El ambiente de Otoño
nos envuelve, al menos de este lado del mundo. El aire sopla cada vez más frío,
los montes comienzan a cubrirse de nieve, los árboles se cubren de oro y de
escarlata y de otros mil tonos entre el verde y el marrón que no sé distinguir.
En el campo escucho
por doquier, desde que sale el Sol hasta que se pone, el canto de un montón de
aves distintas, desde el pajarraco que grazna hasta el que emite un silbido que
imita el “¡Qué!” con el que se saludan en Granada. Por la noche un buho y un
zorro me avisan que aún no amanece y que, una vez más, me despertaron antes de
que saliera el Sol. La tierra se prepara para descansar, las hormiguitas hace
tiempo que terminaron su anual recolección y ahora están resguardadas bajo
tierra. Una cierta frescura envuelve el ambiente.
Y resulta que es la víspera de la solemnidad de Todos los Santos.
Algunos le llaman Halloween. Para mí siempre ha resultado extraña esa
estrambótica costumbre, muy norteamericana, de vestirse de brujitas y de hacer
el simpático con unos dientes de vampiro. Muchos cristianos están asustados
creyendo que se trata de la hora del diablo, de una especie de triunfo de las
tinieblas. Alegan que el Halloween es una exaltación del mal y de sus ocultas
potencias. Yo no sé si lo es. Creo más bien que es una celebración tan global y
vacía que no vale mucho la pena hacer pesar nuestro juicio sobre algunas
conciencias.
Tal parece que hacerse el oscuro y macabro es solo un pretexto para
comer dulces, salir con los amigos y hacer fiesta. A mí no me importa: ya
estamos bastante afeados por la falta de sueño y la neurósis cotidiana que no
hace falta vestirse de bruja para asustar; y ya estamos bastante atareados por
el estrés cotidiano de este modo vacío y esclavizante de vivir –un vivir en el
que Dios, si bien le va, pude entrar solo los Domingos– que cualquier pretexto
para hacer fiesta es útil. Yo no me vestiré de vampiro y tampoco voy a
sermonear a un niño si viene a pedirme dulces. Si me los pide ojalá pueda
sonreirle con la alegría del Evangelio. Si me los pide ojalá la alegría
cristiana pueda brotar desde mi corazón y contagiarlo. Si me lo pide,
probablemente quede asombrado si además le regalo “pan de muerto” por
anticipado y le muestro una foto de las “calaveritas” de azúcar y las flores de
Cempazúchitl con las que decoramos las Ofrendas en México. Y es que a partir de
las seis de la tarde se celebran las vísperas de Todos los Santos, y eso
significa que a partir de las seis de la tarde, según la hermosa cadencia de la
liturgia cristiana, los creyentes podemos hacer fiesta pues las tinieblas no
triunfan, ni han triunfado ni triunfarán: ¡nunca! ¡jamás! ¡la derrota ha sido
total! Y por eso la alegría por aquellos que ya gozan de la vida con Dios se
extiende en esperanza hasta la oración de la Conmemoración de los Fieles
Difuntos. Queremos, esperamos, que nuestros difuntos también gocen del
cumplimiento pleno de la Promesa de la vida con Dios en el Cielo.
Y ¿quiénes son estos santos que celebramos? Enumerar uno por uno nos
ocuparía todo el día. Por darnos una idea, tendríamos que catalogarlos entre
santos con grandes misiones de reforma, santos con grandes misiones de
evangelización, santos con grandes misiones de silencio, humildad,
escondimiento, humillación, sufrimiento, martirio...y aún así muchos quedarían
en la categoría “otros”. Santos que vivieron para Dios desde niños, santos que
llegaron a media jornada, santos que por un pelo y no llegan a la viña a
recibir la gracia de la paga única: Cristo el Señor. Santos cuya vida y
milagros conocemos, santos misteriosos, santos que ni siquiera imaginamos que
son santos, santos que nos fastidia –a nosotros, amargados y envidiosos
pecadores en tratamiento, en saneamiento, en serenamiento– que sean santos,
santos que nos alegra que sean santos, santos que no sabemos si existieron,
santos que ayer teníamos a nuestro lado sin haberlo siquiera sospechado.
¡Santos, todos ellos, que son santos porque solo Dios es Santo! Es
decir, que la vida de estos hombres y mujeres cuya alegría se derrama hasta
nosotros desde el Cielo, fue una vida que cada día más se conformó con la vida
de Dios. Vida de fe, esperanza, caridad. Vida de humildad, mansedumbre,
dulzura, justicia y misericordia, de sacrificio, de entrega total.
