miércoles, 4 de febrero de 2026

Con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

 



Recientemente un sacerdote ha dicho públicamente que su vocación le apretaba («me queda estrecha pues limita mi persona, me convierte en un rol en vez de en un alguien»). No sé cuál sea el misterio que ha convertido la vida de este hombre en un conglomerado de estrecheces y no dudo de que hable según su corazón. Lo que me llena de maravilla es que a alguien pueda quedarle estrecho lo que yo he siempre percibido como algo demasiado grande que no puedo abarcar. Por eso prefiero hablar de lo que tantos percibimos como un vestido demasiado grande y hermoso que se llama consagración.

1.    La consagración significa pertenecer, estar separado de muchos para pertenecerle a Dios. Es en primer lugar la condición de todos los bautizados: no somos de este mundo, somos de Dios, tenemos un ancla echada en el Cielo mientras peregrinamos por esta tierra. La consagración es lo que caracteriza también toda tarea cristiana: la dedicación de todo corazón a una tarea concreta de amor según un estado de vida preciso.  La consagración, también, es una vocación especial entre los cristianos: los religiosos consagrados representan para sus hermanos cristianos la radicalidad de nuestro bautismo. Somos tan de Dios que no podemos ser de nadie más y porque somos todos de Dios somos todo para todos en Él.  Así, la consagración es grande porque amplia mi corazón más allá de sus pobres límites de creatura: no soy ya para uno o para otro, soy para Dios y, en un modo bastante incomprensible, a causa de Dios soy para todos. Esto quiere decir que el hecho de que le pertenezca a Dios, como cristiano y luego como consagrado es riqueza para este mundo nuestro tan lleno de belleza y de horror. No es porque yo sea grande, es porque pertenecerle a Dios «me hace grande», amplía lo que soy, hace de mi pobreza y de mi fragilidad una misteriosa riqueza cuyo origen último es solamente el amor crucificado de Cristo. El hecho de pertenecerle a Dios mediante una obediencia concreta no me encasilla, me amplía. Como decía Giuseppe Moscati: «amarte me hace sublime», me eleva, me engrandece, hace de mí lo que yo no podría haber hecho por mí mismo.

2.    La consagración, además, es la condición misma de Cristo. Cristo le pertenece a Dios porque es su Hijo Unigénito, porque es su Mesías. Sin embargo, Cristo ha querido pertenecerle a Dios a través de una obediencia humana: fue llevado al Templo y ofreció el rescate de los primogénitos, que indica su pertenencia a Dios. Además, vivió en su vida terrena bajo la obediencia del Espíritu Santo y bajo la obediencia, la verdadera obediencia, a la Ley de Moisés, que es una obediencia de libertad. Esta concreta consagración del Maestro se convierte para Él en nutrimento y alegría: «tengo un alimento que no conocen…hacer la voluntad de mi Padre»; «te doy gracias, Padre…porque así te ha parecido bien». La alegría de Cristo es la de obedecer porque pertenece, la de mirar cómo su libertad que continuamente sigue la Voluntad de su Padre realmente da fruto al entregarse, crece, se hace más grande, abarca más, alcanza a más, salva más. La obediencia de todo cristiano es así: mi libertad se une a la de Cristo, y entonces su campo de acción es más amplio, más grande, más tremendamente fructífero. «Completo en mi carne los dolores de Cristo»…con mi libre ofrenda estoy unido a mi Cristo que salva. Solo los verdaderos contemplativos se dan cuenta de que lavar los platos puede ser un gesto redentor: y así también estudiar, comer, descansar, decir sí a ese trabajo que ya no quiero hacer, asumir que esta vida está llena de estrés y no huir de él, escaparte un rato con tus amigos, leer un libro ni tan bueno pero tan poco tan malo… Toda nuestra vida se vuelve alegría de ver cómo Dios salva al mundo también mediante nuestra pobre libertad.

