miércoles, 8 de diciembre de 2021

El Silencio

 

El silencio de Zacarías y el silencio de José

(Goya, Sueño de san José, 1772) 

El Adviento no es simplemente un tiempo para preparar la fiesta de Navidad. El Adviento es centrar la atención a una presencia que ya está y se realiza. El Adviento es tensión hacia el pasado y hacia el futuro: hacia el pasado porque culmina con la celebración de la venida del Hijo de Dios en la carne; hacia el futuro porque es tensión y ardiente suplica, sobre la base de la vívida espera de Israel, de la Iglesia y del mundo entero que, en su miseria clama por la salvación y en su pobreza lo espera todo de Otro ...tensión hacia la futura venida de Cristo en la Gloria, cuando enjugará todas las lágrimas y hará que la libertad para la que nos liberó sea plena en la comunión de todos con todos y de todos con Él. Pero para notar esta presencia, para abrirse a su evidencia, es necesario guardar silencio. Por eso propongo aquí dos modelos de silencio, aplicados muy concretamente a la venida de Cristo en Navidad, que nos pueden ayudar a vivir este Adviento con un corazón mejor dispuesto.

El Evangelio de san Lucas y el Evangelio de san Mateo nos narran cómo acaeció la Encarnación del Hijo de Dios. En el relato de san Lucas el pasaje de la Anunciación (1, 26-38) se encuentra en medio del relato del anuncio a Zacarías acerca del nacimiento y misión del Precursor, san Juan Bautista. En el relato de san Mateo encontramos la genealogía de Jesús (Mt 1, 1-25) y el hecho ya consumado de la Encarnación (Mt 1, 18): se nos narra más bien cómo José ha de asumir éste hecho, haciéndose cargo de la Santísima Virgen y del Niño (Mt 1, 20-25; 2, 13-15; 19-23). Ni Zacarías ni san José son inmaculados, como lo es la Virgen. Ni de Zacarías ni de san José es requerido un expreso «hágase» (Lc 1,38); a ellos se les da aviso de lo que va a suceder como de algo que ya ha sido dispuesto: «Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan» (Lc 1,13b); «No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20b-21). Así, el Evangelio nos presenta a Zacarías y a san José como dos hombres de los que ya se dispuso, como dos justos (Lc 1,6; Mt 1,19) que son puestos de frente a la alegría del cumplimiento de la Promesa de Dios. Ellos han de responder a este anuncio que requiere de ellos toda su persona. Es un misterio hermoso el que respondiendo a esta tarea Zacarías deba quedar mudo, y san José no profiera una sola palabra. Tratemos de ver más de cerca el silencio de cada uno de ellos.

El ángel dice a Zacarías que su oración ha sido escuchada (Lc 1,13) y que el hijo que tendrá será para él gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento (1,14). Así, la venida de Juan el Bautista es ya motivo de alegría: para su padre, pues ha rogado a Dios por un hijo y ahora se le concede; para su pueblo, pues espera el cumplimiento de la Promesa y Juan viene para preparar el camino a Quien ha de realizar este cumplimento. Zacarías, sin embargo, delante del ángel se sobresalta y se llena de temor (1,12), y al recibir el anuncio, en vez de alegrarse, pone un «pero» que podría parecernos bastante lógico y objetivo: « ¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad» (1,18); el Evangelista, además, ya nos ha dicho que Isabel era estéril (1,7). El estremecimiento de Zacarías, delante del ángel es distinto del estremecimiento de María (1,29). María se estremece pues es saludada en un modo inusual, se estremece porque siente la cercanía del Cielo que se inclina tiernamente hacia ella, se estremece delante de la tarea que presiente en el saludo del ángel, y continúa escuchando. Zacarías se estremece con la visión del ángel, se estremece también delante al presentimiento de una tarea (los ángeles no se aparecen a los hombres solo para saludarles, en toda la Biblia vemos como llevan mensajes de Dios y acompañan a los hombres para que cumplan una tarea), pero se llena de temor, María en cambio de turbación, podríamos decir de estupor, de reverencia. Zacarías no puede seguir escuchando al ángel porque en el anuncio que recibe nota ciertas lógicas discrepancias con la realidad: él es viejo, su mujer además de vieja es estéril. ¿Qué prueba dará el Señor de que puede realizarlo?