Dios es santo. Su existir es santo. Su hacer es santo. Todo lo que es
santo le pertenece. Todo lo que es santo tiene un lugar en Él, porque de Él
viene, por Él es formado, liberado, rescatado, reformado, conformado, sanado,
glorificado. Todo lo que es santo, por existir según la dinámica de la vida divina,
ilumina la fe, alienta la esperanza, aviva el fuego del amor. Todo lo que es
santo nos empuja hacia lo que no somos nosotros: mediante su luminoso
resplandor nos hace volvernos a la Luz de Dios que todo ilumina; mediante su
aliento vital nos hace abrirnos a Aquel que sopla donde quiere (y tal parece
que gusta soplar por doquier); mediante su obediencia y entrega total de sí nos
hace volvernos a Aquel que en la Cruz lo entregó todo por Su voluntad, por Su
obediencia, por Su amor, por salvarnos. Pareciera que el mundo entero, en Otoño
o en Verano o cuando sea, esta revestido con esa santidad que los hombres no
vemos.Y estamos seguros de que en Otoño, en Verano, en Semana Santa, en
Navidad, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y, en fin, en todo tiempo pasado,
presente y futuro, hubo personas que también eran santas, porque también
pertenecían a Dios, porque no quisieron sustraerse a la vida de Dios sino que
dejaron que esta vida santa los penetrara hasta lo más recóndito de su ser.
Los santos, nuestros amigos del Cielo, nos dicen que solo Dios es
santo. Nos dicen que aquello que en ellos es santo es de Dios. Nos dicen que si
ellos son santos es porque son de Dios, porque pertenecen radicalmente al solo
Santo. Y, por desgracia, parece que no los escuchamos. Cuando les miramos, les
miramos como miramos el mundo: sin ver.
Por desgracia, digo, no hemos hecho justicia a algunos santos. A san
Ignacio lo hemos convertido en un férreo soldado. A san Luis Gonzaga en un
histérico. A santa Juana de Arco en una fanática. A san Estanislao Kotska en un
flacucho bien parecido. A san Francisco en un hippie. A santo Tomás en el
enemigo jurado de todo estudiante de filosofía. A santa Hidelgarda la hemos
hecho patrona de las tisanas antiestrés. A san Justino en un platónico. A san
Pedro en un esplendoroso y regio Pontífice.
Hemos hecho de los santos un pretexto para nuestras manías y
locuacidades, y sobre todo para justificar nuestras quisquillas. Ya se nos
olvidó que san Ignacio lloraba continuamente de consolación y que tenía una
tierna devoción a Nuestra Señora, que siempre que podía servía en la cocina a
sus hermanos y que le decían “el españolito de los ojos alegres”. Ya se nos
olvidó que san Luis Gonzaga murió por socorrer tiernamente, y no por eso con
menos decisión (¡al contrario!), a los apestados, por quienes el Señor le había
infundido un especial fervor. Dejamos de lado el hecho de que santa Juana actuó
en obediencia a Dios, que se dejó arrastrar a una muerte en el abandono y la
ignominia (una muerte con sabor de Cruz) por cumplir la voluntad de Dios.
Dejamos de lado el hecho de que san Estanislao se escapó de la casa familiar en
Viena para entrar en la Compañía de Jesús, luego de que la Virgen y el Niño
Jesús le devolvieran la salud y le ordenaran entrar en la Compañía. Se nos
olvida que san Francisco fue llamado por Dios y conformó con Él su vida a tal
punto que las santas Llagas eran visibles en su cuerpo. Se nos olvida que toda
la obra intelectual de santo Tomás encontraba su fuente en el profundo deseo de
su corazón: “¡Te deseo a Ti!”. Se nos olvida que la genialidad de santa
Hidelgarda para la música y la medicina eran las de una mística cuya vida se
nutría del contacto íntimo con Dios que venía a su encuentro. Se nos olvida que
san Justino buscaba a Dios, no a Platón (y se convirtió luego de ser asediado
por un anciano cristiano). Se nos olvida que san Pedro fue llevado a donde no
quería ir, y que recibió su misión al tiempo que le era exigido declarar su
amor por el Señor a quien había traicionado: san Pedro es ese hombrón, ese
pescador quizás un poco rudo e impulsivo, que como todos los santos fue
perseguido por la gracia, alcanzado por la gracia, envuelto por la gracia,
transformado por la gracia, agraciado por el amor gratuito de Dios que nunca le
negó. Se nos olvida que los santos no son míticos sino hombres que se dejaron
alcanzar por Dios y que por eso hay que escucharles para dejarnos dirigir por
ellos a Dios.