3.    La consagración de Cristo es también un sí de sacrificio. Nuestro Señor se ofrece Él mismo como rescate por nosotros pecadores. Él se convierte en Cordero. Él es el Cordero de Dios que se ofrece en lugar de Isaac y de todos los que le debemos la vida a Dios, para que nosotros tengamos vida desde su muerte. Y nadie le quita dolor a este sacrificio: Cristo no ocultó su turbación, su angustia, su sudor de sangre, sus lágrimas, su coraje ante la incredulidad de su Pueblo, su tristeza por el destino tan terrible de Jerusalén…Y, sin embargo, es precisamente mediante este dolor que salva al mundo entero. «Cargó con nuestros dolores, llevó sobre sí el peso de nuestras enfermedades». Él cargó con la peor parte, con la soledad tremenda de no sentir ya a Dios. Él se acercó así a todo aquel que se siente tan lejano de Dios que ya no puede ni siquiera esperar en su perdón. Él se acercó así a mí y a todos los que somos pecadores y en vez de dar un sí grande y libre como el suyo, damos un sí y mil no, prefiriéndonos a nosotros mismos. Él se acercó también, con su dolor y angustia, a todos aquellos que quieren decir un grande sí pero sienten el peso de un semejante sí: les costará la vida. A menudo la vida de bautizado y la vida de religioso nos piden esta clase de decisiones: me voy a cansar de más, voy a perder esto y esto otro, voy a ser tenido por tal, voy a desgastarme y ni siquiera sé si esto dará fruto, voy a amar a quien probablemente no me corresponda… pero este sacrificio no me estrecha -¿puede ser estrecho el amor de Cristo?-, sigue ampliando mi corazón para amar ya no a modo humano, que es lo único que por mis proprias fuerzas tengo derecho a pretender…ya no a modo humano, sino al modo humano-divino de Cristo: hasta el extremo de las fuerzas, de la creatividad, del gusto, del disgusto, de la vida. Hasta todo. Amar así hace que uno ame hasta el extremo: hace de mi amor de hombre -egoísta, temeroso, posesivo, mezquino, angustiado y, sin embargo, real, hermoso, dulce-…hace de este pobre amor, amor de Dios y con Dios.

Una de las antífonas del Oficio de Lectura del Sábado (no me acuerdo de qué semana) reza: «Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo». Esta frase resume para mí lo que significa ser cristiano y ser consagrado:

-Dios mío, porque Dios es todo. En Él todo encuentra su sitio y su sentido. En Él todo es amable, todo es bello, todo es santo, todo es perdonado. En Él es posible amarlo todo, y Él ha querido hacerse mío: no solamente yo le pertenezco, Él me pertenece. Nos pertenecemos.

-Con alegre y sincero corazón: mi corazón, tan lleno de debilidad y estupidez, tan lleno de pecados y de miserias, salta de alegría al sentir la cercanía de mi Dios. Lo que define mi corazón no es ya mi miseria perdonada, ni la potencial corrupción, sino simplemente que este corazón es de Dios. Mi ser es radicalmente pertenencia. Por eso es sincero cuando dice «soy de Dios», y por eso es alegre: se goza en su realidad radical, se goza en una Presencia, se goza en el hecho de haber derrotado a la soledad de los infiernos no tanto por su virtud sino porque le pertenece al Cielo de Dios. Y mi corazón se alegra, porque sabe para quién está hecho, sabe para qué está hecho: para algo infinito, para algo que no se reduce a él, para algo demasiado grande como para encasillarlo en una idea o incluso en una disciplina. Está hecho para Dios.

-Te lo he entregado todo: todo, mis pecados, mis buenas obras, mis deseos de grandeza, mis fracasos, mis frustraciones, todo, todo. Te lo he entregado esta mañana y volveré a entregártelo al anochecer. Porque todo lo que soy es tuyo sin que me lo arrebates, pues yo quiero dártelo. Todo, porque tú, al hacerte mío, me lo has dado todo. Todo, porque solamente con todo podría realmente corresponder a tu Todo.

La consagración es sí sacrificio, es sí radical renuncia que a veces nos hace lloriquear un poco o anhelar algo distinto, hasta que uno se da cuenta de la hermosura de dejarse ampliar el corazón por su vocación: lo que podía haber sido siempre mi nada, se ha convertido en un todo para amar. Yo amo con este todo, y nada me sabe estrecho, nada me sabe frío, todo parece fuego y gracia, risa y dulzura, porque la consagración es la radical condición de lo que somos: somos de Dios. Y esto no es estrecho: es todo. «Grandes cosas hizo en mí, aquel cuyo nombre es Santo/Consagrado».

Por eso quizás deberíamos ser más radicales en nuestro modo de amar: con la profunda humildad del que sabe que es nada y, al mismo tiempo, en Dios su nada se vuelve todo. Deberíamos ser también más radicales al considerar nuestra vida de cristianos: ¿realmente me amplía el corazón? ¿realmente acrecienta el ardor de mi Deseo? ¿No será que me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que necesito poner distancia entre Dios y yo para no dejarme consumir? ¿No será que me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que, a fin de cuentas, así como estoy me encuentro bastante bien, y no necesito que ahora mi amor se vuelva eterno? ¿No será que mi corazón se está muriendo en la estrechez de una vida sin pertenencia, sin sacrificio, sin libertad que se entrega para dar fruto?

