El deseo, la verdad, el amor y la apertura hacia el Cielo en "El zapato de raso".
(Ivan Ajvazovskik, Nave nel mare in tempesta, 1887)
Le Soulier de
satin (el Zapato de raso) es una obra del
poeta Paul Claudel publicada en 1929 y trata, a grandes rasgos, de un amor que,
según un punto de vista inmediatista, podríamos calificar ya como imposible.
Imposible porque su consumación en esta tierra implicaría el pecado y por eso
también la limitación de un profundo deseo que exige lo eterno. Imposible, sí,
pero en su imposibilidad cada vez más grande, más profundo e incluso más puro,
pues vive de la renuncia a todo lo que no sea el bien del amado, incluso cuando
en esa renuncia se incluyan los amantes. Y es en la tensión de este «culebrón»,
que con más reverencia podemos llamar «drama», que aparecen diálogos tan
esenciales acerca de la belleza, la verdad, acerca de Dios y la creación, que
al lector (ojalá pudiera decir «al espectador») le parece que Claudel le ha
dejado, –no sé si intencionalmente, pero lo sospecho–, una pista acerca de la
búsqueda y el deseo del hombre en el ámbito del amor divino: se trata de una
búsqueda que no está hecha para este mundo, pues lo penetra, lo abraza, lo
transforma y lo lleva más allá de sí mismo hacia la siempre antigua y eterna
novedad del Dios Uno y Trino: el Amor. Dicho esto, quisiéramos mostrar algunos
puntos de reflexión acerca del deseo, de la verdad y del amor en esta obra. Lo
haremos remitiéndonos más a algunos pasajes de la obra que a nuestro
comentario, para dejar que la poesía cumpla su cometido, esto es el de abrir
nuestra comprensión no a través de conceptos y esquemas, sino a través de lo
que el sentido de las palabras evoca en cada uno.
El deseo es un movimiento del corazón que anhela el sumo
bien. Así, el deseo es aquello que mueve al hombre en las pequeñas y grandes
cosas. Si el bien es lo que todo hombre busca (Aristóteles) el deseo es
entonces el afecto mediante el cual el hombre busca y encuentra y se sacia del
bien. Que sea un afecto y no una simple idea o un mero instinto lo pone al
centro de la vida humana: es algo del corazón, es algo que a la vez es
instinto, sensación, sentimiento, intuición e incluso concepto. No es ni
solamente una de estas cosas ni todas en igual medida. El deseo es un
movimiento de todo el hombre que anhela un absoluto distinto de sí mismo que le
sacie. El bien que es uno mismo (y que tantos perciben como tal) queda como
cautivado por un bien aún mayor que muchas veces no es capaz de definir, pero
que intuye y del que tiene sed.
El personaje que expresa el gran deseo de lo absoluto es, en
esta obra, Rodrigo. Enamorado de Proeza vivirá siempre referido a ella, aunque
su amor nunca podrá realizarse como quisiera, pues Proeza aparece en escena
como la esposa de Don Pelayo y luego, a la muerte de éste, como la esposa de
Don Camilo. Rodrigo, antes novicio jesuita y ahora, dejada la Compañía, un fiel
servidor del rey de España, es como la encarnación del Plus Ultra (¡Aún más allá!) de Carlos I (o sea de Carlos V):
Rodrigo es magnánimo, el horizonte de su alma es tan enorme que no puede sino
conquistar el mundo. Pero el destino de Rodrigo será siempre interpretado a
partir de la oración de su hermano jesuita quien, muriendo a consecuencia de un
naufragio, intercede por él delante de Dios:
¡Dios mío, os ruego
por mi hermano Rodrigo! ¡Dios mío, os suplico por mi hijo Rodrigo! […]
Su tarea es, según
imagina, no esperar sino conquistar y poseer cuanto abarque, ¡como si hubiera
algo que no os perteneciera y como si pudiera estarse en algún sitio donde no
estéis vos!
Pero, Señor, no es
tan fácil huir de vos. Si no va a vuestro encuentro por lo que hay de claro en
él, que vaya por lo que hay de oscuro; si no por lo directo, que vaya por lo
que en él hay de tortuoso; si no por lo sencillo, por lo múltiple, lo trabajoso,
lo complejo.
Y si desea el mal,
que sea éste de tal naturaleza que sólo con el bien pueda ser compatible; si
desea el desorden, un desorden que haga temblar y desmoronarse los muros que lo
rodean y le cierran el camino de la salvación […]
Ya le habéis
enseñado a desear, pero aún ni se imagina lo que es ser deseado.
Enseñadle que vos no
sois el único que puede estar ausente. Ligadlo con el peso de ese otro ser
bellísimo que sufre su ausencia y que lo llama en la distancia. ¡Haced de él un
hombre herido porque una vez en esta vida vio el rostro de un ángel!
Colmad a ambos
amantes de un deseo tal que comprometa, con la exclusión de su presencia en los
azares cotidianos, la prístina integridad de sus seres y aún su misma esencia,
tal como Dios las concibió en el origen en una relación inextinguible.
