sábado, 24 de febrero de 2024

Lo mal que van los tiempos

 


Lo que llama la atención de nuestra noción del presente es nuestro fatalismo, es decir, nuestra incapacidad de verlo como tiempo de esperanza o, en el peor de los casos, como tiempo que exige una decisión. El tiempo en que vivimos es fatal porque «así es» y no hay nada que –realmente– podamos hacer. Hablamos de lo mal que van los tiempos, a veces incluso tenemos el valor de hacer protestas públicas, de consagrarnos a una tarea por el bien de otros, pero casi con un impulso desesperado, casi sin fe, como si todo lo que podríamos esperar se redujese a un siempre peor y oscuro escenario.

Por otro lado, tengo la impresión de que a una entera generación se nos está yendo el tiempo de la elección. La generación de los que llevamos, más o menos, diez años siendo adultos y aún seguimos estancados en el limbo del «veremos».

¿Que nuestro modo de percibir la injusticia que hace sufrir al mundo se reduzca a denunciar culpables? ¿Que nuestras opciones políticas se reduzcan a desempolvar dinámicas totalitaristas maquilladas de democracia por sus mismos polvos de muerte? ¿Que nuestra sed de belleza esté destinada a conformarse con el anuncio lejano de una hermosura que vendrá y que nosotros no podremos gustar? ¿Que nuestra fe tenga que ser tan baja como para que no valga la pena dedicarle más de una lágrima? ¿Que nuestra cultura, nuestro pueblo, nuestros padres, hermanos y quizás nuestros hijos no valgan sino un trauma, dos psicólogos y una herida imperdonable? ¿Que nuestra tarea se reduzca solamente a darnos cuenta de haber sido incapaces de aportar nada a la historia sino el escándalo por el mal que vemos y pretendemos sufrir –o de hecho sufrimos– en carne propia? ¿Que la libertad se nos vaya muriendo en las manos mientras intentamos, por todos los medios, recoger algo de aquel bien deseado amor que como por un camino de migajas nos va llevando de lleno hacia la trampa del plácido egoísmo merecedor que acabará por engullir incluso nuestros huesos?

Podríamos conformarnos con lo que hay. En medio de tanto mal hay mucho bien y eso puede bastarnos. Podemos contentarnos con las migajas del camino, quien sabe si al final encontremos lo que queda de aquel pan. De hecho lo hacemos. «Muy mal van los tiempos», y luego un trago de buena cerveza. «Muy mal nos van los tiempos», pero tenemos amigos, a los que igualmente la vida les pesa, incluso nos hacemos la ilusión de «vivir la vida».

O quizás es que no nos conformamos, pero ya no sabemos si tenemos el derecho real de exigir lo que parece imposible. No sabemos ya si nos toca a nosotros abrazar la oportunidad de cambiar las cosas o tenemos que, más bien, preparar el terreno a otros que tendrán la fuerza para transformar la historia. Sí, quizás es este el problema. No sabemos cómo vivir y hasta ahora nadie ha hecho un tutorial que con cinco breves pasos nos lo explique. Nos pueden enseñar a pasar el momento, pero no a vivirlo. Nos pueden dar material para sentirnos vivos, pero no para vivir. Porque la verdadera fuerza que transforma la historia no está fuera de nosotros, sino en lo más profundo de nuestro corazón. Y no es cursilería. Nada que no amemos de veras vale una lágrima. Nada que no haya tocado nuestro afecto, nada que no nos haya trastocado, zarandeado, golpeado, apaleado el corazón vale nuestra vida. Nada que no nos haya dejado una herida merece una lucha y nadie que no sea haya adueñado con puro amor de nuestra alma merece nuestra vida.

Solo la fuerza del corazón cambia la historia, porque solo el corazón hace la historia: la mueve, la dispone, la proyecta y la recuerda. Solo en el corazón se funden el pasado y el futuro en el continuo presente de una minúscula criatura que no sabe si es Norte o Sur o si es Antes o Después. Solo en el corazón se adivinan los motivos que surgen desde el pasado para disipar las brumas del futuro. Solo en el corazón presente se adivina una Presencia que es Sentido y Belleza, Origen y Fin, Fuerza y Sosiego, Gozo y Silencio, Eternidad y Tiempo, Libertad y Necesidad, Orden y Juego…Presencia que recorre el presente de todas las historias y anima como un fuego a aquellos pobres hombrecitos que, también sin tener muy claro si tenían el derecho, exigieron lo imposible a una realidad descaradamente injusta.