No siento que mi vocación me quede estrecha, y sé que solo puedo dar gracias a Dios, que no puedo hacer de esto una ley. Sé que es una alegría tan grande, tan inmensa, tan total, que me queda siempre grande: recibo algo que no es mío, está hecho a la medida de Cristo, no a la mía: Él es el hombre perfecto, como dice la Escritura. Yo, en cambio, soy un pobre diablo -en alguna parte de la Escritura dice eso de «un perro rabioso»…-bastante contento en ponerse sus vestidos y celebrar misa, confesar, rezar, y el resto del tiempo, saber que soy suyo. Y si esto parece presunción, pues que Dios me conceda que sea «gloriarme en Jesucristo», en la grandeza de mi Dios que por pura misericordia me hace grande, hace de mi nada un todo para amar.

A esta vida de sacrificios yo no le veo estrechez por ningún lado: las renuncias duelen…o dolieron, pero no frustran. A esta vida no le veo ni estrechez, ni manipulación, ni anti-naturalidad, ni injusticia…le veo, por todas partes, alegría: una alegría que no deja de crecer, que no deja de abarcar cada vez más y más, que no deja de hablar del Cielo. La única estrechez que veo es la de mi corazón de perro rabioso…pero incluso aquí algo se está transformando, algo está continuamente en tensión hacia una novedad santa y sublime…algo, todo empieza a transformarse en alegría de vida eterna.

Por eso con «alegre y sincero corazón te lo he entregado todo», porque esto soy.

martes, 13 de mayo de 2025

«Queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo»

 




Hace más o menos un mes, intentando hablar con algunos adolescentes –son voluntarios del oratorio, y nos ayudan a cuidar a niños pequeños con juegos, acompañándolos a misa, con algún trabajo manual–, acerca de la comunidad, la educación, la libertad, me quedé sorprendido por la respuesta tajante, cruda y auténtica de una de ellas:

–«El sistema está mal». «¿Por qué?». Todos: «nos aplasta, mata la creatividad, nos fuerza, nos dice siempre qué hacer»; ella: «porque todo parece consistir en ir a la escuela para tener trabajo, tener trabajo para ganar dinero, ganar dinero para comer. ¡Y ya! La felicidad a nadie le importa».  Pregunto: «¿piensan que habría que cambiar esto?». Todos: «sí». «¿Y entonces? ¿Nadie hace nada?». Silencio. «¿Alguien les ha dicho alguna vez que si esto está mal hay que cambiarlo?». Todos: «¡No!». «Y ustedes, ¿quisieran cambiarlo?». Ella: «Sí, queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo […] nadie nos dice cómo».

Algunos más crecidos creemos que el problema de los adolescentes son las reglas o su falta de ubicación. Se creen omnipotentes y no lo son (es increíble la cantidad de sandeces que podemos inventarnos los adultos para no reconocer que no sabemos qué está pasando en verdad con estos chicos).

Algunas experiencias me indican lo contrario: el problema no es exactamente la regla, el problema es que ante su deseo de sentido respondemos con la afirmación de la regla; el problema es que ante su desubicación no caminamos con ellos para ubicarnos, sino que los ubicamos a bofetadas, o a punta de castigos, o «poniendo límites» que no liberan. Vemos cómo comienzan a llenarse de rabia, de dolor, de angustia, de frustración y la razón que damos es que son pequeños, son tontos, son inadaptados, y que esto es «normal», que ya aprenderán.

Yo agradezco, sobre todo a mis papás, pero también a tantos amigos (y a los padres de mis amigos), y maestros, el que hayan tenido el coraje de tenerme paciencia y no abandonarme a la rabia y a la frustración. Me trataron siempre como a una persona, a veces incluso como a un igual, sin poner el acento en su posición, en jerarquías, en formalidades o en otras tonteras. 

