
A menudo san José es representado como un
viejo venerable que acompaña a la joven Virgen María. Otras veces es puesto en
el Nacimiento fuera del establo o de la cueva, pensativo, frunciendo el
entrecejo. Con esto se quiere expresar probablemente que José dejó que Dios
ocupase el espacio que le correspondía como esposo en el misterio de la
fecundidad de su familia: es padre, pero no según la carne; es esposo, con toda
su carne, pero no como los demás esposos. Ante este misterio, José se quedaría
pensativo delante del misterio del Niño Jesús recién nacido: es mi hijo, pero
no lo es. Es mi esposa pero no lo es. Sin embargo, para asumir una decisión tan
enorme se necesita un corazón más bien joven.
Lo que caracteriza a un corazón auténticamente
joven es su estar entre la madurez adulta y la infancia. Del niño conserva aún
ese ímpetu por lo bello y lo santo que le lleva incluso a batirse con todas sus
fuerzas por protegerlo; le quedan los sueños, los anhelos aún borrosos de un
futuro en el que todo está seguro en brazos de Dios, su Padre. Del adulto
comienza a tener los rasgos de una decisión que determina su vida, de una
opción clara, concreta, realizable, por un bien preciso, por un camino de vida,
por una persona a quien amar por sobre todas las demás, por una libertad que
solo se consigue atándose a la voluntad del Dios omnipotente que atando libera.
José está aquí: el paso a su adultez, la
plenitud que da la forma definitiva a su corazón se le presenta en María, su
prometida esposa, embarazada. Un corazón viejo hubiese ido directamente a la
conclusión más obvia –nuestro corazón es viejo, por eso cuando meditamos este
misterio vamos directamente a la conclusión más obvia–, pues la experiencia nos
ha enseñado que un niño no nace de lo alto, ni del Espíritu, nace de la carne,
de la unión de un hombre y una mujer. No nos gusta hablar al respecto porque
nos sonrojamos o somos morbosos, y es precisamente este morbo el que nos impide
abrirnos al misterio delante del cual es puesto José. José, en cambio, tiene el
corazón joven: solo quien realmente percibe y ama la belleza es capaz de no
pensar nada blasfemo en su contra, por obvio que sea. Delante de María
Santísima, bellísima ciertamente por dentro, pero también por fuera, toda la
tradición cristiana parece inclinarse como los caballeros de los cuentos ante
la más hermosa de las reinas. Y san José se inclinó ante su hermosura como a la
de su única posibilidad de vida: el anhelante corazón de José –o sea José– ama
profundamente a María, se siente ardientemente atraído por su belleza,
encuentra en ella la alegría y el claro signo de su destino y precisamente
porque es capaz de percibir toda esta santidad en su auténtico y humanísimo
deseo, puede abrirse a la posibilidad del misterio. Esto es ser un hombre
justo. Piensa rectamente, evalúa rectamente, decide rectamente, porque
rectamente desea con todas sus fuerzas lo bueno, lo santo, lo perfecto, aún si
en su fragilidad de hombre no logra percibir el significado del misterio: su
prometida esposa está embarazada.
José, como un buen niño, no cavila traiciones
o intrigas, no deduce una malevolencia de Dios en su contra y menos aún de
María. Asume el hecho así como es, sin eliminar el misterio y sin eliminar la
pregunta. Como un adulto que se está formando aprende a inclinarse ante ese
misterio, asumiendo lo que para él puede ser un enorme dolor: decide hacerse a
un lado para que el misterio se manifieste. El misterio comenzó sin él, así que
deduce que el misterio no depende de él y se propone retirarse. No quiere ser
injusto con María, no destruye su belleza, no la condena, no deja de desear
amarla, no deja de desear ser amado por ella, pero se hace a un lado para que
lo que ha sido iniciado en María sin él continúe sin él. Y esto no puede
hacerlo un corazón viejo. Es un sacrificio demasiado grande para un corazón
experimentado: como si valiese la pena, diría alguno; como si el amor que se
sacrifica fuese realmente algo real, diría otro; como si el ser desilusionado
en mi esperanza no clamase al cielo pidiendo venganza, diría quizás el más
piadoso. Pero un corazón joven, que como niño lucha con todas sus fuerzas para
que lo sagrado siga siéndolo y como adulto se decide con todas sus fuerzas para
dejar ser a lo sagrado, un corazón joven no condena: se propone el sacrificio
de sus más preciados deseos en favor de aquella a quien ama.
