miércoles, 4 de febrero de 2026

Con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

 



Recientemente un sacerdote ha dicho públicamente que su vocación le apretaba («me queda estrecha pues limita mi persona, me convierte en un rol en vez de en un alguien»). No sé cuál sea el misterio que ha convertido la vida de este hombre en un conglomerado de estrecheces y no dudo de que hable según su corazón. Lo que me llena de maravilla es que a alguien pueda quedarle estrecho lo que yo he siempre percibido como algo demasiado grande que no puedo abarcar. Por eso prefiero hablar de lo que tantos percibimos como un vestido demasiado grande y hermoso que se llama consagración.

1.    La consagración significa pertenecer, estar separado de muchos para pertenecerle a Dios. Es en primer lugar la condición de todos los bautizados: no somos de este mundo, somos de Dios, tenemos un ancla echada en el Cielo mientras peregrinamos por esta tierra. La consagración es lo que caracteriza también toda tarea cristiana: la dedicación de todo corazón a una tarea concreta de amor según un estado de vida preciso.  La consagración, también, es una vocación especial entre los cristianos: los religiosos consagrados representan para sus hermanos cristianos la radicalidad de nuestro bautismo. Somos tan de Dios que no podemos ser de nadie más y porque somos todos de Dios somos todo para todos en Él.  Así, la consagración es grande porque amplia mi corazón más allá de sus pobres límites de creatura: no soy ya para uno o para otro, soy para Dios y, en un modo bastante incomprensible, a causa de Dios soy para todos. Esto quiere decir que el hecho de que le pertenezca a Dios, como cristiano y luego como consagrado es riqueza para este mundo nuestro tan lleno de belleza y de horror. No es porque yo sea grande, es porque pertenecerle a Dios «me hace grande», amplía lo que soy, hace de mi pobreza y de mi fragilidad una misteriosa riqueza cuyo origen último es solamente el amor crucificado de Cristo. El hecho de pertenecerle a Dios mediante una obediencia concreta no me encasilla, me amplía. Como decía Giuseppe Moscati: «amarte me hace sublime», me eleva, me engrandece, hace de mí lo que yo no podría haber hecho por mí mismo.

2.    La consagración, además, es la condición misma de Cristo. Cristo le pertenece a Dios porque es su Hijo Unigénito, porque es su Mesías. Sin embargo, Cristo ha querido pertenecerle a Dios a través de una obediencia humana: fue llevado al Templo y ofreció el rescate de los primogénitos, que indica su pertenencia a Dios. Además, vivió en su vida terrena bajo la obediencia del Espíritu Santo y bajo la obediencia, la verdadera obediencia, a la Ley de Moisés, que es una obediencia de libertad. Esta concreta consagración del Maestro se convierte para Él en nutrimento y alegría: «tengo un alimento que no conocen…hacer la voluntad de mi Padre»; «te doy gracias, Padre…porque así te ha parecido bien». La alegría de Cristo es la de obedecer porque pertenece, la de mirar cómo su libertad que continuamente sigue la Voluntad de su Padre realmente da fruto al entregarse, crece, se hace más grande, abarca más, alcanza a más, salva más. La obediencia de todo cristiano es así: mi libertad se une a la de Cristo, y entonces su campo de acción es más amplio, más grande, más tremendamente fructífero. «Completo en mi carne los dolores de Cristo»…con mi libre ofrenda estoy unido a mi Cristo que salva. Solo los verdaderos contemplativos se dan cuenta de que lavar los platos puede ser un gesto redentor: y así también estudiar, comer, descansar, decir sí a ese trabajo que ya no quiero hacer, asumir que esta vida está llena de estrés y no huir de él, escaparte un rato con tus amigos, leer un libro ni tan bueno pero tan poco tan malo… Toda nuestra vida se vuelve alegría de ver cómo Dios salva al mundo también mediante nuestra pobre libertad.

3.    La consagración de Cristo es también un sí de sacrificio. Nuestro Señor se ofrece Él mismo como rescate por nosotros pecadores. Él se convierte en Cordero. Él es el Cordero de Dios que se ofrece en lugar de Isaac y de todos los que le debemos la vida a Dios, para que nosotros tengamos vida desde su muerte. Y nadie le quita dolor a este sacrificio: Cristo no ocultó su turbación, su angustia, su sudor de sangre, sus lágrimas, su coraje ante la incredulidad de su Pueblo, su tristeza por el destino tan terrible de Jerusalén…Y, sin embargo, es precisamente mediante este dolor que salva al mundo entero. «Cargó con nuestros dolores, llevó sobre sí el peso de nuestras enfermedades». Él cargó con la peor parte, con la soledad tremenda de no sentir ya a Dios. Él se acercó así a todo aquel que se siente tan lejano de Dios que ya no puede ni siquiera esperar en su perdón. Él se acercó así a mí y a todos los que somos pecadores y en vez de dar un sí grande y libre como el suyo, damos un sí y mil no, prefiriéndonos a nosotros mismos. Él se acercó también, con su dolor y angustia, a todos aquellos que quieren decir un grande sí pero sienten el peso de un semejante sí: les costará la vida. A menudo la vida de bautizado y la vida de religioso nos piden esta clase de decisiones: me voy a cansar de más, voy a perder esto y esto otro, voy a ser tenido por tal, voy a desgastarme y ni siquiera sé si esto dará fruto, voy a amar a quien probablemente no me corresponda… pero este sacrificio no me estrecha -¿puede ser estrecho el amor de Cristo?-, sigue ampliando mi corazón para amar ya no a modo humano, que es lo único que por mis proprias fuerzas tengo derecho a pretender…ya no a modo humano, sino al modo humano-divino de Cristo: hasta el extremo de las fuerzas, de la creatividad, del gusto, del disgusto, de la vida. Hasta todo. Amar así hace que uno ame hasta el extremo: hace de mi amor de hombre -egoísta, temeroso, posesivo, mezquino, angustiado y, sin embargo, real, hermoso, dulce-…hace de este pobre amor, amor de Dios y con Dios.