Y todo esto se nos olvida porque tenemos los ojos puestos en todo menos
en Dios, y a veces parece que queremos ponerlos en todo menos en Él. Luego de
tantos siglos de Revelación, de tantos siglos de Antiguo Testamento y de tantos
siglos de Cristianismo, pareciera que muchos seguimos preocupados por las
implicaciones económicas de la caída de la Torre de Babel (o de la bolsa
mundial, que da un poco igual, total no entendemos nada del asunto), acerca de
los ritos ancestrales de las primitivas tribus selváticas de América o bien
acerca de un niño con unos dientes de vampiro que parece no comprender que está
votando el mundo al diablo (¡si un niño no entiende algo es porque lo que se le
dice no tiene sentido!). Estamos más preocupados viendo como asciende de nuevo
la curva de muertos por coronavirus o pensando que somos víctimas de un complot
mundial (quizás lo somos, quizás no; amabas cosas permanecen indemostradas por
ahora) o tratando de acomodar nuestra existencia a nuestras míseras
pretenciones de libertad que se nos olvida mirar a Dios, se nos olvida rezar,
se nos olvida buscarle en todas las cosas y se nos olvida elevar al Cielo la
acción de gracias porque solo Él es Santo: en la Torre de Babel, en la bolsa
mundial, en los ritos ancestrales, en las tribus selváticas y en la selva, en
los dientes de vampiro y sobre todo en el niño, en la enfermedad y en la salud,
en la vida y en la muerte, en todo, en todo y en todo.
Y la fiesta de hoy nos alegra porque al menos ha habido algunos que no
se han olvidado de mirarle a Él. Por eso santa Juana fue a la guerra a liberar
a su pueblo y por eso san Luis Gonzaga atendió a los apestados, y por eso san
Francisco desposó a la dama Pobreza y por eso san Ignacio, el gran estratega,
el maestro del discernimiento, servía alegre la comida a sus hermanos y lloraba
en la oración. En la fiesta de hoy la alegría que se derrama desde el Cielo es
alegría que nos invita a volver la mirada hacia a Dios. Le miramos a Él que
todo lo hace nuevo, que todo lo santifica, lo llena de vida, que todo lo
envuelve en su tierno abrazo Creador, Redentor y Santificador. Miramos a los
santos y recordamos que Dios es santo. Y así podemos, aunque sea por un
instante, mirar a nuestro alrededor y descubrirle a Él en todo: en el viento
fresco, en la nieve, en las montañas, en el Sol, en mi hermano –eh sí, en mi
hermano– y en el niño con dientes de vampiro. Y descubrimos que Dios nos
persigue, nos insiste, trata por mil vías de convencernos de ir a trabajar en
su viña, no importa si ya sonaron vísperas. Porque Él quiere que vivamos con
Él. Los santos están allí, viéndonos desde Su Rostro, intercediendo por
nosotros, a veces incluso dándonos empujones para que digamos que sí. Los
santos viven con Él, trabajan con Él, se alegran con Él y nos esperan con Él.
¿Cuándo vamos a volver la mirada? ¿Cuándo vamos a mirar de nuevo con
sencillez el mundo para encontrarle a Él? ¿Cuándo vamos a entender que Dios
quiere que su vida santa sea nuestra vida? Hoy es un buen día para dejar de
pensar en el mal y comenzar a mirar el bien; hoy es el tiempo favorable para
abandonar toda amargura y todo sospechosismo, todo complotismo y toda otra
tontera con la que nos resistimos a aceptar que Dios siempre está con nosotros,
insistiendo, aguardando, abrazando, consolando, exigiendo, llamando, enviando,
para que seamos solo suyos, todos suyos, por siempre suyos. Así, con todos los
santos, seamos también siempre suyos, en todo suyos, radicalmente suyos,
dejando que su dulcísima luz nos envuelva, nos traspase y nos transforme.
Solamente el que es totalmente suyo sabe con certeza que las tinieblas que
muchos temen no tienen posibilidad de triunfo; solamente quien es de Dios sabe
que las tinieblas han sido iluminadas y por tanto derrotadas para siempre.
(reciclado de Noviembre de 2020)