Y cuando a él no le
salgan las palabras, estoy yo para traducirlas en el Cielo[1].
Notamos en este pasaje tres estadios del deseo: el deseo de
conquistar y poseer, que es como el deseo natural de obtener el bien deseado;
el ser deseado, anhelado, esperado, que abre al gran Rodrigo hacia un tú
concreto que está ante él representando el sentimiento de Dios que anhela y
espera a todo hombre con un deseo eterno; y el deseo «original» que compromete
no solo el cuerpo o, aún más, la vida terrena, sino que exige la puesta en
riesgo del propio ser y esencia, en un modo que recuerda la relación en la que
Dios puso al hombre y a la mujer al crearlos, relación rota por el pecado y
reparada por Cristo en el misterio esponsal de la Iglesia. Llama la atención
también el tema del mal. Es este el mejor escudo que pude poner el padre
jesuita para su hermano: que si desea lo que es malo que lo haga de tal modo
que no pueda sino encontrar lo bueno; no se trata solamente de desear el mal
bajo la apariencia del bien sino de que su deseo pase más allá del mal y
realmente busque el bien aunque sea cojeando, que su deseo nunca le arranque
del horizonte de la salvación eterna.
Y a Rodrigo le fue concedido un deseo a la medida de lo
divino en el amor que profesa por Proeza:
Entonces, ¿piensas que
solo su cuerpo basta para encender en el mío un deseo tan grande? Lo que yo amo
no es esa parte de ella que puede ajarse, huir de mí, faltarme e incluso dejar
de amarme algún día. Amo lo que es la causa de ella misma, lo que la hace vivir
cuando la beso; no lo mortal. Si logro mostrarle que no ha nacido para la
muerte, si yo le pido su inmortalidad, esa estrella que ella ignora que es,
¿cómo podría rechazarme? Lo que le pido no es cuanto en ella hay de turbado, de
confuso, de incierto, lo inerte, lo indefinido, lo perecedero, sino su ser sin
más (su ser desnudo), su pura vida, ¡un amor tan fuerte como el que a mí me
hace desearla, como una llamarada impetuosa, como una risa en mi cara! […]
Jamás lograremos desembarazarnos de la muerte como no sea el uno por el otro,
del mismo modo que al fundirse el naranja y el violeta se destila de ambos un
rojo purísimo[2].
El deseo de Rodrigo no tiene límite en lo físico y
contingente, sino que exige lo metafísico, lo que puede no solamente sobrevivir
a la muerte, sino derrotarla. Rodrigo desea no solamente amar sino ser amado en
correspondencia con un amor semejante al suyo, pero al mismo tiempo desea amar
de tal modo que su amada pueda ser lo que realmente debe ser: inmortal. Una sed
tan profunda, ¿puede ser saciada por una mujer? Proeza misma lo sabe: no, «solo
Dios colma[3]»,
le dice a Don Camilo, quién le pide su amor como medio para su salvación. Y por
eso, muy a pesar de su deseo de corresponder a Rodrigo al modo de Rodrigo
escapándose con él, Proeza puede suplicar al encargado de custodiarla:
Doña
Proeza: ¡Si queréis
impedirme que corra hacia él, atadme al menos! ¡No me dejéis esta cruel
libertad! Encerradme en un profundo calabozo, tras barrotes de hierro. Aunque ¿qué
calabozo podría retenerme cuando la de mi propio cuerpo amenaza con
desgarrarse? ¡Ay de mí! Y demasiado sólido que es, pues, cuando mi dueño me
reclama, retiene contra todo derecho este alma que le pertenece: ¡mi alma, la
que él llama y que es suya! Don Baltasar:
El alma, ¿y también el cuerpo? Doña
Proeza: ¿Por qué me habláis del cuerpo, siendo como es mi enemigo, el
que me impide volar de inmediato hacia Rodrigo?[4]
Y ya en este
diálogo se nota que Proeza tampoco puede limitarse a lo meramente mortal y efímero
del cuerpo. En su cuerpo está como contenido el fuego que anhela entregarse por
entero a quien la ha conquistado. Pero puesto que una tal entrega le está
vedada a ambos, se abre la posibilidad del sacrificio. Ambos habrán de
renunciar el uno al otro con tal de poder amarse eternamente delante de Dios.
¿Son entonces dos personajes destinados a ir penando por el mundo, referidos
por siempre el uno al otro en la separación y en la angustia del que se ve
forzado a resignarse y renunciar a lo que más ama por una fuerza externa a él?
