en pañales. Ahora mira a María y al Niño, silenciosos. María ve al Niño y el Niño duerme. José entones, sin olvidarse de su tarea de padre, de custodio del niño, se detiene junto al pesebre y, arrodillándose para estar más cerca, pone su mano delicadamente sobre la manita del Niño, un estremecimiento de ternura le recorre el cuerpo, y, muy suavecito, casi imperceptiblemente, musita una alegre canción de cuna para Jesús.
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