Él ángel entonces le trata con severidad: «por no haber creído mis palabras, que se cumplirán a su tiempo, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas» (1,20). Y, al parecer, no solo quedó mudo, sino incapaz de escuchar palabras de otros, quienes se vieron obligados a comunicarse con él por señas (1,22. 62).  Podemos aquí preguntarnos: ¿por qué el ángel de Dios inflige un castigo semejante al pobre Zacarías? ¿No tenía razón Zacarías al presentar las justas dificultades al plan del Señor? Es curioso que el ángel Gabriel, que insiste en la alegría y la bondad de la noticia que anuncia (1,14.19), aplique un castigo tan severo. Y es que la alegría del Cielo es así de severa cuando se trata de desterrar a la amargura del pecado y de la falta de fe. La amargura de las limitaciones humanas, la amargura del que no cree que Dios pueda realizar sus planes a causa de la propia inadecuación a su gracia, no debe menoscabar la alegría del Cielo. Es como si Zacarías, que ciertamente conocería la historia de Abraham, pensara que, puesto que él no era Abraham, su caso era tan distinto y tan especial que Dios tendría demasiadas dificultades para realizar una vez más el milagro de que la estéril concibiera. Por eso el ángel le hace callar. Ahora no podrá proferir palabra alguna hasta que vea cumplido el anuncio del ángel. Ahora resonará en su interior las palabras del ángel, las del alegre anuncio y las del castigo, y todo lo demás le será comunicado por señas. Zacarías es puesto en el silencio penitencial del que dudó de Dios, y es puesto ahí para que se purifique, para que de ahora en adelante en su interior resuene la voz de Dios que se dirige a él para agraciarlo, y para que de él no salga otra cosa sino bendición. De hecho es así, la primera palabra que proferirá Zacarías será YHWH es favorable «Juan es su nombre» (1,63), «y al punto abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios» (1,64), y luego, lleno del Espíritu Santo, profetizará acerca de su hijo y acerca del Sol que nace de lo alto (1, 67-79).

Podemos contemplar ahora a Zacarías, el viejo sacerdote, que con voz quizás cascada por los años prorrumpe en una alegre alabanza mientras contempla a su pequeño hijo. Se ha cumplido la promesa y Zacarías está ahora dispuesto a acogerla. No puede poner más peros, puede solo bendecir. Ya no habla de sí mismo, ya no considera el don de Dios en referencia a sí mismo, sino que él, con todo su ser, se considera en referencia a Dios. Ya no es Zacarías el justo que no podía generar un hijo, ahora es uno del pueblo que se alegra con la venida del Precursor del Señor, uno que se alegra por la proximidad de la venida del Mesías, uno que está tan vacío de sí mismo que puede por fin ser llenado por el Espíritu de Dios. Para llegar a este punto necesitaba pasar por este medicinal silencio en el que ya nada resonaba y ya nada podía salir de él sino las palabras que el ángel le había anunciado y las palabras que el Espíritu le inspiraba.

 Veamos ahora a san José. San José, dijimos, es también uno de los justos, de los que cumplen los Mandamientos y preceptos del Señor. Esta justicia nace del temor de Dios, temor que es filial, temor que surge, según san Buenaventura, de la contemplación de la sublime majestad de Dios, de la consideración de su sabiduría que resplandece en el orden del mundo y, también, de la consideración de la justicia divina que dará a justos e injustos lo que corresponde. Es decir, que la triple dirección de la mirada del hombre, hacia Dios, hacia el mundo y hacia sí mismo, está ordenada siempre hacia Dios: considera a Dios en su gloriosa majestad, considera el mundo como creatura divina y encuentra en él la Bondad que lo ordena y lo hace bueno, se considera a sí mismo en relación a Dios que exige de él la amorosa obediencia de sus Mandamientos. El justo no desea otra cosa sino alabar la Gloria de Dios, que su Bondad sea proclamada por el cumplimiento de sus designios y que su amor sea correspondido.

Entonces san José es justo. Zacarías también, pero al momento de escuchar el anuncio se detuvo demasiado en su inadecuación. De san José, en cambio, no conservamos ni una sola frase célebre. No podemos hacer estampitas con frases de este santo porque el Evangelio nos lo muestra silencioso. San José vive ya en el silencio delante de los designios de Dios. Incluso si, delante del misterio del embarazo de María, debe tomar una decisión, no agrega una sola palabra acerca de su prometida, no emite un juicio, no propone teorías acerca de la causa de tal misterio, no saca las conclusiones obvias. Y cuando ha decidido repudiar a María, para dejar espacio al misterio, para que el Padre legítimo del Niño ocupase su lugar, decide hacerlo en secreto (Mt 1,19). Él conoce a María, percibe que en ella no puede haber mancha alguna y percibe también su cercanía a Dios, y por eso, delante de este misterio, temeroso (en el sentido que explicamos arriba) calla y se hace a un lado.  Es entonces que el ángel del Señor se le aparece en sueños y le muestra que no debe temer en recibir a María; le dice «María tu mujer» y le explica de donde proviene el Niño (1,20-23). Tampoco aquí José profiere alguna palabra, simplemente «despertado José del sueño hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su mujer» (1,24). Y cuando llega el momento, hace como el ángel le ha dicho y pone al Niño el nombre de Jesús (1,21.25). Si quisiéramos afirmar con total certeza que una palabra fue pronunciada por José, hela aquí: Jesús. José no hace consideraciones sobre sí mismo cuando el ángel le anuncia su tarea, quizás es tan profundamente humilde que no tiene necesidad de declarar su inadecuación a la gracia que le alcanza; no se siente ni atemorizado ni turbado, está soñando. Su vida está tan ocupada por Dios que incluso en sus sueños está abierto a su Palabra. Él no es inmaculado como María, su mujer, y sin embargo, cuánto se le parece, cuánto ha aprendido de ella: escucha, medita, deja que la voz de Dios resuene en su interior, todo él se dispone a dar al mundo una única palabra, un único mensaje: Jesús.