No. Rodrigo puede decir con coraje cristiano que: «Sólo de la alegría puede
nacer el sacrificio[5]». ¿Cuál alegría? La
alegría de amar y de saberse amado, aún si en modo incompleto, y la alegría de
esperar en la misteriosa plenitud de ese brote de amor de los que se enamoran,
como explica Doña Música:
¡Qué alegría poder
colmar un corazón que me aguardaba! Si en ocasiones el canto matutino de un
pájaro basta para extinguir en nosotros los fuegos de la venganza y de la
envidia, ¿qué no harán mi alma y mi cuerpo unidos, mi alma con sus
inexpresables cuerdas, en un concierto que solamente para él resuena? Le
bastará callar para que yo cante. Donde él está, siempre estoy yo con él. Soy,
mientras trabaja, el murmullo de la fuente piadosa. Soy el pacífico trajín del
gran puerto a la luz del mediodía. Soy mil aldeas por doquier, con cosechas que
nada han de temer del pillaje ni del recaudador. Soy yo, pequeña, sí, esa
alegría bobalicona en su rostro rudo, la justicia en su corazón, el gozo que
hace resplandecer su cara[6].
Es entonces
la alegría de poder colmar el corazón del otro, del amado. La alegría aparece
aquí como Música, como ese armonioso y continuo brotar de la belleza que
envuelve a los hombres:
Sí, si no estuviera
sordo, incluso todo eso que dices podría concertarse con el divino torrente de
armoniosas palabras que a intervalos percibo: ahora un instante, luego otro.
¡No palabras, sino su pulpa llena de delicias! La verdad es ese orden inefable,
ese torrente todopoderoso contra el cual no hay resistencia que valga[7].
Y esta alegría resulta ser el goce de lo verdadero, pues la
verdad suprema del mundo es aquella del Amor. Solo de esta alegría, del gozo
por la verdad, puede brotar el sacrificio cristiano. La Verdad es caridad
eterna, y solamente esta caridad puede colmar plenamente el corazón del hombre,
solamente esta Verdad puede liberarlo y ponerlo en posición de amar, solamente
esta Verdad le ha amado primero, precediendo a cualquier otro amor, cualquiera
que sea su naturaleza.
Por eso cuando el Ángel de la Guarda propone a Proeza la
renuncia suprema, es decir la muerte, es solamente el argumento acerca de la
verdad esencial de Proeza, verdad que no puede morir, la que le hace decidirse
por dar el paso:
El
Ángel de la Guarda:
Proeza, mi hermana, la hija de Dios, ella sí existe. Doña Proeza: ¿De qué sirve existir, si no existo para
Rodrigo? El Ángel de la Guarda:
¿Cómo podría existir Proeza sin existir para Rodrigo, siendo así que es por él
por quien Proeza existe? Doña Proeza:
¡No te comprendo, hermano! El Ángel de la
Guarda: Es en él donde eras necesaria. Doña
Proeza: ¡Dulce palabra en míos oídos! ¡Déjame repetirla contigo!
Entonces, ¿dices que le era necesaria? El
Ángel de la Guarda: No estoy hablando de esa vulgar y torpe criatura
pendida del extremo de mi caña; no de ese triste pececillo. Doña Proeza: ¿De quién, entonces? El Ángel de la Guarda: De Proeza, mi
hermana, de la hija de Dios llena de luz que saludo. La Proeza que él mira sin
saberlo es la que ven los ángeles: la que tú tienes que crear para dársela […].
Doña Proeza: ¿Y me amará siempre? El Ángel de la Guarda: Lo que te hace
tan bella no puede morir. Lo que hace que él te ame no puede morir[8].
Aparece entonces con claridad que la verdad profunda de
Proeza es su ser-para otro. Pero, ¿este «otro» es simple y sencillamente
Rodrigo? Proeza comprenderá primero la necesidad de que ese Otro sea Dios,
porque si solo Dios puede colmar el profundo deseo del hombre, solo abriéndole
a Rodrigo la puerta hacia Dios podrá Proeza realizar su deseo de amarle hasta
colmarlo:
Doña
Proeza: Lo que quiere
Aquel que me posee, es eso lo único que yo quiero; ¡en lo que quiere Aquel, en
quien me he perdido (o en que mi voluntad se ha perdido), tú deberás
encontrarme! ¡A nadie más que a ti se lo reproches, Rodrigo! ¿Por qué me
pediste lo que ninguna mujer era capaz de darte? ¿Por qué fijar en mi alma esos
dos ojos que la devoraban? ¡Lo que aquellos ojos me pedían he buscado tenerlo
para dártelo! ¿Vas a odiarme ahora porque yo ya no se prometer más sino solo
dar y porque la visión y el don se han fundido en mí en esta única luz? ¡Pronto
me hubieras agotado si no estuviese unida ahora a lo inagotable! ¡Pronto
dejarías de amarme si yo dejara de ser gratuita! Quien tiene la fe para nada
necesita promesas. ¿Por qué no creer en esta palabra de alegría y para qué
pedir algo distinto de esta alegría que es mi existencia? ¿Por qué pedir algo
distinto que a mí? ¡Yo, Rodrigo! ¡Yo, yo, Rodrigo, yo soy tu alegría! ¡Yo, yo,
yo, Rodrigo, yo soy tu alegría! […]. Abre y ella entrará. ¿Cómo darte la
alegría si tú no le abres esa única puerta por la que yo puedo entrar? La
alegría no se posee, es la alegría la que te posee. Y no cabe ponerle
condiciones. Cuando tú tengas el orden y la luz en ti, cuando estés en
disposición de que te envuelva, te envolverá. El
Virrey: ¿Cuándo será, Proeza? Doña
Proeza: ¡Cuando le hayas hecho sitio, cuando te hayas retirado tú mismo
para dejar el puesto que le quitas a esa amada alegría! […]. ¡Ahora te toca a
ti ser generoso! Lo que yo he hecho, ¿no vas a poder hacerlo tú? ¡Despójate,
despréndete de todo! ¡Dalo todo a fin de recibir todo! Si caminamos hacia la
alegría, ¿qué importa si aquí abajo caminamos en dirección contraria a la
cercanía corporal? Si yo me separo de ti para ir a la alegría, ¿puedes pensar
que será a costa de tu dolor? ¿Crees de verdad que estoy en el mundo para ser
tu dolor? El Virrey: ¡Mi dolor no,
Proeza, mi alegría! ¡No mi dolor, Proeza! ¡Mi amor, Proeza, mi dulzura! Doña Proeza: ¡Cómo he querido darte la
alegría! Sin guardarme nada. ¡Ser plenamente esa suavidad, dejar de ser yo
misma para que tú lo tengas todo! Allí donde mayor es la alegría, ¿cómo pensar
que estoy ausente? ¡Donde más grande sea la alegría, más habrá allí de Proeza!