Porque la justicia pertenece a los humildes, a los que sin detenerse a pensar demasiado en si tienen o no el derecho, en si son o no capaces, en si tienen o no el consenso de su generación, simplemente se dan. Algunos como una ráfaga, que en pocos días, meses o años, cambian tantas vidas y tantas historias que después de ellos nada vuelve a ser lo mismo. Otros como un lento fuego que discretamente emite su calor a través del ambiente. Si ese fuego lo tienes limitado, de todos modos calentará, pero si por error lo dejas extenderse, de todos modos lo envolverá todo y lo consumirá.

Los tiempos no van mal. Mal vamos nosotros que limitamos demasiado ese fuego. La sed de amor, de reconocimiento, de belleza, de amistad, de generosidad, de autenticidad, de serenidad, de paz, de descanso, de libertad, de justicia…la sed de un mundo que no se destruya a sí mismo, la sed de un ser humano que no se denigre a sí mismo, la sed de un pueblo que se entienda grande y grandemente se ame, no es una sed estúpida ni es un deseo inútil. Es una sed que hay que dejar que nos consuma. Es un fuego que hay que dejar arder sin limitarlo con pequeñeces o con prudencias viejas.

Y ese fuego se fortalece cuando finalmente le abres tu corazón a los pobres. Y es una sed que comienza a saciarse cuando finalmente miras a los hombres y por un momento dejas en paz tu intimismo autoconsciente. Porque los pobres son grandes, y porque los hombres son amables –dignos de ser amados. Porque los pobres llevan en su carne la marca de nuestra injusticia y porque los hombres viven solo a causa de una mayor Justicia. Porque nuestro corazón es pobre pues es corazón de hombre.

Lo mal que van los tiempos. Lo mal que vivimos el tiempo. El tiempo de la decisión no se nos va. El tiempo de amar es siempre hoy. El tiempo de dejarnos de causas minimalistas o fragmentarias es hoy. El tiempo de decidirnos por Dios y por los hombres es hoy. ¿Por qué por Dios? ¿Qué tiene que ver Dios con nuestra sublime y pordiosera humanidad? Si Dios existe se hizo Hombre y se hizo pobre, y solo en su corazón traspasado conocemos el completo dolor de los pobres y la justicia omnipotente de Dios. Si Dios existe es Él aquella Presencia de lo sublime y lo paradójico, es Él a quien adivinas como el único bien que no pasa y es Él quien desnudo mendiga la justicia de unos hombres que, sin saber si tienen o no el derecho, le adoran ungiendo su cabeza y vendando sus heridas. La causa de Dios es la causa del hombre.

¿Por qué decidirme entonces por un hombre sin Dios y no mejor decidirme por Dios a causa del hombre, por Dios que se decidió por el hombre; por qué no decidirme por el Dios hecho Hombre? Porque decidirme así por Dios me pondría en la tensión de ser de Dios y ser del hombre, y de no ser mío, nunca más mío.

Lo mal que van los tiempos, cuando todos somos nuestros. Cuando lo mío es mío y lo tuyo es tuyo mientras aún no seas mío. Lo mal que vivimos los tiempos, cuando todo se reduce a esto: mi tiempo, mi historia, mi corazón, mi Cielo. Pero el tiempo no es este, y una visión tan boba es solo una farsa. Una farsa compartida, un mar de indignación compartida. Una protesta que no dice por qué protesta, solo destruye e insulta; una protesta que no sabe qué va a pasar después de la protesta, porque basta que la protesta sea mía para que mi destino dependa de lo que solo yo decida después. Pero lo que es verdaderamente humano no es ni el mal, ni el tiempo, ni mi protesta, sino ser de otros y desde otros: pues todos somos hijos y todos somos hermanos y nuestro corazón no se mantiene sino en el equilibrio del no ser nuestros sino de unos y de otros, para Uno y para otros. Nuestra tarea en la historia no se reduce a desempolvar crisis de otros tiempos. Nuestra libertad no terminará prisionera de un amor devorador que se alimentará de nuestra sangre y nuestros huesos. Nuestra historia y nuestro tiempo son el momento de la elección y son momento que no pasa: siempre es hoy, y hoy es el momento favorable de ofrecerse y consagrarse por un ideal que valga, por algo que sí amemos y por algo que sí lloremos. Hoy es el momento favorable de ofrecerse por la causa del hombre, que es la causa de Dios hecho Hombre. Hoy los tiempos no van mal, Dios viene en el tiempo y, hombre y pobre, nos abre las puertas del Cielo. Por eso ver a los hombres, amar a los pobres, batirse por «la causa» y morir en el intento, preparar un camino para los que vendrán y arrastrar con nosotros a los que ya vinieron, incendiarlo todo con un mismo fuego, es la tarea de los pequeños de nuestra generación, que no saben si tienen o no el derecho de suplicar aún por la Redención de los hombres.

Si supieran que ya su deseo es anuncio del Cumplimiento.