Una de las antífonas del Oficio de Lectura del Sábado (no me acuerdo de qué semana) reza: «Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo». Esta frase resume para mí lo que significa ser cristiano y ser consagrado:

-Dios mío, porque Dios es todo. En Él todo encuentra su sitio y su sentido. En Él todo es amable, todo es bello, todo es santo, todo es perdonado. En Él es posible amarlo todo, y Él ha querido hacerse mío: no solamente yo le pertenezco, Él me pertenece. Nos pertenecemos.

-Con alegre y sincero corazón: mi corazón, tan lleno de debilidad y estupidez, tan lleno de pecados y de miserias, salta de alegría al sentir la cercanía de mi Dios. Lo que define mi corazón no es ya mi miseria perdonada, ni la potencial corrupción, sino simplemente que este corazón es de Dios. Mi ser es radicalmente pertenencia. Por eso es sincero cuando dice «soy de Dios», y por eso es alegre: se goza en su realidad radical, se goza en una Presencia, se goza en el hecho de haber derrotado a la soledad de los infiernos no tanto por su virtud sino porque le pertenece al Cielo de Dios. Y mi corazón se alegra, porque sabe para quién está hecho, sabe para qué está hecho: para algo infinito, para algo que no se reduce a él, para algo demasiado grande como para encasillarlo en una idea o incluso en una disciplina. Está hecho para Dios.

-Te lo he entregado todo: todo, mis pecados, mis buenas obras, mis deseos de grandeza, mis fracasos, mis frustraciones, todo, todo. Te lo he entregado esta mañana y volveré a entregártelo al anochecer. Porque todo lo que soy es tuyo sin que me lo arrebates, pues yo quiero dártelo. Todo, porque tú, al hacerte mío, me lo has dado todo. Todo, porque solamente con todo podría realmente corresponder a tu Todo.

La consagración es sí sacrificio, es sí radical renuncia que a veces nos hace lloriquear un poco o anhelar algo distinto, hasta que uno se da cuenta de la hermosura de dejarse ampliar el corazón por su vocación: lo que podía haber sido siempre mi nada, se ha convertido en un todo para amar. Yo amo con este todo, y nada me sabe estrecho, nada me sabe frío, todo parece fuego y gracia, risa y dulzura, porque la consagración es la radical condición de lo que somos: somos de Dios. Y esto no es estrecho: es todo. «Grandes cosas hizo en mí, aquel cuyo nombre es Santo/Consagrado».

Por eso quizás deberíamos ser más radicales en nuestro modo de amar: con la profunda humildad del que sabe que es nada y, al mismo tiempo, en Dios su nada se vuelve todo. Deberíamos ser también más radicales al considerar nuestra vida de cristianos: ¿realmente me amplía el corazón? ¿realmente acrecienta el ardor de mi Deseo? ¿No será que me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que necesito poner distancia entre Dios y yo para no dejarme consumir? ¿No será que me dejé embaucar por la grandilocuente idea de que, a fin de cuentas, así como estoy me encuentro bastante bien, y no necesito que ahora mi amor se vuelva eterno? ¿No será que mi corazón se está muriendo en la estrechez de una vida sin pertenencia, sin sacrificio, sin libertad que se entrega para dar fruto?

No siento que mi vocación me quede estrecha, y sé que solo puedo dar gracias a Dios, que no puedo hacer de esto una ley. Sé que es una alegría tan grande, tan inmensa, tan total, que me queda siempre grande: recibo algo que no es mío, está hecho a la medida de Cristo, no a la mía: Él es el hombre perfecto, como dice la Escritura. Yo, en cambio, soy un pobre diablo -en alguna parte de la Escritura dice eso de «un perro rabioso»…-bastante contento en ponerse sus vestidos y celebrar misa, confesar, rezar, y el resto del tiempo, saber que soy suyo. Y si esto parece presunción, pues que Dios me conceda que sea «gloriarme en Jesucristo», en la grandeza de mi Dios que por pura misericordia me hace grande, hace de mi nada un todo para amar.

A esta vida de sacrificios yo no le veo estrechez por ningún lado: las renuncias duelen…o dolieron, pero no frustran. A esta vida no le veo ni estrechez, ni manipulación, ni anti-naturalidad, ni injusticia…le veo, por todas partes, alegría: una alegría que no deja de crecer, que no deja de abarcar cada vez más y más, que no deja de hablar del Cielo. La única estrechez que veo es la de mi corazón de perro rabioso…pero incluso aquí algo se está transformando, algo está continuamente en tensión hacia una novedad santa y sublime…algo, todo empieza a transformarse en alegría de vida eterna.

Por eso con «alegre y sincero corazón te lo he entregado todo», porque esto soy.