¡Quiero estar contigo en el principio de todo! ¡Quiero desposarme con el origen
de tu ser! ¡Quiero aprender junto a Dios a no reservarme nada, a ser el bien
pleno, donado por entero, que nada quiere para sí y al que puede tomársele
todo! ¡Toma, Rodrigo, toma, corazón mío! ¡Toma, amor mío, toma ese Dios que me
colma![9]
Más aún, en el don que ella hace de sí misma a Rodrigo, ella
le entrega a Dios, pues el primero que eternamente es-para Otro es Dios mismo.
Solo Dios colma, porque solo Dios es el bien primero y último que todos
deseamos; solo Dios colma, porque solo Dios es el primer y último amor, siempre
fiel y siempre fecundo, siempre posible y siempre más grande e infinito; solo
Dios colma, y solo Dios puede colmar a los amantes, porque Él los ha creado,
porque Él los ha llamado al Cielo, al amor en su plenitud, porque Él es la
fuente de la alegría que hace que Proeza sea siempre «gratuita», siempre una
dulce y alegre gracia para Rodrigo. Cuando Rodrigo desea lo esencial de Proeza
desea esa alegría que es la Verdad íntima de su ser, Dios mismo —esto dicho así
podría parecer demasiado, pero es en realidad a la conclusión a la que nos
lleva Claudel: que la Verdad, que Dios mismo, es la fuente de todo ser, es
quien dona a todo ser y quien se dona en todo ser—. Cuando Proeza desea
corresponder a tan profundo deseo no desea sino dar a Rodrigo al Dios que la
causa, que la colma y que la atrae hacia sí a través del amor de Rodrigo.
De esta alegría de la verdad que es amor se llega al
sacrificio. Sí, solo si la fe del cristiano es así de profunda como para
reconocer a Dios como la suprema alegría, puede renunciar a sí mismo y hacer
espacio para que aquel otro ser al que está referido desde su creación (el
hombre a la mujer, la mujer al hombre, el yo al prójimo) pueda llegar a Dios. Y
ya que la relación entre el hombre y la mujer se rompió a causa del pecado
original esta fue reparada por Cristo en la Cruz. Por eso el misterio de la
unión esponsal entre hombre y mujer (es decir, no solamente el matrimonio sino
toda relación cristiana entre hombre y mujer, pues desde la creación fueron
puestos bajo el signo de la esponsalidad) se configura según el misterio
nupcial de Cristo y su Iglesia:
¡Sí, yo sé que él no
me desposará sino en la cruz y que nuestras almas se unirán solamente en la
muerte y en la noche, más allá de lo humano! ¡Si no puedo ser su paraíso, al
menos puedo ser su cruz! Valgo perfectamente para ser esos dos maderos en los
que su cuerpo y su alma se desgarren. Pues no puedo darle el cielo, al menos
puedo arrancarlo de la tierra. ¡Solo yo puedo hacerle sentir un vacío a la
medida de su deseo! Solo yo era capaz de privarlo de sí mismo[10].
Y es verdad, la magnanimidad de Rodrigo estará siempre nutrida
por su amor hacia Proeza y por el amor de Proeza que le despoja y le saca de sí
mismo. Y aunque acabará en desgracia, vendido como un trasto viejo, Rodrigo irá
comprendiendo poco a poco que ni él, ni Proeza, ni nadie fueron hechos para
este mundo sino para el Cielo.
Proeza murió sin poner demasiada resistencia. En cuanto
comprendió, gracias al Ángel de la Guarda, cuál era su misión respecto a
Rodrigo, supo renunciar a todo, incluso a su vida, para atraer a Rodrigo hacia
el Cielo. La felicidad de Proeza fue encontrada en Dios y en Dios ella encontró
a Rodrigo.