San José no prorrumpe en himnos de alabanza y tampoco se nos dice si quedó alguna vez lleno del Espíritu Santo. Quizás todas estas cosas permanecerán ocultas para siempre. San José queda de nuevo oculto en el silencio, pero en el silencio de la Nueva Alianza, un silencio en el que resuena la única Palabra divina, el único alegre Anuncio, la Buena Noticia que es Jesús mismo. San José no tiene que ser reprendido, es gentilmente guiado por el ángel a través de sus sueños (1, 21-23; 2,13.20.22). Y, cuando también los sueños acaben, se dejará guiar por el concreto servicio a María y al Niño. Este silencioso servicio estará seguramente lleno de palabras, de risas, de lágrimas, de trabajo, de sudor, de desgaste y de muerte, y todas estas cosas estarán a su vez asumidas en la silenciosa y alegre entrega de José a Dios.

Hemos hablado de dos silencios: uno penitencial, que hace a Zacarías volver al centro de la contemplación de Dios; otro contemplativo, que nace del temor de Dios. Ambos silencios surgen de la alegría: el primero es recibido de manos de la alegría, pues hace callar todo lo que es amargura y reconduce a la verdadera objetividad, que es la de la gracia; el segundo surge de la maravilla del hombre delante de Dios, recibe su fuerza de la alegría divina y se mantiene por el servicio amoroso del Señor. A nosotros probablemente nos haga falta pasar por el primer silencio para llegar al segundo. Quizás incluso san José tuvo que hacer ese camino, no lo sabemos, porque tampoco eso le interesa. Lo único que san José quiere decirnos es: «Jesús», todo lo demás, incluido él mismo, puede muy bien quedar escondido en el alegre misterio de la redención. Ojalá que, preparándonos para sumergirnos en el misterio de la Navidad (misterio en el que siempre vivimos, a decir verdad) y ojalá que en nuestras fatigas y nuestras alegrías en las que clamamos por la venida de Cristo (¡Ven ya, Señor!), podamos volver al silencio de adoración, silencio en el que ya no ponemos la mirada en nosotros mismos, silencio en el que estamos bien vacíos de todo lo que llamamos «mío», «propio», «mi yo auténtico», y podemos por fin poner nuestros ojos en Dios, no para mirarnos, no para encontrarnos en Él, sino para encontrarle a Él, para mirarle a Él, para adorarle a Él, para alegrarnos con Él. Así, el silencio cristiano no quiere simplemente callar para encontrar una extraña plenitud reflexiva. El cristiano quiere hacer silencio, más aún, el cristiano recibe el alegre silencio para que la Palabra de Dios le llene todo, para que esta Palabra le lleve con Él a donde quiera que vaya, para que sus pensamientos, sus obras, sus deseos, sus sueños, sean morada del Señor, y, al mismo tiempo, para no tener otra morada sino el Señor.

Alguno podría pensar que este morir a uno mismo es demasiado radical, que este silencio anula al hombre. Y es que lo que más nos cuesta es renunciar a ser nosotros mismos a partir de nosotros mismos; nos cuesta renunciar a hablar de nosotros, incluso a hablarle a Dios de nosotros tratando de que Dios y sus dones giren en torno a nosotros y a nuestras quisquillas. No. Se trata de un silencio radical, de un silencio en el que por fin aparecemos en nuestra casi-nada delante de Dios, pero no nos anula en absoluto, aunque al que así calla no le interese mucho si es o no anulado o enaltecido. Dios bien dice a Zacarías que ha escuchado su oración, y por eso ya no es posible pensarnos sino como agraciados, ya no es posible pensarnos si no es en referencia a la gracia que nos ha sido dada y que se nos dará. Ya no es posible detenerse sobre uno mismo y sus especiales debilidades y así quitarle la palabra a Dios. Él nos ha escuchado, Él nos ha hablado, y ahora en nosotros no puede resonar otra palabra sino la que resonaba en José: Jesús. Es esta la palabra que surge por entre los suspiros de aquellos que, atentos al mundo que sufre, claman hacia el Cielo y piden al Señor que venga. Es este el Santo y Dulce nombre en el que ya ahora se nos da el consuelo del Cielo que se inclina sobre nosotros para que Dios descienda y habite con nosotros.

Y si alguien sigue dudando que el silencio de José sea un silencio de amor, un silencio de total devoción, un silencio alegre y lleno de ternura, que contemple a José junto al pesebre: miremos a ese hombre de trabajo, de manos duras y fuertes, quizás con su rostro barbado y cansado por la jornada y por los trajines del día. Miremos su rostro, un segundo antes estaba surcado por la preocupación, pues el Niño nacía en el frío, sobre paja, envuelto en pañales. Ahora mira a María y al Niño, silenciosos. María ve al Niño y el Niño duerme. José entones, sin olvidarse de su tarea de padre, de custodio del niño, se detiene junto al pesebre y, arrodillándose para estar más cerca, pone su mano delicadamente sobre la manita del Niño, un estremecimiento de ternura le recorre el cuerpo, y, muy suavecito, casi imperceptiblemente, musita una alegre canción de cuna para Jesús.


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