Delante de la crisis, cuando era solamente rabia, mi papá me regaló una foto de Juan Pablo II que decía «non abbiate paura» (no tengáis miedo) y mi mamá me escribió una carta en la que me decía cuánto me quería y cuanto yo no podía percibirlo aún todo, pero que ella estaba siempre allí queriéndome: ambos me perdonaron muchísimas veces, y mis hermanos también y mis amigos y mis profesores. Mi hermano más pequeño, de seis años, supo decirme en el momento adecuado, cuando yo pensaba que era solamente ineptitud, inadecuación y rabia, "te queremos", y me abrazó.

Ninguno tuvo la indecencia de decirme que mi exigencia de sentido era una estupidez sino que me acompañaron, me dejaron ser libre y elegir sin amenazarme con un futuro de fracaso; me pusieron delante de sus razones, me corrigieron, me perdonaron, me dejaron expresar, a veces bien y otras furiosamente, mis preguntas, las tomaron en serio, las admitieron, las contradijeron, pero nunca se atrevieron a decir que el infinito que yo deseaba era estúpido…o que yo era estúpido (y sí lo soy, un poquito): ni estúpido, ni inadaptado, ni normalmente inmaduro, ni poco adecuado para comprender, ni impulsivo (aún si esto es evidente), ni optimista incurable. Fui tomado en serio. Y para las preguntas cuya respuesta ellos no podían darme pues tenía que descubrirla yo –aún me acuerdo cuando una vez pregunté bastante perplejo en una conferencia, al final de unas vacaciones de CL: «y entonces, ¿quién soy yo?»–, me dieron su compañía, caminaron y caminan conmigo, también ellos con sus tensiones, sus preguntas, su deseo.

¿Cómo puedo atreverme entonces a decirle a un adolescente que es un inmaduro y no entiende nada? ¿Cómo puede nadie atreverse a hablar solamente en negativo de la temida categoría de «los jóvenes»? No tenemos las respuestas que nos piden. ¿No podríamos buscarlas con ellos? ¿No podríamos acercarnos y entregarles nuestra vida para que ellos continúen buscando, como nosotros?

¿No podríamos decirles que la felicidad es real? ¿No podríamos hablar, con toda la expresividad de nuestra carne, de ese Infinito que nos mueve? ¿No podríamos animarles a ser radicalmente coherentes y exigir una respuesta real que sacie sus corazones?

Al parecer podemos solo decir: no saben, son tiernos pero tontos, no entienden, son idealistas, ya se toparan con las desgracias de la vida. Y entonces tampoco nosotros cambiaremos nada.

Esta muchacha me hizo recordar la furia de mis preguntas de adolescente: ¿quién soy? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo puedo cambiar mi país (las opciones eran: política, educación o vida religiosa)? ¿Cómo puedo amar sin que el amor se termine pudriendo? ¿Qué vida es la mía? ¿En qué modo puedo vivir para que el fuego nunca se apague sino que lo contagie todo? ¿Cómo puedo hacer para que este Dios que me llena toque la vida de mis amigos que le ignoran, o de los que sufren sin esperanza, o de los que se mueren solos, tristes? Nadie podía decirme cómo, pero tantos me acompañaron para descubrirlo: nadie me substituyó ni en el descubrimiento ni en la elección, pero estuvieron siempre conmigo.

¿Y esta chica? ¿Y estos chicos?

«Queremos cambiar las cosas, pero no sabemos cómo». Quizás les basta ser. Arder con las preguntas, amar la búsqueda y amar más la saciedad de la respuesta; pero ser. No medirse, no compararse, no esperar a ser útil o bueno o virtuoso: dejarse de preocupar por hacer, por cumplir; quizás solo así logremos romper finalmente el «sistema», y no solamente hacerlo pedazos sino proponer algo nuevo, real, libre, no hecho de a-prioris sino de la verdadera experiencia de todo lo real sin censuras.

Le dije a los chicos que no tenía respuestas: realmente no las tengo.

Les dije también que nuestro intento de hacer algo por los niños más pequeños tenía que ser parte del cambio: si a nosotros el «sistema» nos aplasta, hacer espacio para la maravilla, la ternura y el juego caótico de los niños; si a nosotros el «sistema» nos fuerza, aprender a proponer el orden con paciencia, adaptando, con dulzura; si a nosotros nadie responde con razones verdaderas sino con reglas vacías, a los niños darles razones breves, acompañarles en el orden cumpliendo con ellos pocas y sencillas reglas; si a nosotros nos da miedo hablar, hacer, cambiar, romper esquemas, a los niños dejarles romper los nuestros, dejarles cuestionar nuestros métodos, dejarles decirnos que no están de acuerdo sin regañarles, aprender a ver en ellos también una exigencia de verdad (lo hacen, los niños realmente exigen una verdad vivida…o te mandan a volar de inmediato). Creo que me entendieron la mitad, que es más de lo que yo entiendo.