Rodrigo tardó más tiempo en despegarse de su avidez. Tenía
que aprender a desear la alegría por sí misma para ser poseído por ella y no
para referirla de nuevo a sí mismo. Su deseo, por profundo que fuese, fue
demasiado corto y pobre mientras deseó a Proeza, al Cielo, a Dios, en
referencia a sí mismo, simplemente para saciar su sed. Pero cuando experimentó
que él era deseado profundamente y en referencia a Dios (Proeza le desea para
darle a Dios), quedó herido para siempre, y esa herida le abrió hacia el Cielo:
¡Porque alegría y
dardo mortal fue para mí la visión de este ángel! ¡Ah! ¡Lleva tiempo morir, y
la vida más dilatada apenas si da espacio para aprender a corresponder a ese
paciente llamamiento! ¡Una herida en mi costado, como la llama que poco a poco
va consumiendo todo el aceite de la lámpara! […] ¿Por qué entonces la
perfección de nuestro ser, de nuestro núcleo sustancial, tendría que estar
siempre ligada a la opacidad y a la resistencia en vez de hallarse en la
adoración, el deseo y la preferencia de algo distinto (de él mismo): en
entregar su escoria a cambio del oro, en ceder su tiempo a cambio de la
eternidad, en ofrecerse a la transparencia, en desgarrarse, abrirse para quedar
como en un estado inefable de disolución? Este desprendimiento, esta mística
liberación, sabemos que por nosotros mismos somos incapaces de lograrla: de ahí
el poder de la mujer sobre nosotros, semejante al de la Gracia[11].
Y se note que para Rodrigo la perfección de nuestro ser no
implica el agotamiento del deseo. Parece que el deseo es aquí introducido en
una nueva dimensión: la del deseo del otro que no soy yo, la del deseo infinito
de lo infinito, de lo que ya no puede morir, de la preferencia de todo cuanto
no es uno mismo. Y entonces, ¿Dios no va a saciar el deseo del hombre que por
fin le ha encontrado? Sí, pero ¿acaso es posible no dejar de desear tan dulce
agua viva? ¿Acaso no es Dios fuente que mana eternamente? ¿Acaso no es Dios el
siempre más grande, Aquel del que siempre se debe esperar aún más, Aquel que
siempre superará nuestro deseo con la donación eterna de sí mismo?
Por eso, la liberación de Rodrigo, su última renuncia, es
anunciada con las palabras del Hermano León, que le acompaña en la última
escena:
¡Buscad en vos mismo
cuanto queráis! ¡Jamás agotaréis esos tesoros infinitos! No hay forma de
escapar de ellos, de estar fuera de ellos. ¡A nuestro alrededor no hay otra
cosa sino Dios (todo es Dios)! ¡Ha sido encadenado el tirano, todo cuanto en
vos se apegaba miserablemente a las cosas, una por una y una detrás de otra!
¡Basta de obras serviles! Han cargado de cadenas vuestros miembros, esos
tiranos, pero no tenéis más que respirar para llenaros de Dios[12].
Cargado de cadenas, Rodrigo puede entregar su libertad a
Dios, pues «Dios me ha hecho para ser su pobre criado[13]».
El arte nos dice mucho sin darnos una estructura conceptual
precisa. Más que darnos conceptos, nos proporciona figuras, formas, palabras
que nos abren hacia lo inefable, que amplían nuestro ánimo para poder captar lo
que mediante simples conceptos es imposible dilucidar. Por eso pedir ahora como
conclusión una clarificación precisa de lo que Claudel quiso plasmar —o más
correctamente, de lo que a Claudel se le concedió plasmar— en esta obra
mediante conceptos, sería pedir algo equivocado.
El espectador podrá haber sentido la resonancia de muchos
pasajes bíblicos (la creación del hombre y la mujer, el paraíso, la herida que
inflige el Ángel a Jacob, el Primer Mandamiento, la herida del costado de Adán
y de Cristo, la teología de san Pablo sobre Cristo y su Iglesia) y de muchos
temas filosóficos (el deseo, el bien, el mal, lo eterno, la verdad, el amor, la
trascendencia), podrá también haber notado ese aderezo que pone Claudel: la
cuestión sobre Dios, la Iglesia, el mundo, el amor, la verdad, el fin último,
la mujer y el hombre, el sacrificio y la cruz, es una cuestión envuelta por la
alegría.
A fin de cuentas la decisión de Rodrigo y Proeza, la decisión
de Claudel, la elección eterna de Dios, es una elección de la alegría en medio de la tempestad del deseo y del tiempo. Por eso
todo camino hacia el Dios verdadero está plasmado por la alegría del mismo
Dios: alegría que es gozo y acción de gracias que llegan hasta el total
abajamiento y renuncia de sí mismo por puro amor a Otro, alegría que es
Eucaristía. Y así, la relación del hombre y la mujer, marcada por la recíproca
referencialidad, marcada por la esponsalidad que Dios pensó para ellos al
crearlos, ha de conformarse a esa alegría Eucarística que en la Cruz promete la
Resurrección y la Vida Eterna como su plenitud, se trate de un amor posible o
imposible, de una relación conyugal o de cualquier otra.