Pero José aún sueña. Sigue turbado por su
decisión, sigue intrigado por el misterio, anhela una solución, anhela saber de
Dios la respuesta. Y Dios, porque es verdadero, corresponde a este anhelo en
modo concretísimo: en la intimísima inocencia del sueño del niño que aún es
capaz de dormir confiado y del adulto que, aún si duerme, mantiene vivo en su
corazón el anhelo original del misterio, José recibe la respuesta del Cielo: no
temas en tomarla como esposa, el que ha sido generado es del Espíritu Santo.
Al despertar José ya no está entre el niño y
el adulto, ha finalmente alcanzado una forma precisa, se ha decidido y su
corazón ahora tiene la forma del Esposo y del Padre (¿no es esto un corazón
divinizado?). Esto no quiere decir que durante toda su vida no tendrá más preguntas,
o que no volverá a sentirse turbado ante el misterio del Niño y de su Madre.
Significa que la decisión que tomó aquella mañana en que al despertarse
inmediatamente fue en busca de María y la tomó como su esposa, será tan definitiva
que de ahora en adelante toda otra decisión suya estará siempre referida a
María y al Fruto Bendito de su Vientre (inmediatamente se levantará, tomará al
Niño y a su Madre para huir a Egipto o para volver: inmediatamente, el Niño y
la Madre son las características del corazón de san José, justo, esposo y
padre).
El corazón de un viejo no puede formarse, ya
está formado. El corazón de san José es joven, aún si ya está formado porque su
decisión es la total adhesión a aquello que lo supera, el Misterio de Dios
hecho Hombre en María, y por eso es la apertura a aquello que continuamente
alargará las raíces en su corazón ampliándolo, iluminándolo. San José no es un
viejo decrépito, es un joven adulto fuerte, lleno de vida, de energía, de
deseo, de santidad. Su risa se asemeja a la risa del Padre que se regocija en
el Hijo, su amor hacia María se asemeja al del Esposo Divino por su Iglesia, su
trabajo se asemeja al fuego del Espíritu que todo lo vivifica. Y se asemeja
porque su corazón tomó esa forma, la del silencioso dejar obrar a Dios, tan
radicalmente que sin ser necesario para el Misterio se volvió imprescindible.
Es padre sin ser padre, es esposo sin ser esposo. Más bien porque no es padre,
es el padre; porque no es esposo es el esposo –y quien no lo entienda, relea
todo desde el principio.
José tiene un corazón siempre joven, atento a
la realidad, decidido por reverenciar el misterio de Dios y decidido por
custodiar la belleza del Cielo que en María es totalmente manifiesta, y totalmente
volcado de amor por el Hijo de Dios que es su niñito aquí en la tierra. Con
María lo da a luz para el mundo, con María lo entrega a los hombres para que
nos redima…y al mismo tiempo, no es él el que da a luz, no es él el que entrega,
es solo Dios, es solo María.
Quizás san José nos enseña realmente cómo ser
hombres: amando ardientemente, reverenciando la belleza, custodiando el
misterio de una mujer concreta, y de un hijo concreto, de un pueblo concreto,
de la Iglesia entera, y precisamente amando y custodiando y trabajando con
todas nuestras fuerzas, dejar ser y hacer a Dios, remitiendo todo nuestro obrar
a una cooperación gratuita, innecesaria y al mismo tiempo imprescindible. Todo
a raíz de rebelarse a envejecer con juicios amargos y llenos de “realismo”,
todo por desear ardientemente amar con todas sus fuerzas a María Santísima para
gloria de Dios.
Que el santo patrono de los seminaristas nos
enseñe entonces a amar ardientemente, a no suprimir nada de la experiencia, a
no desdeñar lo complejo y a no dejarnos seducir por la amargura de un realismo
inepto delante del misterio. Que su amable silencio nos introduzca en la
santidad de amar como lo hace un joven enamorado: con la generosidad de aquel que
decidiéndose por amar se juega el sentido total de su existencia.