Tiene que haber una real revolución, cuyo fundamento no sea la posición del poder, sino la exigencia de sentido; que no sea la utilidad, el dinero, sino, por favor, la existencia.

Yo espero que estos chicos comprendan, cuando llegue su momento, que solo en Cristo existe la libertad que ya no tiene fronteras, que siendo libre libera a otros, que nos hace experimentar siempre más una plenitud que ni con el ardor de nuestras preguntas podríamos imaginar. Espero que también comprendan que realmente pueden cambiar las cosas, las están cambiando, no por sus grandes hazañas, sino por ser ellos mismos, auténticos, frágiles, pequeños, con dudas, con angustias, y con unas ganas enormes de ser felices, plenos, amados, amantes, reales. Y francamente espero que el fuego de sus preguntas, su rebelión ante el susodicho «sistema» sea tomada en serio, y que este sistema, que no tiene en cuenta nuestro Destino, se acabe de una buena vez. O más bien, francamente espero que venga el reino de Dios, que lo toque todo con su dulzura, que toque el corazón de estos niños y los transforme. Que puedan ser felices, así como se puede, en esta tierra y que sepan por esa mucha o poca felicidad que el Cielo es su Destino y que nadie puede arrebatárselos; que sepan que hay respuestas, que sepan que hay una compañía que nos les deja; que sepan que el mal al final se morirá todo y que solo habrá bien, libertad, un deseo siempre más grande y una gracia que siempre más lo saciará. Y espero corresponder al don que recibí de mis papás y de mi familia y de mis amigos, y no matar nunca una pregunta, sino tomarla en serio; no dejar a nadie sin esperanza por sabiondo, no apagar nunca un fuego auténtico que exige la verdad. Lo suplico. Lo quiero. Que esta chica encuentre la respuesta que busca, que descubra cuánto la supera, cuánto es atrayente su hermosura; que sea aferrada para siempre por la eterna dicha. 

(en realidad creo que no dije exactamente lo que quería decir, pero paciencia).

sábado, 5 de abril de 2025

Hyrellë

 


 