Y el deseo. Claudel nos dice que el deseo se quedaría
demasiado corto si no aspirase a lo que ya no es humano, a lo que es simple y
sencillamente divino, puro, eterno…Todo aquel que pretende amar, que quiere
amar, debe rendirse, un día u otro, delante de la evidencia de que daría
demasiado poco al amado si no le diese a Dios.
Por lo que respecta a Rodrigo y Proeza, ¿su amor se quedó
simplemente en lo imposible? Claudel no nos relata el Cielo, por lo que no
podemos decir mucho. Pero ya en la tierra, un deseo así de fuerte y profundo,
¿podía no ser ya un anuncio del Cielo, aún si se debía vivir como profecía y no
como cumplimiento? ¿Qué no será del que así desea cuando, cara a cara con Dios,
vea reflejado en su rostro el bienaventurado rostro del amado? Hombre y mujer
fueron creados para la dicha, y esta dicha vive como promesa en ellos: la de la
mujer en el hombre y la del hombre en la mujer, la mía en la de mi prójimo y la
de mi prójimo en mí, la de ambos en Dios…y la de Dios en nosotros.
Por otro lado, si bien se mira, todo amor es en cierto modo
imposible, pues los amantes se prometen más de lo que se pueden dar. ¿A quién
que realmente ame le puede bastar el amar «hasta la muerte»? Es verdad que por
sinceridad promete lo que puede y lo demás lo deja a Dios, que es el único que
da la vida después de la muerte. Dios no dejará que ese brote de amor caiga al
vacío, no dejará que se pierda ni la más mínima semilla de caridad que,
sembrada por Él, logre crecer abriéndose cada día más hacia Él. Dios promete
más de lo que nuestro deseo intuye. Dios da ya ahora más de lo que somos
capaces de acoger. Dios es más de lo que cualquier amor humano puede amar. Y
Dios nos ha dado un prójimo concreto, que nos hiere, que nos llama, que nos
exige un amor que vaya más allá de nuestra saciedad…para que nos abra las
puertas del Cielo.
Una última pregunta: ¿Por qué se llama el Zapato de raso? Eh sí, ¿por qué? Ahí está la clave, pero hay que leer toda la obra.
[1] P.
CLAUDEL, Le Soulier de satin, Gallimard 1929 (Para la traducción nos apoyamos de la de Francisco Javier Calzada, para Encuentro, Madrid 2009). Première Journée, scéne II, 20-21. « Mon
Dieu, je Vous prie pour mon frère Rodrigue! Mon Dieu, je vous supplie pour mon
fils Rodrigue! […]
Son
affaire à ce qu’il imagine n’étant pas d’attendre, mais de conquerir et de
posséder.
Ce
qu’il peut, comme s’il y avait rien qui ne Vous appartînt et comme s’il pouvait
être ailleurs que là où Vous êtes.
Mais,
Seigneur, il n’est pas si facile de Vous échapper, et s’il ne va pas à Vous par
ce qu’il a de clair, qu’il y aille par ce qu’il a d’obscur; et par ce qu’il a
de direct, qu’il y aille par ce qu0il a d’indirect; et par ce qu’il a de
simple, Qu’il y aille par ce qu’il a en lui de nombreaux, et de laborieux et
d’etremêlé.
Et
s’il désire le mal, que ce soit un tel mal qu’il ne soit compatible qu’avec le
bien,
Et
s’il désire le désordre, un tel désordre qu’il implique l’ébranlement et la
fissure de ces murailles autor de lui qui lui barraient le salut […].
Et
déjà Vous lui avez appris le désir, mais il ne se doute pas encore ce que c’est
d’être désiré.
Apprenez-lui
que Vous n’êtes pas le seul à pouvoir être absent! Liez-le par le poids de cet autre être
sans lui si beau qui l’appelle à travers l’intervalle!
Faites
de lui un homme blessé parce qu’une fois en cette vie il a vu la figure d’un
ange!
Remplissez
ces amants d’un tel désir qu’il implique à l’exclusion de leur présence le
hasard journalier
L’integrité
primitive et leur essence même telle que Die les a conçus autrefois dans un
rapport inextinguible!
Et
ce qu’il essayera de dire misérablement sur la terre, je suis là pour le
traduire dans le Ciel
».
[2] Ibid., Première Journée, scène VII, 70. «Et crois-tu donc que ce soit son corps seul qui soit capable d’allumer
dans le mien un tel désir?
Ce que j’aime, ce
n’est point ce qui en elle est capable de se dissoudre et de m’échapper et
d’être absent, et de cesser une fois de m’aimer, c’est ce qui est la cause
d’elle-même, c’est cela qui produit la vie sous mes baisers et non la mort!
Si je lui apprends
qu’elle n’est pas née pour mourir, si je lui demande son immortalité, cette
étoile sans le savoir au fond d’elle-ême qu’elle est,
Ah! Comment puorrait-elle me refuser?
Ce n’est point ce
qu’il a en elle de trouble et de mêlé et
d’incertain que je lui demande, ce qu’il y a d’inerte et de neutre et de
périssable,
C’est l’être tout nu, la vie pure,
C’est cet amour aussi fort que moi sous mon désir comme une grande flamme
crue, comme un rire dans ma face! […]
Jamais autrement
que l’un par l’autre nous ne réussirons à nous débarrasser de la mort,
Comme le violet s’il se fond avec l’orange dégage le rouge tout pur».
[3] Ibid.,
Prèmiere Journée, scène III, 34. «Dieu
seul remplit».
[4] Ibid.,
Première Journée, scène V,44. «DOÑA
PROUHÈZE: Ah! Si vous voulez m’empêcher d’aller à lui, alors du moins liez-moi,
ne me laissez pas cette cruelle liberté!
Mettez-moi dans un
cachot profond derrière des barres de fer!
Mais quel cachot
serait capable de me retenir quand celui même de mon corps menace de se
déchirer?
Hélas! Il n’est que trop solide, et quando mon maître m’appelle, il ne
suffit que trop à retenir cette âme, contre tout droit, qui est à lui,
Mon âme qu’il appelle et qui lui appartient!
DON BALTHASAR: L’âme et le corps aussi?
DOÑA PROUHÈZE: Que parlez-vous de ce corps quand c’est lui qui est mon
ennemi et qui m’empêche de voler d’un trait jusqu’à Rodrigue?».
[5] Ibid., Première Journée, scène VII, 64. «C’est la joie seule qui
est mère du sacrifice» (Es solo la alegría quien es madre del sacrificio).
[6] Ibid., Première Journée, scène X, 87-88. «Ce coeur qui m’attendait, ah! Quelle
joie pour moi de le remplir!
Et si parfois le
matin le chant d’un seul oiseau suffit à éteindre en nous les feux de la
vengeance et de la jalousie,
Que sera-ce de mon
âme dans mon corps, mon âme a ces cordes inefables unie en un concert que nul
autre que lui n’a respiré? Il
lui suffit de se taire pour que je chante!
Où il est je ne cesse d’être avec lui. C’est moi pendant qu’il travaille,
le murmure de cette pieuse fontaine!
C’est moi le paisible tumulte du grand port dans la lumière de midi,
C’est moi mille villages de toutes parts dans les fruits qui n’ont plus
rien à redouter du brigand et de l’exacteur,
C’est moi, petite, oui, cette joie stupide sur son vilain visage,
La justice dans
son coeur, ce réjouissement sur sa face!».
[7] Ibid., Deuxième Journée, scène X, 185. «[…]Oui, si je n’ètais pas sourd, même ces choses que tu dis,
Cela serait
capable de s’arranger avec cette poussée divine de paroles composées que
j’entends un moment et puis un autre moment, par intervalles;
Non point paroles,
mais leur pulpe délicieuse!
C’est cet ordre
inefable qui est la vérité, c’est ce flot tout-puissant contre quoi rien ne
saurait prévaloir […]».
[8] Ibid., Troisième Journée, scène VIII, 272-273. «L’ANGE GARDIEN: Prouhèze, ma soeur, l’enfant
de Dieu existe.
DOÑA PROUHÈZE:
Mais à quoi sert-il d’exister si je n’existe pas pour Rodrigue?
L’ANGE GARDIEN:
Comment Prouhèze existerait-elle jamais autrement que pour Rodrigue, quand
c’est par lui qu’elle existe?
DOÑA PROUHÈZE:
Frère, je ne t’entends pas!
L’ANGE GARDIEN:
C’est en lui que tu étais nécessaire.
DOÑA PROUHÈZE: Ô
parle bien douce â entenindre! Laisse-moi
la répéter après toi! Eh quoi! Je lui étais nécessaire.
L’ANGE GARDIEN: Non point cette vilaine et disgracieuse créature au bout de
ma ligne, non poit ce triste poisson.
DOÑA PROUHÈZE: Laquelle alors?
L’ANGE GARDIEN: Prouhèze, ma soeur, cette enfant de Dieu dans la lumière
que je salue.
Cette Prouhèze que voient les Anges, c’est celle-là sans le savoir qu’il
regarde, c’est celle-là que tu as à faire afin de la lui donner.
[…]
DOÑA PROUHÈZE: Il m’aimera toujours?
L’ANGE GARDIEN: Ce qui te rend si belle ne peut mourir. Ce qui fait qu’il
t’aime ne peut mourir».
[9]Ibid.,
Troisième Journée, scène XIII, 334-337. « Doña Prohuèze: […] Ce
que veut Celui qui me possède c’est cela seulement que je veux, ce que veut
Celui-là en qui je suis anéantie c’est en cela que tu as à faire de me
retrouver!
N’accuse que toi-même,
Rodrigue! Ce qu’aucune femme n’était capable de fournir pourquoi me l’avoir
demandé?
Pourquoi avoir
fixé sur mon âme ces deux yeux dévorateurs? Ce qu’ils me demandaient j’ai
essayé de l’avoir te le donner!