Hyrellë se despertò, como de costumbre, antes del alba. Con un movimiento mecánico se hizo espacio por entre las gruesas mantas que lo resguardaban durante las heladas noches de Octubre y, colocando suavemente sus pies sobre la tierra, se detuvo por un momento, disfrutando del frío que recorría todo su cuerpo, refrescándolo, haciéndole sentir lo que él llamaba «mejilla» (kyk), pues era la primera palabra que le venía a la mente cuando experimentaba ese ligero escozor que causa el hielo al entrar en dulce contacto con una piel cálida. Kyk, su corazón inocente parecía llenarse con esa palabra aún si comprendía perfectamente que se trataba de una palabra inadecuada. Pero era siempre kyk. Tenía siete años, pero era demasiado reflexivo. Le gustaba pensar, inventar cosas, estar atento a las palabras que le venían a la mente antes de saber si realmente significaban lo que él indicaba. Así, las motas de polvo que invadían la casa a ciertas horas del día y eran perceptibles solo a contraluz eran khotki (bóvedas); el sol que se ponía en el horizonte, ocultándose detrás de las cándidas cumbres del Mniellbrun era wlo (corriente); el olor del pan recién horneado de la abuela, que de improviso invadía el dormitorio día tras día, impregnando todo con dulzura y calor infinitos, era löme (nube). Hyrellë poseía una vivacidad interior que le impedía detenerse a pensar en sí mismo. Para él no existía un proceso de despertar, antes dormía y ahora ya no. Punto. Sentía como el kyk animaba su cuerpo, percibía con alegría serena el blanco resplandor de la nieve allí afuera, gustaba el olor a pino del bosque, escuchaba el primer canto de las aves, y dejaba que löme se escurriera por las escaleras de caracol desde el piso bajo o demnik (piso de piedra), por entre las tablas de la pequeña habitación de madera que alojaba a una entera familia. Sus hermanitos dormían, su padre había ya salido a hacer la ronda de vigilancia, su madre seguramente se encontraba junto a la abuela haciendo una oración mientras el pan en el horno terminaba de cocerse. Y de pronto, el Herumnoll, el amanecer, el paso improviso y glorioso de la noche al heru, al “temprano”, que en nuestra lengua se dice “mañana”.  Lo que antes parecía penumbra ahora comenzaba, poco a poco, como a colorearse: el revuelto cabello castaño oscuro de Hyrellë, sus ojos castaños e inquisitivos, su boca fruncida, a la espera, el reflejo de la luz nueva sobre su cálida piel nueva, que al toque del frío solía enrojecer un poco, sus manos extendidas sobre los cristales de la ventana, su aliento lanzando nubecillas de vapor al son de su respiración; su colorida vestimenta, hecha de retazos de tela carmesí cuya viveza se había perdido con los años en que sirvió como túnica para su padre, guardia de la montaña. Sus amados pantalones anchos, que su madre intentó confeccionar con una tela color pardo, en modo que no desentonara con su camisola. ¡No había manera de hacerle vestir otros! Los pies tercamente descalzos, aún a pesar del frío. Solo porque amaba caminar sobre la nieve y solo porque nadie iba a permitirle salir de casa al bosque nevado sin sus botas de piel de foca, se las ponía: allí estaban, delante de él, esperando el momento de ser usadas de nuevo, durante todo el día, también tercamente, sin remedio: nadie iba a convencerle de quitárselas hasta la hora de dormir. Un gorro de lana sobre su cabeza, una mirada inquisitiva y ansiosa: todo se iluminaba poco a poco hasta que, de pronto, en el clímax del progresivo manifestarse de la alegría del ser que se despliega ante los ojos de un niño, Hyr, el Sol Naciente, salía por entre las puntiagudas cimas de los abetos del bosque, acompañado por un gozoso himno hecho de trinos y gorjeos, pues el bosque finalmente sabía que debía despertar, y despertaba. La luz penetraba por todas las rendijas, como traída por el aire frío del Otoño que soplaba sereno pero implacable, acariciando el rostro del niño, que enrojecía con su toque y se llenaba de luz. En ese momento ascendía el olor del pan nuevo, se escuchaba la voz grave de la abuela, la voz un poco más aguda de la madre que concluían la primera oración del día mientras ponían el pan sobre la mesa. El rostro de Hyrellë, de rasgos que ya se anunciaban firmes, cuadrados, angulosos, no desagradables pero tampoco finos, con la belleza de los habitantes de las montañas, su rostro, ya lleno de color, parecía abrirse en una sonrisa tan antigua como las estrellas y tan nueva como un copo de nieve, sus ojos brillaban con la misma luz que la de los primeros hombres que, surgiendo de la oscuridad descubrieron la luz del día. Todo en él era maravilla agradecida, era “Vukhellen”, un penetrar de la luz en el corazón, una súbita explosión de gloria en un corazón pequeño e infinitamente vivaz y ansioso de ser. Había llegado el día.

 

[Diccionario:

Demnik: piso bajo o piso hecho de piedra: dhem es abajo; iko es piedra.

Hyr: el sol por la mañana (por la tarde es Hytko, o sol “oscurecido”). La raíz hg o heg es siempre asociada a la primer palabra del hombre en la mitología de la creación: «heg, dijo el primer padre al sentir la caricia del viento; heg, lloró el primer padre al sentir la frescura del agua; heg, gritó el primer padre al descubrir a nuestra madre; heg, dijo y todo fue sacro desde entonces». Por tanto, cuando se encuentra está raíz el significado original de la palabra es una referencia al sacro.

Kyk: mejilla.

Khotko: bóveda (Kho: interior o cavidad; tkoh: oscuro/fresco, viene de itko, una variante de piedra que sirve para indicar la roca de la montaña).

Löme: nube

Vukhellen: maravilla; la terminación “en” indica que el original era un verbo, y por tanto, sustantivado, se refiere a una situación dinámica, de movimiento. V’ es el prefijo para indicar dirección de fuera hacia adentro (=in). Kho, dijimos, es cavidad, que se vuelve kheb cuando se refiere al corazón; khebden es amar, que se refiere al llevar a alguien dentro de la propia cavidad, en el pecho; hellenne es verdad, que está hecha de lenn, luz y heg, sagrado.

Wlo: corriente (de agua o de viento).

Mnielbrunn: nombre propio, su origen es desconocido, pero probablemente haga referencia al color amarillento (mniel) de un particular arbol que crece en las faldas de aquellos montes (brynende); puede ser también un simple apellido extranjero.

Hyrellë: con la práctica resultará evidente a qué nombre equivale ]