Et maintenant
pourquoi m’en vouloir parce que je ne sais plus promettre mais seulement donner
et que la visión et le don ne Font plus avec moi que cet unique éclair?
Tu en aurais
bientôt fini avec moi si je n’étais pas unie maintenant avec ce qui n’est pas
limité!
Tu cesserais
bientôt de m’aimer si je cessair d’être gratuite!
Celui qui a la foi n’a pas besoin de promesse.
Pourquoi ne pas
croire cette parole de joie et demander autre chose que cette parole de joie
tout de suite que mon existence est de te faire entendre et non pas aucune
promesse mais moi!
Moi Rodrigue!
Moi, moi,
Rodrigue, je suis ta joie! Moi, moi, moi Rodrigue, je suis ta joie!
[…]
Ouvre et elle
entrera. Comment faire pour te donner la joie si tu ne lui ouvres cette porte
seule par où je peux entrer?
On ne possède point la joie, c’est la joie qui te possède. On ne lui fait
pas de conditions.
Quand tu auras
fait l’ordre et la lumière en toi, quand tu te seras rendu capable d’être
compris, c’est allors qu’elle te comprendra.
Le Vice-Roi: Quand será-ce, Prohuèze?
Doña Prohuèze: Quand tu lui auras fait de la place, quand tu te seras retiré pour lui
faire de la place toi-même, a cette joie chérie!
[…] Sois généraux
à ton tour! Ce que j’ai
fait, ne peux-tu le faire a ton tour? Dépouille-toi! Donne tout afin de tout
recevoir!
Si nous allons vers la joie, qu’importe que cela soit ici-bas à l’envers de
notre approximation corporelle?
Si je m’en vais
vers la joie, comment croire que cela soit pour ta doleur? Est-ce que tu crois
vraiment que je suis venue en ce monde pour ta doleur?
Le Vice-Roi: Non point pour ma doleur, Prouhèze, ma joie! Non
point pour ma doleur, Prouhèze, mon amour, Prouhèze, mes délices!
Doña
Prouhèze: Qu’ai-je voulu que te donner
la joie! Ne rien
garder! Être entièrement cette suavité! Cesser d’être
moi-même pour que tu aies tout!
Là où il ya le
plus de joie, comment croire que je suis absente? Là où il y a de plus joie,
c’est là qu’il y a le plus Prouhèze!
Je veux être avec toi dans le príncipe! Je veux épouser ta
cause! Je veux
apprendre avec Dieu à ne rien réserver, à être cette chose toute bonne et toute
donné qui ne réserve rien et à qui l’on prend tout!
Prends, Rodrigue,
prends, mon coeur, prends, mon amour, prens ce Dieu qui me remplit!».
[10] Ibid., Deuxième Journée, scène XIV, 207. «Oui, je sais qu’il ne m’épousera que sur la croix et nos âmes l’une à
l’autre dans la mort et dans la nuit hors de tout motif humain!
Si je ne puis être
son paradis, du moins je puis être sa croix! Pour que son âme avec son corps y
soit écartelée je vaux bien ces deux morceaux de bois qui se traversent!
Puisque je ne puis lui donner le ciel, du moins je puis l’arracher à la
terre. Moi seule puis lui fournir une unsuffisance à la mesure de son désir!
Moi seule étais capable de le priver de lui-même».
[11] Ibid., Troisième Journée, scène XIII, 331-332. «Ainsi la vue de cet Ange pour moi fut comme le trat de la mort! Ah!
Cela prend du temps de mourir et la vie la plus longue c’est pas de trop pour
apprendre à`correspondre à ce patient appel!
Une blesure à mon côté comme la flamme peu à peu qui tire toute l’huile de
la lampe!
[…]Pourquoi aussi la perfection de notre être et de notre noyau substantiel
serait-elle toujours associée à l’opacité et à la résistance,
Et non pas l’adoration
et le désir et la préférence d’autre chose et de livrer sa lie pour de l’or et
de ceder son temps pour l’éternité et de se présenter à la transparence et de
se fendre enfin et de s’ouvrir enfin dans un état de dissolution inefable?
De ce déliement,
de cette délivrance mystique nous savons que nous sommes par nous-mêmes
incapables et de là ce pouvoir sur nous de la femme pareil à celui de la Grâce».
[12] Ibid., Quatrième Journée, scène XI, 495. « Fouillez dedans tant que vous voudrez! Vous n’arriverez pas au bout de
ces trésors inépuisables! Il n’y a plus moyen de leur échapper et d’être
ailleurs! On a retiré autre chose que Dieu! On a enchaîne l’exacteur! Tout ce
qui en vous s’accrochait misérablement aux choses une par une et
successivement! C’est fini des oeuvres serviles! On a mis aux fers vos membres,
ces tyrans, et il n’y a qu’à respirer pour vous remplir de Dieu!».
[13] Ibid., Quatrième Journée,
scène XI, 499. «Dieu m’a fait pour être
son pauvre domestique».
